EL BARRO

El futurismo fue una de las vanguardias más provocadoras y teatrales del siglo XX. Nació oficialmente en 1909 con el manifiesto publicado por Filippo Tommaso Marinetti en el periódico francés Le Figaro. El movimiento adoraba la velocidad, las máquinas, la bombilla eléctrica, los coches, el ruido y la ruptura total con el pasado. En sus manifiestos gritaban: «¡Quemad las bibliotecas!». «¡Destruid los museos!». Y sus miembros vivían de forma tan exagerada como escribían. Paradójicamente… hoy sus obras están… en museos.

Marinetti contó que una noche conducía a toda velocidad un coche moderno cerca de Milán cuando tuvo que esquivar a unos ciclistas y acabó estampándose en una zanja. Según él, salir cubierto de barro y aceite fue una experiencia casi «mística». Dijo que ese choque le reveló la belleza de la velocidad y de la máquina moderna.

En el manifiesto futurista llegó a escribir algo muy provocador para la época:

«Un automóvil de carreras… es más bello que la Victoria de Samotracia». Aquello escandalizó a media Europa porque estaba comparando un coche con una de las esculturas clásicas más admiradas del mundo. La canción del automóvil comienza con estos versos: ¡Dios vehemente de una raza de acero, / automóvil ebrio de espacio, / que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes! / ¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua, / nutrido de llamas y aceites minerales, / hambriento de horizontes y presas siderales / tu corazón se expande en su taf-taf diabólico / y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas / que bailen por las blancas carreteras del mundo.

Los futuristas odiaban lo que consideraban el peso muerto de la tradición italiana.  No siempre lo decían literalmente, pero sí querían dinamitar el culto al pasado. En una Italia obsesionada con el Renacimiento y la Roma clásica, aquello sonaba casi sacrílego.

El pintor y músico Luigi Russolo escribió en 1913 el manifiesto El arte de los ruidos. Decía que la música clásica estaba anticuada y que la ciudad moderna tenía una nueva orquesta: «motores, fábricas, trenes y sirenas».

Organizaban espectáculos llamados serate futuriste donde mezclaban poesía, música, insultos al público y provocaciones políticas. Los artistas subían al escenario a recitar poemas llenos de onomatopeyas y ruido industrial. A veces insultaban directamente a los espectadores para provocar una reacción. El público respondía entonces lanzando tomates, verduras o sillas.

Y eso era exactamente lo que querían: el arte debía generar violencia emocional y agitación.

En estas últimas entradas, yo he chapoteado en mi barro, y con gusto; pero, salido, con cierta elegancia ad hoc, del chocolate terrenal que había creado, he decidido (finta de Di Stéfano) contarte qué libros tienes en poetario.com y en poetario.com.

Lo primero que te sorprenderá es el número de entradas.  Las he estructurado  en los siguientes libros, que están a tu disposición en los dos blogs antes citados:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO
  2. CANDO CHOVE POR DENTRO
  3. GALICIA QUEDA AL NORTE
  4. HATROZ
  5. LAS ARISTAS DE MI VERDAD

Por el número elevado de entradas, y por el famoso contador de visitas, te recomiendo que leas las entradas en la web, en los blogs http://www.recuncar.com y en http://www.poetario.com.  

Empecé a escribir con cierta seriedad allá por 1994, cuando me di cuenta de que tenía cierta habilidad en esto de juntar palabras. También presento textos muy recientes y presentaré otros que vaya componiendo.

En estos blogs hay muchísimas entradas —alguna te gustará, creo—, pero para que no se bloqueen o atasquen, las presento de cinco en cinco.

Saberme leído por ti solo puede reportarme prestigio y notoriedad.

En caso de que quieras contactar conmigo, ya sabes que me encanta, puedes hacerlo a través de mis correos:

jmmaiz@telefonica.net

maiztogores@gmail.com.

Muchas gracias por leerme.

«Sonmeigo», pseudónimo actual mío (JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES)

«Sonmeigo» parece salido directamente de una balada celta gallega: un ser misterioso que habla poco, mira mucho y probablemente conoce remedios ancestrales para males físicos y sentimentales. «Sonmeigo» es un nombre mezcla musicalidad y magia, como si perteneciera a un druida moderno que toca la zanfona bajo la niebla mientras da consejos ambiguos que terminan teniendo razón. «Sonmeigo» domina la escena con calma sobrenatural y aparece silenciosamente entre los árboles, como si el bosque mismo le hubiese dado permiso para existir. 

EL CAFÉ DE LAS SEIS DE LA MAÑANA Y EL ARTE DE VOLVER A EMPEZAR

«A veces hay que volver al barro para encontrarse». Esta frase de la oscarizada «Volver a empezar», cuya idea principal es la de concederse una segunda oportunidad para regresar al origen, reconciliarse con lo vivido y descubrir que nunca es tarde para recuperar una parte de uno mismo. Me gusta mucho, y no he sido capaz de localizar, la «manipulada» frase de Paulo Coelho: La vida siempre concede otra oportunidad a quien se atreve. Escribo esta frase como propósito de enmienda y como objetivo literario, desde este momento, me comprometo a no amargarte la vida. Sí, aburrirte, pero no convertir la lectura de mis textos en un invierno interminable. No quiero ser una piedra constante en tu zapato ni llenarte la lectura de espinas. (Este fragmento debería ir encuadrado en esta entrada, pero como no lo sé hacer me he tenido que conformar con colorear la letra de rojo)

A las seis de la mañana, la ciudad todavía no ha terminado de vestirse, pero sí está amaneciendo. Las calles tienen ese color gris azulado, húmedo, que a mí siempre me recuerda a los amaneceres en la ría de Noia, también conocida como la Ría da Estrela, cuando la niebla flota sobre el agua como si le costase sintonizar el nuevo día. Me gusta esta hora. La soledad a estas horas no pesa; es más bien una compañera silenciosa, un lienzo en blanco antes de que todo el mundo empiece a gritar. Sólo me falta un desayuno con berberechos o almejas, dar un largo paseo de madrugada por la playa seminudista de Baroña o patearme haciendo fotos el aclamado por los senderistas Monte Louro.

Estaba yo en mi rincón de la cafetería de siempre, con el teléfono abierto en un libro que me tiene enganchado: Asesinato en el molino del cura, de Arantza Portabales. Nada de espóiler. El café humeando y un cruasán a la plancha a medio empezar, cuando la puerta crujió como un fantasma desperezándose. El fresco del amanecer, aumentado por los camiones cisterna que estaban «bañando» las calles, entró de golpe, y con él, una muchacha de unos veinticinco años. Muy bien conjuntada, mochila cargada de apuntes y los ojos despiertos de quien se va a comer el mundo o, al menos, el examen de las nueve.

Pidió un café para llevar, pero mientras esperaba, me miró de reojo. Me reconoció. Había sido alumna mía en 2º de Bachillerato hace unos años. Sonrojada y sin atreverse a hablar, volvió a mirar. Se acercó a mi mesa con la determinación de quien va a fundar un país.

—Perdone… ¿usted es José María, el profe de Lengua, verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.

Asentí con la cabeza, un poco sorprendido, sosteniendo la taza en el aire y dispuesto a escucharla.

—Sí, el mismo. Buenos días.

—Tengo un recuerdo excelente de usted. Pocos profesores como usted he tenido en la carrera. Tengo que leer hoy mi tesis. Llevo dos años con ella: Adsorción diferencial de fármacos sobre plástico hospitalario según la carga electrostática ambiental.

No supe qué decir sobre ese interesantísimo tema. Me ofreció una pequeña explicación que no viene a cuento plasmarla aquí.

La joven no se anduvo con rodeos. Dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos, entre la indignación, la lástima y la admiración.

—Dejemos mi tesis… Pues mire, ayer lo leí, leí su blog. Y de verdad se lo digo: qué tipo tan pesado es usted. Qué plasta. Un auténtico deprimido, enfermo dice mi padre, de verdad. Si todo es tan terrible como dice, ¿para qué nos levantamos por la mañana? Me dejó el cuerpo como pateado por un elefante.

Me eché a reír. No pude evitarlo. La honestidad brutal de la juventud tiene una fuerza maravillosa. Le señalé la silla de enfrente.

—Siéntese un minuto, ande. Que su café va a tardar un poco. ¿Tan deprimente le pareció?

Se sentó en el borde de la silla, como lista para salir corriendo por si el «carácter depresivo» resultaba contagioso.

—Es que parece que para usted el paso del tiempo es una condena a muerte —dijo, suavizando un poco el tono, pero sin perder firmeza—. Habla de la soledad como si fuera un pozo negro. Y de la añoranza de su tierra como si Galicia fuera un cementerio de recuerdos. ¡Un poco de por favor! Que la vida sigue.

La miré con la calma que dan los sesenta y siete años bien cumplidos. El camarero dejó su vaso de cartón sobre la barra, pero ella no se movió.

—Tiene toda la razón —le confesé, dándole un sorbo a mi café—. A veces, los que escribimos nos encerramos tanto en el caparazón que confundimos la niebla con la oscuridad. Pero le aseguro, dígaselo a su padre, que no estoy enfermo, ni soy un alma en pena. Solo era… un mal día en los dedos y un impulso más exigente que el 6,24 de Armand Duplantis.

—Pues me alegro —sonrió ella, sorprendida por la comparación, y su sonrisa iluminó la cafetería entera—. Porque a mí me gusta cómo escribe sobre el amor. Pero el amor de verdad, el que duele un poco, pero vale la pena. No esa catástrofe de ayer.

—Prometido queda —le respondí—. Hoy el texto saldrá diferente. Menos nubarrones y más luz de faro.

—Así me gusta. ¡Buen día, José María!

Se levantó, cogió su café y salió volando hacia el metro, dejando tras de sí un aroma a vainilla y una lección bien aprendida.

LA MIRADA LIMPIA

Me he quedado solo otra vez, pero la soledad ya no es la misma de ayer. Ahora tiene el eco de esa risa joven y de ese certero diagnóstico sobre la entrada de ayer.

Es verdad que los años van pasando y que uno empieza a contar el tiempo con otra velocidad. Las arrugas de las manos, de los brazos, de la cara, de… no engañan y la distancia con mi tierra gallega a veces duele en el pecho como una espina de merluza atravesada. Añoro el olor a tierra húmeda de verdad, el sonido del viento en los pinos, el sabor del pan de mollete de aldea. Pero esa añoranza no tiene por qué ser destructiva. Es, simplemente, el ancla que me recuerda de dónde vengo para saber hacia dónde camino.

El amor, a mi edad, ya no es un fuego de artificio que estalla y desaparece. Es más bien la brasa que queda toda la noche en la cocina de leña para poder cocinar un caldo gallego a las 6 de la mañana a fuego lento o esa que calienta la casa durante toda la noche sin armar ruido en los fríos inviernos de Galicia. Es el recuerdo de los que se amaron bien, de los que fracasaron, de la certeza de que el corazón sigue vivo y dispuesto a conmoverse, aunque sea con el espontáneo reproche de una exalumna en una cafetería madrugadora.

Escribir es esto. No es mirarse el ombligo y regodearse en la herida. Es abrir la ventana, dejar que entre el aire fresco del amanecer y entender que, mientras haya un café caliente y alguien al otro lado dispuesto a leernos (y a reñirnos), el viaje sigue valiendo la pena.

Hoy las teclas no pesan. Hoy tienen ganas de bailar. Buenos días a todos. A ver cuánto te dura, me dice mi hermana.

DIAGNÓSTICO CONFUSO, EXPLICACIÓN MÁS CONFUSA (CON IMÁGENES ACLARATORIAS)

Hace unas semanas, en Instagram, antes de cerrar la cuenta, colgué estas citas escritas por mí:

1.- A veces uno no quiere rendirse, sólo quisiera descansar de ese peso invisible que acompaña cada pensamiento, roba el entusiasmo y vuelve agotador incluso aquello que antes se sentía sencillo.

2.- Nadie siempre nota cuando alguien empieza a desaparecer en sí mismo, porque muchas veces el derrumbe no ocurre de forma escandalosa, sino en pequeños silencios, en rutinas mecánicas y en una tristeza que aprende a esconderse bien.

3.- Existe una forma de agotamiento que no viene del esfuerzo físico, sino de sostenerse todos los días mientras por dentro algo se siente roto, distante o desconectado de todo lo que antes hacía sentir vivo.

4.- Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, que no pide ayuda en voz alta, pero se instala en cada pensamiento, en cada mañana pesada y en cada noche insomne donde el cansancio del cuerpo no alcanza para descansar la mente.

5.- Lo más difícil no siempre es el dolor evidente, sino esa forma lenta y persistente de apagarse por dentro, en la que las cosas que antes encendían el alma dejan de tener color, sentido o impulso.

6.- A veces no se trata de llorar ni de romperse frente al mundo, sino de caminar entre la gente con una calma fingida, cargando un cansancio que no se quita con dormir y un silencio que nadie nota, aunque grite por dentro.

7.- Hay días en los que el peso de existir se vuelve tan denso que incluso las tareas más simples parecen montañas imposibles, y uno aprende a sonreír en automático mientras por dentro todo se siente detenido, gris y extrañamente vacío.

Últimamente fantaseo con tirar el ordenador por la ventana. Como cuando pequeño tiraba, desde un quinto piso y por la tarde, huevos crudos o bolsas de plástico de agua en el balcón de mi cuarto al concurrido Paseo de las Delicias. No como metáfora elegante ni como frase ingeniosa para empezar un texto. Lo digo de verdad. Hay días en los que miro la pantalla, escucho a mi otro yo, veo el cursor parpadear delante de una página en blanco y siento un impulso casi terapéutico de agarrar el portátil con las dos manos, abrir la ventana y verlo estrellarse contra el suelo. Debe ser tan placentero como una intensa guerra de harina en una cocina recién remodelada. Supongo que ese es mi pequeño desequilibrio actual. Volver a ser un niño, de Enrique Urquijo.

Porque he llegado a aborrecer el ordenador. Lola se extrañará porque estoy pegado a él casi todo el día. ¿Cómo aborrecer aquello que te ocupa tanto tiempo? ¡¡¡Qué curioso: paso el día entero quejándome de eso… y aun así no puedo dejar de volver a él!!! Y eso, para alguien que pasó media vida escribiendo, leyendo, enlazando ideas y creyendo todavía en internet, resulta bastante triste.

Esta es la entrada cuatrocientas setenta y siete. No sé todavía si voy a cerrar el blog. Y esta vez no es un arreón destructivo del conocido bloguicida que habita en mí. No. Y esa duda, que parece pequeña, lleva meses persiguiéndome. A veces la terna de actuación es problemática: cerrarlo definitivamente para ser consciente del bloguicidio, dejarlo simplemente abandonado para que lo vea algún despistado o vaciarlo absolutamente y dejar un poetario.com como si fuera un petroglifo.

Lo que si tengo claro es que tengo que bajar la persiana. Asumir que una etapa terminó y debo dejar de prolongarla artificialmente, como quien mantiene encendida una habitación vacía solo por miedo a admitir que ya nadie vive ahí. Otras veces creo que quizá sea mejor no decir nada. Quieto. Sin despedidas solemnes ni dramatismos innecesarios. Sin esta puñetera entrada. Dejarlo morir lentamente por inhalación, como mueren tantas cosas en internet: sin ruido, sin homenaje y sin que casi nadie se dé cuenta.

No lo sé. Lo único que sé con claridad es que estoy agotado. Muy agotado. Y no hablo solo del blog. Hablo del cansancio raro que aparece cuando algo que antes amabas empieza a producirte ansiedad. Hablo de sentarme delante del teclado y sentir rechazo antes incluso de escribir una palabra. Hablo de esa sensación de vacío mental donde antes había ideas, curiosidad o necesidad de contar cosas. Ahora solo hay cansancio.

Quizá la jubilación también tenga algo que ver. Imaginaba la jubilación como un tiempo luminoso. Más tiempo para leer, pensar, pasear, escribir sin prisas. Más libertad. Más calma. Y sin embargo me ha ocurrido algo extraño: cuanto más tiempo tengo, menos ideas encuentro.

Antes escribía casi sin darme cuenta. El trabajo, las correcciones, el estrés, la preparación de las clases, las discusiones, las entrevistas con familias, la rutina diaria, incluso el agotamiento, generaban un movimiento interior. Había fricción. Había cosas que pensar y cosas de las que decir algo.

Ahora el silencio es diferente. Más pesado. Y sospecho que no es que ya no tenga nada que decir. Es que ya no tengo fuerzas para transformar lo que pienso en texto. Todo me parece repetido. Todo me parece innecesario. Todo acaba convertido en un borrador a medias que abandono después de mirar la pantalla durante una hora. Después de escribir tres horas, todo lo elimino porque lo considero de nula calidad. Este mismo texto está en el borde de un pozo negro, el mismo de la nube negra: ¡¡¡Escribe, coño, escribe!!! Y me sale una cadena de cortes de manga tan gozosa que en ocasiones veo la luz a lo lejos cuando miro hacia arriba.

La pantalla en blanco se ha convertido en una forma de angustia. Y cuanto más tiempo paso delante del ordenador, más rechazo siento. Internet tampoco ayuda. Tal vez soy yo quien se quedó anticuado. Me siento como un teclado en una mesa llena de pantallas táctiles: todavía capaz de contar historias, pero todas ellas suenan a un pasado periclitado, casposo y velado. No lo niego. Pero echo de menos aquella red llena de blogs personales, imperfectos, escritos sin estrategia. Echo de menos entrar en páginas, y leerlas, donde alguien escribía simplemente porque necesitaba hacerlo y no porque estuviera alimentando algoritmos, buscando posicionamiento o fabricando una identidad digital rentable. Esta última frase se la debo a un internauta que malvive como yo. Ahora todo parece promoción personal. En este charco has caído tú, José María, me dice mi alter ego.

Incluso la tristeza. Veo decenas de poemas a medio escribir, de bocetos literarios, que no quiero colgarlos porque hablan de la tristeza como una casa en invierno: todo sigue en su sitio, pero ninguna habitación consigue entrar en calor. Y yo ya no sé jugar a eso. Ni quiero aprender a mentir, ni a adoptar un postureo insulso. Quiero ser sincero al precio que sea.

Me cansé de la obligación permanente de producir contenido. Me cansé de la idea absurda de que todo pensamiento tiene que convertirse en publicación. Me cansé, culpa mía de ello, de medir el valor de lo que escribo según visitas, estadísticas o reacciones efímeras que desaparecen al día siguiente.

He perdido la relación natural con la escritura. Antes escribir me ordenaba la cabeza. Ahora me la bloquea. Y quizá lo más difícil de admitir sea esto: ya no disfruto. No disfruto buscando temas. No disfruto preparando entradas. No disfruto corrigiendo párrafos. No disfruto actualizando nada. No disfruto entrando al panel del blog. No disfruto al encender el ordenador.

A veces incluso retraso el momento de abrirlo porque ya sé la sensación que me espera al otro lado de la pantalla: agotamiento, culpa y esa impresión constante de estar arrastrando algo que hace tiempo dejó de tener sentido para mí.

Y claro que me da pena. Porque un blog nunca es solo un blog.

Ahí quedan años de lecturas, obsesiones, estados de ánimo, entusiasmos, rabias, noches de insomnio, versiones distintas de uno mismo y textos que me han costado un huevo escribir y ya nacen trasnochados.

Cerrar algo así no es simplemente apagar una página web. Es aceptar que cierta etapa de tu vida terminó. Y eso nunca resulta del todo fácil. Por eso sigo dudando. Porque me da vértigo desconocer lo que se me abrirá después de cerrar el blog. Pero no puedo colgar mierdas sólo por eso.

Cerrar el blog me produce tristeza. Mantenerlo vivo me genera ansiedad. Y dejarlo abandonado lentamente me provoca una mezcla muy rara de culpa, desprecio y descanso.

Supongo que en el fondo no estoy hablando únicamente de internet. Estoy hablando de mí. De una versión de mí mismo que antes escribía con facilidad, con curiosidad y hasta con cierta ilusión. Echo de menos a esa persona. Echo de menos sentarme delante del teclado y sentir ganas en lugar de agotamiento.

No sé si esa versión sigue aquí o si simplemente se cansó demasiado. Tal vez hay cosas que no terminan de golpe. Tal vez algunas etapas se van apagando lentamente hasta que un día descubres que llevaban mucho tiempo muertas y eras tú quien seguía negándose a aceptarlo.

Puede que este blog esté llegando a ese lugar. Y quizá lo más honesto que puedo hacer ahora mismo sea admitirlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, pensar en dejarlo no me produce fracaso. Me produce alivio.

Ya sabes, si me quieres contarme algo, a mí me encantaría, puedes ponerte en contacto conmigo en maiztogores@gmail y jmmaiz@telefonica.net. (Sonmeigo)

INCÓMODO (O EL ARTE DE QUERER EXPLICAR LO QUE PARA MÍ ES INEXPLICABLE)

(Apunte inicial: En primer lugar, ya sabes que me gustaría que me leyeras en la web de www.recuncar.com porque se contabilizan las entradas y en los correos no. En segundo, perdona por tratar de nuevo un tema delicado e inflamable, pero en el territorio frágil en el que vivo lo siento necesario. Y, por último, prometo no volver a tocar ese tema, aunque autores reconocidos como Joan Didion, David Foster Wallace o Alejandra Pizarnik, han hecho de temas semejantes su verdad literaria. Además, las promesas están para no cumplirlas. Ja).

No quiero resultarte incómodo, espinoso, insoportable, agobiante, embarazoso, áspero, sofocante, espeso… No quiero.

Hay una cosa de la que se habla poco porque incomoda. Porque rompe el ritmo alegre que parece obligatorio en este mundo de risas enlatadas, sol prefabricado y bebidas euforizantes: la felicidad como norma social y casi una obligación moral. Porque la tristeza, cuando dura demasiado, cuando se excede de una hipertacañería exquisita, cuando no nos comportamos como Jim Carrey o Rowan Atkinson (Mr. Bean), acaba cansando a los demás. La tristeza en dosis homeopáticas, en lo imprescindible para demostrar que existe, sólo así es aceptada. Por eso, uno aprende a callarse. O a disfrazar lo que siente con ironías, con silencios, con frases breves dichas casi en broma para que nadie se asuste demasiado, no vayan a entristecerse más de lo establecido por la Corte de los Confetis y las Sonrisas Permanentes (tiene mayoría absoluta la bancada de la felicidad), la famosa CCSP. José María, deja en paz este decreto distópico con humor negro y abandona el cinismo contemporáneo. No eres ni Franz Kafka ni Enrique Jardiel Poncela. Magister dixit.

Yo llevo tiempo bordeando algo oscuro, pero lo hago en mi blog, según un «caducado» conocido mío, como el último y patético Curro Romero, «el viejo señor del tiempo»: alternando «tardes irrepetibles» con «sublimes fracasos».

No sé si llamarlo depresión, melancolía antigua o simplemente, creo que he acertado en la expresión, una manera torcida de estar en el mundo. Tampoco me gustan las etiquetas. Las palabras médicas, cuando se pegan a una persona, a veces parecen quitarle matices. Pero sí sé que desde hace años vivo acompañado por una especie de nube negra. No una tormenta espectacular. No un drama permanente. Algo más silencioso y constante. Una sombra que distorsiona la luz de las cosas corrientes.

Hay días en que todo parece ligeramente más gris de lo que debería. Las noticias, las conversaciones, el futuro, las relaciones, incluso los recuerdos buenos. Como si el cerebro tuviera una tendencia natural a inclinarse hacia el lado oscuro de las cosas. Y no es cuestión de voluntad. Esto es lo más difícil de explicar. La gente cree que uno decide mirar mal el mundo, como quien elige ponerse unas gafas oscuras en pleno verano. «Anímate», dicen. «No pienses tanto». «Sal más». Y esa conocida frase que no hay «antiemético» que la reprima: «Hay gente que está muchísimo peor que tú, así que deberías dejar de quejarte un poco y aprender a valorar lo que tienes en vez de estar siempre con esa cara de ajo siberiano». Como si todo dependiera de un pequeño gesto de actitud y la nube negra me impidiera conocer las terribles enfermedades y las precarias situaciones que habitan en el mundo. La última vez que un familiar le dijo a mi madre esta linda frase: «No sé de qué te quejas; tu marido te da todo lo que quieres» —volvemos al mercantilismo de los sentimientos—, mi madre, muy serena, le soltó a la cara, entre indignación, ironía y dramatización, esta contestación lorquiana: «Métete en un pozo negro de veinte metros de profundidad y, sin cuerdas ni escaleras, intenta salir de él. Venga, valiente, sal; venga, valiente… ¿Por qué no sales? ¡Eres un vago!».

Yo mismo me he preguntado muchas veces si esto viene de lejos. Mi madre tuvo ciclos depresivos muy graves. La información, completa. No quiero caer en la media verdad. Entre ciclo y ciclo depresivo, era una mujer atenta, divertida, sociable y excelente cocinera. Entonces se denominaban «depresiones endógenas» a las depresiones de origen interno, biológico, y «depresiones exógenas», las que eran las causadas por alguna circunstancia externa. Una expresión y clasificación antiguas que hoy suena a consulta médica de los años sesenta.

Yo crecí viendo aquello sin entenderlo del todo. Pienso que, tal vez, ciertas tristezas también se heredan. No como una condena exacta, pero sí como una forma de mirar, una inclinación secreta del carácter. Igual que otros heredan la facilidad para la risa o el entusiasmo.

Durante treinta y siete años me he dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Y creo que bien o muy bien. En algunas ocasiones no me quedó más remedio que ejercer mi vocación frustrada: la actuación teatral. Pocos compañeros lo percibieron, por lo que, en varias ocasiones, sin éxito alguno, me rondó el «Óscar educativo». Sospecho ahora que el trabajo me sostuvo más de lo que yo mismo sabía. Tener horarios, explicaciones, responsabilidades, alumnos, exámenes, reuniones, clases que preparar, correcciones, entrevistas… fueron mi «bálsamo de Fierabrás». La vida ultraorganizada alrededor de una tarea constante me salvó de caer en ese pozo negro. Quizá esa estructura actuaba como un dique. Ahora estoy jubilado y el silencio interior tiene más espacio. Demasiado espacio a veces. Uno descubre entonces que el ruido de la vida diaria también servía para tapar ciertas voces interiores.

No estoy diciendo que viva hundido. Eso sería exagerar. Y mentir. Sigo leyendo, escribiendo, paseando, hablando con gente. Me interesan todavía muchas cosas. Pero debajo de todo eso hay una corriente subterránea de tristeza que no desaparece nunca del todo. Y lo más cansado no es sentirla, sino tener que justificarla continuamente ante los demás. Es agotador.

Porque además existe otro problema: la incomprensión. Cuando uno intenta explicar estas cosas, muchas personas sonríen con una mezcla de cariño, condescendencia, compasión paternalista y desconcierto. Como si yo estuviera exagerando un poco y a punto de romperme con un cristal de duralex: en mil pedazos. Como si yo hablara desde un capricho. O desde una rareza literaria. Hay quien piensa que uno dramatiza porque escribe o por mi vocación actoral. Como si poner palabras al malestar le quitara verdad.

Y no. Hay personas que somos más sombrías por naturaleza. Igual que existen los optimistas espontáneos, también existen quienes sentimos el peso del mundo con más intensidad. Somos personas que nos rompemos en reuniones llenas de gente. Personas que necesitamos soledad para respirar. Personas que nos sentimos observadas incluso cuando nadie nos mira. Personas que salen de ciertas actividades agotadas en lugar de animadas. Personas que parecemos tranquilas mientras por dentro estamos huyendo. Personas a las que el bullicio no nos alimenta, sino que nos vacía. Personas que escuchamos a todos y casi nunca somos escuchadas por esa tristeza que no es tendencia hoy…

Eso no significa despreciar a los demás. Ni sentirse superior. Ni vivir enfadado con el mundo. Significa simplemente que hay temperamentos distintos. Pero como vivimos en una época que parece obligatoria la exhibición permanente de felicidad, hay que estar motivado, sonriente, sociable, disponible. Y quien no encaja en esa música acaba pareciendo sospechoso.

A veces pienso que muchas personas alegres tienen la enorme fortuna de no estar demasiado tiempo dentro de sí mismas. Yo, en cambio, paso demasiado tiempo ahí dentro. Observando. Dándole vueltas a cosas pequeñas. Recordando frases antiguas. Imaginando futuros sombríos. Cansándome de pensamientos que otros ni siquiera notarían.

Lo curioso es que esta manera de ser también tiene algo de lucidez. La tristeza vuelve a algunas personas más observadoras. Más conscientes del paso del tiempo. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces de detectar la fragilidad que se esconde bajo las apariencias normales de la vida. Pero claro, nadie me felicita por eso. La sociedad premia la energía, no la introspección.

No escribo todo esto para pedir compasión. Sería, como mínimo, un indecente por ello. Ni siquiera comprensión absoluta. Sé que cada persona carga con sus propios fantasmas y sus propias enfermedades. Solo me gustaría que se aceptara que hay quienes vivimos con una cierta tristeza de fondo. Una música baja que nunca termina de apagarse. Y que eso no siempre tiene arreglo, ni explicación clara, ni solución inmediata.

Quizá lo único que necesitamos es que no se nos sonría con sobreprotección ni que nos digan con un tono plañidero ―es en la única circunstancia que no lo soporto― pobriño. Que no se nos trate como exagerados o ingratos. Que alguien escuche sin corregir, sin recetar optimismo rápido, sin convertir cada confesión en un problema que hay que arreglar enseguida, como cuando yo hacía en la postadolescencia frente al espejo y explotaba con inmediatez de fibra óptica ese «vesúbico» grano que rebosaba pus y un asqueroso líquido blanco. Hay nubes negras que, en estos momentos, no me anuncian una tormenta tropical; simplemente me acompañan en un solitario deambular. 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN ESCRITOR QUE NO HA VENDIDO UN LIBRO EN SU VIDA Y QUE NO SABE QUÉ DEMONIOS HACE ESCRIBIENDO EN UN BLOG

  1. Escribo para entender qué demonios pienso antes de convertirme definitivamente en ese señor insoportable que opina con seguridad de todo en cenas donde nadie le ha preguntado nada. La escritura es el único sitio donde mis contradicciones, mis neurosis y mis delirios de grandeza todavía parecen tener cierta dignidad intelectual. En la vida cotidiana solo parecen síntomas preocupantes.
  2. Ningún silencio editorial invalida una frase verdadera. El problema es que encontrar una frase verdadera entre quinientas páginas de divagaciones solemnes no siempre resulta sencillo, ni siquiera para mí. Que un libro no encuentre editor quizá no signifique que el sistema esté podrido; a veces significa simplemente que soy un analfabeto comercial con el carisma de un archivador gris.
  3. Publicar no es la medida definitiva del valor literario; muchas veces es apenas una alineación entre talento, oportunidad y una capacidad mínima para no parecer un ermitaño socialmente disfuncional. La literatura existía antes de la industria y seguirá existiendo después, aunque probablemente yo siga enviando manuscritos como un monje medieval lanzando botellas al mar desde una cueva emocional.
  4. Prefiero una página honesta, aunque imperfecta, a cien páginas fabricadas únicamente para agradar al mercado. Claro que esa decisión moral tan noble tiene consecuencias: mientras otros venden novelas sobre panaderos escandinavos con traumas sentimentales, yo sigo escribiendo párrafos densos que parecen redactados por un funcionario deprimido durante una tormenta eléctrica.
  5. No rivalizo con otros escritores ni con esos premios literarios que parecen diseñados por un joyero barroco bajo los efectos del coñac. Mi verdadera aspiración es más humilde y más ridícula: que alguien lea mi blog entero sin abandonar a mitad para ponerse a ver vídeos de fontanería en YouTube. Mi lucha no es contra otros autores, sino contra mi tendencia natural a escribir con miedo, resentimiento y hambre de aprobación disfrazada de superioridad intelectual.
  6. Un manuscrito rechazado no es un cadáver. Es más bien un paciente en coma inducido al que sigo visitando con una mezcla de esperanza absurda y vergüenza clínica. Cada rechazo editorial me recuerda que el mundo quizá no estaba esperando exactamente una novela filosófica escrita por alguien que corrige adjetivos a las tres de la mañana como si estuviera desactivando explosivos.
  7. La literatura no me debe lectores, contratos ni prestigio. Y visto lo visto, parece decidida a no darme absolutamente nada de eso. Yo, en cambio, sí le debo disciplina, paciencia y respeto por cada palabra escrita, aunque algunas de ellas merecieran claramente haber sido detenidas por la policía lingüística antes de llegar al papel.
  8. Acepto que quizá nunca viva económicamente de escribir. De hecho, las probabilidades de hacerme rico parecen similares a las de convertirme en duque austrohúngaro por accidente administrativo. Pero también acepto que dejar de escribir me convertiría en algo todavía peor: una persona que habla de la novela que «podría haber escrito» mientras bebe café frío y culpa al algoritmo de todos sus fracasos.
  9. Cada libro invisible contiene una vida entera detrás: noches robadas al cansancio, dudas interminables y una obstinación que desde fuera se parece muchísimo a un trastorno obsesivo elegantemente vestido. Nadie ve las horas perdidas corrigiendo una coma como si la estabilidad de Occidente dependiera de ella. Y sinceramente, a estas alturas, ni yo mismo sé si eso es admirable o médicamente inquietante.
  10. Mientras siga escribiendo con verdad, todavía no puedo llamarme fracasado. Un fracasado auténtico probablemente tendría hobbies más saludables y una autoestima menos vinculada a párrafos subordinados. El fracaso real sería abandonar esta necesidad ridícula y persistente de decir algo auténtico, aunque luego lo lean exactamente cuatro personas y dos de ellas sean familiares obligados por compromiso genético.

CAMISA VIEJA, CAMISA NUEVA

Hay mudanzas que no se hacen con cajas, sino con símbolos. A veces cambiar de vida empieza con algo tan simple como una camisa. Una vieja, gastada, cargada de costumbre. Otra nueva, todavía rígida, quizá un poco incómoda al principio, pero limpia, abierta a una posibilidad distinta. Entre ambas no hay solo una diferencia de tela: hay una manera de estar en el mundo. La camisa vieja conserva el olor de los días repetidos; la nueva, en cambio, trae consigo la sospecha de un comienzo.

Durante mucho tiempo uno puede vivir dentro de la camisa vieja sin notarlo. Se acostumbra al peso de lo conocido, a la forma exacta que adquiere sobre el cuerpo, a sus manchas, a sus dobleces, incluso a sus defectos. La vida también se vuelve así: una prenda que conocemos demasiado bien. Nos queda ajustada a ciertos hábitos, a ciertas renuncias, a cierta versión de nosotros que ya no responde del todo a lo que somos. Pero seguimos usándola porque da seguridad. Porque cambiar da miedo. Porque lo familiar, aunque esté gastado, parece menos peligroso que lo incierto.

Sin embargo, llega un momento en que la camisa vieja ya no abriga. Entonces el cuerpo pide aire. La conciencia también. Uno empieza a notar que hay costuras que no resisten más, que hay una vida entera metida en una costumbre que ya no alcanza. Cambiar de camisa, entonces, no es un gesto superficial. Es una pequeña declaración de independencia. Es decir: ya no quiero seguir vistiendo la misma tristeza, la misma resignación, el mismo modo de pasar por los días sin habitar realmente ninguno.

La camisa nueva no garantiza una vida mejor. No hace milagros. A veces incluso incomoda, roza, exige adaptación. Pero tiene algo valioso: todavía no ha sido vencida por la repetición. Está abierta a la forma que uno quiera darle. Y eso, en ciertos momentos de la vida, es una esperanza concreta. Cambiar de vida significa aceptar esa incomodidad inicial. Significa dejar de proteger una identidad gastada para ensayar otra más honesta, más libre, más cercana al deseo verdadero.

La transición nunca es total ni inmediata. Uno sigue llevando rastros de la camisa vieja: sus hábitos, sus miedos, sus heridas. Pero puede empezar a combinarlos con una decisión nueva. Y esa mezcla, lejos de ser una contradicción, es a menudo el verdadero cambio. Nadie se transforma de un día para otro. Cambiar de vida es un ejercicio de continuidad y ruptura al mismo tiempo: conservar lo que merece quedarse y soltar lo que ya no sostiene.

Por eso la camisa nueva simboliza algo más que renovación. Simboliza la posibilidad de elegir. Elegir no seguir igual. Elegir no conformarse con la forma en que siempre se hicieron las cosas. Elegir una existencia menos fatigada por el pasado y más disponible para el porvenir. Y aunque la tela sea la misma, aunque el gesto parezca mínimo, hay decisiones que reorganizan por dentro toda una biografía. 

DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG (O EL ARTE DE INVITARTE A UN GOZO LITERARIO)

1.- Detener el ruido que te persigue desde el alba hasta la noche, y concederte un instante de tregua. Entre notificaciones, titulares apresurados y conversaciones que se superponen, la mente rara vez encuentra silencio. Leer aquí es una invitación a bajar el volumen del mundo por unos minutos. No se trata de escapar, sino de suspender el vértigo cotidiano para respirar con calma, como quien se sienta junto a una ventana abierta y deja que el tiempo recupere su ritmo natural.

2.- Ensanchar el pensamiento hasta que respire mejor… y quizás, sin darte cuenta, sonríe. Cada texto aspira a abrir un pequeño espacio interior donde las ideas puedan moverse con libertad. A veces una reflexión ilumina algo que estaba difuso; otras, simplemente acompaña. Y en ese proceso, casi sin advertirlo, aparece una sonrisa leve: la señal de que pensar también puede ser un gesto amable con uno mismo.

3.- Encontrarte con preguntas que incomodan, que rozan, que permanecen. No todas las preguntas buscan respuestas inmediatas. Algunas se instalan en la conciencia como una piedra en el bolsillo: discreta, pero imposible de ignorar. Este blog no pretende resolverlo todo, sino ofrecer interrogantes que inviten a mirar desde otro ángulo, a revisar certezas y a permitir que la duda haga su trabajo silencioso.

4.- Descubrir historias que no quieren seducirte, sino caminar a tu lado. Aquí las palabras no se disfrazan de espectáculo. Las historias no pretenden deslumbrar ni persuadir con artificios, sino acompañar. Como esas conversaciones que se sostienen mientras se camina sin prisa, donde lo importante no es impresionar, sino compartir el trayecto.

5.- Sostener, con tu lectura, esta escritura sin focos ni vitrinas, hecha solo de palabras y constancia. Todo blog vive gracias a la mirada de quien lo lee. Cada visita, cada pausa frente a un párrafo, sostiene este ejercicio discreto de escritura: un trabajo paciente, sin estridencias, construido únicamente con lenguaje, tiempo y la voluntad de seguir diciendo algo que merezca ser pensado.

6.- Encender en otros la curiosidad por este pequeño faro donde aún arde el lenguaje. Si alguna línea resuena contigo, quizá nazca el deseo de compartirla. Así, de lector en lector, este espacio puede convertirse en un faro modesto pero persistente: un lugar donde el lenguaje continúa brillando, aunque el ruido del mundo intente eclipsarlo.

7.- Recordar que la literatura no es moda ni consigna, sino un camino que nos lleva a analizar nuestro interior. La literatura no pertenece al instante fugaz ni al aplauso rápido. Es una travesía lenta que nos devuelve a nosotros mismos. Leer —y escribir— es, en última instancia, una forma de exploración interior: un modo de comprender quiénes somos, qué sentimos y qué pensamos realmente.

8.- Afilar tu criterio como quien pule una herramienta imprescindible. Cada lectura es también un ejercicio de discernimiento. A través de ideas, matices y contrastes, el lector afina su mirada sobre el mundo. Poco a poco, el pensamiento se vuelve más preciso, más atento, como una herramienta bien cuidada que permite distinguir entre lo superficial y lo esencial.

9.- Habitar un espacio donde disentir es una forma de atención y no de ruptura. Aquí la discrepancia no se entiende como confrontación, sino como diálogo. Pensar distinto no separa: amplía. Cuando se escucha con respeto y curiosidad, incluso la diferencia se convierte en una forma de cuidado intelectual.

10.- Convertirte en un lector despierto, crítico, capaz de mirar la realidad con otros ojos. Quizá el mayor propósito de este blog sea ese: acompañar el despertar de una mirada más lúcida. Un lector atento no solo consume palabras; las transforma en reflexión, en preguntas, en una forma más consciente de observar la realidad. Y desde esa mirada renovada, el mundo —aunque sea el mismo— empieza a verse distinto.

BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (O EL ARTE DE CONTAR LO QUE TODO EL MUNDO NO SABE)

Nací en Santiago de Compostela, ciudad de piedra mojada y paciencia antigua. Soy picheleiro, hijo legítimo de una ciudad que brilla mejor bajo la lluvia que bajo el sol. Santiago no se entiende sin paraguas: la piedra húmeda, el orballo, las noches de otoño y el casco viejo envuelto en niebla tienen una belleza lenta, melancólica y testaruda. El sol no estropea la ciudad, pero la lluvia la revela.

Nací un quince de agosto. Y sí, llovía. Mientras la familia discutía qué nombre ponerme, mi padrino evitó a tiempo un sonoro Gumersindo y acabé llamándome José María Ramón Santiago. Yo, por lo visto, me manifestaba mediante felices explosiones aerofágicas que me dejaban sonriente y satisfecho. Empezaba bien la cosa.

Mi infancia y adolescencia fueron un recorrido por varios colegios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca y Cardenal Cisneros. Hoy dirían que era inquieto, hiperactivo o emprendedor. Entonces simplemente parecía incapaz de permanecer quieto en un pupitre. No fui un gran estudiante. Tal vez por eso, con los años, acabé siendo profesor. La vida tiene un sentido del humor bastante fino.

De 1988 a 2025 enseñé Lengua y Literatura en el colegio Jesús-María de Madrid. Allí trabajé, me cansé, discutí, escuché, aprendí, expliqué, me equivoqué y volví a empezar muchas veces. Allí encontré mi segunda casa. Y allí confirmé una sospecha: muchos malos alumnos terminamos siendo profesores atentos porque sabemos exactamente dónde se cae uno.

Educar es gobernar una barca frágil: hace falta algo de marino, algo de pirata, algo de poeta… y mucha paciencia. Pero también hay que cuidar al que enseña, porque un profesor quemado no transmite fuego, sino ceniza. Y los alumnos eso lo saben antes que nadie.

La literatura llegó a mí tarde y con resistencia. Los clásicos se me caían de las manos a los quince años. Nadie me los explicó como yo necesitaba. Después aparecieron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… y me llevaron al poema en prosa, que es un territorio engañoso: parece fácil, pero no lo es. Ahí me quedé a vivir.

Mi gallego nació en dos fincas familiares: La Peregrina, en A Maía, y El Burgo, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Esas fueron mis verdaderas universidades sentimentales. Veranos interminables, romerías, maizadas, discusiones familiares, ligoteos, risas, primeras heridas y primeras nostalgias. Bertamiráns tenía entonces trescientos habitantes. Hoy tiene diez mil. Yo sigo prefiriendo aquel silencio antiguo.

El gallego que me enamoró no fue el normativo, sino el de aldea, musical, lleno de giros y vida. Aprender gallego fue aprender una lengua sin academia, sin normas claras, sin mapa. Tal vez por eso me atrapó tanto.

Amancio Prada me descubrió a la Rosalía de Castro verdadera, no la sensiblera que nos contaban. Y ahí hubo un antes y un después.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén y Sonmeigo. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz distinta, una edad distinta, una manera distinta de mirar el mundo.

Camay fue la infancia.

Chioleiro nació en las romerías.

Filoso heredó sangre.

Xaovín fue inseguridad.

Suboebaixo resume mi carácter gallego: nunca se sabe si subo o bajo.

Tantometén es libertad: ya no me importa nada.

Sonmeigo es el más querido de esta última etapa de mi vida.

Escribo para entenderme, para ordenar la memoria y para reescribir la vida. Corrijo demasiado. Nunca hay versión definitiva. Mañana podría escribir otra biografía con los mismos recuerdos y otro sentido.

En mis blogs poetario.com y en poetario.com está organizada toda mi obra literaria en distintos libros. Cierto es que algunos de ellos están en un estado muy precario, pero todo se andará. Mi objetivo es el mismo que cuando comencé con un blog hace casi dos años: seguir colgando textos. Cada libro es un territorio distinto, pero todos forman parte del mismo mapa: memoria, literatura, Galicia, enseñanza, música, recuerdos y vida.

Mis libros y textos en mis blogs poetario.com y en poetario.com  están estructurados así:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO
  2. CANDO CHOVE POR DENTRO
  3. GALICIA QUEDA AL NORTE
  4. HATROZ
  5. LAS ARISTAS DE MI VERDAD

Todos estos libros y textos los puedes leer en mis blogs poetario.com y en poetario.com.

Si has llegado hasta aquí, ya compartimos algo importante: tiempo, memoria y palabras. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho.

Para contactar conmigo tienes estos dos correos: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

Mayo del 26

LA NUBE NEGRA

La Nube Negra no llega haciendo ruido, no. No anuncia su entrada, no rompe nada, no grita. Solo aparece. 😶‍🌫️🤯⛈️. Se instala despacio, a traición. Llega como un gato negro en la noche, como una idea negativa que se me cuela y se instala sin aviso, como un susurro que apenas siento, pero lo invade todo, como la niebla que llega sin ruido y, cuando la noto, ya está conmigo jodiéndome la vida, como una sombra espesa que empieza cubriendo los bordes del día hasta dejarlo todo bajo una misma oscuridad.

La Nube Negra no siempre duele de forma visible. A veces no tiene forma de llanto ni de derrumbe. A veces se parece más al silencio. A una fatiga honda, antigua, difícil de explicar. A la sensación de cargar un peso que nadie ve, pero que me aplasta igual. Camino con el cuerpo lleno de plomo. Abro los ojos por la mañana y siento que el día ya empieza perdiendo.

La Nube Negra no solo me entristece. Me desgasta. Me aísla. Me desordena. Me apaga. Me enturbia. Me agota. Me enmudece. Me encierra. Me confunde. Me drena. Me astilla. Me silencia. Me desarma. Me contrae. Me niebla.

La Nube Negra va borrando el contorno de las cosas que antes tenían sentido para mí. Lo que antes era refugio ahora es ruido. Lo que antes eran horas ante un papel ahora es una repleta papelera de hojas en blanco. Lo que antes era deseo ahora es esfuerzo. Lo que antes era simple, ahora parece imposible. Comer, responder un mensaje, sostener una conversación, ducharme, salir de la cama, escribir un texto, leer un libro… Todo se convierte en una tarea desmedida, absurda, agotadora. Y lo más cruel es que desde fuera no siempre se nota. Nadie lo nota.

La Nube Negra sabe disfrazarse. Sabe poner una cara funcional encima de mi derrumbe. Sabe, arteramente, hacer de mí una persona que sonríe mientras por dentro apenas sostiene los restos de sus efectos. Sabe enseñar una versión presentable de mi dolor para que nadie haga demasiadas preguntas. Y mientras tanto, por dentro, todo sigue cayéndose.

La Nube Negra también deforma mi pensamiento. Lo vuelve hostil. Lo llena de una crueldad íntima que no da tregua. Bajo su sombra, empiezo a desconfiar de todo: de mi valor, de mi fuerza, de mi lugar en el mundo. Todo se vuelve duda. Todo se vuelve culpa. Todo se vuelve insuficiencia. Mi mente deja de ser casa y se convierte en un sitio difícil de habitar.

Hay días en los que la Nube Negra no parece tristeza, sino vacío. Un vacío seco, inmóvil, sin dramatismo. No pasa nada, y sin embargo me duele todo. Una ausencia total de entusiasmo. Una distancia feroz conmigo mismo, con los otros, con la vida. Como si todo ocurriera detrás de un vidrio. Como si yo siguiera aquí, pero cada vez menos.

Lo más doloroso de la Nube Negra no es solo lo que pesa, sino lo que me arranca. Me arranca el impulso. Me arranca la ternura. Me arranca el apetito por el mundo. Me arranca la versión de mí mismo que recuerda cómo vivir sin este cansancio feroz. Y entonces no solo sufro lo que siento: también sufro la nostalgia de quien era antes.

Vivir bajo la Nube Negra es intentar explicarle al mundo un dolor que no sangra, pero consume. Una enfermedad que no me mata, pero no me deja vivir. Es sentir culpa por no poder con lo que otras personas hacen sin pensar. Es agotarme fingiendo normalidad. Es querer desaparecer del ruido, del esfuerzo, de mí mismo. No por falta de amor, no por ingratitud, no por debilidad, sino por cansancio. Por un cansancio tan hondo que a veces se confunde con el final.

Y aun así, aquí estoy. Debajo de la Nube Negra. La nombro. Sostengo como puedo este peso sin forma. Atravieso una oscuridad que no elijo, pero que me toca habitar. Digo, aunque me cueste, que esto duele. Que duele de verdad. Que hay días en que sobrevivir ya es todo el trabajo del mundo. 

EL LABORATORIO HUMANO

El metro de Madrid es un laboratorio humano fascinante: solidaridad, prisas, cansancio… y también pequeñas miserias cotidianas. Algunas escenas de mala educación son tan frecuentes que ya forman parte del paisaje urbano.

El clásico: el dueño de la barra

Probablemente el gesto más irritante para muchos viajeros. Personas que se apoyan completamente sobre las barras de agarre, impidiendo que otros puedan sujetarse. Metro de Madrid ha tenido que pedir públicamente civismo por esta práctica.

No creo que sea pura maldad; muchas veces es ensimismamiento absoluto. El móvil ha convertido a algunos pasajeros en estatuas apoyadas en el vagón. Pero sigue siendo una forma bastante egoísta de ocupar espacio compartido.

El móvil en altavoz: el villano moderno

Vídeos de TikTok, notas de voz eternas, música trap sonando como si el vagón fuera un chiringuito. Las quejas son constantes y el propio Metro ha recordado que estas conductas no están permitidas.

Es quizá la forma más representativa de la mala educación contemporánea: mi entretenimiento importa más que tu tranquilidad. Antes la gente invadía espacio físico; ahora invade espacio sonoro.

Los que bloquean la salida

Las puertas se abren y ahí están: pasajeros intentando entrar antes de dejar salir. Se produce una especie de scrum rugbístico absurdo.

Esto me parece especialmente irracional porque además perjudica al propio infractor. Retrasa todo y genera tensión innecesaria. Es el triunfo de la impaciencia de dos segundos.

Mochilas asesinas en hora punta

Mochilas gigantes golpeando caras y costillas mientras su propietario gira alegremente sin quitársela. Metro lleva años recomendando llevarlas delante o en el suelo.

Aquí influye mucho la desconexión social urbana: mucha gente actúa como si viajara sola dentro de una burbuja privada.

Los spreaders del asiento

El equivalente ferroviario del macho alfa territorial: piernas abiertas ocupando asiento y medio mientras los demás van encogidos.

Más que mala educación consciente, suele ser falta total de percepción del otro. Pero cuando el vagón va lleno, resulta bastante agresivo visualmente.

Escenas más desagradables

También aparecen episodios más serios: insultos, discusiones agresivas, xenofobia o amenazas entre viajeros. Algunos incidentes recientes se hicieron virales en redes.

Aquí ya no hablamos de descortesía sino de deterioro del clima social. El metro concentra estrés, anonimato y saturación; cuando alguien explota, el vagón entero se convierte en espectador incómodo.

El fenómeno curioso: nadie dice nada

Lo más llamativo del metro madrileño no es solo la mala educación, sino el silencio colectivo. Mucha gente se molesta, muy poca confronta.

Creo que el metro de Madrid sigue siendo relativamente funcional y seguro. No tiene el nivel de agresividad de algunos suburbanos internacionales. Pero sí refleja un problema muy moderno: la erosión de las normas mínimas de convivencia.
No hace falta heroísmo cívico; bastaría con pequeñas renuncias al egoísmo cotidiano: quitarse la mochila, usar auriculares, dejar salir, mirar alrededor…

La buena educación en el transporte público no consiste en ser amable; consiste en recordar que uno comparte espacio con cientos de desconocidos. Y eso, en una gran ciudad, es casi una forma de civilización.

VELETA DE PAPEL

La frase «¿Qué hay de nuevo, viejo?» es una expresión muy conocida del español que se usa de modo informal y humorístico para saludar, en este caso, a un público que está al otro lado del ordenador. Se popularizó gracias al personaje de Bugs Bunny en los dibujos animados de Looney Tunes, cuya frase original en inglés es: «What’s up, doc?» (¿Eh? Bilingüismo puro y duro). En español se adaptó como «¿Qué hay de nuevo, viejo?», y quedó como una forma divertida de saludar, de iniciar conversación o de establecer un contacto.

Bubka se me queda pequeño con los saltos de pértiga y Duplantis está ahí, ahí. Pero prefiero a Julio Iglesias cuando dice, lleno de orgullo, «soy un truhán, soy un señor»; por lo que confieso que, a la hora de escribir, no soy un hombre de palabra; es decir me arrimo al sol que más calienta con un desparpajo inimitable. Menos mal que tengo alergia al sol… Por eso, mi gente me llama Draculín.

Soy, más bien, un vestidor ambulante de palabras, un probador de decisiones, un maniquí con ansiedad narrativa, un verdulero que se lee el Quijote un día sí y otro también o un taimado escritor que pretende convencerte sin que te des cuenta.

En mi casa no tengo un armario: tengo un catálogo de chaquetas de lo más variopinto para cada estado de ánimo, para cada giro argumental y, por supuesto, para cada contradicción pública. Ya conoces el dicho español: Donde dije digo, digo Diego… pero con una americana distinta. Puedo cambiarme a lo largo de un día una docena de veces. Y me quedo corto, seguro.

Otra vertiente más culta apunta a que yo utilizo una fórmula de corrección rápida. En la antigüedad, cuando alguien cometía un error en un discurso o en un documento legal, en lugar de tachar o admitir la mentira, utilizaba la rima para camuflar el cambio de versión como si fuera una simple aclaración fonética. Modelo habemus.

Hace exactamente tres días me enfundé la chaqueta negra del dramatismo elegante. Esa que huele a despedida definitiva, a cierre meditado, a «he venido aquí a decirte algo importante y, por favor, respeta mi silencio». Escribí un texto impecable. Sobrio. Con citas. Con ese tono ligeramente funerario que invita al lector a asentir con gravedad, como si estuviera en un velatorio literario. Dije que cerraba el blog, que bajaba la persiana, que apagaba la luz. Incluso diría que me fui dando un portazo suave, de esos que suenan a decisión madura. Hace tres días exactamente.

Y hoy… hoy aparezco con una chaqueta fosforita, haciendo palmas, diciendo: «¡Que no, que era broma, que me habéis entendido mal!».

Lo mío no es incoherencia, es cambio de vestuario. Rápido. Frenético. Casi coreografiado. Si alguien entrara en mi casa pensaría que convivo con quince versiones de mí mismo discutiendo frente al espejo: uno dramático, otro entusiasta, uno que dice que se despide, otro que encarga churros… Y todos compartiendo el mismo perchero.

He ejecutado una voltereta digna de Hugo Sánchez, sí, pero con cambio de chaqueta en el aire. Eso ya no es deporte: eso es circo. Y yo soy el payaso que primero anuncia su retirada del espectáculo… y a los diez minutos reaparece con nariz nueva y otro número aún mejor.

Porque esa es otra: me encanta anunciar finales. Me fascinan. Me ponen a cien. No me vienen grandes, me quedan estupendos. Me los pruebo como quien se prueba abrigos en rebajas: «Uy, este cierre definitivo me estiliza muchísimo». Y claro, luego pasa lo que pasa: que a las dos horas me veo en el espejo y digo: «Igual me he precipitado. Esto pica. Este no soy yo. ¿No tengo algo más… abierto?».

Balzac, en Papá Goriot, dibuja a Jacques Collin, alias Vautrin, como un genio de la manipulación. No es solo un criminal; es un camaleón que cambia de identidad, de valores y de amigos dependiendo de qué le convenga para ascender socialmente o escapar de la ley. Su lealtad es exclusivamente para consigo mismo.

También he pensado en ese político que dimite a las nueve de la mañana con gesto grave y a las nueve y cinco minutos ya está matizando. Ese que escribe «renuncio irrevocablemente» y, tres líneas después, añade «seguiré al frente hasta que se resuelva la situación». Situación que él ha creado. Ese equilibrio imposible entre irse y quedarse, entre cerrar y poner la puerta entornada. Yo no solo lo entiendo: lo admiro. Es más, lo estoy practicando con entusiasmo amateur.

Y si me pongo literario —porque claro, me pongo—, lo mío empieza a oler peligrosamente a Hamlet en versión bloguera: cerrar o no cerrar, esa es la cuestión… durante 72 horas exactas. Ni tragedia ni dilema existencial: lo mío es indecisión con wifi.

Pero volvamos a las chaquetas, que es donde está la verdad. Tengo la chaqueta del «hasta aquí hemos llegado», la del «necesito parar», la del «esto se acaba con dignidad», la del «como no se enteran»… y justo al lado, colgada, planchadita, la del «bueno, tampoco era para tanto», la del «igual sigo un poco más», la del «¿y si escribo algo cortito como este texto?». Soy capaz de cambiarme tres veces antes del desayuno y otras cuatro antes de publicar.

Lo más fascinante es que con cada una me creo completamente mi verbo. Cuando escribí el cierre, era verdad. No estaba actuando (bueno, un poco sí, pero con método). Sentía cada palabra, cada cita, cada punto final. Y ahora, escribiendo esto, también es verdad. Igual de verdad. Igual de sentido. Solo que con otra chaqueta. Si esto no es talento, al menos es versatilidad.

En Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, Scarlett O’Hara es una experta en cambiar de criterio según la necesidad del momento. Puede pasar de despreciar a los yanquis a casarse con uno por dinero, o de jurar amor eterno a Ashley a perseguir a Rhett, todo en función de qué le garantice no volver a pasar hambre. Su brújula no es el honor, sino la supervivencia.

Y por supuesto, yo me río de mí mismo. ¿Cómo no hacerlo? Soy el único capaz de escribir un epitafio para su propio blog… y luego aparecer tres días después quitándole el polvo a la lápida diciendo: «Perdón… ¿Esto sigue libre?».

Soy ese tipo que se despide en la puerta, baja un tramo de escaleras, vuelve a subirlas porque se ha olvidado las llaves… y ya se queda a tomar un café. Piensa que soy gallego y aquello de la escalera lo llevo a sangra y tinta.

Mi credibilidad, por cierto, está en la lavadora, junto con varias chaquetas que ya no sé si combinan con algo. Pero tampoco pasa nada. Nunca aspiré a ser coherente; aspiro a escribir bien y con xeito mis incoherencias. Y en eso, modestamente, creo que mantengo el nivel.

En una obra de Shakespeare, el personaje colectivo de «La Multitud» (especialmente en Julio César) es el mejor ejemplo de cambio de criterio récord. En el funeral de César, pasan de vitorear a Bruto por asesinar al «tirano» a querer quemar su casa tras escuchar el discurso de Marco Antonio, todo en un lapso de tiempo asombrosamente corto.

«La fortuna es como el cristal: cuanto más brilla, más frágil es». Proverbio latino que estos personajes parecen llevar tatuado.

Así que no, el blog no se cierra. O sí. O bueno, hoy no. Hoy no toca. Hoy toca esta versión de mí, con esta chaqueta, con este ánimo, con esta risa medio avergonzada. Mañana ya veremos qué me pongo.

No prometo estabilidad. Prometo vestuario.

Y si en unos días vuelvo a despedirme, no lo dudéis: será con otra chaqueta, otro tono solemne y probablemente otra cita bien escogida. Y, con un poco de suerte, también volveré a desdecirme.  Porque al final, yo no cambio de opinión. Cambio de chaqueta. Constantemente. ¿Os gusta esta? 

APUNTES DE UNA LUCIDEZ CREPUSCULAR

Hay una hora del día en la que todo parece volverse más verdadero. No porque las cosas cambien, sino porque la luz se retira y deja ver los contornos de lo que antes se confundía con el ruido. Esa hora intermedia, entre la tarde y la noche, tiene algo de confesión y algo de balance. En ella, la vida se vuelve una superficie silenciosa donde cada gesto parece pedir explicación. A eso podría llamarse lucidez crepuscular: una claridad que no nace del sol alto, sino de su cansancio.

Con el paso del tiempo aprendemos que no todo lo que importa hace ruido. Hay pérdidas que llegan sin ceremonia, como si el mundo se limitara a mover apenas una silla. Hay victorias que no se celebran porque su verdadero sentido se descubre mucho después. Y hay días enteros que pasan sin dejar huella visible, aunque en secreto nos hayan ido cambiando. El tiempo trabaja así: no rompe de golpe, erosiona. No derriba, desgasta. No anuncia, pero insiste.

Mirar atrás con lucidez no consiste en idealizar lo que fuimos ni en condenarlo. Consiste, más bien, en aceptar que la vida no tuvo un solo significado, sino muchos, y que algunos solo aparecen cuando ya no podemos volver a vivirlos. Recordar, entonces, no es volver a habitar el pasado, sino entender de qué manera nos habita todavía. Las personas que amamos, los errores que repetimos, las promesas que no cumplimos, todo eso permanece de alguna forma en nosotros, como una luz tenue detrás del vidrio.

La edad trae una forma distinta de mirar. Menos impaciente, quizá, pero también más exacta. Uno deja de pedirle al futuro que resuelva todo y empieza a comprender que cada etapa tiene su propia música. La juventud cree que el tiempo es una extensión infinita; la madurez descubre que es una sustancia delicada, casi frágil. Por eso cada tarde que cae tiene algo de recordatorio. Nos dice que nada se conserva intacto, que incluso la alegría tiene fecha de transformación, y que envejecer no es solamente perder fuerzas, sino aprender a habitar las sombras con menos miedo.

La lucidez crepuscular no es resignación. Es una forma de ver sin engaño y sin soberbia. Permite reconocer que la vida no fue como esperábamos, pero tampoco fue en vano. Permite agradecer sin ingenuidad y lamentar sin dramatismo. Y, sobre todo, permite entender que el paso del tiempo no nos roba únicamente cosas: también nos entrega una mirada más honda, una especie de paciencia interior que antes no teníamos.

Tal vez la verdadera sabiduría no sea otra cosa que esto: aprender a mirar el ocaso sin confundirlo con el final. Saber que la sombra no anula la forma, sino que la revela. Y aceptar que, mientras el día se apaga, todavía queda una claridad suficiente para comprender, aunque sea un poco, quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo. 

REÍRME DE MÍ MISMO

Reírme de mí mismo es, probablemente, la única forma elegante de admitir que no siempre doy la talla… y aun así sigo adelante como si nada. Saber reírme de mí mismo me ayuda a no tomarme todo tan en serio. He cometido suficientes errores como para montar un museo, pero al menos ahora cobro entrada en forma de anécdotas. Hay días en los que mi torpeza alcanza niveles casi artísticos, y en lugar de ocultarla, la exhibo con cierto orgullo absurdo. Porque si voy a tropezar, mejor hacerlo con estilo y una sonrisa. Al fin y al cabo, nadie puede ridiculizarme mejor que yo mismo, y eso me da una ventaja competitiva bastante peculiar. Reírme de mis meteduras de pata no las borra, pero las vuelve más llevaderas… y, de paso, más entretenidas. Así que, si encuentras algo cuestionable en lo que sigue, tranquilo: seguramente ya me he reído antes que tú.

Versión 1

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos. Lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

Versión 2

Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.

La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.

Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor.

DECÁLOGO DE «ME GUSTA» / «NO ME GUSTA»

«ME GUSTA»

  1. Me gusta el café antes de que el mundo empiece a opinar y a decirme lo que tengo que ponderar y lo que tengo que denostar. Voto por los librepensantes y no por los «manoseados mentalmente» como plastilina.
  2. Me gusta abrir un libro, el que yo quiera, ―ya he superado la dicotomía papel/digital― y desaparecer sin dejar rastro en este mundo asfixiante de realidades prostituidas por el cerebro de las editoriales.
  3. Me gusta caminar sin GPS, sin esclavitud digital ni «dopaminado» por las notificaciones, como si aún fuera legal, y posible, perderse en el anonimato en cualquier lugar de esta ciudad hiperconectada.
  4. Me gusta Madrid cuando parece una ciudad y no un parque temático en el que hay que pagar por todo y visitar por obligación, si no eres un «castrado cultural», lo que anuncia la publicidad pública.
  5. Me gusta encontrar silencio en los bares y cafeterías, ese bien de lujo que no cotiza en bolsa. Cada día que pasa, el ruido ―una metáfora de todo lo sonoro― se instala con insolencia digital en los lugares públicos.
  6. Me gusta la gente que escucha mirándote a los ojos… especie que está claramente en peligro de extinción. Pensarás que soy pura contradicción, pues sí, tienes razón. Aunque, relativamente, porque los encuentros minoritarios los alabo hasta perder la cabeza por unos ojos.
  7. Me gusta recibir un «¿qué tal?» sin emoticonos, sin estrategia y sin interés oculto. Me gustan los guasaps. Quien ha probado los míos, sabe que soy un experto en «leer más».
  8. Me gusta el amor sin escaparate, sin artificios, sin cuentos ni narrativa televisiva impostada. Uno aún piensa que amar no necesita algoritmos ni pantallas digitales.
  9. Me gusta quien tiene una cultura vastísima y no se afana en demostrarlo cada cinco minutos, como si estuviera en un «pasapalabra». El que sabe tiene la tranquilidad de su conocimiento y no necesita una pantalla Samsung Neo QLED de 98 pulgadas para demostrarlo.
  10. Me gusta pensar que aún se puede escribir sin pedirle permiso al algoritmo y sin disfrazarlo de nada. «Es que tardas mucho en escribir» me dicen, yo lo siento mucho, pero es que mi escritura es lenta por respeto a las palabras y no corre, piensa.

«NO ME GUSTA»

  1. No me gusta nada el ruido constante: obras, música desorbitada, conversaciones telefónicas a todo volumen, las bocinas de los conductores impulsivos, el tráfico en calles que son peatonales y… opiniones que no han sido solicitadas.
  2. No me gusta la gente que camina mirando el móvil como si la vida fuera un borrador. Es decir, no me gusto yo. Otra tara más para anotar en mi expediente de «peculiaridades».
  3. No me gusta sentir que todo tiene precio, incluso lo básico, como si tuvieras que justificar estar aquí y hacer del coste de la vida cotidiana un lujo absurdo, pero real. Tu ciudad ya no es tuya, sino de quien puede pagar las facturas sin tirar de la visa.
  4. No me gusta la basura en la calle, ya sean electrodomésticos pequeños, muebles, colchones, comida a cualquier hora del día y luego culpar con la típica frase «aquí no se recoge la basura».
  5. No me gustan los que hablan de todo para parecer listos y consiguen justo lo contrario. Cada vez hay más de estos especímenes. Con el placer que yo siento cuando digo que no sé una cosa y una persona me lo explica sin ningún alarde de conocimiento.
  6. No me gusta publicar algo y que el algoritmo decida que no existo, que yo no soy digno de Google, de cualquier dios digital o del servidor que domina la nube, que no meteorológica.
  7. No me gusta mirar las estadísticas de las visitas como si fueran el horóscopo del fracaso. Yo lo leo todos los días y es demoledor. En ocasiones son más atractivas las estupideces de mi horóscopo que la comprobación de que nadie ha visitado mi blog.
  8. No me gusta la sinceridad pendenciera de quien en realidad sólo es un maleducado. No soporto la frase «es que tengo que ser sincero» porque cuando lo eres tú con él te retira el saludo por agresivo y faltón.
  9. No me gusta la obligación moderna de tener opinión sobre absolutamente todo. Hay temas en los que yo soy un necio y no miro en internet cuál debe ser mi opinión. José Cadalso, en el siglo XVIII, populariza con bastante mala leche el término calificativo «eruditos a la violeta» para personas que presumen de cultas, pero que en realidad tienen conocimientos superficiales. Son «culturetas de postureo».
  10. No me gusta que lo importante pase desapercibido (el lamentable fracaso académico de un alumno) mientras que se discuten tonterías con convicción épica y vocabulario cidiano (¡Qué injusto! Esta pregunta debería valer dos puntos y no uno).

PRESENTACIÓN DEFINITIVA DEL BLOG «RECUNCAR.COM»

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao»  en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incasable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.

En este blog no hay un tema único. Hay memoria, Galicia, enseñanza, música, alegrías, gallego, verdades personales, poemas, amores, imprudencias, llantos, fotos, historias, fracasos, anhelos, envidias, artículos, novelas que intentan ser novelas y recuerdos que intentan entenderse. Este blog es un pequeño territorio dividido en «muchos lugares». Tú puedes entrar por donde quieras. ¡¡¡ADELANTE!!! (Presentación del blog poetario.com)

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza…

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza, que leas esta larga entrada porque, de todas las que he escrito, es una de las más importantes para mí.

Hoy no te voy a contar ninguna historia, ni una leyenda, ni un recuerdo, ni un poema. Hoy te voy a hablar del que escribe estas cosas, porque quizá después de más de doscientas entradas ya toca explicar por qué escribo y qué pretendo con este blog.

Después de un sucesivo bloguicidio por mi parte in illo tempore, empecé con este blog el 28 de octubre de 2024. Y con él sigo. Mi fidelidad ha superado, y superará, cualquier laberinto interminable o cualquier muro que se me ponga delante.

Al principio, te invité, con osadía y mucho descaro, a que me siguieras con la suscripción de tu correo electrónico. Así hice con más de 400 personas. Mi ilusión porque llegaran a ti mis textos nubló en gran parte mi raciocinio. Y si tengo que pedirte disculpas, lo hago sinceramente. Obré con muchísimo respeto y con el convencimiento de que mi nombre te iba a garantizar cierto interés por mis escritos literarios. Hablo con absoluta sinceridad: nunca pensé que te fuera a molestar. Nunca. Si lo hubiera intuido, te aseguro que no te hubiera suscrito en ningún momento. A todos nos gusta que nos lean, y el que diga que no, probablemente no dice la verdad.

Llegó el momento y lleno de ilusión, no lo voy a negar, comencé mi periplo como bloguero en poetario.com. Estaba convencido de que ofrecía unos textos atractivos y bien escritos, además de entretenidos.  

Con el tiempo, los suscriptores van bajando poco a poco. No ha habido ninguna catástrofe ni un hundimiento tan marcado como la fosa de las Marianas. Simplemente, que no deja de preocuparme, es una bajada lenta y constante. La bajada de seguidores no es una tormenta repentina, no, es la marea retirándose despacio, llevándose las huellas de los que yo creía seguros lectores. Y eso, aunque uno intente hacerse el fuerte, afecta al ego. Sí, al ego. Es una lanzada en pleno ego. No pasa nada por decirlo.

Yo empecé este blog porque me gusta escribir. Con cierta conciencia, lo hago desde 1994. Eso creía, y eso sigo creyendo, pero con el tiempo he descubierto que no es tan sencillo. Cuando uno escribe y no le lee nadie, se desanima.

Cuando uno escribe y le lee gente, empieza a pensar en la gente que le lee. Y en ese momento empiezan los problemas, porque sin darme cuenta ya no escribo solo lo que quiero, sino también lo que creo que los demás esperan. Y eso es el principio del KO literario.

He descubierto también que hay dos tipos de lectores: los que me leen y los que me conocen. Los que me conocen no me leen solo por lo que escribo, me leen a mí dentro de lo que escribo. Y eso cambia mucho las cosas. Porque entonces he empezado a pensar: este no soporta el gallego, este pensará que hablar de sexo, aunque sea con discreción, es una barbaridad, este dirá que mencionar el vino como elemento de diversión en algunos personajes es incitar a beber, este creerá que decir que fui mal estudiante es dar mal ejemplo. Y así, sin darme cuenta, he creado un bucle temático irrompible. No sé si alguien piensa eso de verdad, pero yo empiezo a imaginar lectores, y el lector imaginado es peligrosísimo.

Yo he sido profesor durante casi cuarenta años y eso deja una manera de estar en el mundo. Durante este tiempo he procurado no influir en mis alumnos, no meterles mis ideas en sus cabezas, no decirles lo que tenían que pensar, sino intentar que fueran personas decentes, esforzadas, solidarias, honradas, libres y respetuosas. Ese era mi trabajo, junto a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y creo que hice un buen trabajo. Pero escribir no es lo mismo que dar clase. El profesor tiene una gran responsabilidad ante sus alumnos, sin embargo, cuando escribo en mi blog no tengo ningún compromiso creativo con mis lectores. Y eso todavía lo estoy aprendiendo.

Escribo en castellano. Me gustaría escribir en gallego, pero no me atrevo por tu reacción de posible rechazo. A veces escribo relatos, a veces recuerdos, a veces cosas que creo que hacen gracia, a veces poemas, a veces hago uso de la retranca gallega, a veces historias de taberna, a veces textos serios, a veces cosas que no sirven para nada y en más de una ocasión ideas deprimentes.

Mi blog no tiene tema, ni línea editorial, ni estrategia, ni nada de eso que ahora parece obligatorio tener. No quiero. Mi blog es simplemente un lugar donde escribo y evito tocar en serio, desde hace muchísimo tiempo, temas para mí conflictivos en la actualidad (política…religión…fútbol…) porque no quiero posicionarme públicamente en estos temas. Y estoy en mi derecho. Mi blog es un blog literario, y dentro de lo literario, libertad absoluta. Ese es mi credo. Es cierto que esto molesta.

Reconozco también otra cosa: me gusta que me lean. A mi carácter triste, depresivo, autoflagelante, tímido, apocado, asocial y de difícil comprensión le viene muy bien saberse leído y mínimamente reconocido. Pero cada vez tengo más claro que no quiero escribir para gustar a todo el mundo, porque entonces no podría escribir nada de verdad y sincero. Si yo escribo sin molestar a nadie, sin incomodar a nadie, sin que nadie piense que me he pasado, probablemente yo esté escribiendo textos carentes de cualquier interés. Y la literatura, aunque sea la de andar por casa, nunca ha sido del todo inofensiva. La literatura busca, de algún modo, la transgresión.

Voy a confesar también otra cosa. Tengo abiertos otros dos blogs: uno solo para poesía íntima y otro para textos en gallego. Los abrí, sin seguidores, hace unas pocas semanas porque pensé que de este modo no molestaría a nadie, que cada cosa estaría en su sitio y que así nadie tendría que leer lo que no le gustaba. Pero hoy, cuando estoy escribiendo este texto, me he dado cuenta de que eso no es organizar los textos, es organizar mis miedos, es priorizar mi obsesión por un «complace» que me está minando como escritor. Es separar lo que escribo para que no choque de lo que pueda jorobar para que no incomodara. Y me he dado cuenta de que eso es segmentar lectores y presentarme por fascículos independientes. Y lo rechazo visceralmente.

En el fondo, y en la superficie, no es sinceridad, es una manera muy sutil de mentir. Es esconderse con un descaro vergonzante para que tal suscriptor no lea la palabra orgasmo porque le disgusta y le contraría.

Así que he decidido cerrarlos ―lo haré en el momento que cuelgue esta entrada― e incorporar todo a poetario.com, mi blog entre blogs. Todo junto y todo revuelto, como suele estar mi vida y como suele estar mi cabeza la mayor parte del día. Si sigues como suscriptor, o entras en mi blog vía web, quiero que sepas que un día te podrás encontrar un poema inabordable para ti; otro, un relato de caraduras y sinvergüenzas; otro, un texto en gallego; otro, un recuerdo de mi época de estudiante; otro, una historia inventada; otro, una reflexión; otro, una tontería o memez supinas; otro, un relato con tintes verdes y otro algo deprimente, como mi carácter. Y ese desorden, en el fondo, y en la superficie, es un claro reflejo de mí. Tengo fama de ser muy ordenado, pero soy muy ordenado porque sé que soy un caos insoportable.

Con el tiempo también he entendido otra cosa: no quiero solo suscriptores, quiero lectores. Y no quiero solo lectores, quiero interlocutores, gente que alguna vez diga «esto me ha gustado», «esto no lo entiendo», «esto es un disparate» o «siga usted por ahí». Acepto cualquier opinión porque el que se expone tiene que llevar en su mochila un depósito para aceptar, sin rechistar, opiniones ajenas diferentes. El silencio es lo más difícil de llevar cuando yo escribo, porque no sé si al otro lado hay alguien con criterio o solo números en una pantalla.

En realidad, este blog no pretende enseñar nada, ni dar ejemplo de nada, ni convencer a nadie de nada. Yo ya he pasado mi vida profesional intentando enseñar Lengua y Literatura y procurando que los chavales fueran buenas personas, entre otras cosas. Ahora ya no educo ni enseño las subordinadas a nadie. Ahora, simplemente, escribo.

Escribo porque me gusta juntar palabras, porque me gustan las historias, porque me gusta el gallego, porque me gusta el castellano, porque me gustan las tabernas literarias, porque me gusta la memoria que no tengo, porque me gusta inventar, exagerar, recordar y a veces hasta decir alguna verdad entre tanta trola.

Así que mi blog va a seguir siendo lo que es: un sitio donde un profesor jubilado escribe lo que le da la gana. Y el que quiera leerlo, que lo lea. Y el que no, que no lo lea. No pasa absolutamente nada.

Después de toda una vida trabajando, creo que uno se ha ganado el derecho a escribir sin pedir permiso. Mi blog no va a cambiar para agradar, no, va a seguir siendo un espacio de libertad creativa.

El gallego lo escribo porque hay recuerdos, personajes, conversaciones y maneras de contar que solo me salen en gallego. Traducirlas sería como cambiarles la voz. Como te he dicho, tengo abierto otro blog solo para los textos en gallego, pero me he dado cuenta de que eso también es una forma de separar sentimientos que en mi cabeza y en mi vida van juntos. Así que a partir de ahora el gallego y el castellano convivirán aquí, en poetario.com, con total normalidad, como han convivido siempre en mi vida.

Y eso es todo. O casi todo. Si quieres contactar conmigo antes de darte de baja como suscriptor, si ahora sí te quieres suscribir, si me quieres cantar las cuarenta o si quieres simplemente insuflarme ánimos, escríbeme a jmmaiz@telefonica.net o maiztogores@gmail.com. Serás muy bien acogido.

En Madrid, a las 6:08 de la mañana, del 26 de marzo de 2026, día de San Braulio de Zaragoza y día mundial de la meteorología. El 26 de marzo de 1892 falleció Walt Whitman, autor de Hojas de hierba y uno de los más importantes poetas estadounidenses, pilar fundamental de toda la lírica contemporánea. (A la sombra del verbo)

TERRAPLANISTA

Otro merluzo en la cazuela de los conspiranoicos. Afirma, al estilo medieval, y desde una insolente necedad, que la tierra es plana. Este pseudocientífico alardea obscenamente de una estúpida teoría que vociferan los gañanes de la oscuridad científica. Los terraplanistas son ese hermoso recordatorio de que la evolución no garantiza la actualización del software mental. Son valientes exploradores del siglo XXI que, armados con memes, videos de YouTube y una sospechosa desconfianza hacia la geometría, se atreven a desafiar siglos de ciencia con el entusiasmo de quien acaba de descubrir que Google Earth no es prueba suficiente. Para ellos, la NASA es una secta, los satélites son hologramas, y los vuelos internacionales una elaborada coreografía de pilotos cómplices para mantenernos engañados. Es fascinante: desconfían de todo menos de su propio Wi-Fi, creen que el mundo es un escenario gigante cubierto por un domo, pero nunca se explican por qué los gatos no se han caído por el borde. Y aun así, se sienten los héroes de la razón, los iluminados que vieron la verdad en un foro con faltas de ortografía y música conspiranoica de fondo. En el fondo, los terraplanistas no son un peligro para la ciencia: son su comedia involuntaria, el recordatorio de que, por más avances tecnológicos que tengamos, siempre habrá alguien dispuesto a mirar el horizonte… y pensar que hasta ahí llega la inteligencia humana. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (OU A ARTE DE CONTAR O QUE TODO O MUNDO NON SABE) (2026)

Nacín en Santiago de Compostela, cidade de pedra mollada e paciencia antiga. Son picheleiro, fillo lexítimo dunha cidade que brilla mellor baixo a choiva ca baixo o sol. Santiago non se entende sen paraugas: a pedra húmida, o orballo, as noites de outono e o casco vello envolto en néboa teñen unha beleza lenta, melancólica e teimuda. O sol non estraga a cidade, pero a choiva revélaa.

Nacín un quince de agosto. E si, chovía. Mentres a familia discutía que nome poñerme, o meu padriño evitou a tempo un sonoro Gumersindo e acabei chamándome José María Ramón Santiago. Eu, polo visto, manifestábame mediante felices explosións aerofáxicas que me deixaban sorrinte e satisfeito. Empezaba ben a cousa.

A miña infancia e adolescencia foron un percorrido por varios colexios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca e Cardenal Cisneros. Hoxe dirían que era inquedo, hiperactivo ou emprendedor. Daquela simplemente parecía incapaz de permanecer quieto nun pupitre. Non fun un gran estudante. Talvez por iso, cos anos, acabei sendo profesor. A vida ten un sentido do humor bastante fino.

De 1988 a 2025 ensinei Lingua e Literatura no colexio Jesús-María de Madrid. Alí traballei, cansei, discutín, escoitei, aprendín, expliquei, equivoqueime e volvín comezar moitas veces. Alí atopei a miña segunda casa. E alí confirmei unha sospeita: moitos malos alumnos acabamos sendo profesores atentos porque sabemos exactamente onde cae un.

Educar é gobernar unha barca fráxil: fai falla algo de mariñeiro, algo de pirata, algo de poeta… e moita paciencia. Pero tamén hai que coidar a quen ensina, porque un profesor queimado non transmite lume, senón cinza. E iso os alumnos sábeno antes ca ninguén.

A literatura chegou a min tarde e con resistencia. Os clásicos caíanme das mans aos quince anos. Ninguén mos explicou como eu precisaba. Despois apareceron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… e leváronme ao poema en prosa, que é un territorio enganoso: parece doado, pero non o é. Aí quedei a vivir.

O meu galego naceu en dúas fincas familiares: A Peregrina, na Maía, e O Burgo, en Vedra, ao pé do Pico Sacro. Esas foron as miñas verdadeiras universidades sentimentais. Veráns interminables, romarías, maizadas, discusións familiares, amoríos, risas, primeiras feridas e primeiras nostalxias. Bertamiráns tiña daquela trescentos habitantes. Hoxe ten dez mil. Eu sigo preferindo aquel silencio antigo.

O galego que me namorou non foi o normativo, senón o da aldea, musical, cheo de xiros e vida. Aprender galego foi aprender unha lingua sen academia, sen normas claras, sen mapa. Talvez por iso me atrapou tanto.

Amancio Prada descubriume a verdadeira Rosalía de Castro, non a sensibleira que nos contaban. E aí houbo un antes e un despois.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén e Sonmeigo. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz distinta, una edad distinta, una manera distinta de mirar el mundo.

Camay foi la infancia.

Chioleiro nacera nas romerías.

Filoso heredara o sangue.

Xaovín fue inseguridade.

Suboebaixo resume o meu carácter galego: nunca se sabe si subo o baixo.

Tantometén é liberdade: xa non me importa nada.

Sonmeigo é o máis querido por min nesta última etapa da miña vida.

Escribo para entenderme, para ordenar a memoria e para reescribir a vida. Corrixo demasiado. Nunca hai versión definitiva. Mañán podería escribir outra biografía cos mesmos recordos e outro sentido.

En mis blogs poetario.com y en poetario.com está organizada toda mi obra literaria en distintos libros. Cierto es que algunos de ellos están en un estado muy precario, pero todo se andará. Mi objetivo es el mismo que cuando comencé con un blog hace casi dos años: seguir colgando textos. Cada libro es un territorio distinto, pero todos forman parte del mismo mapa: memoria, literatura, Galicia, enseñanza, música, recuerdos y vida.

Mis libros y textos en mis blogs poetario.com y en poetario.com  están estructurados así:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO
  2. CANDO CHOVE POR DENTRO
  3. GALICIA QUEDA AL NORTE
  4. HATROZ
  5. LAS ARISTAS DE MI VERDAD

Todos estos libros y textos los puedes leer en mis blogs poetario.com y en poetario.com.

Se chegaches ata aquí, ya compartimos algo importante: tempo, memoria e palabras. E iso, aunque non o parezca, é moito.

Para contactares comigo tes estes dous correos: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

Maio do 26

SÍNDROME DEL AULA

Mi psicólogo online dice que sufro el «Síndrome del aula», aunque afirma que el nombre correcto es «Trastorno de Idealización Docente Retroactiva» (TIDR) y que es partidario de que aplique sin mediar un minuto el «Protocolo de Rehabilitación Reputacional del Profesor Jubilado» (PRRPJ). Me lo explica a través de una webcam colocada con tal precisión estratégica que detrás se ve una pared llena de títulos, diplomas y reconocimientos, todos alineados con suma perfección y todos muy solemnes. Sospecho que todos «muy online y muy competenciales». Me habla con una nitidez digital impecable y con un silencio de fondo tan absoluto que, en mi vida anterior, solo podía significar dos cosas: o el colegio había sido evacuado… o los de segundo de Bachillerato estaban tramando algo grave.

Tras 37 años «en el frente académico», me jubilé en junio del 25. Colgué la tiza, apagué el proyector y entregué las llaves del aula con la misma emoción con la que un cirujano entrega su material, después de un sinfín de operaciones, a su sustituto.

Y ahora, según este experto, tengo «mono». Según él, «Carencia Crónica de Interacción en el aula» (CCIA) o «Dependencia Pedagógica Residual» (DPR). Una patología curiosísima. Resulta que, en la tranquilidad casi monacal de mi casa, echo de menos los proyectos curriculares y la burocracia académica. Sí, sí, ya sé que suena raro. Pero extraño —con una intensidad casi literaria— rellenar «actas de evaluación» en plataformas digitales diseñadas, sin duda, por alguien que guarda un resentimiento muy profundo hacia los profesores y, posiblemente, hacia la humanidad en general. También echo de menos esos «planes de mejora de la convivencia» y los «informes de las entrevistas con padres» que ocupan cincuenta páginas para llegar a una conclusión pedagógica de gran calado: el alumno seguirá comportándose exactamente igual que antes, pero ahora el centro tiene un documento muy serio que lo certifica. ¿Y la novedad de las competencias? Lo siento, salgo huyendo.

¿Y las reuniones de tutores y de departamento? ¡¡¡Qué tiempos aquellos!!! Horas enteras discutiendo con gravedad académica si el examen de recuperación debía hacerse el martes a cuarta hora o el miércoles a quinta y si estaban reflejados en el examen todos los contenidos mínimos. Yo asentía con gesto profesional mientras por dentro realizaba cálculos más existenciales: cuántos trienios me faltaban para escapar dignamente de allí.

Pero el tiempo tiene muy mala fe y ha empezado a deformar mis recuerdos.

Lo que antes llamábamos «mala educación» ahora me parece «exuberancia vital del adolescente». Ya no recuerdo el agotamiento de pedir —por decimocuarta vez antes del recreo— que guarden el móvil, que se sienten, que bajen la voz o que dejen de discutir sobre quién le robó el bocadillo a quién.

Ahora recuerdo otras cosas. Por ejemplo, aquella ocasión en la que expliqué durante veinte minutos una idea bastante profunda del estilo de un escritor clásico y, cuando terminé, un alumno levantó la mano con entusiasmo.

—Profe, ¿esto entra en el examen?

Aquel día comprendí que la literatura clásica tiene límites muy claros.

O aquella vez en la que pedí silencio absoluto durante un minuto para que reflexionaran sobre un poema de Quevedo. Fue uno de los silencios más intensos de mi carrera… hasta que alguien preguntó en voz alta:

—¿Pero silencio normal o silencio de verdad?

Son momentos que, curiosamente, el cerebro archiva con una ternura sospechosa.

El silencio de mi casa, en cambio, es inquietante. A veces pienso seriamente en contratar a tres o cuatro adolescentes por horas para que recorran el pasillo gritando, discutan sobre cosas incomprensibles y dejen un rastro de migas de palmera de chocolate por el suelo. Solo para sentir que sigo en mi «hábitat natural».

El psicólogo insiste en que debo «soltar el lastre». O «Desacople del Entorno Educativo Reglado» (DEER). Pero me pregunto yo: ¿cómo «se suelta» un oficio que durante décadas me obligó a ser profesor, juez, mediador, psicólogo improvisado, árbitro de conflictos diplomáticos y experto en descifrar exámenes escritos a las ocho de la mañana con una caligrafía que recuerda sospechosamente a un electrocardiograma durante un terremoto?

Empiezo a sospechar que mi síndrome no es nostalgia. Puede que sea una variante pedagógica del «Síndrome de Estocolmo» o «Fenómeno de Alienamiento Afectivo con la Fuente de Coerción» (FAAFC). He pasado tanto tiempo «secuestrado» por el sistema educativo que ahora que me «han soltado»… me siento ligeramente desorientado. Sobre todo, porque nadie me pide informes, nadie me convoca a reuniones y, lo que es peor, nadie necesita que firme nada.

Dicen que la jubilación es el descanso del guerrero. Yo me siento más bien como un «viejo rockero» que ha dejado los escenarios. Es cierto que el público a veces protestaba, a veces abucheaba y a veces se dormía en primera fila. Pero también es verdad que, de vez en cuando, alguien escuchaba. Y eso, sospechosamente, se echa de menos.

La libertad es maravillosa, no me malinterpreten. Pero es que el silencio de mi casa… es demasiado educado. Y eso, para alguien que ha vivido rodeado de adolescentes durante casi cuatro décadas, resulta francamente inquietante. (A la sombra del verbo)

 

ESTREÑIMIENTO

Estado de absoluta sorpresa del ser humano ante los retortijones ocasionados por una ilegal huelga de heces fecales que puede alcanzar un tiempo indefinido si no actúa un interviniente con una placentera manipulación del esfínter anal para que se libere el extremo terminal del tubo digestivo. El estreñimiento es esa experiencia mística que te hace creer en el karma, porque claramente estás pagando por todos tus pecados, uno por cada día que el cuerpo decide rebelarse. Es una vergüenza tan universal como silenciosa: nadie lo admite, pero todos caminan por la vida con la misma mirada de sufrimiento zen, fingiendo serenidad mientras por dentro libran una guerra civil intestinal. De pronto, la fibra se convierte en religión, el baño en santuario y el papel higiénico en símbolo de esperanza. Y ahí estás tú, negociando con tu propio organismo como si fuera un político corrupto: prometes comer verduras, beber agua y dejar el queso, aunque los dos sabemos que en cuanto logres ‘el milagro’, volverás a abusar del pan blanco con la fe ciega de quien no aprende. Porque si algo enseña el estreñimiento es que el cuerpo tiene memoria, el orgullo no, y la vergüenza… se sienta contigo, literalmente. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

PEDORRO/A

Ventilar un pedo es, aunque pocos lo admitan, un arte ancestral de equilibrio entre la necesidad biológica y la dignidad social. Hay quienes lo tratan como una operación de inteligencia: calculan ángulos, presiones y corrientes de aire, ejecutando el ‘sigiloso estratégico’ con la precisión de un francotirador. Otros prefieren el ‘modo ventilador’, confiando en un giro de cadera que disperse la evidencia antes de que la conciencia —o el olfato ajeno— la detecte. En la oficina abunda el ‘pedito diplomático’, liberado entre el chirrido de la silla y un tosido casual, mientras los más creativos optan por el ‘culposo’, que siempre encuentra en el perro un perfecto chivo expiatorio.

Pero no faltan los valientes: los que hacen del gas una declaración de principios, el ‘artístico’ que se libera con orgullo y melodía, dejando su huella olfativa como si fuera firma de autor. Y cuando la situación se pone crítica, entra en escena el ‘camuflaje táctico’: una combinación de paso disuasorio, mirada inocente y cambio repentino de conversación. Porque ventilar un pedo sin ser descubierto exige cálculo, descaro y fe en el azar.

Al final, nadie escapa a esta democracia del aire: todos lo hacen, nadie lo confiesa, y solo unos pocos logran convertir el momento en una pequeña victoria contra la represión intestinal y la hipocresía social. Porque, en el fondo, cada pedo ventilado es un recordatorio humilde pero poderoso de que, por muy civilizados que pretendamos ser… seguimos siendo criaturas de gases y esperanza. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

MISERIAS

Una mano nueva —que ya quisiera él que viniera con instrucciones—, un puñado de certezas que no sirven ni para jugar al mus, noches más movidas que su tensión arterial y varias pantallas en blanco que lo miran con la misma compasión que una suegra escéptica: he ahí el glorioso patrimonio de un hombre adulto que de joven pensaba beberse la vida a morro… y acabó bebiendo tila.

Tras una colección de vivencias desordenadas —como cualquier cajón de calcetines solteros— ahora se dedica al noble arte de esquivar su pasado, que cada noche regresa puntual, se cuela entre las sábanas perfumadas y le monta una bacanal imaginaria digna de presupuesto europeo… pero financiada con recuerdos reciclados.

—La soledad es muy mala compañera —decía el viejo escritor, mirando su nueva mano con el mismo desprecio con el que uno mira un electrodoméstico que no sabe usar—. Y cansa. Cansa mucho.

Durante unos minutos, que parecieron patrocinados por la duda existencial, se preguntó si no tener a nadie al lado era soledad o libertad. Porque claro, libertad suena mejor… hasta que te despiertas sobresaltado, taquicárdico y hablando solo.

—Desde luego, tú no caerías en esas poluciones nocturnas tan dramáticas que dices que te dan —le soltaba, sin anestesia, una vieja amiga que conocía todas sus miserias con la precisión de un notario con lupa. Ella sabía perfectamente que aquel hombre llevaba años convertido en un trasnochador profesional, especialista en diálogos interiores y cafés recalentados.

Vivió como espectador de cine de barrio: siempre en la butaca, nunca en la pantalla. O bien se sentía incapaz de acercarse a una mujer que él mismo había elevado a la categoría de mito olímpico inalcanzable —mientras la aburría con conversaciones que daban más sueño que un documental sobre líquenes—; o bien se dejaba arrastrar, desnudo de certezas y vestido de inseguridades, por placeres tan momentáneos que caducaban antes que el yogur.

Su pusilanimidad, fiel compañera, lo empujaba por un tobogán de soledades inmundas y perfectamente desnaturalizadas. Vamos, que no eran ni románticas: eran administrativas, rutinarias, con sello y número de expediente.

Y así, entre nostalgias con olor a colonia barata y heroicidades que nunca pasaron de borrador, nuestro hombre seguía convencido de que un día escribiría la gran novela de su vida. Aunque, de momento, lo único que dominaba era el arte de cambiar de postura en la cama sin que cambiara nada más. (A la sombra del verbo)

EL RUIDO DE FONDO

No soportaba que su habitación estuviera a oscuras de noche. Le amenazaba, cuando no había luz, una oleada constante de sobresaltos emocionales. En ese momento de oscuridad crecían en su mente, aunque decía que los sufría todo el día, un acongojante carrusel de imágenes y sonidos extraños: cucarachas subiendo por la pared con el único fin de atacarlo cuando se quedara dormido, doloridos ladridos de un perro herido por la brutalidad de su amo, feroces lagartijas trepando por sus piernas cual orangután en busca de alimento, la pegajosa humillación de una lluvia de espesos salivazos de una llama en plena boca y una inmensa cisterna desbordándose como un repugnante pozo negro mientras estaba sentado en el inodoro.

Por eso, agradecía a todos los santos cuando el despertador sonaba insensible a las 5 de la mañana y las «estomagantes imágenes disminuían casi en absoluto». Después de despertarse y cerciorarse de que no había nadie en la habitación, lo primero que oía con claridad era siempre lo mismo: el zumbido bajo del fluorescente del pasillo que presagiaba un incendio que él siempre evitaba al levantarse desnudo y darle un seco golpe con una escoba que solo tenía esa utilidad. Burdo ritual de un arrendatario que no podía hacer en la casa alquilada la más mínima mejora.

Martín, simulando una transición entre sus pesadillas y la realidad, oía el mosconeo incluso antes de abrir los ojos, como si no proviniera del techo sino de algún lugar dentro de su cabeza. Era muy molesto, pero no tanto como las fantasmales representaciones de la noche, aunque, según él, estas no lo abandonaban en todo el día. Su lamento en solitario era que, después de ver por la noche repugnantes ecos, ese ruido no lo tranquilizaba en absoluto. Estaba ahí cumpliendo su función sin preguntarse nada: joderle un reparador despertar tras una vomitiva noche. 

Se levantó con sumo cuidado para no despertar a nadie en una casa en la que sólo vivía él. Siempre la misma acción, como si en su entorno sintiera una untuosa compañía de irreales sombras. Es más, la liturgia matinal era patética: cuando llegaba a la cocina, un educado saludo a los ausentes comensales que tenían delante, a falta de café, el desayuno que había preparado Martín la noche anterior. En la cocina, la cafetera tardaba lo mismo de siempre. El sonido lo retornaba a la realidad como todos los días: Martín observaba cómo subía el vapor hasta su nariz y le obligaba a estornudar con gran violencia. Pensaba que, si un día no hubiera vapor, con toda probabilidad lo aceptaría también sin demasiado sobresalto y estornudaría del mismo modo escandaloso.

El piso conservaba esa cualidad ambigua de los lugares habitados en solitario: el acomodo suficiente para no parecer abandonado y el desorden justo para fingir ante sus amigos una vida que en realidad estaba más vacía que un túper después de una comida laboral.

Se duchó a toda velocidad, pero con una violencia que le dejaba la piel en carne viva. Intentaba después que se calmara con una loción para piel atópica extendida con sus rudas manos por todos los rincones de su cuerpo. Se lavaba el sexo con la misma belicosidad, aunque en los últimos tiempos se lamentaba de que dormía cual bebé recién nacido.

Todas las acciones que tenía que hacer para poner la moto en marcha las realizaba de modo rutinario, excepto aquel día que se olvidó de ponerse el casco y le cayó una multa de 200 euros más la pérdida de 3 puntos en el carné de conducir. Odiaba el casco porque, cuando lo llevaba puesto, los sonidos nocturnos se acentuaban como si quisieran vengarse de tanto silencio diurno. En aquella ocasión le contó al guardia una peregrina justificación ―le acababan de robar el casco― que se sufragó en un vergonzoso ridículo cuando le pidió que abriera el compartimento que estaba bajo el asiento, donde pudieron comprobar que había un reluciente casco.

En el banco, el inicio de la mañana se desplegó con la precisión habitual. Siempre entraba tarareando una canción para que se dieran cuenta los empleados de que ya estaba en la oficina el subdirector. Aunque la realidad del tarareo era que no quería que percibieran una cara tensionada como consecuencia de los sonidos nocturnos que se habían despertado, dañinos y amenazantes, en el trayecto de su casa a la oficina. Una vez sentado en su despacho, la odiosa rutina. Ventilar el despacho. Saludar a los que llegaban tarde. Contestar mensajes. Revisar los resultados de la bolsa. Comprobar ciertos datos en la web del banco. La luz de la maldita pantalla clavándose en sus ojos. Números revisados que no pesaban, pero que tampoco desperezaban su modorra. Personas que confiaban en él sin conocerlo. Esto abarcaba las primeras horas de la mañana.

Al final de la mañana, mientras explicaba por enésima vez un procedimiento idéntico al del día anterior, se descubrió pensando ―algún día lo llevaría a cabo, simplemente por provocación― que podía hacer todo aquello con los ojos cerrados. No como metáfora, no. Literalmente. Esto lo hundió en un miserable pensamiento sobre la vacuidad de la vida que llevaba en los últimos tiempos. No veía un incentivo cuando le hablaban de ocupar la dirección, que era el salto lógico, ya que el director estaba a punto de jubilarse. No era infelicidad lo que sentía. Eso lo tenía claro. La infelicidad exige una energía que él ya no estaba seguro de poseer. Lo suyo era otra cosa: una sensación continua de estar gastando el tiempo en una moneda que no le pertenecía. El día avanzaba, pero no dejaba marca, ni buena ni mala.

A la hora de comer, se sentó en un banco de piedra que había en la pequeña plaza que nacía a los pies de la oficina bancaria. Abrió el envase que contenía una ensalada de quinoa, con verduras, garbanzos, dos tortillas de trigo, pan integral y un yogur Activia de stracciatella. Lo aliñó todo con una vinagreta clásica y la devoró en menos de cinco minutos. Siempre mostraba una gran ansiedad a la hora de comer. Una vez terminada la comida, encendió un cigarro y se lo fumó mientras examinaba su entorno.

Observó, sentados a pocos metros, a un grupo de empleados del banco hablar de vacaciones, de reformas, de hijos que crecían como si el crecimiento fuera una promesa y no un aviso mientras comían unos sándwiches de Rodilla con varias latas de Coca-Cola. Pensó que llevaba años escuchando los mismos temas, con ligeras variaciones de nombres. Pensó también que nadie parecía darse cuenta.

Por la tarde, al salir del banco, la ciudad seguía funcionando. Tráfico. Gente. Prisa. Bocinazos. Insultos. Martín caminó sin rumbo fijo durante un rato, como si retrasar la vuelta a casa pudiera tener algún efecto real en su parsimonia. Sabía que no lo tenía. Aun así, su paso era constante y desnortado. Los viernes eran distintos. No mejores. Distintos. Había algo en la cercanía del fin de semana que le devolvía una forma primitiva de atención. Como si el cuerpo se adelantara a la mente y se preparara para algo que no sabía nombrar. Miró el reloj. Era increíble, pero se había perdido. Bueno, quien lo conocía sabía de su evidente desorientación. Después de consultar el Google mapas, regresó a coger la moto y llegó a su casa muy cansado de toda la semana en el banco.

Esa noche bebió más de la cuenta. Entró en el bar de copas como quien entraba en un lugar prestado. Nadie lo esperaba en ninguna parte, y eso le daba una libertad extraña, casi liviana. Se sentó en la esquina de la barra, pidió lo de siempre, y observó cómo las conversaciones de otros se entrelazaban y se deshacían en el aire tibio del alcohol y de la música baja. Habló con desconocidos. Dijo cosas que no recordaría nadie ―él menos― con precisión. No buscaba placer. No buscaba fricción verbal. No buscaba nada en particular. Ni compañía urgente ni olvido completo. Solo el murmullo compartido que le recordase que el mundo seguía latiendo, incluso cuando nadie pronunciaba su nombre.

En casa no había luces encendidas ni ruido de platos. Solo habitaciones que guardaban silencio y un sofá que conservaba la forma de su cuerpo. A veces retrasaba el regreso para alargar la ilusión de pertenecer, aunque fuera como espectador, a la vida de los demás. La calle era una vida llena de latidos, su casa era un símil claro de la más abyecta soledad.

El sábado se despertó tarde, con la boca seca y la sensación de haber estado despierto durante varias horas en un abotargado insomnio. Se quedó mirando el techo, siguiendo con la vista una grieta fina que no estaba seguro de haber visto antes. Pensó en mudarse. No a otro barrio. A otro lugar. Uno donde nadie supiera qué hacía ni por qué había llegado hasta allí. Esa noche no hubo ni sonidos extraños ni ruidos matinales que le provocaban una enorme ansiedad. Se rio de forma desequilibrada cuando le atizó con la escoba a la luz del pasillo. Bebió en casa.

Llevaba años fantaseando con la retirada. No con la huida. La huida implicaba persecución y esta conllevaba una posible búsqueda. Él quería algo más silencioso. Un desaparecer sin ruido, como cuando de niños apagábamos una radio que llevaba demasiado tiempo encendida. Imaginaba un sitio sin conversaciones ajenas, sin la obligación de opinar, sin la necesidad de explicar cruciales decisiones que nunca había tomado del todo.

La noche del sábado al domingo hubo un amago de asquerosos sonidos de animales, pero Morfeo, con sus alas en la espalda, le hizo un gran favor y lo situó en una isla paradisiaca junto a una mujer que no conocía de nada, pero que no paraba de hablar. Se despertó angustiado por el tono hiriente de la mujer que lo acompañó a dicho viaje.

El domingo, la ciudad parecía contener la respiración. Recordaba que le habían dicho que en domingo uno no se podía poner enfermo y mucho menos ir a urgencias. Martín, a pesar de las molestias de estómago, ocasionadas por un certero resacón, salió a caminar temprano. Pasó frente a bares cerrados, persianas a medio bajar, escaparates que no tenían nada que ofrecer y farmacias de guardia. En un banco de un parque desconocido para él, se sentó a observar a un hombre mayor que alimentaba a las palomas con una paciencia infinita. No parecía esperar nada a cambio. Martín se sintió muy extraño, pues no manifestó en alto, como en numerosas ocasiones, el asco que le producían las palomas. Quizá fuera por el respeto que le generaba el anciano.

De vuelta en casa, sudado y necesitado de una ducha, pasó por el baño y otra vez la violencia higiénica. Preparó con ritmo mecánico la ropa para el lunes. El gesto le produjo una incomodidad inesperada. No era rechazo. Era un cansancio anticipado a una semana igual que las mil anteriores. Se sentó en el borde de la cama y permaneció allí más tiempo del necesario, como si el cuerpo intentara negociar algo con la cabeza.

Durante la semana siguiente, pequeños detalles empezaron a desajustar su adquirida rutina. Llegaba unos minutos tarde. Olvidaba contraseñas que había usado durante años, no ventilaba el despacho y una mañana, al mirarse en el espejo del baño del banco, no se reconoció de inmediato. Vio a otro hombre, otro gesto, otra mirada. No fue un sobresalto. Fue la constatación tranquila, casi administrativa de que no «estaba» él en el banco y le había sustituido un avezado y ambicioso joven.

El jueves, en casa, mientras archivaba unos documentos en diferentes carpetas de su portátil, se dio cuenta de que llevaba diez años diciendo la frase «cuando tenga tiempo». La frase se le apareció completa, desnuda, sin adornos. «Cuando tenga tiempo». No sabía exactamente para qué. Solo sabía que ese tiempo nunca llegaba.

Ese viernes no salió. No bebió. No buscó ruido. Se sentó en el sofá con las luces apagadas y escuchó el zumbido lejano de la ciudad. Pensó que, quizá, no hacía falta una decisión espectacular. Que tal vez bastaba con empezar a no hacer, a no aceptar, a no continuar su vida por una «humana» inercia.

Pasó otra semana con los mismos síntomas. Cuando llegó el viernes, pidió el día libre. Los compañeros de la oficina se miraron con extrañeza cuando detectaron la ausencia de su «cumplidor» subdirector.

No tuvo que dar explicaciones elaboradas al director porque este estaba en la boda de una nieta. Nadie se las pidió. Caminó hasta la estación de autobuses y compró un billete al azar, como quien compra un décimo de lotería sin ver el número. Un lugar pequeño. Un nombre que no le dijese nada. Se sentó a esperar sin revisar el teléfono y eso que tenía siete llamadas perdidas del banco.

Un supervisor fue el que miró el billete y le indicó el andén al que se tenía que dirigir para ir a ese lugar misterioso. En ese momento descubrió la ciudad que era su destino. Sonrió porque tenía asegurado el éxito de sus planes si era capaz de llevar a cabo sus deseos, algo que era muy difícil de averiguar, dado que en los últimos tiempos iba de fracaso en fracaso.

Mientras el autobús arrancaba, Martín sintió algo parecido al miedo. En lenguaje castellano, se acojonó. El reflujo volvió y la boca le empezó a saber a la porrusalda del día anterior.  La ansiedad y el espanto ante lo desconocido volvió a aflorar con una fuerza inhumana, que se devoró su entusiasmo y aniquiló el alivio que había experimentado cuando dejó atrás el banco. Era una nueva forma de llamar la atención. Miró por la ventana cómo la ciudad se alejaba sin dramatismo. Pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el tiempo no se le estaba yendo de las manos sin dejar rastro. Estaba convencido de que iba a ganar la partida esta vez, aunque, con una íntima sinceridad, desconocía qué iba a pasar. De lo que estaba seguro era de que ya no estaba fingiendo la aceptación de una rutina dañina y despersonalizadora. Sacó un cuaderno de notas y leyó la última que había recordado. Era del Buscón de Quevedo: Nunca mejora su estado, quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. Y se durmió en un suspiro, como los niños cuando se sienten seguros. (A la sombra del verbo) (2026)

MACARRÓNICO

El adjetivo macarrónico significa «error garrafal» o bien propiamente «hombre débil, bobo». Inicialmente, hacía referencia solo al latín, y en particular al que, mezclado con romance, se empleaba de forma burlesca. El género: la macarronea, que es una «Composición burlesca, generalmente en verso, que mezcla palabras latinas con otras de una lengua vulgar a las cuales da terminación latina». Era un latín de cocina.

Con otras palabras, en lenguaje coloquial, se dice del lenguaje que suena a latín, pero parece inventado por alguien borracho en una taberna medieval, con más ganas de impresionar que de saber. Es como si el hablante hubiera mezclado clases de gramática con recetas de pasta y palabrotas, y luego lo hubiera servido todo en un plato de ignorancia con salsa de pedantería. Ideal para parecer culto mientras se dice una sarta de tonterías.

Ejemplo: Carpe chorizum et manduca rapidum, que examinus est proximus. En una traducción muy libre: Aprovecha el chorizo y come rápido, que el examen está al caer. En latín correcto: Carpe diem et celeriter ede, nam examen appropinquat. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

CAFETERO/A

Personajillo, como un servidor, que se toma varios cafés al día y todos ellos, especialmente el primero y el último como si fueran el único refresco del desierto, prostituyendo de ese modo la sabrosa labor de los catadores de ese oro negro líquido. El cafetero, yo, cuando estoy frente a un excelente café ―que no «pasilla», que es la denominación del mal café en Colombia―, salivo como un perro ante una chuche y no encuentro el momento para darle un sorbito. Miro a izquierda y derecha, como prófugo de la justicia que está escondido tras el perfil de un cafeto, y me bebo de un trago el contenido de mi taza. ¿Saborear? Nada. Desastre de cafetero, seguro que piensa el camarero. Sin café soy básicamente un wifi sin señal, le digo al camarero, que me mira como cuando yo era niño y observaba fumar a los murciélagos en una oscura esquina del techo de la capilla. Es el que acaba siendo nombrado y reconocido para presidir el Alto Comisionado para los Asuntos Cafeteros, Protector de las Tazas Sagradas, Defensor del Espresso y Mártir del Insomnio Voluntario. Además de ser presidente vitalicio del Comité Internacional de ‘Solo Uno Más y Empiezo el Día’ ¿Por qué ha sido condecorado? Por sus servicios prestados a la humanidad en forma de aroma tostado y mirada temblorosa, y ser ejemplo viviente de que el sistema nervioso puede sobrevivir a niveles ilegales de cafeína y aún fingir cordura en reuniones de trabajo. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

¡ARTÍCULO 200!

El artículo 200 no irrumpe en este blog poetario.com con una dosis añadida de «hiperactividad» ni pretende ser una celebración al estilo de la fastuosa boda de Jeff Bezos y Lauren Sánchez. No marca un hito ruidoso ni altera el ritmo con el que escribo desde mi «tardojuventud». Aparece con la misma calma con la que llegan los recuerdos o la lluvia en Galicia: sin urgencia, sin dramatismo. El número solo pide ser mirado un instante, como se mira un paisaje conocido al que se vuelve sin saber muy bien por qué.

Doscientos textos comparten un mismo pulso pausado. Son narraciones que se detienen más de lo necesario, pensamientos que regresan al pasado como si visitaran una casa cerrada desde hace años. Hay poemas en prosa que dudan de sí mismos, pero permanecen, y fragmentos de una novela que no avanza, más interesada, sin causa aparente, en quedarse sola en el umbral de la presentación que en cruzar definitivamente la puerta de una atractiva trama.

Reconozco que el artículo anterior —el de Roma en verano— fue extenso, parsimonioso y exigente en la atención. Su lentitud no es descuido, sino una decisión expresiva: construir un clima y mostrar la desconexión entre los personajes. No todo el mundo está dispuesto a caminar despacio cuando aparentemente no sucede nada. El 200 continúa en esa línea: no es ligero, no promete acción ni giros espectaculares. No lo protagoniza un héroe de cine, sino alguien obstinado en las emociones, alguien que insiste en mirar y sentir. Como todo antihéroe.

Este blog nunca ha querido funcionar como un relato acelerado. Está un poco anquilosado, observa la vida con morosidad y vuelve remolón una y otra vez sobre los mismos temas: Galicia, la memoria emocional, el amor y su ausencia, la soledad entendida no como herida sino como atmósfera de creación. Es una escritura consciente de su lentitud, que no se defiende con violencia narrativa, sino con persistencia.

A veces pienso que debería escribir textos más dinámicos, más adaptados al tiempo vertiginoso del lector y de la celeridad de nuestra sociedad. A veces siento que escribo como quien contempla el mar sin atreverse a zambullirse. Y aun así continúo, porque no sé hacerlo de otro modo, porque incluso cuando la palabra no brilla sigue siendo el lugar al que regreso.

Quienes leen este blog son esenciales para mí. No por su número, sino por su disposición. Aceptar un ritmo lento y una prosa que no siempre seduce, pero que intenta ser honesta, tiene un mérito inmenso. Algunos textos nacen de duras experiencias vividas —el de la depresión— y han sido escritos con absoluta fidelidad a lo que mi hermana y yo vivimos. Es real que ha sufrido mil correcciones, pero ninguna de ellas ha violentado su núcleo temático.

El número 200 no cierra nada. El dos alude a un «matrimonio» entre quien escribe y quien lee; los ceros, a lo que permanece abierto, a lo que aún no sé si escribiré. Es un número suspendido.

Sigo haciéndome la misma pregunta: ¿Vale la pena escribir? No busco éxito ni recompensas visibles. Sé que no las merezco. Escribo porque las palabras me ordenan, porque hay imágenes que necesitan ser nombradas para existir y silencios que solo se vuelven habitables cuando los escribo. Tal vez no ilumine mucho, pero esta escritura señala que hay alguien aquí.

Y antes de cerrar este artículo 200, queda lo esencial. A quienes leen y siguen ahí, incluso cuando los textos se alargan, cuando el ritmo es lento y lo que se ofrece es apenas una voz que camina entre la niebla, gracias. Leer aquí es un gesto paciente, una forma de acompañar sin ruido, como quien atraviesa un paisaje conocido sabiendo que no habrá prisa ni espectáculo. Pessoa escribe que vivir es ser otro, y quizá leer sea eso mismo: aceptar por un instante una memoria que no es propia.

Rilke pide vivir las preguntas, y eso hacen quienes permanecen, avanzando sin exigir respuestas. Y Cunqueiro nos recuerda que la realidad solo se sostiene cuando la palabra la vuelve imaginable, cuando la memoria se mezcla con la invención y el mundo se deja contar. Que sigáis ahí, en esta brecha tranquila de lectura y niebla, es la prueba más hermosa de que escribir, incluso así, incluso despacio, a veces compensa. 

ROMA EN VERANO

Notas previas: Antes de comenzar este relato, quisiera pedir disculpas si el uso de algunos términos italianos relacionados con el ámbito hotelero no es del todo preciso. No hay en ello más intención que la literaria, y cualquier imprecisión nace del afecto y la admiración por la lengua italiana y su cultura. Un amigo francés me ha dicho que el uso de esos términos sin un conocimiento exhaustivo es una auténtica ‘boutade’, es decir, utilizar una terminología que, por desconocimiento, no hay que tomarla al pie de la letra. En segundo lugar, también quiero pedir disculpas por la extensión del relato.

El sábado, a las dos de la madrugada, Roma aún brillaba caliente, pero muy hermosa. Había sido un viernes muy duro. Un sol a plomo sin piedad hizo que las gotas de sudor se frieran cual huevos a la plancha. La metáfora del tassista hizo sonreír a Asun y a Jaime que dormitaban en el asiento trasero con desinhibida naturalidad. ¿Castigo de los dioses romanos? Nadie lo sabe.

―A alguno de ellos se le habrá ido la mano, les comentó el tassista que los llevó del aeropuerto al hotel. Agosto se caracteriza por ser muy caluroso, asfixiante incluso, pero también es notable su ritmo pausado y veraniego. Es una ciudad que respira muy despacio, como si se pudiera permitir el lujo de no avanzar en el tiempo. Dicen que es ideal para historias de deseo sin promesa, encuentros que no quieren definirse y silencios que pesan más de lo habitual.

Como llegaron al palazzo pasadas las dos de la madrugada, se dirigieron con toda rapidez a la habitación que tenían reservada. Ducha y cama. Nada más. El cansancio acumulado los ayudó a que no tardaran ni un minuto en quedarse dormidos.

Jaime abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Estaba muy nervioso. Histérico, diría su madre. Tenía treinta años y el cuerpo de alguien que aprendió a cuidarse con disciplina desde la adolescencia: hombros anchos, cintura limpia y una musculatura definida sin ostentación. Su aspecto era atractivo incluso cuando vestía sólo bañador, que es una prueba de fuego para muchos. Un tío suyo, que lo operó con urgencia de una apendicitis muy complicada, manifestó orgulloso que poseía un desnudo masculino de líneas equilibradas y una gran elegancia natural. Cuando iban a la piscina del Apóstol Santiago, era envidiada por su amigos y primos argumentando que con esa fachada no tenía rival ante las chicas. El cabello castaño, peinado con un orden casi militar. Todavía no había tonsura en su coronilla y eso le daba una aplastante seguridad cuando iba al fútbol con un amigo y el que estaba detrás de él, al ver una tupida cabellera, desviaba la mirada hacia la «claridad capilar» de su compañero de grada. Lucía barba recortada como si el mundo exigiera simetría. Al mirarse con detenimiento médico en el espejo del baño —mármol claro, toallas gruesas y una ducha que prometía alivio y restauración— pensó que mientras no le salieran canas, la iba a seguir llevando. Me da un punto de seriedad que necesita mi profesión, sentenciaba en silencio.

A las seis, al abrir la ventana de la habitación del palazzo, el aire era una sábana caliente que se pegaba a la piel, y el sol —todavía bajo— hacía brillar con delicadeza las losas como si hubieran sido enceradas durante la noche. Desde esa misma ventana, a pocos pasos de la Piazza di Spagna, el rumor temprano de los impetuosos repartidores subía como un murmullo acelerado.

Al contemplar desde la ventana la ciudad, lo primero que le envolvió a Jaime era una agradable sensación de ser parte de un escenario clásico y casi cinematográfico. Sus padres, cinéfilos de vocación y abogados de profesión, le hicieron ver de pequeño tres veces la irrepetible Vacaciones en Roma con los inolvidables Gregory Peck y Audrey Hepburn.

El suelo de la habitación, de mármol bruñido, reflejaba una luz cálida que invitaba al descanso. Los armarios, de madera maciza oscura, señoriales,  majestuosos y de gran capacidad, se abrían muy generosos para acoger con elegancia y comodidad la ropa y los complementos de los viajeros. Los detalles en seda y tapices antiguos parecían susurrar historias de dignatarios y aventureros ilustres que han cruzado esa habitación desde su inauguración hasta hoy.

El aroma del bancone del ricevimento, con acceso directo a la sala colazioni, era una mezcla sutil de café italiano recién hecho y de flores frescas dispuestas en jarrones altos. El ambiente no era estridente, sino lleno de estudiada calma y discreta sofisticación. El personale di ricevimento, impecablemente uniformado, saludaba a los clientes por sus nombres antes incluso de que terminaran de sonreír. Era un staff atento sin ser pesado, como si supieran exactamente qué necesitaba el cliente incluso antes de que lo echara en falta.

Desde la recepción se podía entrever un salón amplio con candelabros ―chandeliers, dirían los cursis― brillando suavemente, obras de arte clásicas en las paredes y sillones profundos que invitaban a sentarse con un cóctel o un espresso fuerte, según fuera la hora. Caminando un poco más, una escalera elegante guiaba a los pisos superiores donde la vista sobre los tejados de Roma recordaba, sin palabras, que los «durmientes» estaban en el corazón de la Ciudad Eterna.

Era una sensación que mezclaba lujo antiguo con una hospitalidad que superaba cualquier expectativa. Suntuoso, sí, pero de una forma que hacía que incluso el huésped más crítico se sintiera cómodo y bienvenido.

Jaime sudaba muchísimo. Antes incluso de levantarse a abrir la ventana, el sudor ya lo tenía atrapado. El colchón rezumaba fuego, como la parrilla de San Lorenzo, por el calor y la humedad de Roma. La almohada, tibia, tirando a cocina de leña a fuego lento en pleno caldo gallego. El cuerpo, pegado a las sábanas como si estas no quisieran liberar la hermosa presa que habían atrapado. La elegante colcha de verano ―se olvidó de retirarla al acostarse―, adherida también a su piel con una insistencia tan íntima que casi sintió una provocación no deseada.

Jaime, después de abrir el ventanal de la habitación y de contemplar unos minutos la ciudad, se volvió a tumbar en la cama, donde permaneció inmóvil unos minutos. Aplastado contra la «ardorosa» cama por su propio peso y acobardado por una sofocante incomodidad, dudaba si moverse valía realmente el esfuerzo.

Se levantó y se dirigió al baño. Se duchó y se vistió con una elegancia natural nunca aprendida con unos vaqueros y una camisa blanca. Le dejó a Asun una nota en la mesilla en la que le comunicaba que salía a dar una vuelta y a disfrutar con el relente del amanecer. Nos vemos en la sala colazioni para desayunar.

Cerró la puerta de la habitación con suavidad para que Asun no se despertara y bajó en ascensor hasta la puerta de acceso a la calle. La addetta al ricevimento lo saludó con una musicalidad verbal que le espabiló un ánimo que estaba bastante decaído.

En Roma, el verano no perdonaba a nadie. No hacía distingos. Sin rumbo fijo, embocó la primera calle que se cruzó en su camino. El sudor le resbalaba por la espalda y se le quedaba atrapado entre la camisa y la piel, pegajoso, insistente. El aire parecía inmóvil, denso, como si la ciudad entera respirara calor. Cada paso sobre las piedras ardientes le recordó una frase de un buen amigo: en agosto en Roma no se vacaciona, se martiriza.

Asun dormía aún, boca arriba, con una sábana que no lograba decidir si cubrirla o rendirse a su físico. Tenía también treinta años, y una belleza que parecía improvisada: piel dorada, clavículas delicadas, pecho natural y proporcionado, cintura de reloj de arena y unas piernas largas que no pedían permiso. Su cabello castaño se desparramaba sobre la almohada como si hubiera sido arrojado con estudiado descuido por un estilista. Los labios, amplios, guardaban una sonrisa mínima incluso dormida. Ella era elegante sin voluntad, porque su elegancia no nacía del esfuerzo consciente, ni del cálculo, ni del deseo de causar impresión. Cuando se arreglaba lo mínimo para ir a trabajar, lucía de manera natural, casi accidental. Era atractiva sin plan. Es decir, no había intención de seducir, no había estrategia ni control. Su atractivo no respondía a un propósito, no buscaba un resultado. Y sudaba. Sudaba, como sudaba todo el mundo en Roma en plena ola de calor en el mes de agosto: sin pudor, sin tregua.

A Jaime le molestaba —le molesta en toda hora— esa humedad compartida que la noche le había dejado. El sudor era, para Asun, una prueba de vida; para él, un estorbo, una señal de desorden. Aun así, cuando él se despertó, la miró con un libidinoso deseo y con una esperanza que sabía en ese momento irrealizable.

Jaime regresó al palazzo para desayunar con Asun. Se asomó a la sala colazioni y la observó haciendo un pormenorizado examen del bufé libre. Ella seleccionaba lo que en esos momentos le apetecía y él se puso en la cola con la paciencia del que acaba de coger un número altísimo para que le realizaran una resonancia magnética. Tras la elección, se dirigió muy decidida a una mesa libre desde la que podía observar la piscina, en la que dos clientes con aspecto nórdico se estaban bañando. A los cinco minutos llegó Jaime y se sentó a la mesa frente a ella en silencio, que le sirvieron para hacer un análisis pormenorizado de la sala.

El hotel era un edificio lujoso, un palazzo, a la par que discreto. En el comedor, las mesas vestidas de blanco parecían recién instaladas y con una quietud aprendida a base del esfuerzo de los camerieri. El café olía a promesa, la fruta brillaba con una perfección en nada inocente y la bollería desprendía un aroma que invitaba a su inmediata degustación. Las bandejas con diferentes tipos de fiambre se mostraban con un generosidad que era muy difícil rechazar. Los compañeros de desayuno —fingidas parejas de fin de semana, viajeros de negocios vestidos con indumentaria veraniega y familias al completo— hablaban en un volumen de voz respetuoso, que sólo era violentado por los gritos de algunos niños que no sabían qué degustar.

Asun, con un vestido ligero que dejaba pasar el aire como una mentira amable y que se mostraba muy generoso en transparencias, terminó un primer cappuccino acompañado con dos minicornettos ―similares al croissant―. Se levantó de nuevo y regresó con un plato en el que lucía una selección de bufé salado, jamón, queso y huevos, y una rosetta recién horneada para untarla con miel y ricotta, ese queso fresco, ligero y cremoso que le entusiasmó. Además de otro cappuccino.

Jaime, con parsimoniosa apatía, iba degustando lo que había seleccionado en el bufé. Parecía cansado de nacimiento. Estaba enamorado de la belleza natural que exhibía Asun. Nada de retoques «cremosos» excesivos. Una fina película de gel hidratante mínimamente «casada» con un manto de sudor casi imperceptible.

—Roma, en agosto, no perdona —dijo ella saboreando un segundo cappuccino riquísimo—. O la amas así o no la amas, la odias. Y creo que tú estás en esta segunda alternativa.

—Yo prefiero cuando no hace tanto calor —respondió él, ajustándose la camisa—. ¿Hay aire acondicionado en este hotel? Para mí, que no. Con la transpiración y el calor todo se convierte en un escenario incómodo y pegajoso.

—Recuerda lo que nos dijeron en el bancone del ricevimento: el aire acondicionado en exceso reseca la madera, daña los barnices y ceras, afecta a los tapices y tapicerías y las puertas y cajones dejan de encajar bien.

—Chiquilla, ni que formaras parte del staff de este hotel. No muestras ni el más mínimo desacuerdo con una norma para mí castafiórica.

Asun rio. Aplaudió con admiración dos veces la «brillante» ocurrencia.

—El amor comprometido también es incómodo y pegajoso —sentenció con tono de provocación—. Y, aun así, mira qué bien viven algunos.

Jaime sintió el golpe bajo de esa frase.

Él buscaba, desde que se conocieron, una relación con reglas claras y compromisos definidos. Decía que no iba a encontrar a nadie mejor y que la vida había que programarla concienzudamente. Ella, desde el principio, cantó a la libertad como quien conocía la melodía desde niña. Le repateaban las programaciones. Según ella, feliz por la dosificada compañía que le ofrecía Jaime, solo los unía el cuerpo, la cama, esa atracción inmediata que no pedía explicaciones ni prometía nada más allá del instante. Según él, incluso esa atracción que parecía no prometer nada dejaba rastros: gestos, expectativas, una intimidad que no se explicaba solo desde la piel y una continuidad que no se agotaba en ese instante.

Caminaban por calles estrechas donde la sombra era un premio breve. Las fachadas parecían observarlos con ironía. Las fuentes ofrecían agua tibia, casi burlona. Asun avanzaba con una alegría insolente y tentadora. Jaime, obsesionado con el calor romano, medía los pasos, el tiempo y las palabras que no se pronunciaban.

—No me mires así —le soltó ella, de pronto—. No soy tu proyecto, joder, te lo he dicho mil veces.

—No te miro como mi proyecto —mintió él—. Te miro como se mira algo que todavía no se sabe cómo nombrar.

—Qué palabra tan pesada estás insinuando —dijo Asun, y aplaudió de nuevo, esta vez sin alegría—. El futuro con el que tú sueñas me da alergia, me produce un sarpullido emocional.

—No he pronunciado la palabra futuro, joder.

—Pero la has insinuado, que es peor. Si fueras sincero y hablaras a las claras, sin miedo, todo sería más fácil.

Como no querían discutir más, se entregaron a los escaparates de Roma, permitiendo que los reflejos, las vitrinas y las calles anchas amortiguaran lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Cansados de mirar y no comprar, se acercaron a uno de los mejores restaurantes de Roma para intentar reservar una mesa. La respuesta fue un rotundo no, eso sí, muy educado. Después de dar mil vueltas en busca de un restaurante —parece que están aquí todos los turistas del mundo, dijo Asun— sin protestar, entraron en una pizzería cercana y se sentaron a comer. El calor era hiriente, casi ofensivo, y la conversación sobre el tráfico en Roma se volvió áspera cuando podía ser de lo más hilarante. Ella hablaba con una agresividad seca, cortante, mientras él insistía en un tono cada vez más cariñoso, como si el afecto pudiera suavizar el aire denso que se interponía entre ambos.

—Hace un calor insoportable, pero al final te enamoras de él —dijo él, intentando sonreír—. Cuando vuelva a casa me acordaré de esto con cariño y con cierta benevolencia.

—No sé cómo puedes bromear —respondió ella, sin mirarlo—. Desde que llegamos, todo está mal para ti: el calor, la gente, los precios de las tiendas y este sitio. Como dice Francesca, mi amiga romana de la universidad, que en agosto se va de la ciudad, como los inteligentes: Questo ristorante è una porcilaia. (Este restaurante es una pocilga).

—Solo intento que estemos bien, que no sea un viaje con mil chinchetas en los pies. Sé que es una mierda de sitio, pero no hemos encontrado otro. Cuando le preguntamos a Alessandra Conti, jefa sofisticada y autoridad tranquila del bancone del ricevimento, por un restaurante elegante, nos dijo que teníamos que haberlo reservado por teléfono o internet bastantes días antes. Lo hemos planificado muy mal.

Jaime la miró mientras ella se recomponía un poco de la caminata con un pañuelo de papel y un pintalabios.

—Asun, se respira ahora mismo aquí, entre tú y yo, una tensión que ni en una reunión familiar hablando de herencias. Cuando estamos solos eres más borde que un erizo con resaca. Silencio. Y yo quiero que haya buen ambiente.

—Pues deja de intentarlo —cortó ella—. Ahora mismo, eso lo empeora todo porque se te nota demasiado, y eso pone nerviosa hasta a la buena intención.

Terminaron de comer a toda velocidad y se tomaron de un trago el amaro que le ofrecieron los dueños porque les dijeron que era amargo, digestivo y muy italiano. Asun, si hubiera podido, lo habría escupido.

El sábado se estiró como una siesta interminable. Volvieron al hotel cuando el calor era un muro infranqueable. La habitación, a fuerza de tecnología, los recibió con un silencio que los invitaba a dormir y con un ridículo golpe de frescor, sepultado en breves segundos por el calor que expelían los cuerpos de Asun y Jaime. Compartieron la cama sin hablar. Cada uno con su teléfono móvil, se dedicaron a contestar los mil guasaps que habían recibido porque no habían consultado las redes desde la diez de la mañana. El sudor, otra vez, apareció como una tercera presencia.

Jaime, a la media hora, fingió quedarse dormido. Necesitaba dormir, pero su mente le llevaba por otros derroteros: Si pudiera decirlo de otra manera. Si el calor no me volviera torpe. Ella duerme y yo pienso en anillos, en mañanas repetidas, en una vida que no se aplaude, se construye. ¿Por qué su piel resbala cuando intento aferrarme a ella? Porque no es miedo ni repudio lo que siente, es deseo de independencia. Ella camina como quien no quiere dejar huellas, y yo, en cambio, ya estoy midiendo el terreno, calculando cimientos. Me esfuerzo por no sonar a cerrojo, por no confundir promesa con jaula. Pero cada palabra que ensayo pesa, cada gesto mío parece pedir recibo. La observo respirar y me pregunto en qué momento el deseo de quedarse conmigo empezó a parecer una exigencia. Quiero compartir el futuro como quien comparte una mesa, no como quien firma un contrato. Sin embargo, cuando hablo, se me cuela la prisa y, cuando callo, se me nota el plan. Tal vez amar sea aprender a esperar a que el silencio haga su trabajo. Quizá el compromiso no se pide, se encuentra, un día cualquiera, sin calor, sin torpeza, cuando ambos decidamos no irnos.

La relación era más estrecha de lo que parecía. Ella, de igual modo, se hizo la dormida. Fingía mejor que Jaime. Aparentando una respiración profunda, observaba de reojo la actuación ―muy mal interpretada― de él. Con una  espontaneidad no refrenada, sonrió levemente.

Qué pesado es su silencio cargado de planes. Me desea, sí, y yo a él. Pero cuando suda se vuelve serio, como si el cuerpo le recordara algo que no quiere. Yo no vine a Roma a prometer nada. Vine a caminar sin mapa, a perderme en calles que no me pidieran explicaciones, a dormir mal y despertarme distinta. Vine a ser ligera, a no convertirme en proyecto de nadie. Y, sin embargo, ahí está él, mirándome como si yo fuera una idea que empieza a cerrarse, como si ya estuviera decidiendo por mí qué forma tiene el mañana. No me lo dice, pero lo pienso por él: estabilidad, horarios y una vida que se pronuncia en plural demasiado pronto. Lo quiero —o algo muy parecido—, y eso es lo que más me incomoda. Porque querer también puede ser una trampa si llega con planos adjuntos. Me gusta cuando ríe con espontaneidad, cuando habla sin planificación, cuando no espera nada, cuando el deseo es solo deseo y no un ensayo general del futuro. Pero en cuanto calla, siento que me empuja suavemente hacia un lugar donde no he dicho que quiera quedarme. No es que huya del compromiso. Huyo de sentirme escrita antes de tiempo. De ser una promesa cuando todavía soy una pregunta.

El domingo fue un desfile de contradicciones. Museos e iglesias que prometían la eternidad, gelatos que se derretían antes de llegar a la boca, miradas que se encontraban y se esquivaban. En una trattoria escondida tuvieron que compartir mesa con unos desconocidos que hablaban muy alto. Jaime observó una pareja anciana que comía en silencio, sincronizada. Asun puso sus ojos en un grupo de amigos que reían sin dueño.

—Eso —dijo ella, señalando a los amigos—. Eso quiero yo.

—Y yo quiero eso —respondió él, señalando a los ancianos.

—Entonces no queremos lo mismo.

La noche del domingo volvió a unirlos en la cama. No hablaron. Disfrutaron muchísimo. El sudor fue un argumento más que en esta ocasión no resultó un impedimento. El placer físico, que tenían tan sincronizado, los hacía sonreír, aunque sus realidades emocionales de futuro fueran muy diferentes.

Mañana, aeropuerto. Aún hay tiempo de convencerla. Roma ha visto nacer y consolidarse muchas promesas. Pensaba Jaime.

Mañana, aeropuerto. ¡Qué alivio! Necesito distancia. Roma ha visto morir demasiadas promesas. Pensaba Asun.

La madrugada del lunes llegó con un aire menos cruel. El aeropuerto, con un gélido aire acondicionado ―aquí no había nada que se pudiera deteriorar― era un pasillo interminable de llegadas y despedidas. Unas, alegres; otras, tristes; y algunas, las menos, indiferentes. Las potentes luces blancas y el frío no admitían romanticismos. Jaime sostuvo su maleta como si fuera una pregunta.

—Podríamos intentarlo —dijo, por fin, inseguro—. Con calma.

Asun lo miró incrédula porque no había entendido nada. No aplaudió. No cantó. No sonrió.

—No —respondió, cortante—. No vine para intentos.

Le dio un beso en la mejilla, seco, casi administrativo. Se dio la vuelta. El sudor, ya inexistente a esa hora y en ese lugar, no pudo estorbar. Y eso, para Jaime, fue lo más inhumano de todo.

—Roma me ha enseñado que las cosas bellas no duran porque sí, duran porque nadie intenta poseerlas del todo. Y yo, ahora mismo, solo puedo ofrecerte presencia sin garantía y calor sin juramento. Mañana… mañana ya veremos.

Cuando quiso contestarle Jaime ―no había sido capaz de asimilar sus palabras con celeridad―, Asun ya embarcaba con la decisión de un viandante madrileño. Lo hizo en primer lugar porque había cambiado su billete de turista a clase Business. Cuando cruzaba el finger, le sonó el teléfono con insistencia. La música era la canción de Alaska A quién le importa. Colgó el teléfono sin contestar. Dentro de unos días lo llamo. (A la sombra del verbo) (2026)

GUATEQUE DEL 73

Aquel guateque del 73 quedó grabado en mi mente como una fotografía ligeramente amarillenta, de esas que uno guarda en una caja de zapatos porque, aunque el tiempo pase, sigue desprendiendo un calor especial. Tenía quince años y la cabeza hecha un torbellino: los estudios de Bachillerato me parecían una muralla imposible, la concentración se me escapaba como agua entre los dedos y la memoria jugaba a esconderse justo cuando más la necesitaba.

Pero nada de eso importaba demasiado, porque había algo —o mejor dicho, alguien— que ocupaba cada rincón de mis pensamientos: aquella chica que te desarmaba con una sola sonrisa.

El guateque se organizó en la modesta casa de un compañero de clase, una vivienda de barrio en la ribera del Manzanares, con muebles sencillos y un salón que parecía más pequeño de lo que realmente era, quizá porque todos llegamos con una energía que lo llenaba todo. Los padres del protagonista, con una mezcla de confianza y prudencia, se marcharon dejando un listado de normas estrictas: nada de alcohol, nada de desmadres, nada de ir a las habitaciones. Aun así, la sensación de libertad era absoluta. Por primera vez, estábamos solos, sin adultos vigilando cada movimiento.

El ambiente se fue calentando poco a poco. Las luces del salón estaban algo más bajas de lo habitual, creando una penumbra amable que invitaba a acercarse. Sobre la mesa, refrescos, patatas fritas y algún que otro emparedado improvisado. El tocadiscos, colocado sobre un mueble que crujía al mínimo movimiento, era el verdadero protagonista de la tarde. Cada disco que se colocaba sobre el plato parecía abrir una puerta distinta.

Y entonces sonó El gato que está triste y azul. La voz suave de Roberto Carlos llenó la habitación con esa melancolía dulce que hacía que todos bajáramos un poco la voz. Algunos se sentaron en el suelo, otros se quedaron apoyados en las paredes, y yo… yo sólo podía mirar de reojo a la chica que me tenía completamente trastornado. Ella llevaba una falda sencilla, el pelo suelto y una risa que parecía iluminar más que la lámpara del salón. Cada vez que se movía, me parecía que el aire cambiaba de dirección.

Después llegó Sealed with a kiss, en la versión de Bobby Vinton, y el ambiente se volvió aún más íntimo. Las primeras parejas se atrevieron a bailar despacio, con esa torpeza encantadora de quienes aún no saben dónde poner las manos. Yo dudaba, claro. El corazón me latía tan fuerte que temía que se oyera por encima de la música. Pero ella me miró, apenas un segundo, y ese gesto fue suficiente para empujarme hacia adelante. No recuerdo exactamente qué dije —probablemente algo torpe—, pero sí recuerdo que aceptó. Y que, durante esos minutos, el mundo se redujo a dos personas que intentaban acompasar sus pasos sin pisarse demasiado.

Más tarde, cuando ya todos estábamos más sueltos, sonó Samba pa ti de Santana. Aquella guitarra, tan limpia y tan emocional, transformó el ambiente. Decían que no era una canción para bailar pegados, pero nadie rompió su pareja y nos dejamos llevar. Algunos movían la cabeza, otros marcaban el ritmo con los pies, y yo sentí por primera vez esa mezcla de libertad, música y juventud que sólo se experimenta una vez en la vida. Era como si la tarde se hubiera detenido, como si nada más existiera fuera de ese salón lleno de adolescentes que soñábamos con ser mayores.

El guateque terminó con risas, promesas vagas de repetirlo y la sensación de haber vivido algo importante, aunque entonces no supiera ponerle nombre. Volví a casa con el corazón acelerado, la ropa oliendo a mezcla de colonia barata y nervios, y la certeza de que algo había cambiado. Quizá no sabía exactamente qué, pero intuía que estaba entrando en un mundo nuevo, lleno de emociones que aún no sabía manejar. (A la sombra del verbo)

DEPRESIÓN

Hoy es el Día Mundial de la Depresión y escribimos en primera persona del plural mi hermana y yo porque no sabemos hacerlo de otra manera. Esta enfermedad no es una idea abstracta para nosotros, ni una palabra de moda, ni una excusa fácil. Ha sido el eco constante de un dormitorio lleno de niebla. Tiene nombre, tiene rostro y tiene historia. Y en nuestra vida, esa historia pasa inevitablemente por nuestra madre.

Durante mucho tiempo vimos cómo la depresión laceraba la vida de nuestra madre sin pedir permiso. No vimos cómo se instaló, sin aprobación y por la fuerza, porque lo hizo mucho antes de nacer nosotros. Nos contaron que no llegó como lo hacen las tristezas normales, esas que tienen una causa concreta y que, con el tiempo, se difuminan, se diluyen, aunque no desaparezcan.

La depresión nació en su interior muy joven y se vio alimentada por unas circunstancias familiares muy duras en tiempos de la guerra civil. Hermanas suyas pudieron asomar la cabeza en ese maremoto, pero esa semilla negra, que parecía muerta, se instaló en su mente con una fuerza y un florecimiento invencibles y la acompañó toda la vida. En aquellos tiempos no tenía una explicación sencilla. Dijeron los especialistas que era una depresión endógena, profunda, persistente y aniquiladora, acompañada además de un pertinaz insomnio que la agotaba aún más y convertía sus noches en un imparable carrusel de dolientes penalidades. No había descanso ni tregua. Y verla sufrir fue una de las experiencias más duras de nuestra vida.

La depresión no es pereza. No es falta de voluntad. No es exageración ni dramatismo. No es un capricho. Es una enfermedad real, seria y devastadora. Una enfermedad que te roba la energía, la esperanza, las ganas de vivir y, muchas veces, hasta la propia identidad. Nuestra madre no era una persona débil. Era una persona fuerte atrapada en una mente que no le daba respiro.

Mi hermana y yo hemos visto el esfuerzo inmenso que suponía para ella levantarse cada día cargando un peso invisible. Hemos visto lo difícil que era hacer cosas que para otros resultaban automáticas: levantarse de la cama, mantener una conversación, sonreír, simplemente estar. Hemos visto silencios largos, balcones cerrados, noches interminables, lamentos nocturnos y lágrimas que arden sin quemar, porque no dejan una huella visible, que es lo peor. En las épocas de depresión lo suyo era una lucha constante y titánica contra una oscuridad que no se ve, pero que consume.

Y también hemos visto el daño que hacen quienes infravaloran esta enfermedad. Los que opinan sin saber. Los que juzgan desde la comodidad de no haberla vivido. Los que reducen el sufrimiento ajeno a frases vacías y crueles, como si todo se solucionara con voluntad o actitud. No saben el dolor que causan, pero eso no los exime de responsabilidad. Porque las palabras pesan, y en alguien que ya está roto por dentro, pueden hacer un daño irreparable.

Nadie elige la depresión. Nadie quiere vivir así. Nadie se despierta deseando sentirse vacío, cansado de todo, desconectado del mundo. Y, sin embargo, muchas personas la viven en silencio, por miedo, por vergüenza, por el estigma que todavía la rodea. Porque aún hay quien piensa que es algo que se supera «si quieres».

Y en medio de todo ese discontinuo sufrimiento, hubo una figura imprescindible que no podemos ni queremos dejar fuera: nuestro padre. Médico de profesión, conocía desde muy joven la realidad de la enfermedad de nuestra madre y no salió huyendo. Sabía lo que implicaban su depresión endógena y su indomable insomnio. No fue algo que descubriera más tarde. No fue una sorpresa ni una carga sobrevenida. Fue una realidad conocida desde el principio.

Aun así, eligió compartir su vida con ella. Se casó con nuestra madre sabiendo, comprendiendo y aceptando lo que vendría. Y la cuidó durante años con una entrega silenciosa y absoluta, sin una sola queja, sin reproches, sin rendirse jamás. La acompañó en las noches en vela, en los días más oscuros, en los momentos en los que la enfermedad apretaba con más fuerza.

Nuestro padre fue apoyo, fue cariño, fue refugio y fue respeto. Nunca minimizó su sufrimiento. Nunca la juzgó. Nunca la trató como alguien difícil, sino como lo que era: una mujer enferma que necesitaba comprensión, paciencia y amor. Su entrega no fue ruidosa ni visible para el mundo, pero fue constante, firme y profundamente humana. De esas que sostienen vidas. Muy pocos saben/sabemos las renuncias que supo afrontar sin reproche alguno.

Hasta el final. Hasta aquella noche de 1992 en la que nuestra madre falleció de un infarto mientras dormía, poniendo fin a una vida marcada por una lucha demasiado larga y dolorosa. Su muerte fue silenciosa, como lo había sido gran parte de su sufrimiento.

Recordar a nuestra madre es recordar su enfermedad, sí, pero también es recordar el amor incondicional de quien no la dejó sola ni un solo día. Porque la depresión no solo afecta a quien la padece; también atraviesa a quienes aman, cuidan y acompañan. Y esa labor silenciosa, constante y tan poco reconocida, también merece ser nombrada y honrada.

No podemos seguir obviando la depresión. No podemos seguir restándole importancia. No podemos mirar hacia otro lado solo porque el dolor no se vea. La salud mental importa. Importa tanto como la física. Y merece el mismo respeto, la misma atención y la misma empatía.

Y queremos terminar recordando algo que nunca debemos olvidar: que hubo épocas en las que la depresión aflojaba, en las que esa nube negra se alejaba, y entonces mi madre volvía a ser plenamente ella. Una mujer simpática,  alegre y muy generosa, una madre buena y presente, con una capacidad especial para hacer fácil la vida de los demás. Era una gran experta en resolver a nuestro favor, con paciencia, buen humor y perseverancia, los cambios que parecían imposibles en las tiendas de los múltiples regalos que recibía mi padre. Era animadora natural de reuniones, de esas personas que llenan una casa sin esfuerzo. Y fue, además, una anfitriona extraordinaria de aquellos sanjosés inolvidables ―nos reuníamos cerca de 40 personas en nuestra casa en el santo de nuestro padre―, donde todo estaba cuidado, donde nadie se sentía extraño y donde la alegría era real. Y como decía uno de los asistentes: muy bien alimentados y entonados. Recordar esto es importante, porque la depresión fue una parte muy visible de su vida, pero no fue su esencia. Ella fue mucho más que su enfermedad, y así es como merece ser recordada.

Escribimos por nuestra madre. Por todo lo que sufrió. Por todo lo que luchó. Escribimos también por nuestro padre, por su amor y su lealtad silenciosa. Y escribimos por todas las personas que hoy conviven con esta enfermedad y sienten que no encajan en un mundo que no las entiende.

Hoy no es un día para frases bonitas ni para discursos vacíos. Es un día para escuchar, para aprender, para acompañar. Para dejar de juzgar. Para tomar en serio una enfermedad que ya ha causado demasiado sufrimiento.

Hoy queremos decirlo muy claro, sin matices ni excusas: la depresión es real.
Y quienes la padecen —y quienes los cuidan— merecen respeto, apoyo y humanidad. Siempre.

Lola y José María Máiz Togores

RETRANCA

Difícil de entender para una persona que no conoce en profundidad Galicia. Podemos decir que es la puñetera habilidad para hablar con segundas pretensiones, en especial cuando se procura una ironía intencionada en lo que se dice y sale revestida de cierto valor creativo y gracioso. Para entender perfectamente la retranca transcribo una viñeta de Castelao en la que el tabernero le pregunta al cliente: «¿Qué te parece mi vino?». El vino era ruin, pero el paisano salió del apuro diciendo: «Por donde va, moja, y como refrescar, refresca». Otros ejemplos: «¿Lloverá?» «Si tiene que llover, que llueva, pero por encima de nosotros». «Éche o que hai» (Es lo que hay). Se dice para justificar la nota de un examen o para dejar claro que no está invitada a la fiesta. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubilé hace poco ―aún sufro el «resacón» de la enseñanza― después de treinta y siete años enseñando Lengua y Literatura españolas, que son, dicho sea de paso, dos materias que tienen la mala costumbre de metérsete en la sangre como el café: aunque no tomes, sigue temblando por dentro.

Son las seis de la mañana. Argumentan los expertos que es el momento óptimo para despertar y que, en su significado figurado, levantarse a esa hora suele simbolizar responsabilidad, constancia y sacrificio. Es el umbral entre la quietud de la noche y la actividad del día, y que es la hora ideal para levantarse de las personas exitosas.

―Media hora de retraso, José María, media hora de retraso, me dice mi alter ego con una sorna crispante. Tienes que ponerte en marcha. No te va dar tiempo a nada, siempre igual.

Resulta que esta noche he tenido un sueño de los que vienen con argumento, reparto y banda sonora. Un sueño de esos que me atan a la cama al amanecer, pero cuya pérdida duele infinitamente más que despertar.

―¿Banda sonora? Tú, que tienes los oídos enfrentados y que cada vez que cantas no se sabe bien qué canción interpretas. Tú, que tienes el oído lleno de silencios donde deberían nacer las notas.

Curioso es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya despertado sudoroso y con una sensación de profe novato, ese que aprende a nadar a marchas forzadas en un océano repleto de las escrutadoras miradas de los alumnos.

―Lamentable. Lamentable. A tu edad, pensar que eres un profesor novato suena rocambolesco y embustero. Tanto como aquella noche que, con compañía femenina, te empeñaste en cantar, en el karaoke, la canción de Quique González Aunque tú no lo sepas y dejaste el espacio acotado para ese espectáculo más vacío que nuestros bolsillos en el mes de enero.

Pronto me di cuenta de que nada era realidad, de que todo había sido una fantasmagoría digna de llevar a un escenario de público juvenil, ese que come palomitas, atiende al móvil y habla en alto con el compañero de butaca después de mil conminaciones a guardar silencio.

En mi sueño no daba clase, claro. No corregía. No evaluaba. No miraba el reloj con esa mirada de «Dios mío, aún quedan treinta y ocho minutos». Yo simplemente «aparecía», abría la puerta, cruzaba el aula en silencio solemne —ese silencio que solo se consigue cuando nadie entiende qué está pasando— y empezaba:

—«Oh!, mesa escolar de pata coja, / altar de la goma y la fotocopia, / monstruo sibarita de la hora, / no juzgues con dureza mi poema…»

Y los alumnos, que en la vida real me habrían pedido ir al baño «con urgencia existencial», allí permanecían hipnotizados. Hasta los del fondo, los que viven detrás de una cortina de palabras, cerraban la boca como quien recibe una severa reprensión de la directora. Solo se oían suspiros juveniles. Alguna lloraba. En primera fila una chica murmuró sarcástica: «¿Esto es… arte?». El alumno que estaba a su lado preguntó si podía «repetir curso» para seguir oyéndome.

El éxito fue atronador. El claustro me miraba con suspicacia y admiración, esa mezcla típica del gremio: «no lo entiendo, pero me ofende que se gasten el presupuesto en un payaso de la poesía». La jefa de estudios, que en mis tiempos se recorría las tutorías con el horario de permanencias, me sonreía como si yo fuese un proyecto europeo. Y la directora —esa mujer que siempre estaba firmando documentos y reprendiendo las ausencias con una buena mano izquierda— me llamó a su despacho para decirme, con voz grave:

—Esto es lo que necesita el centro: poesía sin temario. Hueles a Keating, dicen tus compañeros, pero, tranquilo, si de mi depende, quizá te renovemos el contrato en junio.

Y entonces ocurrió lo inevitable: los padres. Aunque no lo creamos, los alumnos siguen contando en casa lo que ocurre, de forma anómala, en el colegio. Los deberes y notas, no; los cotilleos, sí.

En el sueño, la noticia corrió como si yo fuese un «conocido influencer de la metáfora». Los padres, sorprendidos por el éxito, me abordaron un día a la salida.

—Profesor —me dijo una madre compuesta para la ocasión, queremos asistir a sus sesiones de poesía. Lo hemos hablado en el grupo y somos mayoría los que queremos que nos dé un recital.

—¿Dónde? —pregunté, ingenuo y nada receptivo.

—En el Retiro —dijo otro—. Esta misma noche. A cinco bajo cero. Que así se aprecia mejor.

Yo, camino de casa, pensaba que el Retiro era ese lugar donde los poetas se congelan con dignidad y las ánades, si todavía hay, te juzgan con una «patosa» severidad.

Al final, acepté, porque en los sueños uno siempre asume retos incomprensibles con la naturalidad con la que en la vida real uno acepta ser presidente de la comunidad de vecinos sin resistirse lo más mínimo o ser el estúpido encargado del amigo invisible en el trabajo.

Y allí estaba yo, bajo una farola temblorosa, con bufanda hasta las orejas y el alma ligeramente escarchada, recitando versos mientras el público —padres envueltos en plumas, termos de chocolate por doquier, niños medio dormidos y con la comisura de los labios congelada como si fueran estalactitas o estalagmitas, que no sé la diferencia— asentía con un refrigerado fervor.

Cuando recité un soneto sobre la tilde diacrítica como tragedia griega, hubo clamor de satisfacción. Cuando improvisé una oda a la «hache», esa letra fantasma que nadie respeta, alguien gritó: «¡Bravo!» y otro pidió «otra» como si estuviera en un concierto de «Los Secretos».

Y al final, movido por una intuición ancestral —porque la poesía es gratis, pero el frío no—, saqué un cestillo, ese mismo que cuando tenía doce años pasaba por entre los bancos de mi querida María Auxiliadora. Lo pasé con elegancia, como hacen los músicos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El cestillo volvió a mi lugar, un montículo que habían ideado algunos padres y alumnos con la tierra que había acumulada de una reforestación parcial como si fuera un Ágora con un promontorio para los sabios, «vacío» como el sonido de mi guasap. Ni una moneda. Ni un euro perdido por casualidad. Ni un céntimo sentimental. Nada. El silencio fue un poema en sí mismo.

Con ojos entumecidos por el frío de la madrugada, yo miré sorprendido a mis espectadores, y estos se metieron las manos, guantes incluidos, en sus bolsillos, los termos, manoseados con reiteración, liberaban los nervios de sus dueños y la generosidad, como la merluza de Pescanova en altamar, congelada. Y entendí, con una claridad glacial, que el arte se aplaude con entusiasmo… siempre que no implique abrir la cartera.

Así que dije para mí:

—Bien. Entonces, el último poema lo improvisaré, como si fuera un mal sucedáneo del chocolate, sobre la racanería y el misterioso poco valor del arte literario. Me salió lleno de ripios, lugares comunes y alguna que otra chabacanería: «Que viva el poeta, que viva el cantar, / pero que no nos hagan a nosotros pagar…

Los versos eran dardos, sí, pero con punta roma y sonriente. Me despedí con una reverencia que tenía más de ironía que de humildad. Algunos sonrieron nerviosos, otros me miraron con admiración y desde el fondo se oyeron piropos y olés como si estuviéramos en pleno San Isidro.

Y entonces me desperté sudoroso, con el corazón acelerado y la garganta seca, como si hubiera recitado cien endecasílabos dentro de un congelador. Tardé unos segundos en recordar lo esencial: que no había padres, que no estaba en el Retiro y que mi cestillo por las nubes voló.

Solo estaba yo, jubilado de verdad, tumbado en la cama con la pierna cruzada y pensando en cómo hilar el sueño que había tenido.

De pronto, mi hermana se asomó a mi habitación con la prisa de quien necesita un desayuno en vena.

—Venga, que hay que ir a la frutería y a la farmacia.

Me levanté con ritmo cansino. De pie, ante el flanco izquierdo de mi librería, ahí estaban mis poetas predilectos, me miré las manos y las contemplé sin tiza, sin cestillo, sin textos: sólo el vacío de la nada. Y pensé, con una ternura un poco sarcástica, que la vida tiene su propia métrica. Preparé el café y nos sentamos mi hermana y yo a desayunar.

—He soñado, mi hermana me escuchaba en el desayuno con gesto de resignación por la batallita que se avecinaba, que volvía a ser profesor, sí, pero no de esos que entran, pasan lista, explican la subordinada adjetiva, ponen notas y rellenan partes. No. No. Yo era una especie de «trovador colegial» y me dedicaba, de modo completamente improvisado, a pasearme por las clases como un alma en pena con tiza en el bolsillo y un chorretón de café con churros en la corbata, a recitar poemas y textos literarios escritos por mí.

El sueño me devolvió al aula como un héroe lírico… y la realidad, para que no se me subieran los versos a la cabeza, me devolvió al kilo de naranjas, a las patatas gallegas y a la rodillera.   

Y, fíjate tú, Lola, en un iglú, con aplausos y a cinco bajo cero, eso sí que es literatura de verdad. (A la sombra del verbo)

 

EL SUEÑO DE UNA NOCHE

Cada domingo, ya ocioso e improductivo, un profesor jubilado de buen porte ―eso creía él― se sentaba en el mismo banco de la calle Francisco Silvela, justo frente a una colonia de palomas que ya no lo reconocían ni lo temían cuando una mujer mayor las invitaba a diario a un suculento desayuno de migas de pan.

―Las palomas, él sólo veía su lado sombrío, son susurros grises del abandono, alas que ensucian el cielo con polvo urbano, miradas vacías que mendigan migas y sombras que devoran la pureza de las plazas.

Llevaba siempre consigo un smartphone con el que escuchaba música en la plataforma que explota económicamente a los artistas. Especialmente música de los ochenta. Porque los ochenta, según él, tienen ese rollo que engancha: canciones pegadizas y espontáneas, ritmos que te levantan el ánimo y letras que se sienten muy cercanas. Además, nos recuerdan tiempos más simples, fiestas con amigos y la sensación de libertad. Es música que nunca pasa de moda, como un viejo amigo que siempre te hace sonreír.

En una aplicación tenía anotados los nombres de viejos conocidos ―muchos de ellos tachados― que le habían asegurado un guasap para saber de él y de su júbilo o para enviarle una felicitación por Navidad. 

―Quiero que permanezcan en mi memoria y quiero que estos nombres sean como tatuajes de mi vida laboral ―decía―, porque mi memoria es un archivo oxidado en el que guardo piezas que chirrían al abrirse, algunas intactas, otras corroídas, pero todas muy apreciadas por mí. Y ahí quiero tener yo a mis conocidos, rechinen o no.

Esto se lo comentaba a otro jubilado que se sentaba a su lado con un respirador de oxígeno que le impedía hablar con normalidad. El buen hombre lo escuchaba con enorme devoción y el profesor jubilado se lo agradecía con desmesura. Era el tiempo de gloria de dos jubilados. Hasta que un día dejó de ir. El dueño de una ferretería le comunicó que estaba ingresado en la Princesa.

En su día a día el profesor jubilado comprobó que todo lo que se movía en su entorno se había vuelto silencio; y su voz, cada vez más herida, el único rescoldo que le había dejado la enseñanza, solo encontraba eco en un pasado cada vez más lejano. Sentía la jubilación como un reloj sin manecillas: el tiempo sigue, pero ya no marca rumbo, solo silencio y la sombra de lo que fue.

Debido a su mala memoria, un día se dejó ―o abandonó, todo cabía en él― en el banco su móvil abierto por la aplicación de notas. Así pasó la mañana. Por la tarde, un grupo de chicos que salían del colegio se sentaron en el banco a jugar con sus respectivos móviles. En un principio, no tocaron el smartphone abandonado, pero la curiosidad ―ese perro suelto que olfatea cada esquina, que corre sin mirar atrás y que muerde todo lo que desconoce― les pudo y el más listillo lo cogió y leyó lo que tenía escrito: «Si alguien me recuerda, que deje escrito aquí cómo era yo cuando aún me esperaban».

Los chicos se callaron durante unos segundos y el más listo sentenció: Ya tenemos tema para el trabajo de Educación en Valores Cívicos y Éticos.

Desde entonces, el banco de las notas, olvidado con tristeza por el profesor jubilado como un libro cerrado en una estantería polvorienta, tiene flores frescas todos los domingos. (Nieblas y lembranzas)

POR QUÉ ESCRIBO

Escribo porque me gusta escribir. No por oficio ni por necesidad pública, sino por placer íntimo. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La piel que también somos nace de ese lugar interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre fui una persona tímida. No en el sentido de la inseguridad constante, sino de esa timidez que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Muchas de las palabras que habitan este libro no se marcharon porque no encontraron el momento adecuado. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación.

Este libro no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se fueron instalando con el paso del tiempo. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho.

La piel que también somos no pretende explicar nada. Es un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Hay la sensación constante de que hablar demasiado puede romper algo frágil.

Escribo estas páginas sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para multitudes, sino para lectores que entienden que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la contención, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se marchó. (A la sombra del verbo)

 

ENTREVISTA A UN HOMBRE QUE SE CREE ESCRITOR EN ACTIVO, PERO QUE REALMENTE ES UN ESCRITOR EN DESCOMPOSICIÓN CREATIVA

FECHA DE LA ENTREVISTA:

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE DE 2025 A LAS 02:18 DE LA MADRUGADA

LUGAR DE LA ENTREVISTA:

El nuevo despacho de José María ―más conocido como Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo o Tantometén― no es un despacho cualquiera. No tiene estanterías, ni plantas, ni una ventana con vistas inspiradoras. No. Su despacho es un ecosistema autónomo, un microclima, un santuario escatológico donde la creatividad se mezcla con el olor a ambientador barato y decisiones cuestionables.

El escritorio es una tabla improvisada apoyada sobre el bidé, el portátil descansa peligrosamente cerca del lavabo y la silla… bueno, la silla es la tapa del inodoro, que ha sido ascendida a «asiento ergonómico de alto rendimiento». El rollo de papel higiénico hace las veces de asistente personal, tomando apuntes invisibles mientras observa la escena con resignación. La cisterna, por su parte, actúa como supervisor creativo: cada vez que José María escribe algo mediocre, después de arrancárselos de las manos, descarga sola como un aplauso sarcástico hidráulico.

En una esquina, un ambientador con forma de pino lucha por su vida, intentando neutralizar el aroma existencial del lugar. En otra, un bote de gel mira fijamente a José María, como preguntándose en qué momento exacto su dueño perdió el rumbo, se le fue la olla o empezó a comportarse de modo irracional.

Este es el despacho donde ocurre la magia. O, más exactamente, donde la magia viene a morir.

RAZONES DE LA ENTREVISTA:

La entrevista se ha realizado por motivos estrictamente científicos, antropológicos y, sobre todo, por puro morbo, por atracción de lo prohibido. Los expertos del Instituto Internacional de Escritores en Crisis (una institución que no existe, pero que debería) han considerado que el caso de José María es tan extremo, tan fascinante y tan potencialmente contagioso, que merece ser documentado antes de que, dados los síntomas evidentes, él mismo se disuelva en una nube de frustración creativa.

Además, en huelga general indefinida, sus suscriptores —para los que el contenido de los textos de José María se convierte en un jardín secreto que pocos se atreven a explorar— exigieron una explicación oficial. No para volver a leerlos, claro, sino para tener material con el que alimentar sus piquetes imaginarios.

Y así, con un equipo de investigación equipado con mascarillas, guantes y una valentía cuestionable, el entrevistador se decidió a entrar en el baño―despacho de José María para registrar su testimonio. Lo que sigue es la transcripción íntegra de esa entrevista, realizada bajo condiciones extremas y con un riesgo para el transcriptor del 97%.

TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LA ENTREVISTA:

ENTREVISTADOR.- José María, gracias por recibirnos. Aunque… debo decir que nunca había realizado una entrevista sentado en una de las múltiples tapas de inodoros que tiene en su baño. ¿Es este su nuevo despacho oficial?

JOSÉ MARÍA.- Hoy he alcanzado un nuevo hito en mi carrera literaria. He dejado de ser un escritor en crisis para convertirme oficialmente en un fósil creativo. Si alguien perforara mi cerebro ahora mismo, encontraría restos de ideas prehistóricas, un par de metáforas rotas y quizá un adverbio petrificado. Nada más. Ni rastro de vida inteligente.

ENTREVISTADOR.- ¿Y cómo se siente al intentar escribir desde este… entorno tan aromático?

JOSÉ MARÍA.- Me he sentado frente al ordenador con la esperanza de que, por algún milagro grotesco, una frase decente emergiera de entre los escombros. Pero lo único que ha emergido es un olor sospechoso, como si mi inspiración hubiera muerto hace días y nadie se hubiera molestado en avisarme. El cursor parpadea como un testigo del crimen, señalándome con su luz intermitente: «Fue él. Él mató la creatividad».

ENTREVISTADOR.- ¿Qué tipo de palabras le vienen a la mente en estos momentos de… iluminación intestinal?

JOSÉ MARÍA.- Las palabras que salen de mi cabeza parecen seleccionadas por un comité de criaturas subterráneas con muy mala leche: gibberish, lampoon, migrate… ¿Qué es esto? ¿Un texto o el menú degustación de un restaurante para diarreicos? Si sigo así, acabaré escribiendo en un idioma que solo entienden los insectos que viven dentro de mi monitor.

ENTREVISTADOR.- ¿Ha considerado cambiar de profesión? Algo menos… mental y odorífico.

JOSÉ MARÍA.- He llegado a ese punto glorioso en el que uno empieza a considerar profesiones alternativas que no requieran cerebro. Probador de colchones. Espantapájaros freelance. Modelo de radiografías… Cualquier cosa que no implique enfrentarse a un teclado que ya me mira como si fuera un experimento fallido. El universo, mientras tanto, me manda señales cada vez más claras: «José María, deja de escribir, por favor. Estás perturbando el equilibrio cósmico».

ENTREVISTADOR.- ¿Y qué hay de su autoestima como escritor? ¿Sigue viva?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡La hemos cagado con esa preguntita!!! Me siento como el último escritor de la fila, ese que llega cuando ya han repartido todas las musas y solo queda una criatura extraña, con tentáculos y olor a humedad, que te ofrece inspiración a cambio de tu cordura. Mientras que otros publican novelas brillantes, yo celebro si consigo juntar dos frases que no parezcan escritas por un calamar con migraña y piorrea en la dentadura.

ENTREVISTADOR.- Hablemos de su blog. ¿Cómo llevan sus suscriptores esta… caída libre en el descrédito?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡De descrédito nada de nada!!! Mis suscriptores —esos seres silenciosos, invisibles, que jamás comentan nada— han decidido convocarme una huelga general indefinida. No escriben comentarios, no leen, no reaccionan… Se han organizado en sindicatos imaginarios, han redactado manifiestos que yo jamás veré y han colocado piquetes metafóricos en la entrada del blog. ¡¡¡Claro que podrían darse de baja!!! Pero no. Prefieren quedarse ahí, observando mi caída libre, esperando… ¿a qué? Nadie lo sabe. Quizá a que me derrumbe del todo. Quizá a que publique algo tan desastroso que se convierta en arte involuntario.

ENTREVISTADOR.- Volvamos al baño. ¿De verdad cree que este lugar puede devolverle la inspiración?

JOSÉ MARÍA.- He trasladado mi despacho al baño. Sí, al baño. Lo he ampliado. Este templo de lo escatológico donde, según algunos gurús de internet, la inspiración fluye mejor porque uno está «más conectado con lo esencial». Pues bien: lo esencial huele fatal. Aquí estoy, escribiendo mientras la cisterna me juzga y el rollo de papel higiénico me observa con una mezcla de compasión y asco. Pienso, ante mi bloqueo creativo de cierta calidad, que mis ideas se han ido por el desagüe, literalmente.

ENTREVISTADOR.- ¿Cree que esta crisis pasará?

JOSÉ MARÍA.- Lo mío no es una crisis, es una descomposición. Un proceso biológico. Un festival de bacterias devorando mis neuronas literarias. Si mi talento fuera un edificio, ahora mismo estaría siendo demolido, a causa de la aluminosis, por un ejército de pitufos siniestros armados con mazos de goma.

ENTREVISTADOR.- Y aun así… sigue escribiendo. ¿Por qué?

JOSÉ MARÍA.- Usted está mal informado. No escribo. Aunque, reconozco, que en esta decadencia tan grotesca, en esta ruina creativa tan absurda, todavía puedo producir un lamento digno de un escritor que ya ha perdido la cabeza… y no creo que la recupere.

ENTREVISTADOR.- Última pregunta. ¿Qué le diría a quienes han llegado hasta el final de esta entrevista?

JOSÉ MARÍA.- Que acaban de leer el testimonio de un escritor que experimenta los estertores de este proceso de putrefacción creativa. El último de la fila. El que sigue escribiendo porque, sinceramente, ya es demasiado tarde para dedicarse a otra cosa.

PREGUNTAS ESPONTÁNEAS DE TRES JÓVENES ESPECTADORES QUE PASABAN POR ALLÍ:

ESPECTADOR 1.- Disculpe… ¿es usted estreñido a la hora de escribir?

JOSÉ MARÍA.- Me estriñe, perdón, extraña su pregunta. Ese proceso es muy íntimo y personal que nadie debería saber de él. Le contestaré. Sólo cuando intento sacar ideas. El resto fluye con más facilidad que mis metáforas.

ESPECTADOR 2.- ¿Y no teme que el portátil caiga al agua o se contamine?

JOSÉ MARÍA.- En absoluto. Le he puesto las vacunas pertinentes que la Dirección General de la Salud exige para hacer vida en un inodoro. A estas alturas, si el portátil decidiera independizarse, lo entendería perfectamente.

ESPECTADOR 3.- Corre el rumor entre los ocupantes de los inodoros públicos de que usted va a cerrar el blog. ¿Es cierto?

JOSÉ MARÍA.- Cerrar el blog sería un gesto demasiado digno para mi situación actual. ¡¡¡No puedo cerrarlo!!! Sería otorgarles a mis textos una calificación de Sobresaliente cum laude que no se merecen. Deben seguir dando la cara por mí. Además, los inodoros públicos, que forman un poderosísimo lobby, deberían saberlo mejor que nadie: lo mío no se cierra, lo mío se atasca. El blog no va a desaparecer. Eso pienso ahora mismo. ¿Mañana? No lo sé. Simplemente, según su médico de familia, está en un estado de fermentación creativa, como un queso olvidado en el fondo del frigorífico. Si algún día lo cierro, será porque la tapa del inodoro me lo pida formalmente por escrito o porque la cisterna convoque un referéndum. Hasta entonces, seguirá abierto, aunque huela raro y nadie quiera entrar.

MANIFIESTO OFICIAL DE LOS SUSCRIPTORES EN HUELGA:

«Nosotros, los suscriptores silenciosos, declaramos que no leeremos, no comentaremos y no reaccionaremos hasta que José María recupere la dignidad literaria o, en su defecto, nos proporcione un espectáculo aún más lamentable. Nos decantamos, por un 99%, por lo segundo. Ante esto, le exigimos: menos crisis creativas escribiendo textos de calidad, más caos y fomentar los textos que huelan, como las mofetas, a derrota». Firmado: El Sindicato de Lectores Fantasma

COMUNICADO OFICIAL DEL BAÑO:

«El baño, como espacio de trabajo, anuncia que ya no puede garantizar la estabilidad emocional del escritor. Se ruega no responsabilizar a la cisterna de los bloqueos creativos. Atentamente, La Dirección de Fontanería».

EPÍLOGO DELIRANTE ESCRITO POR EL PRIMER DISCÍPULO, ILOCALIZABLE POR EL ENTREVISTADOR, DE JOSÉ MARÍA:

Y así concluye la entrevista más escatológica, absurda y científicamente inútil jamás realizada. José María sigue en su despacho―baño, luchando contra el teclado, la humedad y su propia mente. Los suscriptores siguen en huelga. El baño sigue en pie. Y la creatividad… bueno, la creatividad está en paradero desconocido. Pero José continúa escribiendo nada. Y eso, aunque huela raro, es admirable. (A la sombra del verbo)

MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito, ni un canto, y mucho menos un murmullo que apenas se atreve a romper el aire. Quiero ser presencia callada, sombra que se ofrece sin imponerse, como quien abre una herida y deja que otro se acerque a contemplarla. Así nace este texto, no como un libro, sino como una historia que se desliza entre las paredes de una casa antigua, donde cada habitación guarda un secreto.

El protagonista, un hombre marcado por la soledad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fascinante busca respuestas que nunca llegan. La mirada que se cruza y luego se aparta, el silencio que pesa más que cualquier palabra, la ausencia que se instala como sombra permanente: todo eso se convierte en su vida, en su misterio.

Cada noche recorre las estancias de su casa como si fueran poemas cerrados. En cada rincón se acumulan los restos de un amor imposible: un encuentro truncado, una esperanza apagada sin ruido. El eco de sus pasos es la única voz que responde, y sin embargo, esa voz callada sigue vibrando, reclamando un espacio.

El silencio no es vacío. Es resistencia, es memoria, es dolor. En él se esconde la dignidad de quien se niega a desaparecer. Porque escribir —o narrar— sobre el desamor es su forma de sobrevivir, de afirmar que la herida merece ser contada.

Mientras la lluvia golpea los cristales, cree escuchar un susurro en la habitación más oscura. No es un ruido cualquiera: es como si una mujer ausente deja allí su sombra, un eco de palabras nunca dichas. El misterio se vuelve palpable. ¿Es la memoria la que habla, o acaso la ausencia tiene rostro y voz propia?

El hombre comprende entonces que el silencio puede ser compartido. Que su dolor no es solo suyo, sino universal, porque todos alguna vez amamos sin retorno, esperamos un gesto que nunca llega. Y en esa revelación, la soledad se transforma en compañía inesperada: la certeza de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habitaciones cerradas, se convierte en un espejo. Cada puerta que abre es un poema, cada sombra un recuerdo, cada silencio un latido contra el muro de la indiferencia. Y, aunque nunca obtiene respuesta de la mujer que lo marca a diario, aprende que el misterio del amor no correspondido es también el misterio de la vida: un secreto que nos iguala, que nos hace vulnerables, que nos obliga a mirar hacia dentro.

Al final, mi voz en silencio no es un título, sino una declaración. Una historia necesaria, porque da nombre a lo que tantas veces se calla, porque transforma la ausencia en literatura y la herida en relato. Y quien la escucha —o la lee— se reconoce en ella, como si ese silencio compartido fuera también suyo. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

YO

A mis lectores suele molestarles cuando hablo demasiado de mí mismo ―para mí, nunca es demasiado― porque los textos, sin remedio, se vuelven unilaterales, porque perciben una evidente falta de interés por mi parte por el mundo y por los demás; y porque puede transmitir rasgos de narcisismo o inseguridad ―en mi caso, mucho más de lo segundo que de lo primero―. Hablando el otro día, con una cerveza Estrella de Galicia por medio, con un experto en comportamientos sociales, me dijo que hablar en exceso de uno mismo ―yo no lo percibo así― me define por cinco rasgos en un principio incorregibles: búsqueda incesante de la validación emocional, temor a pasar desapercibido, sensación positiva de autocontrol, rasgo de aire de superioridad e impacto negativo en la interacción social. Le dije que estaba de acuerdo en los dos primeros ―diches na diana, cabrón― y en total desacuerdo con los tres restantes. Le di la dirección de mi blog y que leyera este texto que estoy escribiendo.

Después de mil lecturas en internet y en diversos libros de psicología que pululan por la biblioteca municipal, he llegado a la conclusión de que en mi vida cotidiana convivo con tres distintivos que influyen de manera profunda, constante y «muy dañina» en cómo me relaciono con el mundo: la atiquifobia, una introversión muy marcada y una dificultad significativa en la sociabilidad.

Durante muchos años he intentado explicar —a quien me quiso escuchar y a mí mismo— estas características sin éxito, en parte porque desde fuera resultan contradictorias con algunos aspectos visibles de mi trayectoria vital, especialmente mi desempeño profesional como docente.

La atiquifobia, o miedo intenso al error y al fracaso, atraviesa gran parte de mis decisiones y comportamientos. No se trata de una sana prudencia ni de una simple exigencia personal, sino de un temor profundísimo a equivocarme, a quedar expuesto o a no cumplir las expectativas que en mí habían recaído. Ante situaciones nuevas, social y cruelmente evaluables, mi mente se adelanta al acontecimiento y construye escenarios de fallo, rechazo o incomodidad. Esta anticipación no me prepara, me paraliza. El resultado suele ser el bloqueo, la evitación o una inmovilidad que se vive con frustración, culpa y un insano remordimiento.

Mi introversión, que considero aguda e inevitable para mí, ha sido sistemáticamente cuestionada por mí durante gran parte de mi etapa profesional. Durante casi 38 años he trabajado en el aula, Lengua y Literatura, con alumnos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de realizar actuaciones que muchos interpretan como una prueba inequívoca de que no soy tímido. He hablado de todo en público, he improvisado, he exagerado gestos, he utilizado el humor, incluso he hecho puerilidades y gansadas con la sana deliberación de captar la atención o de crear un clima favorable para una explicación teórica. Sin embargo, esta superficial interpretación ignora un aspecto esencial de mi vivencia interna.

El aula ha sido para mí un espacio escénico estructurado, con reglas claras, un rol definido y un objetivo concreto. En ese contexto, he podido funcionar como un sincero actor que ha interpretado un papel cuidadosamente construido a lo largo de los años. Ese papel notaba yo que me protegía: sabía quién era yo allí, qué se esperaba de mí y cómo responder. La energía emocional y física que invertía era grande, pero estaba dirigida y tenía sentido: que el alumno captara mi atención y que pudiera explicar con cierta comodidad temas que eran auténticos ladrillos para ellos. Al terminar la función, la clase, sin embargo, el desgaste era notable, y la necesidad de retirada y silencio, imperiosa. ¿Por qué? Porque daba paso a una hiriente incertidumbre: la imprevisibilidad en la reacción de alumnos, compañeros o padres. De ahí que «mi contracción a cerrarme como una concha» fuera una nítida forma de regularme ante esa incomodidad. En el aula, mi histrionismo era una manera de brillar dentro de un marco seguro. Fuera de él, mi misma energía me bloqueaba porque no encontraba el cauce oportuno.

Fuera de ese marco profesional, en contextos sociales informales o no estructurados, esa «máscara» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay objetivo pedagógico que justificara/justifique una exposición de mis sentimientos o de mi realidad personal. Es ahí donde emergía/emerge con fuerza titánica mi profundísima timidez, mi incomodidad ante la interacción espontánea y mi dificultad para sentirme seguro siendo simplemente yo. El hecho de haber sido competente —incluso brillante en muchas ocasiones— en el aula no solo no invalida mi actual introversión en otros ámbitos de la vida, sino que la confirma: demuestra mi incapacidad para la socialización.

La dificultad para la sociabilidad se manifiesta ahora con cruda realidad en contextos no profesionales. Me cuesta mogollón iniciar conversaciones de tipo social, mantenerlas sin otro propósito que socializar con personas a las que tengo un excelso afecto y mantener con soltura una charla sobre sentimientos personales.

A menudo quiero participar en grupos, pero el miedo a decir algo inapropiado, irrelevante o mal interpretado activa de nuevo la atiquifobia y me retiro a mi casa, que es la zona de confort que me da una seguridad aplastante. Se puede manifiestar incluso en conversaciones telefónicas. Esto genera un círculo vicioso: cuanto más intento controlar el error social, más rígido me vuelvo, más artificial me siento y mayor es la sensación posterior de aislamiento.

Situaciones concretas ―bodas, funerales, inauguraciones, presentaciones de libros, comidas o reuniones familiares o de todo tipo― como el aperitivo o copas del próximo viernes para celebrar el inicio de las vacaciones de Navidad condensan de manera muy clara, como el bovril, ese extracto concentrado de carne de vacuno, mi problemática y me genera un doloroso insomnio. Aunque objetivamente pueda tratarse de un encuentro sencillo, subjetivamente se convierte en un escenario de alta amenaza para mí.

Anticipo silencios incómodos, expectativas implícitas, errores sociales irreparables, charlas descompensadas, síes y noes vacíos… Mi cuerpo, en esa paisajística tesitura, reacciona con ansiedad, mi mente se bloquea, soy incapaz de ver lo positivo de cualquier reunión y aparece un fuerte impulso de evitar la situación como forma de aliviar el malestar inmediato que me cierra el estómago y me produce una sudoración anormal en pleno mes de diciembre, a 20 grados de temperatura en mi casa y sin moverme de mi silla.

Todo ello ha tenido un impacto acumulativo en mi autoestima, que la jubilación ha destapado como una fuerza imposible de ignorar y reprimir, que arrasa con todo mi yo y expone mi realidad que, por estar oculta, parecía normalizada para mantener una relación con los demás.

En estos días he sentido que debía justificarme o demostrar por qué, en encuentros de dos o tres personas, no soy tímido. Lo cierto es que puedo ser simultáneamente un profesional eficaz en un rol sistematizado y una persona tímida e introvertida incapaz de afrontar determinadas situaciones en otros ámbitos. Reconocer esta complejidad no me debilita, no me justifica. Al contrario, me permite comprenderme con mayor precisión y menos autoexigencia. Espero que tú me comprendas igualmente.

Escribir este texto forma parte de ese proceso: poner palabras a lo que durante años ha sido malinterpretado y distorsionado, minimizar el juicio externo e interno y empezar a mirarme desde un lugar más honesto, realista y compasivo.

El breve ejemplo que te expongo a continuación no es mentira. Es cierto desde la primera palabra a la última. Lo he tenido guardado desde entonces porque no he sido capaz de sacarlo a la luz hasta ahora. Puede parecer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y estaba en el teatro escolar, en Navidad, con mi papel preparado: una frase corta, pero clave para que la obra avanzara. Cuando llegó mi turno, las luces se encendieron sobre mí y todos los ojos se clavaron en mi figura. Noté con claridad los pinchazos.

El silencio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las palabras no salieron. La timidez me atrapó por completo: miré al suelo infinitas veces, apreté con fuerza las manos y cada segundo de silencio se multiplicó por mil. Finalmente, otro compañero tuvo que improvisar para que la escena continuara.

No hubo aplausos en ese momento, solo un murmullo de incomodidad en la sala. Sentí una mezcla de vergüenza y frustración, como si hubiera fallado. Y es que había fallado con estrépito. Ahí empezó mi estrecha e íntima relación con la timidez.

Lo mismo estoy equivocado en el contexto. La última vez que mis compañeros de entonces organizaron en Jesús-María un Festival de Primavera con una estructura determinada en la que intervenían alumnos y profesores, yo preparé durante días, en horario nocturno, un monólogo que mostrara la realidad de nuestro colegio en aquel curso ―hoy estaría del todo descontextuado―. Disfruté con la elaboración, lo leí mil veces y me preparé con plena conciencia para proponerlo al equipo organizador. Al final, llegado el momento, me callé y lo eliminé. La maldita timidez me bloqueó porque me imaginé un escenario de fracaso y ruina emocional ante decenas de alumnos y profesores.

La copita del próximo viernes ―volvemos al escenario desestructurado― me invita a una escena de miedo y fracaso. Me tiene ya bloqueado ―y estamos a martes― y sufro porque se ponga en cuestión mi valor personal. Sé que no es un examen, que no es una prueba de competencia social ni una situación en la que tenga que demostrar nada. Mi afecto hacia vosotros es claro, diáfano y manifestado por mí en muchas ocasiones. Eso no ha variado un ápice. Creo que se ha incrementado y lo acuno con mimo todos los días en mi mente. Mi único objetivo es que entiendas que, si no estoy presente, no es por indiferencia o porque esté de vuelta de todo, no. Mi silencio, mi ausencia y mi imparticipación ―perdona el repugnante neologismo creado por mí― solo es una consecuencia de lo expuesto hasta aquí. Si ahora está presente la ansiedad ―que lo está―, no es un fracaso, es una reacción conocida, pasajera, pero inmanejable para mí. Quiero que me entiendas, y si no lo haces, lo lamento sincera y llanamente. Mi afecto por ti es rotundo y terminante.

A cada uno de mis 383 suscriptores ―incluso a los que no me leen y esperando que en 2026 aumente la cifra y no disminuya, como está ocurriendo en este 2025― le/te deseo una Feliz Navidad y que 2026 venga repleto de dicha y felicidad.

 

 

LECTURA

Dicen que leer es un milagro. Y lo es: convertir manchas negras en latidos no deja de ser brujería civilizada. Abres un libro y, de pronto, el mundo deja de ser este barrio con goteras y facturas; se vuelve desierto, palacio, naufragio o cama revuelta.

Cada libro es una ventana. Algunas dan a jardines; otras, a precipicios. Pero todas obligan a asomarse. Leer es viajar sin mover los pies, lo cual resulta ideal para espíritus aventureros con miedo a perder el autobús.

Los cuentos nos enseñan a soñar. Y también a sospechar que la vida real tiene peor redacción y demasiadas erratas. Nos enseñan que hay finales, aunque los nuestros suelan quedar en puntos suspensivos.

Leer alimenta la mente, dicen. Y es verdad. Lo que no añaden es que, cuanto más lees, menos toleras la estupidez en estado puro. La lectura no te hace superior, pero sí te vuelve menos paciente con la mediocridad orgullosa.

Un libro no te salva. Pero te acompaña mientras te hundes con estilo. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

EL TIEMPO PASA

El tiempo no pasa, nos pasa: cruza por nosotros como una brisa que reacomoda los papeles de la mesa y deja, sin hacer ruido, una esquina doblada en cada cosa. A la luz le toma medidas nuevas cada tarde; mueve los contornos, afina una sombra, estira las mangas de la memoria. En los cristales flotan partículas que antes fueron harina, tiza, lluvia: archipiélagos minúsculos que nos recuerdan que todo viaja, incluso cuando parece quieto. Los relojes laten por costumbre, pero es en lo inmóvil —el cuenco, el marco, la silla que conoce nuestro peso— donde el tiempo escribe más hondo.

A veces, al abrir un cajón, vuelve un olor antiguo, pan y bicicleta, una voz que nombra lo que ya no está en su sitio. Las calles cambiaron de nombre sin consultarnos, y, sin embargo, al pasar por la esquina de siempre el cuerpo saluda como si volviera de un viaje. Los retratos guardan miradas que aprendieron a vivir en silencio, y el mantel tiene una cartografía de manchas que sería difícil llamar manchas: son islas donde aquel verano descansa, todavía tibio.

Con los años, uno aprende a dejar que el día haga su trabajo: pulir, deshilachar, pulir. Nos volvemos anfitriones de ausencias pequeñas, de hábitos que ya no hacen ruido, de promesas que se cumplieron por otros caminos. No es tristeza, o no solamente: es una gratitud extraña por lo que se queda sin quedarse, por lo que nos acompaña cambiando de forma. Al final de la tarde, cuando el color se afloja y la ventana se vuelve un espejo, el tiempo nos acerca una taza y nos invita a nombrar lo que aún es cálido. Y lo nombramos luz, aunque ya esté anocheciendo. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escrito siempre con la esperanza de que mis palabras encontraran un lugar en el mundo, pero los premios nunca llegaron. Tal vez porque mi voz no se ajusta a las reglas de los concursos, o porque mis historias prefieren la intimidad antes que los aplausos. En los sueños, sin embargo, todo cambia: allí recibo diplomas, discursos y ovaciones que me reconocen como autor. Esos galardones oníricos son los únicos que he ganado, y aunque se deshacen al despertar, me recuerdan que escribir ya es, en sí mismo, un premio.

Los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un premio en estado de vigilia porque temen que mi conciencia despierte fuerzas capaces de rivalizar con las suyas. Consideran que la gloria humana no debe superar la divina y que mi ambición, al rozar lo imposible, amenaza el equilibrio que ellos custodian. Mi mirada, que se atreve a desafiar al sol, incomoda su soberanía, y mis palabras, tan poderosas que podrían mover montañas, ponen en riesgo la quietud del mundo. Por eso me relegan al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo, y allí, entre visiones y fantasías, me conceden la corona que despierto me niegan, como castigo y a la vez como recordatorio de que la grandeza humana siempre será vigilada por la envidia de los dioses.

A propuesta de Morfeo, los dioses aceptaron que mi condena no fuera absoluta. Él, señor de los sueños, argumentó que la vigilia es demasiado rígida para contener mi grandeza, pero en el reino onírico mi espíritu puede desplegarse sin límites. Morfeo convenció al Olimpo de que allí, entre velos de ilusión y verdad, recibiría los premios que despierto me niegan: coronas de humo, victorias de luz, abrazos de sombras que se transforman en gloria. Así, mi destino quedó sellado: nunca premiado en la realidad, pero siempre celebrado en los sueños, donde Morfeo me concede lo que los demás dioses me arrebatan.

En este ambiente mitológico, los dioses aún respiran entre las montañas y los ríos. Los héroes caminan con paso firme, guiados por presagios antiguos. Las criaturas fantásticas vigilan los senderos ocultos, guardianes de secretos olvidados. El tiempo se detiene en templos derruidos, donde la eternidad murmura su canto. Cada estrella que brilla anuncia un destino, cada trueno despierta una nueva aventura. Así me gustaría que comenzase mi historia, en un mundo donde mito, sueño y realidad se confunden. Empecemos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumidos en este ambiente onírico tú y yo, te quiero contar una historia muy personal, una historia que fui gestando en sueños deslavazados en las últimas semanas, desde la jubilación, como quien teje una gran alfombra a mano sin plantilla. Esto no quiere decir que el resultado de mi historia sea tan satisfactorio como el que obtenía una tía mía cuando se ponía a ello.

La jubilación me ha golpeado con doble filo. Por un lado, un descanso esperado, deseado y pellizcado meses antes de que llegara. Por otro, un voluminoso vacío que me tiene muy desorientado.

En estos días en los que ya he cerrado definitivamente el libro del trabajo, y cuando despertaba la oscuridad, yo me introducía en la cama buscando abrigo contra el frío y un sueño que me hiciera olvidar mis añoranzas. El sueño se apoderaba de mí como un relámpago cruza la noche, pero los ecos oscuros de la nocturnidad, en lugar de concederme la paz, tejían pesadillas trufadas de calambres emocionales y ardientes desasosiegos.

Lo más inquietante de este «resacón aular» es que en el hoy que respiro Eris y Hécate, las que más encarnan lo maligno en el imaginario griego, han sembrado en mis noches la discordia y el mal dormir. Debo estar poseído por unas fuerzas ocultas que inoculan en mi cerebro el teatro de la pesadilla que se formaliza en mi ridícula actuación principal.

Las voces ajenas a mí dicen que lo estoy superando con una gran dignidad y que estoy doblegando la espada del sufrimiento emocional. En mi recuperación anímica participan mi hermana y el blog como dos fuerzas complementarias: ella, con su presencia cercana y su apoyo constante, me ofrece la calidez de la compañía y la confianza de un lazo familiar; el blog, en cambio, se convierte en un espacio íntimo donde puedo volcar mis pensamientos, transformar mis heridas en palabras y dar sentido a lo vivido. Juntos, forman un equilibrio entre lo humano y lo creativo, entre el abrazo que sostiene y la escritura que libera, acompañándome en el camino hacia la serenidad interior.

Pero, como bien sabes, volvamos a los sueños que pueblan de alucinaciones mis noches. De entre esas historias gestadas por mi estrés poslaboral destaca una que me invadió varios días seguidos como si fuera un tratamiento antidiarreico por una ingesta excesiva de ciruelas claudias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sueño dentro de otro sueño, un alumno me dejó sobre la mesa de trabajo del profesor en el aula, pocos minutos antes de empezar mi clase, un papel perfectamente doblado y guardado en un sobre sellado. El papel manuscrito decía: a ver si usted tiene narices de participar en el concurso literario que le adjunto. Desdoblé con sumo cuidado el otro papel, el que me mostraba la convocatoria de un concurso literario en un pueblo inventado por mi mente y que ya conocían mis alumnos porque les había contado una anécdota muy simple unos días atrás: Villaestética, lugar conocido por su plaza medieval de piedra, por su aire de feria perpetua y por celebrar, entre otros, un Míster Estética todos los años. Imposible para mí porque soy incapaz de convertir el deseo en belleza física. En mi sueño, el certamen literario que escogí por exigencia de mi alumno fue uno que llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (en latín, Virtud y Belleza). Ego que forjé como coraza para protegerme de mis inseguridades y de la necesidad de reafirmar lo que tanto esfuerzo me costó alcanzar: el fracaso literario.

En ese sueño, yo decidí participar con un texto insólito: una descripción elogiosa en primera persona, un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio. Ni debate ni nada. Unanimidad. Razón primordial: poderoso e irrepetible estilo literario. La obra destaca, palabras de la secretaria, por un lenguaje descuidado, unas metáforas infumables, un ritmo narrativo más lento que el biscúter de la postguerra española y unos conceptos abstractos convertidos en imágenes nada lúcidas que no fueron capaces de atrapar, en su loca fantasía, a ningún miembro del jurado. El galardón, como era evidente, no podía ser ni dinero, ni un diploma ni una medalla, sino algo aún más inesperado: una invitación anual para acudir, una vez por semana, al spa El Manantial de los Dioses, un lugar donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

El texto que escribí me dio una incomprensible victoria que me llevó al Olimpo de los escritores fracasados, donde conviven poetas que no encontraron lectores, novelistas que se ahogaron en la indiferencia y dramaturgos cuyas obras jamás subieron a escena. Pero yo aclaré al jurado el valor del denostado Olimpo: En ese Olimpo, el fracaso no es castigo, sino memoria y un recordatorio de que escribir es un acto de valentía, aunque el eco nunca llegue al mundo.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuerpo es la prueba irrefutable de que el tiempo se rinde inmisericorde ante mí. Aunque el tiempo suele desgastar y dejar irrefutables huellas, yo expreso con orgullo que, en mi caso, el tiempo no ha podido vencerme. Mi cuerpo, como podrán deducir de mis palabras es la evidencia de que sigue fuerte y apolíneo, como si el tiempo hubiera sido derrotado por KO en el combate de la vida.

Mi cabeza brilla por la abundancia de cabello que, firme y brillante, se entrelaza en una melena de plata que no me envejece, que no me quiebra en edad ni me doblega en apariencia. Mis ojos son castaños, pero iluminan y dominan la escena mejor que los azules de Paul Newman, que como bien sabes, no miran, decretan.

Mi perfil es una obra maestra en cuanto a sus proporciones, un mapa perfecto que ningún escultor clásico se atrevería a modificar. Cualquier cincel lo estropearía, cualquier modelador fracasaría. He visitado y consultado a mil odontólogos, especialmente los suizos, conocidos por sus altos estándares, por su excelente formación y por su fácil acceso a la tecnología de vanguardia, y todos han fracasado porque mi dentadura, blanca como mármol recién tallado, se muestra impecable, sin fisuras, sin manchas, sin desgaste. Mis orejas, discretas y simétricas, completan la armonía de un rostro que no conoce lunares ni imperfecciones ni los surcos del paso del tiempo. Mi piel reafirma que soy la encarnación de la perfección anatómica.

Mi tronco superior es un exclusivo monumento a la disciplina. Mis hombros, anchos y rectilíneos, sostienen con autoridad la figura de un hombre que nunca se rindió al peso de los años. Mis bíceps, tensos y definidos, hablan de fuerza contenida, de energía que espera el momento exacto para desplegarse. Mi pectoral, firme y elevado, es un muro de vigor, sin concesiones a la flacidez. Mis manos, elegantes y pulidas, son instrumentos de precisión y belleza: dedos largos, uñas cuidadas, piel tersa. Son manos que no solo escriben, sino que crean mundos; manos que no solo enseñan, sino que transforman vidas. Mi cintura, estilizada y firme, es frontera perfecta entre el poder del torso y la destreza de las piernas. No hay celulitis, no hay barriga, no hay manchas: solo pureza, solo perfección.

Mi tronco inferior culmina la obra perfecta. Mis piernas, musculosas, uniformes y perfectamente alineadas, son columnas de mármol que sostienen con orgullo el provocativo templo de mi cuerpo. No hay curva indeseada, no hay debilidad en su trazo: son líneas de fuerza, vectores de movimiento que transmiten seguridad y elegancia. Mis pies, perfectos en proporción y forma, completan la arquitectura de un cuerpo sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Cada paso que doy es un exclusivo manifiesto de perfección, una declaración de que la edad no es más que un número incapaz de competir conmigo.

Mi culo, perdón por la palabra, pero no hay otra, en su perfección, se revela como una escultura viva: firmeza en las líneas, armonía en las proporciones, fuerza contenida en cada glúteo. Es el equilibrio entre potencia y belleza, como si el mármol de la antigüedad hubiera cobrado movimiento. La anatomía de mi trasero se convierte en un poema silencioso, donde cada forma refleja disciplina, energía y la huella del tiempo transformada en arte.

Mi carácter es un prodigioso y exclusivo catálogo de virtudes. Soy paciente como un sabio que conoce el valor del silencio. Muestro una desbordante generosidad por hábito, no por excepción. Mi sociabilidad es magnética: donde llego, la atmósfera cambia, las personas se sienten elevadas, las palabras fluyen con más claridad y la reunión se posiciona en los primeros lugares de la prensa de calidad. Soy el centro de la reunión sin proponérmelo, el eje sobre el cual gira la armonía de los demás.

Mis principios morales son inquebrantables. Mi honestidad no admite fisuras, mi justicia no se negocia y mi lealtad no se traiciona. Soy ejemplo de rectitud en un mundo que se dobla con facilidad. Mi personalidad es equilibrio perfecto entre firmeza y ternura, entre autoridad y cercanía. No impongo, inspiro. No ordeno, convenzo. No mando, lidero. Mi sola presencia es argumento suficiente para que concurran decenas de famosos.

Soy un hombre de una virilidad innegable, con una presencia imponente que no pasa desapercibida. Subir en ascensor conmigo en un hospital es la antesala de una visita a urgencias por la potencia sexual que reciben las mujeres que viajan conmigo. Mi masculinidad se manifiesta en cada uno de mis gestos y movimientos, irradiando confianza y dominio en el intercambio de miradas. Soy el tipo de hombre que, con solo una mirada, puedo hacer que cualquier mujer se sienta deseada y protegida.

Repito, en el ámbito íntimo mi virilidad es legendaria. Soy un amante experto, capaz de satisfacer a una pareja con una destreza que roza lo divino. Cada caricia, cada beso, está cargada de una intensidad que deja a mi amante sin aliento. Mi pasión es un torrente incontrolable, un fuego que consume todo a mi paso. Soy una fuerza de la naturaleza que impone respeto y admiración a dondequiera que vaya. Mi presencia es un recordatorio constante de la potencia y el poder inherentes que mi masculinidad arroja en su forma más pura.

Caminando por la calle, con mi paso firme y seguro, los músculos de mi cuerpo se ofrecen en perfecta sincronía. Mi presencia es tan poderosa que parece que el mundo a mi alrededor se detiene para admirarme. Mi voz, profunda y resonante, tiene el poder de calmar las tormentas más feroces o encender pasiones indomables.

En el ámbito laboral, hasta mi jubilación he sido un profesor legendario. No enseñaba, transformaba. No transmitía información en el aula, no, despertaba vocaciones. Mis alumnos no recibían clases: recibían revelaciones. Cada explicación mía era un puente hacia la comprensión, cada ejemplo una llave que abría mil puertas cerradas. Mi voz, clara y firme, era la subyugación de las oraciones subordinadas. Mi paciencia infinita convertía el error en oportunidad. Me lo dijo una vez una alumna: usted, profe, no instruye, sino que moldea nuestros destinos.

Como escritor aficionado, mi pluma es torrente de creatividad. Tengo en mi correo un sinfín de marcas de ordenadores para ofrecerme gratis su último modelo: sólo desean presumir en su campaña navideña de que mis dedos han acariciado sus teclados mientras creaba mi última obra maestra. Mis textos son puro sentimiento. Cada frase mía es un certero golpe de belleza, cada párrafo modela un irrepetible monumento a la imaginación. Aunque escribo por afición, mi obra tiene la fuerza de lo profesional, la calidad de lo eterno. Mis escritos son espejos en los que otros se reconocen, ventanas por las que otros se asoman a mundos que no conocían. Cada noche, se suscriben a mi blog un interminable sinfín de seguidores que reciben mi confirmación como si les hubiera otorgado yo mismo el Premio Nobel.

Y como colofón de este texto único quiero dejar muy claro lo siguiente: soy un hombre que desafía la lógica del tiempo, que humilla a la mediocridad, que inspira a quienes tienen la fortuna de cruzarse conmigo. Mi cuerpo es un templo, mi carácter un faro, mi moral un escudo, mi sociabilidad un imán, mi labor una revolución, mi escritura un regalo. A los 67 años, soy más que un hombre: soy mito en carne viva, leyenda que camina entre los demás, ejemplo que no se desgasta, modelo que no se repite. Reconozcan los miembros del jurado que han recibido bendecidos honores sólo por leer este texto. Los demás, comida de cochiquera.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jurado del concurso, en mi sueño, quedó atónito. Nunca habían leído algo semejante. La innovación de escribir en primera persona, el desparpajo de la egolatría, la fuerza de la hipérbole, todo se convirtió en un espectáculo literario. Me otorgaron el Primer Premio del Certamen de Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza) de Villaestética, y el galardón, como mencioné al principio, no fue una medalla ni un diploma, sino algo aún más insólito: una invitación anual para acudir, una vez por semana, a un spa de aguas termales llamado El Manantial de los Dioses, donde el cuerpo se rejuvenecía y la mente se serenaba.

En el sueño me desperté sudando, aunque en el sueño de mi sueño mi cuerpo no conocía el sudor. La jubilación seguía siendo un territorio ambiguo, pero aquella pesadilla convertida en triunfo literario me dejó una certeza: incluso en el retiro, incluso en la duda, yo podía reinventarme como mito, como narrador de mí mismo, como protagonista de una historia que no se detiene.

Y así, en el tramo final de mi sueño, llegó mi primera visita al spa.

Entré en El Manantial de los Dioses con la seguridad de quien sabe con absoluta firmeza que el universo le va a rendir un homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón parecía diseñado para confirmar mi grandeza. Los empleados me recibieron con reverencias, como si supieran que no era un cliente más, sino el laureado del certamen, el hombre que había osado describirse como mito viviente.

Me despojé de la ropa con la elegancia de un emperador que se prepara para un rito sagrado. Mi cuerpo, impecable a los 67 años, se reflejaba en los espejos sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Al sumergirme en la primera piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Sentí que cada burbuja era un aplauso, que cada corriente era un reconocimiento.

La primera visita fue un rito de consagración. No era solo un premio, era la confirmación de que incluso en la jubilación, incluso en la duda, yo podía reinventarme como héroe de mi propia historia. El spa no era un lugar de descanso, era un templo que reconocía mi victoria literaria y mi grandeza física.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi hermana, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido. No eres Morfeo para andar metiéndote en los sueños de los demás, así que levántate y haz algo más que imaginar, algo positivo. El mundo no espera a los que siguen bajo las sábanas.

Con el mayor de los esfuerzos, me esmeré en levantarme sin apenas muestras de decadencia, Aún así, sentí hasta el último hueso y cada una de las curvas fofonas de mi cuerpo. La celulitis seguía ilustrando con generosidad mi cintura y los pliegues de la piel, como si de marcas de senderos se tratara, me impedían doblar con celeridad mi cuerpo. Mi piel, como la de un pez, seguía sufriendo la dermatitis rosácea porque se encendía con el calor del mediodía que se sentía en la habitación. Mi sonrisa, difícil de conseguir por mi mala dentadura, se seguía convirtiendo en una patética mueca. Dar un paso era una discusión con mi propio cuerpo, como si temiera que mi espalda me volviera a traicionar, como aquella vez en la que me dejó, por un día entero, tirado en la cama. Me extrañó que las rodillas se quejaran, que los tobillos estuvieran a punto de romperse y que hasta el último de los músculos protestara, como un coro de piezas desconcertadas. El aire, denso y cálido, me rodeaba como si fuera una nube dentro de la casa y, a rastras, busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle y que el sueño había concluido. (A la sombra del verbo)

 

LA VERACIDAD DE MI ESCRITURA

(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica», pero necesito publicarla. En caso contrario, ya sabes, papelera).

Durante muchos años he invertido esfuerzo, tiempo y pasión ―no sé si capacidad― en la práctica de la «escritura creativa», término que no me gusta nada. Mis primeros versos son del año 1986. Los anteriores, una burda creación, unos impulsos adolescentes, unas obscenidades mal redactadas o unas lágrimas quinceañeras con formato verbal. Tengo que decir que detrás de ellos siempre había una mujer de carne y hueso o una realidad palpable. 

1986, traspasado mi ánimo por un fracaso en las oposiciones de Instituto, fue un año de lectura empedernida, compulsiva y vehemente, especialmente poesía española, argentina, inglesa, irlandesa, uruguaya, maldita (los malditos franceses) y de los países del este, como se decía entonces.

Mi primer ataque creativo supuso emborronar y ensuciar una ficha durante tres horas de una noche de insomnio existencial. Y me lancé y escribí y escribí y escribí en los siguientes años. En 1994, ya trabajando en Jesús-María de Juan Bravo, me pasé una noche en vela y realicé un escrutinio al estilo del cura y el barbero de Don Quijote, que liquidaron un sinfín de libros de caballerías. Tuve la tentación de tirarlos por la ventana porque había un patio muy hermoso para hacer una hoguera con las pocas fichas que iba a eliminar. Al final, fueron muchísimas, más de las que conservé por un breve periodo de tiempo. Mi primer sangrante arrepentimiento. Pero repetido hasta la saciedad a lo largo de los años, hasta la actualidad. Soy un «hombre rompedor» Ja. Cumplidor del fundamento o raíz del mal escritor: no conservar ningún borrador. Ninguno. Sólo el resultado final. Sólo. Limpio. Pulcro. Ordenado. Aunque sea un texto horroroso. Todo ello en una carpeta pequeña SARO, que con la llegada del ordenador murieron en minúsculos añicos en una papelera de la vía pública.

Ese mismo año publiqué mi primer libro y me di cuenta de dos cosas: mi forma de escribir no era la acertada ―muy poca gente se atrevió a decírmelo con absoluta sinceridad, pero sin mala intención― y la nula vocación de lector de poesía de las personas que habitaban mi entorno. No suscitó en mí consideración alguna la opinión de los maledicentes, que los hubo, y los sigue habiendo. Este punto es asunto baladí.

Cada texto que escribo desde entonces expresa mi propio trabajo creativo, esconde mi largo periodo de reflexión, que es brutal, y refleja mi experiencia personal. Todo es una eterna «trabajina» de escribir y borrar.

Hasta la aparición del ordenador, utilicé, y aún utilizo esporádicamente, miles de fichas del tamaño 5 de miquelrius emborronando en ellas mil poemas y otros tantos textos. ¿Destruidas? Un porcentaje altísimo de las fichas utilizadas. Así soy yo. No guardo borradores. Solo conservo el resultado final y queda sepultado en él las innumerables horas invertidas, así como la tinta de cientos bolígrafos Bic cristal azul marino.

No sé recurrir a atajos. Nunca he sabido. Y hoy en día, para mí, es impensable acudir a máquinas que escriban por mí. ¿Cómo va a dominar mi imaginación ―aunque sea desmañada, desastrosa y torpe de entendederas― un sistema de algoritmos?

Lo que aparece en este blog es pura y exclusivamente lo que ha dado a luz mi pensamiento y mi mano siniestra. Claro que he recurrido a fuentes de información y a diccionarios, que para eso me he gastado un pastón en ellos. Pero eso lo hace todo el mundo que se dedica a escribir, incluso los que nos dedicamos a juntar palabras como yo.

Todo esto es una consecuencia de una acción que me ha provocado un disgusto tan grande como el casino The Venetian, que es el más grande de Las Vegas y que supera en metros cuadrados a todo el espacio que ocupa el Bernabéu o, juguemos con comparaciones o símiles caseros, cuando el 17 de febrero de 1974 ―yo estaba presente tras el banquillo del Madrid― el Barcelona de Cruyff nos metió una manita y el «holandés volador» salió del campo ovacionado por todos los aficionados madridistas.

Concreto. Me llegaron el otro día tres correos electrónicos con tres emisarios absolutamente irreconocibles acusándome de utilizar la Inteligencia Artificial en mis textos del blog. Es curioso que, analizados los mensajes, tenían los tres una estructura muy parecida. Diferentes reacciones se sucedieron en mí mientras no era capaz de levantarme de la silla. La lectura de los correos me mantuvo imperturbable frente a mi ordenador y salté de inmediato con un exabrupto irrepetible. Silencio, rabia, angustia, tristeza, incredulidad, ira, frustración y abatimiento. Todos ellos en décimas de segundos, los cuales culminaron en un estado de shock del que sólo pude salir apagando el ordenador. Volví a encenderlo, volví a leer los tres mensajes y los borré pensando que era el modo más efectivo de hacer frente al «allanamiento de morada creativa» que acababa de sufrir. La misma reacción de siempre, el gesto heredado del tiempo, como si los tuviera ritualizados. Que los tengo.  

El siguiente paso, en plena compulsión de reacciones, fue cerrar el blog. Me encontré esnaquizado y desfeito, dos términos gallegos para indicar que estaba muy afectado y hundido moralmente. Menos mal que alguien desconocido ―ese alter ego que me zurra sin piedad cuando escribo―, de modo etéreo, celestial e incorpóreo, me iluminó y, cuando tenía el cursor del ratón sobre la tecla de eliminar, lo retiré, abrillantada mi frente por el sudor, con gran brusquedad.  

Herido en el orgullo, decidí suscribirme a dos plataformas de detección de AI (Quillbot y GPTzero) porque me dijeron que no me debía fiar de una sola plataforma ni de las gratuitas, que fracasan con una regularidad casi algorítmica. Me he gastado un pastón en ellas. No sabía que eran tan caros esos detectores de AI.

Tengo escrita una leyenda de un personaje inventado por mí. Llevo dedicadas unas cuantas horas a dicha narración. Bastantes. Una biblioteca infinita de infinitos instantes. He borrado una eternidad de veces, frases y párrafos completos. Si los imbéciles que me dicen que utilizo AI supieran las horas que paso ante el ordenador tecleando, borrando y reescribiendo, no habrían mandado el correo. Mientras otros jubilados se patean El Retiro o la Casa de Campo, pasean por Madrid-Río, visitan museos, viajan a países impensables, intervienen en mil actividades gratuitas, yo invierto mi tiempo en escribir. Bien o mal, pero en escribir. No quiere decir que los resultados sean óptimos. En compañía de mi hermana, pero con una soledad creativa absoluta.

Navegando por internet, encontré opiniones muy interesantes sobre las herramientas de AI para detectar que un texto ha sido escrito con esas plataformas. Lo cierto es que esos sistemas no son infalibles, decían; y pueden llegar a ser contradictorios o a indicar como artificiales ideas y estructuras gramaticales que son profundamente humanas. ¿Debo cambiar mi estilo? Algo, o bastante, ha cambiado desde el 30 de junio de este año, último día de trabajo y comienzo de mi ansiada e imperfecta jubilación. Primera cuestión: ¡¡¡Cómo voy a escribir igual a los 67 años que cuando tenía 40!!! Durante mi época laboral mi dedicación estilística fue mínima. No sé si por exceso, pero mi dedicación laboral me dejaba exánime y desfallecido. Era escribir, una mínima revisión ―por eso, mi primo Jorge siempre me apuntaba erratas― y colgarlo en el blog. Ahora, con la jubilación, son incontables las horas que paso frente al ordenador. Incontables. De verdad. Mil consultas: diccionarios, libros especializados, enciclopedias digitales… Pero eso, como ya he dicho antes, lo hace todo el mundo. Hasta los incompetentes y desmañados como yo.

Por lo visto, los algoritmos son los que sentencian ahora que mi voz literaria ha dejado de existir; pero, en mi humilde opinión, creo que la tecnología no ha llegado a reconocer la originalidad, la riqueza y la diversidad del estilo de escritura humana. Quillbot me dice que esa leyenda escrita por mí es humana al 100%, pero, en cambio, GPTzero me suelta la coz: 92% de AI. Y yo no entiendo nada. ¿Y mis horas? ¿Quién las valora? ¿Hay algún sistema de algoritmos que detecte mi tiempo invertido? ¿Al final todo es una apuesta por mi credibilidad? ¿Y si el concurso literario al que la voy a presentar se rige por GPTzero? ¿Y si se rige por Quillbot? O descalificado o posible premio, me sentencian. Esto es la leche. Si me he equivocado en algo de mi exposición, lo siento. Llevo tres días empapado de sudor por la AI.

Curiosidad: pego un texto largo en GPTzero y me dice que es AI al 100%. Lo he escrito yo. Lo fragmento en siete partes y las voy pegando sucesivamente con el mismo orden que escribí el texto completo y me dice que las 7 partes son humanas al 90%.

Quiero dejar claro que yo me comprometo con la veracidad de mi escritura. Mis escritos seguro que tienen ―joder, yo los escribo― repeticiones estructurales o de términos ―en literatura existe un recurso expresivo que se llama paralelismo, y otros muchos como la anáfora, la epífora, el quiasmo, la epanadiplosis, la anadiplosis, hasta el anacoluto teresiano… Además de la sinonimia, el pleonasmo o la redundancia―, metáforas poco agraciadas, vulgares, comunes o sorpresivas ―se denominan metáforas pobres, gastadas, clichés o incluso metáforas muertas―, giros extraídos de una voluminosa lectura de décadas o un tono uniforme ―Quillbot dice que eso es AI―. ¿Por ello debo cambiar y convertirlo en una etapa reina del Tour con los puertos de Luz Ardiden y el Tourmalet…? ¿Eso no es un defecto? Una máquina es la que decide hoy en día que debo cambiar mi identidad literaria, que todos sabemos que no se puede medir ni con porcentajes ni con etiquetas digitales. En la creación literaria existen decenas de recursos estilísticos ―la conocida Retórica― que están a disposición del escritor para darle a su texto una intención determinada.

En mi blog tengo ahora colgados 168 textos. Sí. ¿Cómo van a ser todos uniformes o escritos con el mismo patrón? Soy humano. He evolucionado emocional y estilísticamente. Desde una angustia vital tipo San Manuel bueno, mártir de Unamuno hasta una laxa humanidad tildada de un pesimismo no hiriente. ¿Es lo mismo escribir después de un fracaso amoroso, después de la muerte brusca y repentina de una madre con la que todavía yo no había cortado el cordón umbilical o después de un descalabro literario? Pues no. Aunque lo afirme Thomas Edison.   A este célebre hombre, inventor de la bombilla y otros dispositivos, se le atribuye la frase: «No fracasé, solo descubrí 1.000 maneras de cómo no hacer una bombilla». Actitud que refleja la idea de que nunca se equivocaba, sino que acumulaba aprendizajes. Mi inexplorada interpretación: 999 fracasos.

Yo pienso seguir escribiendo. Ladran, luego cabalgamos. Esta expresión significa que las críticas o ataques de otros son señal de que uno avanza en la dirección correcta. Aunque suele atribuirse erróneamente a Don Quijote dirigiéndose a Sancho ―según los críticos especializados dicen que Cervantes nunca la escribió―, su origen real está en un poema de Goethe y se popularizó en el ámbito hispano gracias a Rubén Darío.

Y si a ti, suscritor, que no sé si lector, de mi blog no te gusta lo que escribo o dudas de mi creatividad ―te felicito por ello con el calor humano, la vehemencia y el fervor de un chambón de las letras―, por favor, date inmediatamente de baja en la suscripción de mi blog y dedica tu tiempo a lecturas más interesantes e igualmente creativas. Seguiré escribiendo porque creo en la fuerza de la palabra y en la sinceridad de mi trabajo. Este es mi blog y mientras tenga algo que decir lo continuaré haciendo con la misma dedicación, limpieza y honestidad que desde mis principios. ¿Y este texto? Como se dice en italiano ¡Chi lo sa!

(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica»).

 

CERVEZA

Por su sola existencia deberíamos santificar clandestinamente a los endiosados artesanos egipcios. Sería yo el primer devoto de este elemento cristalino de color dorado que hasta al hombre más fanfarrón en la lona de los envalentonados cerveceros ha noqueado.

La cerveza es ese elixir milagroso que hace que el jefe parezca simpático, que los chistes malos se vuelvan obras maestras del humor, y que los problemas se reduzcan al tamaño de la espuma en el vaso. Es la consejera más barata del mundo: te escucha sin juzgarte, te anima sin pedirte explicaciones y, por un rato, te convence de que bailar reguetón con dos pies izquierdos es una gran idea. Claro, al día siguiente, cuando el sol entra por la ventana y tu cabeza suena como tambor de guerra, recuerdas que la cerveza tiene un gran talento: primero te hace sentir sabio, guapo y valiente… y luego te cobra con intereses cada sorbo de optimismo.  (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

VIDA LÚGUBRE Y NOCTURNA

(Recreación del ambiente del que podría disfrutar el personaje principal de una ficticia obra naturalista de Emilia Pardo Bazán. Con todo respeto, este sería el comienzo).  

La ciudad respira como un animal viejo bajo un manto de neón y polvo. Las calles se curvan en suspiros, las fachadas guardan secretos y la luz se vuelve un hilo que intenta coser la noche al presente. Cada paso suena a memoria. El aire pesa. Hay un olor a humedad y ceniza que se pega a la piel, recordatorio de incendios apagados y de cigarrillos que no terminaron de hablar. Los que caminan lo hacen con manos en los bolsillos, con rostros que han aprendido a no sorprenderse. El farol solitario dibuja sombras largas y dóciles. Bajo su lámpara, los rostros parecen esculturas de ceniza: ojos que miran sin buscar, labios que guardan frases inacabadas. La noche convierte la voz en rumor y el rumor en compañía. Los sonidos se vuelven cercanos y lejanos a la vez: un perro que ladra en otra calle, el tic tac de un reloj sin hora, la música que se escapa de un bar y se rompe en la esquina. Todo compone una partitura lenta, casi metálica. El yo que observa es un náufrago con abrigo. Reúne fragmentos: una risa, una lágrima escondida, un cartel despegándose. No reclama la belleza; acepta la belleza que queda, la hecha de desgaste y paciencia. La vida nocturna es un laboratorio de ausencias. Aquí los encuentros son pequeñas transacciones de abrigo: un gesto, una señal, un cigarrillo ofrecido. No hay promesas grandes, solo pactos diminutos que sirven para cruzar la madrugada. A veces la lluvia cae como una noticia grave y tibia. Todo se vuelve espejo: charcos que repiten fachadas, paraguas que navegan la ciudad como barcos diminutos. La lluvia borra los contornos y hace que los recuerdos parezcan más cercanos. Al amanecer, la ciudad no se arrepiente; descubre sus heridas con discreción. Los últimos faroles se apagan como ojos que parpadean. Y aunque la luz devuelve formas y nombres, la noche deja su estela: una calma hecha de ceniza y una certeza tenue de que la vida lúgubre también existe para quien sabe escuchar. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

MI ORDENADOR

Es el rincón donde dejo caer, como gotas de rocío, las palabras que me acompañan desde hace décadas. Aquí reúno poemas, prosas, recuerdos y reflexiones escritas en mis noches de insomnio, la lengua que me sostiene y me devuelve siempre a una incansable lucha por la palabra exacta. Es un espacio íntimo y abierto al mismo tiempo, nacido de la morriña y de la voluntad de compartir, donde cada texto quiere ser encuentro, memoria y horizonte. Es una ventana abierta a la memoria y a la emoción. Cada palabra que aquí se deja caer lleva consigo un trozo de morriña, de raíz y de horizonte. Es un espacio humilde, pero lleno de vida, donde la escritura se convierte en camino y regreso. Que quien se detenga en estas páginas, cuando salgan a la luz, deseo que sienta la misma saudade que me guía y la misma luz que me acompaña. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LA CIUDAD

La ciudad late a veces con un fervor que asfixia. Entre edificios que parecen rozar el cielo y luces que desgarran la noche, yo me descubro náufrago en un océano de rostros desconocidos. Camino por las calles y las caras que me cruzan se desvanecen tan rápido como aparecieron, como si mi existencia fuese apenas un espejismo. La multitud me envuelve, pero el mundo permanece distante, y yo me siento un visitante en mi propia vida.

Cada esquina guarda su historia, pero yo estoy atrapado en la mía: una historia de soledad. Soledad que me flagela aun rodeado de la vibrante vida que lucha a mi alrededor. Escucho risas arrastradas por el viento, conversaciones que suenan como música lejana. Qué paradoja: la ciudad rebosa ruido y vida, y yo me hundo en un vacío profundo, en un anonimato que me devora.

A veces deseo que alguien me mire de frente y descubra el tormento que arde en mis ojos, junto a este gesto despoblado que llamo sonrisa. Sueño con que un extraño me regale un instante de complicidad, como si compartiéramos un secreto invisible. La soledad es para quienes no tienen elección, pero también es mía: la busco cuando me falta, y cuando regresa me expulsa sin piedad de cualquier paraíso.

Me acompaña incluso en el transporte público. Miro distraído por la ventana para evitar que ojos ajenos se claven en mi espalda o en mi rostro. Los compañeros de viaje nunca entenderían que en ese trayecto lo único que hago es rastrear, en el rincón más oscuro de mi espíritu, la fuente del vacío que mana de mi corazón.

¿Qué historia me rodea? Mujeres y hombres cuyas vidas se cruzan y se deshacen a mi alrededor, que se sumergen en el silencio de la noche y ansían que la luna se muestre plena y blanca. Yo, en cambio, hablo con ella: le confieso mis problemas como si pudiera comprenderme, le explico que el desasosiego de mi alma late a un ritmo frenético en esas horas de insomnio.

Hay, sin embargo, algo más íntimo en esa soledad compartida con mi alter ego. Necesitamos encontrarnos en el terreno emocional, porque la distancia nos vuelve vulnerables, y yo —a diferencia de él— no lo soporto: regreso siempre al vacío de mi soledad.

Quizás alguien en el autobús intentó abrazarme con su belleza y su oscuridad, pero mi fatiga y mi hambre de compañía transformaron al detective que llevo dentro en un torpe rastreador de destellos de luz. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dónde coño salió. Benito, le decían. Otros lo llamaban «el del intestino blindado». No sabía leer ni escribir, pero tenía la cabeza llena de tormentas e ideas que no pedían permiso. Historias que salían como eructos de otro mundo. Doce libros. Doce. Y ni una letra escrita por él.

Los dictaba al vacío a gritos. Literal. Se encerraba en baños públicos para concentrarse en la estructura de la historia, que él desconocía. Hablaba solo o con su recto irritado. Grababa, con la vehemencia de un presidiario que se declara inocente ante el juez de la patraña, historias en móviles que se encontraba en la calle y que luego alguien transcribía con un miedo hatroz. Una vez dictó una novela entera mientras se peleaba con una paloma en un parque. La paloma, por historia tan visionaria, murió de un infarto. El libro ganó un premio sin galardón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Mentiras Más Originales». Lo invitaron a Estocolmo. Él fue pomposo y lleno de fatuidad con un traje que olía a naftalina y una barriga que parecía preñada de piedras. Llevaba quince días sin cagar. Quince. El médico del hotel, al ver la radiografía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un búnker de la segunda guerra mundial».

El presidente del acto de entrega de los premios pronunció unas palabras en un inglés macarrónico para que todo el mundo entendiera su ceremoniosidad:

«Welcome to the grandious Nobelistic premiation! Today we celebrify the geniusness of human brains and global peaceness with big joy and ceremonical proudness».

La mujer de Benito, preocupada porque no entendieran bien en su pueblo esta presentación, la tradujo sobre la marcha a un español, que ella consideró «perfecto»:

«Bienvenidos todos los gentes del planeta a esta premiación nobelística tan grandiosa. Hoy celebramos las genialidades de los cerebros humanos y la pacitud global con mucha alegrancia y orgullosidad ceremoniosa».

Como no obraba, le dieron a Benito un laxante de caballo. Uno de esos que hacen temblar a los establos y llamar a los bomberos. Se encerró en el baño del hotel, sudando como testigo falso, y con una IA robada del móvil de un camarero que salió corriendo porque era la primera que percibía olores y sinsabores, dictó su discurso:

«No sé leer. No sé escribir. Pero tengo una imaginación que no cabe en este puto planeta. Mis libros no los redacto, los escupo. Y si me dan este premio, es porque el mundo está tan jodido como mi intestino».

Cuando salió, pálido y con los ojos en otra dimensión, subió tembloroso al estrado y empezó a leerlo en voz alta. La gente no sabía si aplaudir o llamar a un exorcista. Y justo cuando iba por la parte donde agradecía con gran afecto a su sombra por no abandonarlo, entró la policía.

Lo arrestaron por «atentar contra la dignidad del galardón». Pero no podían llevárselo aún. El laxante estaba en plena faena. El parte oficial del gendarme principal decía: «Riesgo de explosión intestinal con consecuencias olfativas catastróficas y destructivas por su dureza y consistencia en espacio cerrado».

Una hora después, tras un rugido que hizo vibrar los cristales del hotel, Benito evacuó el apocalipsis. El baño fue clausurado, el recepcionista pidió la baja, el director se exilió a Samarcunda, estado insular con cultura austera y políticas de asilo generosas, y entonces sí, lo esposaron.

Mientras lo arrastraban, gritó:

«¡Me cagaré dentro de quince días en la gramática! ¡La imaginación no necesita ortografía ni papel higiénico!»

Desde la celda, dictó su decimotercer libro: El preso que soñaba con palabras que no sabía escribir y con cagar sin dolor. Lo firmó como «Benito el Extreñío».

Y sí. También fue un éxito. Pero póstumo porque a los veinte días tuvieron que ingresarlo y se ahogó con su propia defecación. Descanse en paz. (A la sombra del verbo)

 

CONFIESO QUE…

La confesión literaria es un acto valiente que va más allá de las limitaciones de mi ego y me permite desvelar las tétricas profundidades de mi ser. Este estilo de escritura, que se   caracteriza por la honestidad y la autenticidad, se convierte en un reflejo que muestra no solo mi pensamiento, sino que puede mostrar también mis dúctiles inquietudes. A través de mis palabras puedo, y deseo con ardor, generar conexiones emocionales contigo, lector. Es mi deseo último, y primario. Cuando yo me atrevo a examinar mis propias lesiones y vulnerabilidades, incito a mis lectores a confrontarlas con las suyas.

A mí este proceso me resulta liberador y me ayuda a una mayor comprensión empática con personas que tienen diferentes modos de entender la vida o la escritura.

En resumen, para mí la confesión literaria no es simplemente un recurso narrativo, no. Es un medio de comunicación que tiene un poder casi absoluto, porque me permite desnudarme con mayor o menor exigencia. Puede ocurrir que el rechazo ―larvado a lo largo de mis 146 entradas― obtenga ya un estímulo definitivo para recibir yo un último golpe fulminante y definitivo.

Confieso que repetir una declaración o una idea mil veces no es obsesión, es una liturgia creada por mi obsesión en transmitir con claridad y honradez mi pensamiento.

Confieso que un furancho puede ser un laboratorio de poemas. Quien lo probó lo sabe. Una taza de vino, una ración de queso, un cuaderno y un bolígrafo bajo la parra de una vivienda particular son el cenit de la creatividad. Te aconsejo que consultes la www.guiafuranchin.com.  Si pasas por las Rías Baixas entre abril y octubre, tienes estas casas particulares habilitadas en planta baja, jardín o garaje como excelentes restaurantes de productos caseros.  

Confieso que de la desolación humana, es el riesgo de escribir, puede salir un excelente poema o una aberración con formato de poesía.

Confieso que este blog es mi confesionario de mis pequeñas verdades, de reflexiones inéditas, de miedos contradictorios y lo íntimo de mi pensamiento social. ¡Ah!… Y no tengo sacerdote.

Confieso que escribir de lo que me produce muchísimo pudor aumenta en progresión aritmética una evolución emocional peldaño a peldaño que no sé a qué situación me llevará.

Confieso que soy en puridad un forastero inestable que tiene un blog invisible que se conforma con tener pocos lectores porque, después de mil cambios, no logro que nadie se suscriba de modo voluntario. ¿Para qué tienes, me espeta mi alter ego, en www.recuncar.com la invitación a que tus potenciales lectores se suscriban? Es como salir a la calle hoy con una vela encendida bajo la lluvia.

Confieso que no voy a cambiar mi estilo. Sí habrás notado que, una vez jubilado, le dedico mucho más tiempo a mi blog y a la lectura. Eso ha hecho que observe más la estructura del texto, el vocabulario, las metáforas, la creatividad…porque ahora, por ejemplo, puedo dedicarle tres horas a un texto de 10 líneas o a investigar con lupa filatélica técnicas narrativas.

Confieso que en cada entrada pierdo jirones de sueño, que soy capaz de despertarme a las tres de la mañana, encender la luz en forma de libro abierto que tengo en la mesilla y escribir cuatro ideas en una hoja cualquiera.

Confieso que escribir es tirarme al vacío sin un salvoconducto y sin el amparo de una red salvífica y «despanzurrarme» como un héroe trágico en su última escena.

Confieso que mantener este blog es resistir con heroicidad el respetuoso silencio de los lectores. Otra «teima» ―obsesión, en gallego― que me persigue como el agente 007 perseguía al doctor No. ¿Diferencia? James Bond salía vencedor al final. 

Confieso que me apasiona la soledad ―algunos le llaman asociabilidad―, aunque de ella mane una pérdida de autoestima, ese faro que me debería guiar como hace en las tormentosas noches de la Costa da Morte.

Confieso que paso olímpicamente de los que no entienden que la tristeza es canción y que la melancolía escribe mis poemas casi sin pensar.

Confieso que no busco redención, solo el alivio de haberme dicho la verdad a mí mismo. Deberías probar la dosis de placer que me invade cuando creo que he escrito un buen texto.

Confieso que la saudade que me inunda es un acto reflexivo que duele igual que un beso de cemento, ese beso que he probado muchas veces.

Confieso que habito en un mundo inhóspito que, cada día que pasa, me convierte en una corona de sombras que todavía no sabe brillar en la oscuridad.

Confieso que no tengo respuestas para muchas de tus preguntas, pero nunca me esconderé en el abismo para responder a ellas, si las hubiere.

Confieso que el eco de mis textos no se escucha en ningún lugar y eso me produce una sordera creativa que me posterga al rincón de la pluma sin tinta o al del ordenador sin Microsoft Word.

Confieso que cada palabra que nace de mí es una chispa de mi alma buscando encender otras. El problema mío es que mi terreno es húmedo y me cuesta muchísimo que la chispa prendida despierte en una sucesión de fogonazos.

Confieso que paso olímpicamente de los que no quieren escudriñar mis versos como un alquimista busca oro en mis cenizas con el banal argumento de que esa conjunción de palabras la realiza cualquiera.

Confieso que aún tengo que aprender a detectar y a ponerle certero nombre a mis carencias, pero esto no me impide manifestar mi deseo de que reciban un reconocimiento mis micropartículas que se convierten en el peso de una entrada del blog.

Confieso que revelar y desnudar mis debilidades no me enflaquece; sino que me convierte en un antihéroe de esta descortés sociedad. Y confieso que tú, lector, me gustas más que la calma que me invento para no necesitar a nadie o como el primer sorbo de humeante café, la tinta con la que escribo mis días, en una mañana de lluvia como la de hoy. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

LOS HOMBRES QUE SE CREEN GUAPOS Y ATRACTIVOS

Ya en el colegio empieza a dar señales de su futura tragedia estética: el niño que se peinaba con gomina a los ocho años, convencido de que las niñas van a suspirar por él mientras recita la tabla del siete. En el patio, se pasea como si fuera protagonista de una serie juvenil, con la camiseta metida por dentro y el pecho inflado, creyendo que su andar era elegante, cuando en realidad parece un desmañado pato con problemas de coordinación. Su atractivo es comparable al de un bocadillo de mortadela olvidado en la mochila. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la misma mezcla de pena y risa con la que se observa a un compañero que tropieza con la cuerda de saltar.

En el último curso el mito se agrava. El adolescente se cree modelo de revista, aunque su acné puede servir de mapa topográfico. Se perfuma como si quisiera fumigar el aula y se ajusta la chaqueta creyendo que es James Bond, cuando en realidad parece un vendedor de seguros en prácticas. Y lo peor: se convence de que todas lo desean, cuando en realidad todas le evitan, porque nadie quiere que se le acerque el que huele a mezcla de desodorante barato y ego desbordado.

Y llega sin sorpresas el examen de selectividad, ese momento supuestamente solemne. Allí está él, sentado en primera fila, creyendo que incluso en medio de un examen su atractivo es un arma de seducción masiva. Mientras los demás sudan tinta intentando recordar fórmulas de matemáticas o fechas de historia, él se recoloca el pelo con gesto ensayado, como si la comisión examinadora fuera un jurado de belleza. Saca el bolígrafo con un movimiento teatral, convencido de que hasta el modo en que escribe desprende magnetismo. En realidad, lo único que desprende es lástima: su examen es un festival de faltas de ortografía y frases huecas, pero él sonríe satisfecho, seguro de que su «mirada intensa» compensará la mediocridad académica.

El resultado es el mismo que en el curso anterior: suspenso en contenido, matrícula de honor en ridículo. Porque el hombre que se cree guapo no entiende que la vida no se aprueba con abdominales imaginarios ni con selfis mentales. Cree que su atractivo es un pasaporte universal, pero lo único que consigue es ser recordado como un bufón moderno, un chiste que empezó en el colegio y alcanzó su clímax tragicómico en la selectividad.

Ya adulto, el guapo autoproclamado sigue arrastrando esa fe ciega en su propio mito. El que realmente lo es, se convierte en esclavo de su espejo y de la crema hidratante, atrapado en la cárcel de su reflejo. El que no lo es, se convierte en caricatura: barriga cervecera disfrazada de abdominales, gafas de sol en interiores, sonrisa ensayada que parece más un espasmo que un gesto seductor. Todos ellos comparten la misma tragedia: creen que el mundo entero los observa con deseo, cuando en realidad el mundo entero los observa con risas y carcajadas.

En definitiva, el hombre que se cree guapo es un espectáculo tragicómico que empieza ya en el colegio y nunca termina. Es el bufón moderno que confunde la vanidad con el encanto, el hombre que nunca deja de mirarse en el espejo del baño creyendo que es un dios, cuando apenas alcanza a ser un chiste mal contado. (A la sombra del verbo)

 

CUANDO CALLO, ESCRIBO

(No sé si no gusta que aporte este dato, pero yo lo siento necesario: Comienzo este texto a las 5:35 del martes 11 de noviembre y lo termino el jueves 13 a las 9:13. Evidentemente, que no con exclusividad de trabajo. El cronómetro que vigila mi horario me dice que le he dedicado 8 horas y 33 minutos. Revisado entre 14:30 y 15:15. He suprimido tres párrafos).

Soy el margen de un texto que nadie lee. Soy la errata que el lector no enmendó… porque no me leyó. Soy… Tranquilo, que no voy a seguir en este tono desolador y devastado.

Me han dicho mil veces que por qué escribo tantos mensajes ―creo que no son tantos comparados con los que reprime mi voluntad―, que por qué no mando audios, que por qué no llamo, que «quiero escuchar tu voz», me dijo una exalumna parafraseando a no sé qué cantante.

Hay personas que no se atreven a decirme lo que realmente piensan. Frases del estilo: «Venga, estúpido, que eres una página en blanco que se cree una enciclopedia. Llámame por teléfono. Habla. Comenta. No te creas el rey de la fiesta que, por su propia seguridad, no asiste a reuniones ni habla». Y no profundizo más. Porque escarbar en mí es como hacerlo en la tierra… te puedes encontrar raíces que no sabías que estaban ahí.

Otros me miran sin hablar y leo en su mirada que si soy raro, que si parezco distante, que si la gente ya no se comunica así, que no estoy en la onda. Y yo, mientras tanto, escribiendo. Porque sí, porque me gusta, porque me sale así. Porque si tengo algo que decir, prefiero pensarlo, darle forma, ponerle comas, y que no suene como un balbuceo atropellado entre el semáforo y el supermercado.

Virginia Woolf lo dijo mejor que yo: «No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente». Y yo añadiría: ni a mi teclado, ni a mi mano. Porque escribir me permite estar ―o eso creo― sin tener que presentarme «a todo volumen». No es frialdad, es otra forma de presencia. Y quien me conoce de verdad, considero que lo sabe.

No te das cuenta ―habla mi odioso alter ego― de que más de uno aprovecha tu silenciada voz para argumentar que no te gusta comunicarte, que te molesta que te incordien con mensajes. Falacia. Rotunda. Me encanta recibir mensajes. Me encanta. José María, no sigas por ahí, que te puedes estrellar.

No es que tenga fobia a la voz humana, ni que me dé alergia el micrófono del móvil. Es que simplemente no me nace. Me parece más íntimo escribir. Más honesto. Más mío. Y si eso me convierte en un bicho raro, pues qué le vamos a hacer. Hay gente que colecciona sellos, yo colecciono palabras.

Además, soy muy sincero: ¿Cuántas veces un audio de guasap ha sido realmente necesario? ¿Cuántas veces no ha sido simplemente alguien diciendo «eeeeh… bueno… nada… era para decirte que…»? 45 segundos de puro relleno. Para el desguace. Yo no quiero dedicar mi tiempo a eso. Prefiero escribir tres líneas que digan algo. Y, eso que no falte, con una puntuación correcta, con sus tildes correspondientes y respetando todas las normas de la ortografía.

Y luego está esa idea de que el guasap escrito es una conversación de doble vía. ¡¡¡Qué bonito suena!!! Pero en mi experiencia, en algunas ocasiones, es más bien un monólogo con eco. Uno escribe casi una encíclica ―lo hago porque me peta, claro está― y la otra persona responde con un emoticón. Si estuviera a mi lado, le retorcería el cuello como a un pavo por navidad. Comunicación moderna, me dicen. ¡Ah! Por cierto, ahora me dicen que el OK, necesario en algunas ocasiones, es molesto, que se interpreta como una falta de ganas de seguir dialogando, que no lo debo utilizar. Me comprometo a ello. Es el colmo.

Tengo dos blogs y soy…¡¡¡un infeliz!!! Ahí me lee quien quiere. «Nemo me legit, dico», se quejaba un avispado compañero de la universidad versado en la lengua de Catulo allá por los primeros años ochenta cuando nos reprochaba no leer los poemas en latín que escribía «in tenebris noctis». 

Lo mismo lo que se me exige en silencio ―argumentándolo con ese falaz «le molestan los guasaps»― es que grabe un podcast, con voz y audio, en lugar de escribir una entrada en mi blog. Lo siento, pero no. Del contador de visitas mejor no hablar.

Yo cuelgo una entrada y respeto la intimidad de cualquier suscriptor cuando envía el correo a la papelera sin leerlo o lo deja dormir en el cajón de entrada como una bella durmiente que nadie la desvelará. Es su libertad. Y la respeto. Me gustaría que no fuera así, pero no lo voy a calificar. Un excompañero me dijo un día que con estas palabras ya lo estaba calificando. Afilado análisis por su parte.

Alejandra Pizarnik ―me encanta la introspección emocional y la exploración del lenguaje que hace― escribió: «Nada más intenso que el terror de perder la identidad». Y yo lo siento cada vez que me empujan a comunicarme como no soy. Como si tuviera que adaptarme a un molde social que no me representa. Como si la espontaneidad tuviera que ser ruidosa para ser válida. Temo ser la vela que se apaga sin que nadie note la oscuridad. Con sinceridad plena, como decía al principio, me aterra convertirme en una página que nadie vuelve a leer. No quiero convertirme en el nombre que se borra sin resistencia.

Mi letra te quiere más que mi voz. Mi voz se distrae, se cansa, se esconde. Pero mi letra se queda, te busca, te piensa. Cuando escribo, estoy más cerca de ti que cuando hablo. Porque en la escritura no hay interferencias, ni gestos forzados, ni silencios incómodos. Solo tú y yo, sin ruido. Y eso, para mí, es estar verdaderamente presente. Soy más yo cuando te escribo que cuando te hablo.

Y sí, lo reconozco: tengo tendencia a la soledad. No me incomoda estar solo, ni me angustia el silencio. No mientas, José María, no mientas. Lo has prometido. Otra vez mi maldito alter ego. Me gusta observar desde fuera, sin tener que participar todo el tiempo. Tengo una visión bastante asocial de la vida, no en el sentido de despreciar a los demás, sino en el de no necesitar estar constantemente en contacto. No me gusta la hiperconectividad, ni la obligación de estar siempre disponible. Pido que se me entienda, pero también —y esto lo digo sin rencor— que no se espere de mí lo que no soy o no puedo dar.

Clara Varela, una escritora que nadie puede conocer porque me la he inventado yo, lo resume así: «Escribo porque hablar me interrumpe. Y porque en el silencio de las letras, nadie me exige sonreír. No quiero que te quedes en el tráiler, quiero que veas la película completa».

Y ahí estoy yo. En ese silencio. En esas letras. Sin exigencias. Sin ruido. Solo yo pensándote siempre. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

GUAPERAS

Narcisista en estado puro. Se recrea «orgásmicamente» en una placentera autocontemplación y actúa de modo tan exhibicionista y prepotente, con un plus de brillantina y ropa de marca, que frustra el ser juzgado por su físico y aspecto. Se da por hecho que es bello, aunque su estética luzca realmente una obscena falta de armonía. Es una persona que confunde las solicitudes de ayuda con piropos que sólo existentes en su cerebro. Cree osadamente que los espejos son sus furibundos fans y que cada vez que se contempla en alguno, que no es de su propiedad, debería reverenciarle con un saludo próximo a la realeza. Cuando cuelga una foto en las redes sociales lo hace como si fuera una obra de arte para las nuevas generaciones. Dicen que su última petición, en el momento de su fallecimiento, es que su cuerpo sea disecado o momificado para el recreo placentero de sus enamoradas. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

BLACK FRIDAY

Sacar del cajón un texto que lleva años esperando es como darle aire fresco a una semilla que por fin puede crecer (¡Qué cursilada tenía escrito!). Lo guardé con cierto pudor, como quien teme que sus palabras no estuvieran listas para ver la luz. Cada noviembre lo releía y le añadía alguna otra metáfora que depuraban mis sentimientos mientras estaba en la cola de unos grandes almacenes. Pero hoy siento que ha llegado el momento.
El «Black Friday» es un tema jugoso, casi inevitable, porque en él se mezclan consumo y prisas, luces y ofertas, y también la ironía de verme arrastrado por la fiebre de las rebajas.
Al rematar este poema ―me he levantado hoy a las cinco de la mañana y no me he levantado de la silla― me descubro porque ayer caí y llegué a casa con la mirada atrapada por escaparates brillantes y anuncios que me prometían la felicidad casi eterna a cambio de un descuento.
Y me pregunto si no somos todos parte de un mismo ritual, una danza frenética que celebra lo efímero ―tema para otro poema―. Mi creación ―mejor, recreación― quiere ser testigo de mi total contradicción: la euforia del instante frente al vacío que queda después y el dolor emocional que no cede por no cumplir las promesas mil veces realizadas.
En caso de que haya algo que no te guste, lo siento muchísimo; pero creo que el tema ―soy yo el del poema― merece este tono histriónico y faltón.
BLACK FRIDAY
Soy un idiota reincidente,
un consumidor compulsivo,
un Vesubio de la vena compradora,
un bufón con tarjeta de crédito temblando,
un esclavo voluntario de las rebajas
que huelen a plástico herido,
un vientre hinchado de ansiedad,
que se infla con cada compra
y se desinfla en la cola de devolución.
Me arrastro entre pasillos iluminados
como quirófanos,
con la dignidad de un perro famélico
husmeando descuentos,
con la mirada turbia de quien confunde
necesidad con ansiedad.
Cada año me prometo cordura
y cada año me convierto en payaso sudoroso,
en mendigo de ofertas que no necesito,
en cadáver financiero
disfrazado de cliente satisfecho.
Me siento ridículo,
me siento patético,
me siento un saco de huesos
envuelto en bolsas negras,
con la autoestima rebajada al 20%.
Soy el hombre que se vende a sí mismo
por un ordenador,
que se alquila por un móvil,
que se prostituye por un televisor inteligente
que terminará siendo infrautilizado,
que se pasea, junto a mi estupidez,
por unos impúdicos grandes almacenes.
Me miro en el reflejo de los escaparates
y la imagen que veo es la de un Romeo enamorado
de un reloj aún no inventado,
la de un payaso que se arrastra con mil compras
colgando del cuello como órganos robados
en un mercado clandestino.
Me huelo a derrota fabricada por mí mismo,
a sudor rancio por estar infinitas horas
tras algo que no necesito,
a basura emocional con etiqueta de oferta limitada,
a intestinos retorcidos que mastican descuentos
y al despojo que nadie compraría ni en liquidación.
Soy el mismo imbécil de siempre,
el que cae cada año,
el que se jura cada noviembre no volver a caer,
el que compra otra vez
mientras se jura no comprar nada,
el que se pudre en la cola del banco
para obtener una nueva tarjeta,
el que se ríe de sí mismo con sarcasmo barato
porque ya no tiene un euro.
Y todo esto,
porque sé que volveré a reincidir
en una pena de la que no me puedo librar,
porque sé que nunca aprenderé la lección,
porque sé que el Black Friday
es mi doctrina maloliente
y mi credo sin religión.
(A la sombra del verbo) (1995-2025)

POÉTICA: LA POESÍA COMO BISTURÍ

Soy hijo de un cirujano. Desde niño aprendí a mirar las manos de mi padre, firmes y delicadas, capaces de abrir la carne con precisión y, al mismo tiempo, de cerrarla con ternura. Ese gesto, esa disciplina del bisturí, se convirtió en una enseñanza que me acompaña hasta hoy. Yo no opero cuerpos, pero opero palabras. En el aula, cuando enseño, y en mi escritura, cuando me desnudo, el bisturí se transforma en metáfora: cortar, abrir, explorar lo oculto, y luego suturar con la delicadeza de quien sabe que cada herida necesita tiempo para cicatrizar.

La poesía es mi cirugía íntima. Cada palabra abre una capa de mi alma, cada verso es incisión, cada frase una sutura que intenta recomponer lo que se ha roto dentro de mí. Escribir es mi manera de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre el ruido, de darle voz a lo que quedaría sepultado bajo el peso de la ciudad y de la vida.

Soy un hombre triste y melancólico, habitado por la sombra de la morriña y el peso de los fracasos. Pero también soy hijo de una disciplina que me enseñó que incluso la herida puede ser camino de conocimiento. La poesía me permite transformar la tristeza en palabra, la melancolía en música, el fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid me resulta dura, como si cada calle me devorase poco a poco. La ciudad me engulle con su ruido, con su velocidad, con su indiferencia, y yo me siento perdido entre multitudes que no me ven. Escribir se convierte en mi refugio, en mi manera de recuperar un espacio íntimo donde la palabra se gesta lentamente, como una herida que busca cicatrizar.

Galicia es el hilo invisible que atraviesa cada línea. En su tierra y en su mar moran mis recuerdos y mi voz. Allí aprendí que la morriña no es solo dolor, sino también raíz, memoria, pertenencia. La poesía me une a esa tierra, me devuelve a sus aguas, me recuerda que incluso lejos sigo habitado por ella.

La poesía es confesión y bálsamo. Es bisturí y cicatriz. Es el espacio íntimo donde la palabra se convierte en sostén, en columna invisible que me impide caer. Es mi manera de abrirme, de dejar que otros entren en mi herida y reconozcan en ella su propia historia.

Quien se acerque a mi poesía encontrará fragmentos de vida, retazos de dolor y de esperanza, confesiones que quizá también le resulten propias. Porque escribir es compartir la intimidad, la morriña, los fracasos y las pequeñas luces que nos sostienen en medio de la oscuridad.

La poesía, para mí, es eso: un bisturí que corta y revela, una sutura que recompone, una cicatriz que brilla en la memoria. Es mi manera de decir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendiendo a transformar la herida en palabra y la palabra en luz. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

CARALLADA

La palabra carallada es una de las expresiones más versátiles y expresivas del gallego coloquial, derivada de carallo, que también tiene múltiples usos en la lengua popular. Su significado varía según el contexto, el tono y la intención del hablante, pudiendo transmitir desde diversión hasta desprecio o irritación.

En un sentido positivo, carallada puede referirse a una fiesta ruidosa, una juerga o una celebración desinhibida, como cuando se dice: «Hicimos una carallada que duró hasta el amanecer». En este caso, es sinónimo de juerga, foliada o parranda, evocando momentos de alegría compartida.

Por otro lado, carallada también se emplea para designar cosas sin importancia o tonterías, como en «No me vengas con caralladas», donde se expresa hastío o desinterés ante comentarios o acciones que se consideran irrelevantes o absurdas. En este uso, se aproxima a términos como chorrada o tontería.

En otros contextos, carallada puede tener una carga más crítica o negativa, refiriéndose a algo mal hecho, ridículo o sin sentido: «Ese proyecto es una carallada». Aquí, la palabra funciona como un juicio contundente, señalando la inutilidad o la falta de seriedad de una propuesta o situación.

También puede usarse carallada para nombrar objetos pequeños, triviales o sin valor, como en «Compré unas caralladas en la feria», donde se alude a cositas decorativas o curiosidades sin gran relevancia práctica.

En resumen, carallada es una palabra que encapsula la riqueza expresiva del gallego hablado. Puede ser divertida, crítica, afectuosa u ofensiva, según cómo y dónde se diga. Es un ejemplo claro de la capacidad de la lengua para transmitir emociones y matices con fuerza y autenticidad, y forma parte del patrimonio lingüístico que define la identidad gallega. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

EL ESCRITOR CAÓTICO

No sé si seguir con el blog. No sé si cerrarlo. No sé si importa. No sé si alguien lo lee. No sé si yo lo leo. No sé si tiene sentido seguir escribiendo cosas que no tienen forma, ni fondo, ni fuerza. Me repito. Me contradigo. Me agoto. Me decepciono. Me doy vergüenza. Me doy rabia. Me doy pena. Me doy igual.

Hay días en los que pienso que debería hacer como Elías Fritz, que no solo abrió y cerró su blog veinte veces, sino que en la última lo dividió en siete partes, las publicó en siete plataformas distintas, luego las borró todas, luego las recuperó, luego las mezcló, luego las tradujo al esperanto, luego las convirtió en un archivo de audio que nadie pudo reproducir, luego se peleó con sí mismo en los comentarios, luego se bloqueó a sí mismo, luego escribió una entrada pidiendo perdón por existir, luego la borró, luego la volvió a subir, luego la editó para insultarse, luego se denunció por plagio, luego se absolvió, luego se fue. O como Martina del Río, que imprimió todo su blog, lo metió en una caja de cartón y lo tiró al Támesis una madrugada de enero, sin testigos, sin explicación, solo porque no soportaba ver sus textos acumulados. O como Hugo Sanz, que escribió una entrada titulada “Última cena digital” y luego llevó su portátil a un parque de reptiles en Florida y lo lanzó a la boca de un cocodrilo llamado Marvin, que lo trituró sin esfuerzo. O como Clara Vignale, que prendió fuego a su blog en sentido literal: imprimió cada entrada, las apiló en su jardín y les prendió fuego mientras gritaba que el algoritmo la había traicionado. O como Tomás Gutiérrez, que denunció su propio blog a la policía por acoso emocional, y cuando los agentes le dijeron que eso no tenía sentido, insistió tanto que acabaron llevándolo a la cárcel por alteración del orden público.

Y yo aquí, sin saber si quiero hacer algo parecido o si solo quiero que alguien me diga que no estoy tan mal. Pero sí estoy mal. Estoy cansado. Estoy harto. Estoy bloqueado. Estoy solo. Estoy escribiendo esto como si fuera una confesión, pero ni siquiera sé si lo voy a publicar. No sé si quiero que lo lean o que lo ignoren. No sé si quiero que me entiendan o que me olviden. No sé si esto es una despedida o solo otra noche más en la que no puedo dormir y me pongo a escribir para no pensar.

No sé.

Y mientras no sé, sigo escribiendo. Aunque no sirva. Aunque no guste. Aunque no importe. Aunque no se entienda. Aunque no se lea. Aunque no se quede. Aunque no se note. Aunque no se salve. Aunque no se cure. Aunque no se arregle. Aunque no se cierre. Aunque no se abra. Aunque no sepa. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

ASUSTADO/A

Individuo parlanchín que presume de múltiples hazañas, siempre en solitario, pero que ante una inesperada multa de tráfico o una forzada inmersión, con flotador, en alta mar se queda sin habla, se ruboriza cual pimiento morrón y lo vemos muy acoquinado porque la realidad le ha escupido a la cara una careta sacada del túnel de los horrores. Entonces, su voz se congela como el aliento en pleno invierno y su corazón late como un sonoro tambor en medio de una descomunal tormenta. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

LA BELLEZA DE LAS MUJERES

La belleza de las mujeres no se mide, se siente. No se encierra en formas ni se atrapa en palabras. Es un temblor que atraviesa la mirada, una luz que se posa en los gestos más simples: en la forma en que recogen el cabello, en el silencio que dejan al marcharse, en la risa que estalla sin permiso.

Hay mujeres que caminan como si el mundo las esperara. Otras que se detienen y, sin saberlo, hacen que todo gire a su alrededor. Hay belleza en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guarda secretos, en los ojos que no temen mirar de frente, en las cicatrices que no ocultan.

La belleza de una mujer está en su forma de estar presente, de resistir, de amar sin pedir permiso. En la ternura que ofrece sin condiciones, en la fuerza que sostiene sin alardes. Es una belleza que no busca aprobación, que no se rinde ante el espejo, que florece incluso en la sombra.

He visto mujeres que brillan sin saberlo, que transforman el aire con su paso, que hacen del mundo un lugar más habitable solo con existir. Mujeres que no necesitan adornos, porque su esencia basta. Mujeres que son poema sin verso, música sin partitura, fuego sin ceniza.

Y cuando una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que siente, entonces el universo se ordena. Porque la belleza de las mujeres no está en lo que muestran, sino en lo que despiertan. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

GRITÉ UNA NOCHE

Hoy el día se estrelló. / La luna inunda la ciudad. / Durmiendo oí tu voz. / Si es un sueño, miro, y tú no estás. (Grité una noche, Antonio Vega)

En el mes de agosto de un año que no recuerdo, lo tenía todo preparado para enviar este texto a un concurso literario que había convocado una organización de profundas raíces gallegas, pero… a última hora, caí en el pozo de la prédica de una persona muy influyente para mí… y, daquela, este texto pasó a dormir en la carpeta de las frustraciones literarias. Yo no lo votaría nunca porque es lacrimógeno en exceso. Las palabras de este árbitro y sentenciador visionario me hundieron en la miseria literaria porque, en aquella época, hacía caso a todo consejo, viniera de donde viniera. Hoy, no. Lo he rehecho y, en recuerdo del dichoso y afamado juez ―hoy, fallecido― he aumentado su pulso gimiente y lacrimoso de un modo intencionado dejando a Bécquer en el banquillo de los suplentes.

GRITÉ UNA NOCHE

Hay noches que no callan. Noches que no duermen, que se extienden como niebla sobre la piel de la memoria, que nos hablan en voz baja y nos piden que escuchemos. Este texto nace de esa escucha. Hecho de silencios rotos, de palabras que brotan en la oscuridad, de sentimientos escritos cuando el mundo parece ausente.

Galicia es el telón de fondo, pero también es protagonista. Está presente en cada letra, en cada imagen, en cada aliento. Es la tierra que me vio nacer, que me formó junto con Madrid, que me enseñó a nombrar el amor, el desamor, la morriña, la esperanza, la sonrisa, la herida y el consuelo. Galicia es la piedra mojada que me hace recordar, el mar que me murmura en silencio, el monte que me observa y la lengua que me hace latir.

Estoy haciendo un canto íntimo a mi tierra, pero también un diálogo con ella sobre lo que siente, lo que ama, lo que pierde, lo que busca.

Es un mapa emocional, un haz de luces y sombras, un conjunto de pulsos escritos sin reloj. En estas líneas hay alegría, dolor, contemplación y rabia. Sueño con estar al lado de una lareira o en un vagón de tren camino de Breogán, pero no en medio de esta noche insomne. Escribo sin máscara, sin artificio, sin miedo a mostrar lo que duele y lo que salva y a golpe de sangre.

El amor, el desamor y sus abismos. La morriña como hilo que une tiempos y personas, como bruma que no se disuelve. Sueño sin dormir con encuentros, despedidas, cuerpos que se buscan y almas que se pierden. Hay versos que quieren ser bálsamo, otros que son herida abierta. Pero lo tengo claro: «quiero dormir contigo, Galicia».

Escribo de noche como lugar donde todo se intensifica. En la noche escribo, escucho el latido de la casa que ya no existe, el rumor del viento que me habla y palpo el silencio de quienes ya no duermen. En la noche siento que puedo ser más yo, que puedo abrirme sin temor, y que puedo gritar sin que nadie me calle.

En definitiva, esta narración es un acto de resistencia emocional, una forma de decir que la belleza existe, que el dolor puede ser nombrado, que la palabra puede salvar. Si te he tocado en algo, si estas líneas te recuerdan a algo, si alguna palabra te devuelve una emoción olvidada, entonces este texto habrá cumplido su destino.

Gracias por llegar hasta aquí. Gracias por caminar conmigo entre sombras y luces, con la ayuda de este faro, soy una mano tendida, y gracias por la noche que nos une. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

 

 

 

YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Perdón por la «brevedad» de este texto. Lo colgaré en mi blog, ese que está autofinanciado por mi fe en el fracaso y que no lees nunca. Allí te espera en minutos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quiero comentar. Comienzo los textos como este con el tiempo dedicado a su creación. Comencé el 31 de febrero a las 26 horas de la mañana y terminé el 32 de septiembre a las 15 horas de la madrugada. Si lo has calculado, te habrás dado cuenta de la cantidad de días que le he dedicado a la búsqueda de información y a la consulta de libros y diccionarios. Hoy, 13 de octubre, desde las 5 de la mañana lo he corregido doce veces. Nada. Una menucia, una fruslería, una nimiedad.

El 30 de febrero pasado recibí un correo electrónico de un seguidor mío que no ha leído nada escrito por mí, ni una coma, ni un título, ni siquiera la contraportada de los libros que no he escrito.

Lo releo: afirmo, con seguridad plena, que me gusta mucho ―me apasiona― tu estilo, el bovinismo literario, y te ruego que escribas un texto sobre tu inexistente vida literaria. Para no leerlo. Para saber de ti y así no contaminarme con tu prosa.

Me lo pidió con entusiasmo, como quien encarga una paella sin arroz. Y yo, que soy obediente en lo absurdo, aquí estoy: escribiendo para quien no quiere leerme, pero que desea saberlo todo de mi escritura. Es el nuevo paradigma del lector moderno: no lee, pero opina. No conoce, pero admira. No se acerca, pero exige cercanía. Y yo, encantado.

Para ello, me he desplazado a las cuatro de la mañana a un bar de la Gran Vía con mi ordenador de escritorio. Sentado a una mesa muy próxima a la puerta, para que no me moleste el trasiego que conlleva entrar y salir de continuo, me encuentro tomando un grato desayuno —café con leche, tostada con aceite, zumo de naranja y con la esperanza «frailusiana» ―deseó toda su vida un encuentro místico― de que hoy alguien me lea. Será difícil superar las cero visitas de ayer, pienso orgulloso. De pronto, noto que un grupo de turistas me observa, me escruta, me examina. como si fuera una atracción local, como si el acto de escribir en público fuera una danza ancestral.

Uno de ellos, valiente y angloparlante, se me acerca y me pregunta en inglés que qué estoy haciendo. Como no tengo ni idea de inglés, le respondo con dignidad: «Escribiendo. ¿Quiere participar?», le digo en español, con tono de tertulia de tasca. Me responde: «Yo no hablo español». Y así, sin más, la conversación alcanzó la cima de lo absurdo. Dos seres humanos, frente a frente, unidos por la incomprensión y el turismo, celebrando el fracaso comunicativo como quien brinda por la paz mundial.

Y hablando de fracasos, mi carrera literaria —si se le puede llamar carrera a una interminable sucesión de tropezones con la misma piedra— comenzó con una hazaña digna de los anales del heroísmo doméstico.

Allá por el 95, cuando aún se usaban disquetes y la autoestima se medía en pesetas, un inolvidable día regresé con precipitación del colegio porque había recibido una llamada anunciándome el envío de los 500 ejemplares de mi primer libro. Una edición autofinanciada, claro, porque los mecenas de los fracasados estaban ocupados financiando cosas más urgentes, como el último disco de Camela o el nuevo y penúltimo adoquinado de la plaza mayor.

Vendí 76 ejemplares. Setenta y seis. Un número que, en términos literarios, equivale a «casi nada, pero con entusiasmo».

El resto —424 libros, para los que no son de letras— emprendieron un viaje épico por los buzones y estanterías de familiares, amigos, escritores, cantantes, alcaldes, concejales de cultura, comentaristas de televisión y radio, y algún que otro repartidor que tuvo la desgracia de cruzarse conmigo en un semáforo. Si alguien los leyó, jamás lo confesó. Si alguien los usó para calzar una mesa, tampoco. De esos 424 ejemplares «regalados», sólo me contestó un 10%. El resto se esfumó en el silencio, como si el libro hubiera sido una caja de polvorones en agosto.

Luego vinieron los concursos literarios. ¡Ah, los concursos! Esa noble institución donde uno envía su alma en formato Word y recibe, si tiene suerte, un silencio educado. Participé en muchos. Tantos que podría montar un museo de bases legales y plazos de entrega. Y en todos, sin excepción, me devolvieron «nada». Ni premio, ni accésit, ni mención, ni «gracias por participar», ni un simpático «gracias». Nada. Un desastre tan perfecto que debería estudiarse en las facultades de estadística.

Y lo más doloroso —como una vacuna sin anestesia— fue descubrir que entre los que no contestaron estaban familiares, amigos y demás fauna cercana. Gente que uno creía capaz de leer al menos la dedicatoria. Pero no. El silencio fue tan rotundo que parecía coreografiado para un Got Talent. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo en ignorar mi obra con elegancia «ristiana».

Pero no todo fue en vano.

En la última limpieza de mi ordenador —ese ritual que uno realiza cuando quiere fingir que tiene el control de su vida literaria— decidí liquidar muchos textos y libros. Muchos. Me apasiona escribir durante horas y horas para luego borrarlo todo, como quien cocina un exquisito banquete para alimentar al voraz cubo de basura. Borré un sinfín de textos con la solemnidad de quien lanza al mar una botella con mensaje, sabiendo que el mar está cerrado por reformas.

Hoy me arrepiento. Me arrepiento muchísimo. No por los textos, que eran mediocres con dignidad, sino por el gesto. Porque borrar es admitir que uno creyó, aunque fuera por un segundo, que aquello no valía la pena.

Y sin embargo, aquí estoy. Como he dicho antes, sin premios, sin accésits, sin libros en librerías, pero con una historia que ni Cervantes en su etapa de cobrador de impuestos. Porque hay algo profundamente heroico en fracasar con estilo. En regalar libros como quien reparte estampitas de santos. En escribir sabiendo que el único lector será el antivirus ―no tengo― del ordenador.

Por eso sigo escribiendo. Porque sé que tú no me lees. Y precisamente por eso, sé que te gustará este texto. Te lo dedico a ti, lector que no me lees. Antes de que otro impulso destructivo mande todo al río Ganges y se convierta en una vaca para que me adore todo el mundo que nunca me ha leído.

Y el grupo de turistas se marchó. El más locuaz, que no tenía idea de español, me dijo: «Siga escribiendo, es lo mejor que puede hacer en este mundo que vende mil canzoncillos en un día y ningún libro».

Ahora me despido, como corresponde a alguien de mi estirpe con una confesión de mi carácter:

Destructivo, como quien rompe el espejo por si acaso refleja algo que le gusta.

Pusilánime, como quien pide perdón por existir en voz baja.

Asocial, como quien se esconde en el baño cuando suena el timbre.

Vergonzoso, como quien se ruboriza al enviar un correo sin faltas de ortografía.

Inseguro, como quien duda si poner punto final o puntos suspensivos.
Y necesitado de apoyo, como quien deja el libro en la mesa esperando que alguien lo abra por accidente.

Gracias por no leerme. Me has salvado de la fama, del éxito y de tener que sonreír en las fotos.

Seguiré «recuncando». Aunque sea en silencio. Aunque sea en bata. Aunque sea como vaca sagrada en el Ganges.

Termino resumiendo mi vida literaria con un aforismo personal: No premiado, no leído, no devuelto: éxito rotundo. (A la sombra del verbo) (1995-2025) (Madrid, 33 de abril de 1983, San Fracasín, patrono de los escritores que no escriben y nadie los lee)

EL ZURDO QUE ESCRIBE CON LA ZURDA (JA)

Soy zurdo. No por moda, ni por rebeldía estética. Lo soy desde que agarré el lápiz como quien empuña una espada contra el mundo. Y desde entonces, cada vez que escribo, el mobiliario escolar me recuerda que no fui invitado a esta fiesta. Allá en mi infancia, cuando se me caía el bolígrafo, porque se empeñaban en que escribiera con la diestra, por allí pasaba la «diestra» de don Venancio y me dejaba muy clarito con una tierna colleja, como decía él, cuál era la correcta mano ejecutante. Bueno. Corramos un tupido velo.

Si te cuento las dificultades de mi etapa universitaria, no termino esta entrada. Las aulas magnas, las mesas corridas de la facultad, donde nos sentábamos quince en un espacio de ocho o diez. Pues eso. Los tableros de esas mesas sólo aceptaban el papel en posición horizontal y para diestros. Y termino con las sillas con brazo. ¿Quién fue el maldito que las inventó? ¿Quién fue el encargado de material de los centros educativos que las compró? Y así tomar apuntes a la velocidad del «Pensamiento Impaciente», una invención gallego-universal que viajaba más veloz que la lógica, más fugaz que la vergüenza, y más errático que Wayne Rooney, que sobrio falló unos cuantos penaltis.

Llegué, como profesor, a un centro donde el cuerpo docente era diestro. Las mesas del enseñante para diestros eran mi campo de batalla. Me sentaba, intentaba acomodar el codo izquierdo… y nada. El borde me lo escupía. El apoyo estaba del otro lado, reservado para los elegidos del sistema educativo. Mi brazo colgaba como jamón en secado, mientras intentaba escribir en diagonal, esquivando el espiral del cuaderno que me raspaba la muñeca como si fuera un castigo medieval. Entonces, la mesa me miraba con desprecio. Como tenía ese apoyo lateral diseñado para el codo derecho, cada vez que me sentaba, me decía: «Aquí no se admiten zurdos, gracias». El codo insistía y buscaba apoyo y encontraba vacío. Era como escribir en la cornisa de un acantilado.

Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la pizarra y el ordenador.

¡Ah, la pizarra! Ese muro de la vergüenza. Miraba la oración que tenía que analizar sintácticamente y mi mano izquierda no sabía qué postura adoptar: la de un caracol, la de una berza o la de un percebe. Tenía que escribir delante de todos y ahí iba, desde la mesa del profesor a la pizarra, sin tener claro el modelo que seguir. Con mi mano izquierda alzada como si fuera a invocar a Rosalía de Castro regateaba los nervios y escribía con una tiza perpendicular a la pizarra, con el pulso del relojero de la Puerta del sol, una oración perfectamente alineada… pero borrada. ¡Milagro! Como escribía con la zurda, mi propia mano tapaba y borraba lo que acababa de escribir. Cada palabra que escribía desaparecía bajo mi antebrazo como si fuera un truco de magia. Los alumnos me miraban raro y se reían. Yo intentaba inclinarme, girar el cuerpo, escribir en zigzag… y acababa pareciendo un contorsionista con tiza.

Y no era solo incómodo. Era humillante. Porque mientras los diestros escribían con fluidez y elegancia, yo parecía que estaba peleándome con el encerado. Kafka me entendería. Él también era zurdo. Y si sus textos eran oscuros, no era solo por la burocracia… era fruto de su mano «siniestra».

Porque si escribir en una mesa para diestros es incómodo y en la pizarra es humillante, usar un ordenador es directamente una prueba de fe.

¿Quién decidió que el ratón va a la derecha? ¿Quién pensó que el teclado numérico debe estar a la derecha? ¿Por qué el bloqueo de las mayúsculas está a la izquierda? Digresión: ¿Por qué no hay fundas con tapa para smartphones que se abran hacia la derecha? Perdón.

Yo intento trabajar, lo juro. Pero cada vez que muevo el ratón con la izquierda, el cursor se va de Erasmus. Y si lo dejo a la derecha, tengo que cruzar el brazo como si estuviera tocando la gaita con una sola mano. El teclado, por su parte, me odia. Las teclas de función están lejos, el enter me queda en Moscú, y el shift derecho está en el Camino de Santiago.

Y no hablemos ya de la pantalla digital del ordenador cuando la pandemia. Y el bolígrafo digital. Una tortura informática. Tenía que escribir con la mano vertical y sin tocar la pantalla porque, si la apoyaba, borraba todo o se activaban mil opciones que te ofrecía el ordenador o la tableta. Y sin pandemia, coño. Ese invento moderno que, en teoría, iba a liberarnos… en mi caso solo sirve para que mi mano tape la pantalla mientras escribo como un poseso. Ahora, acabo con la muñeca tensionada, la pantalla manchada, y un texto que parece una empanada de pulpo mal cortada.

Y pensarás, pues organiza, que se puede, el ratón para zurdos. Pero a mi edad, y después de tantos años con el ratón diestro, eso me supondría otro arduo aprendizaje.

Aquí sigo. Jubilado, zurdo, testarudo, y con el ratón en la izquierda. Porque cada clic, cada línea escrita, cada atajo de teclado mal ejecutado… es un acto de resistencia, una fábrica de exabruptos, una declaración de principios y una oda al caos creativo. Menos mal que estoy terminando esta entrada, sino acabaría con el diccionario secreto de Cela.

Y no hablemos si se te ocurre escribir con pluma estilográfica o con un bolígrafo que deja un poquito de tinta. Terminas el día con la parte que une la palma y el dorso de la mano impregnada toda ella de tinta. Sólo tienes dos opciones: mil viajes al lavabo o ser el portador de un aspecto sucio que ha metido la mano no sabe dónde.

Menos mal que ya no me ven ni los alumnos ni los compañeros con el codo en el aire, la muñeca raspada, y la espalda torcida. Porque escribir con la izquierda en un mundo diestro no es solo incómodo, es poético. Es como cantar en gallego en medio de una reunión de angloparlantes. Como escribir con la mano equivocada… y hacerlo con orgullo. (A la sombra del verbo)

FEITIZO

La palabra feitizo no está aquí por casualidad, no señor. Se coló volando en escoba, aparcó con descaro en mi teclado y me dijo insolente: «¡escribe sobre mí, escribe!».

Yo siempre pensé que la literatura tenía algo de magia, pero no de esa magia de magos con capa brillante y humo sospechoso, sino de la magia humilde, la de las pequeñas transformaciones, la de las aldeas, la de los lugares con encanto por sí solos… como cuando metes un calcetín gris en la lavadora y sale rosa sin que nadie lo haya autorizado.

Un feitizo no cambia el mundo, pero puede cambiarte un día entero. Puede convertir un dolor en un dolorcito manejable, como cuando te das un golpe en el dedo meñique y sobrevives. Puede hacer que un recuerdo deje de pinchar o que una emoción se encienda como una bombilla LED de bajo consumo. Yo busco eso: no grandes revelaciones tipo «¡he descubierto el sentido de la vida!», sino pequeñas claridades, como encontrar por fin las llaves que llevabas en la mano.

El feitizo que yo conozco habla y cura el amor, sí, pero no del amor perfecto de las películas donde nadie suda, nadie ronca y todo el mundo tiene pestañas kilométricas. Habla del amor que duele, del que llega tarde, del que se pierde por el camino porque se entretuvo mirando escaparates, del que se recuerda más de lo que se vive… ese amor que te deja el corazón como un acordeón después de una verbena.

El feitizo también habla de la soledad, pero no como castigo, sino como territorio propio, como un piso pequeño, pero acogedor donde puedes andar en calcetines y nadie te juzga. A veces estoy mejor ahí que en cualquier compañía, sobre todo si la compañía mastica fuerte.

Y, por supuesto, mi feitizo habla de la tierra, de Galicia, que siempre está de telón de fondo, de protagonista o de invitada sorpresa. Galicia es un sentimiento más, un feitizo más, una presencia que me acompaña incluso cuando no la nombro… como el olor a pulpo que se te queda en la ropa después de una buena «jartá», como dice una amiga sevillana cada vez que la llevo a O Sendeiro de Santiago de Compostela, donde sirven un laminado á feira incomparable. Pero no te olvides del queixo de San Simón á plancha, remata siempre. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

PESADILLA

No sé si fue sueño o invasión. Lo cierto es que apareció sin previo aviso, sin lógica, sin carne. Una mujer que no existe, que no ha existido jamás, pero que se presentó con la autoridad de lo inevitable. No tenía rostro, pero sí mirada. No tenía voz, pero sí presencia. No tenía historia, pero parecía conocer la mía mejor que yo.

La habitación estaba en silencio, como si el mundo hubiese hecho una pausa para que ella pudiera entrar. No caminó. No flotó. Simplemente estaba allí, al pie de la cama, como si siempre hubiese estado esperando ese momento. Su silueta era borrosa, como si la memoria la estuviera inventando en tiempo real. Vestía algo parecido a un vestido antiguo, de encaje gastado, pero sin textura ni peso. Era más una idea de vestido que un vestido en sí.

Intenté moverme, hablar, encender la luz. Nada. El cuerpo, traidor, se había rendido. Solo los ojos, abiertos en la oscuridad, eran testigos de su aparición. Ella no hizo nada. No dijo nada. Pero su sola presencia era una acusación. Como si viniera a recordarme algo que había olvidado, o peor aún, algo que había querido olvidar.

Me miraba —o eso creía yo— con una mezcla de ternura y condena. Como si fuera madre, amante y fantasma a la vez. Como si su existencia dependiera de mi culpa, de mi deseo, de mi miedo. Y entonces lo entendí: no era ella quien me visitaba, era yo quien la había convocado. En algún rincón del alma, en alguna grieta del pasado, la había creado. La había alimentado con silencios, con ausencias, con nombres que nunca pronuncié.

La pesadilla no fue terrorífica en el sentido clásico. No hubo gritos, ni persecuciones, ni sangre. Fue peor. Fue íntima. Fue como abrir una carta que uno mismo escribió y olvidó enviar. Como escuchar una canción que no recuerda haber compuesto, pero que habla de uno con una precisión insoportable.

Cuando desperté, la habitación estaba intacta. La luz entraba por la rendija de la persiana. El reloj marcaba una hora absurda. Todo parecía normal. Pero yo no lo era. Algo había cambiado. No sé si fue ella, o lo que representaba. No sé si fue el sueño, o el espejo que me puso delante. Solo sé que, desde entonces, cada vez que cierro los ojos, temo que vuelva. No por lo que pueda hacerme, sino por lo que pueda recordarme. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

SUDOR

Es el mayor emético del verano en Madrid. En mi dormitorio a las 12 de la noche, 32 grados centígrados. No exagero. Me doy asco. Sí. No me puedo callar. No te puedes imaginar la dosis de aversión que se concentra en mi náusea. Desde hace varios meses no hay nanosegundo en el cual no impregne mi ropa de una humedad emulsionada fétidamente por mis glándulas sudoríparas. Me da una arcada interminable cada vez que siento mi cuerpo empapado de esa pestífera descomposición del sudor. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

RECUNCAR

Hay verbos que no se traducen, que no se pueden traducir. No porque no tengan equivalente, sino porque llevan dentro una forma de estar en el mundo. Recuncar es uno de ellos. Es un verbo gallego, sí, pero también es verbo de alma, de memoria, de ritual.

Es un verbo que lo llevaba persiguiendo mucho tiempo. Mucho. Pero siempre estaba registrado. Hasta que hace unas semanas lo vi libre y con el dominio que yo quería. Y me lancé a por él. Le di una emotiva patada a pasoreservado y di el salto a poetario.com.

Si tú todavía me soportas, leerías una entrada en la que me inventaba una discusión de taberna entre unos amigos que decidíamos que el nombre del blog fuera poetario.com. Fue una escena simpática en un bar que existe realmente en Compostela y que conozco muy bien porque en él recunqué muchas veces.

Cuando decidí viajar a poetario.com, lo hice con ese verbo como bandera. Porque recuncar no es repetir sin más: es volver a decir, volver a sentir, volver a pasar por el corazón. Es lo que hacemos con los poemas que nos marcaron, con las canciones que nos acompañan, con las palabras que nos definen.

www.recuncar.com es un espacio para textos muy gallegos, pero escritos en castellano. Porque hay una forma de mirar, de contar, de emocionar que es profundamente gallega, aunque se exprese en otra lengua.

Aquí conviven la saudade, el humor, la ironía, la ternura, la provocación, el amor y la soledad. Los conozco tan bien que han anidado en mi corazón. Aquí se recuncan recuerdos, miserias, imágenes, rituales, miradas y sentimientos. Es un blog que canta en castellano, pero con acento de aldea, de tasca, de romería. Un lugar para dramatizar lo cotidiano, para convertir la resaca en poema, el refrán en manifiesto, el dolor en comunidad.

Este es el blog al que tú estás suscrito y que te llega por correo electrónico cada nueva entrada. Espero y deseo que las disfrutes. Y si me lees sin estar suscrito, te lo agradezco igualmente. Este es www.recuncar.com, el blog de siempre.

Recuncar habla en castellano con alma gallega. www.recuncar.com, para recuncar en castellano lo que me duele, lo que me alegra, lo que me define. Este es la conversión de pasoreservado. Este es el que recibes en tu bandeja de tu correo electrónico.

Y ya sabes, si conoces a alguien que le pueda interesar mi blog, dame su correo que yo lo suscribo encantado. Sería un hermoso regalo. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’

El Pataca hervía como pocos días. Allí estaban Víctor, Jorge, José María y su hermana Lola. Las voces, las risas, las canciones se sucedían entre cuncas de vino que viajaban de mano en mano como un tren de alta velocidad. Es uno de los bares más conocidos entre los compostelanos y la amenaza de cerrar cuelga sobre él como el péndulo del reloj de la Puerta del Sol. Sus famosas y deliciosas tapas de patata gallega asada son uno de los atractivos de este local situado en plena rúa del Villar de Santiago, una de las calles más visitadas y transitadas de la parte antigua de la ciudad, a sólo cinco minutos de la catedral.

―Non sei ti, pero encántanme as patacas preparadas en horno de leña, decía un paisano queriendo mantener la compostura después de unas cuantas tazas de ribeiro.

Están cocinadas al estilo de la casa: en su cocina de leña, cocidas a fuego lento en salsa de carne, lo que hace que tengan un color amarillo-dorado inusual y un sabor único.

Un buen amigo compostelano, que está montado en la parra todo el día, convocó a los tres amigos con unas palabras muy cariñosas con el fin de dilucidar el nombre definitivo del blog de José María que estaba bautizado provisionalmente con el nombre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pulpería de Melide terminó con muchas canciones da terra, pero sin ninguna decisión clara.

―El viño enreda los pensamientos coma la niebla en las corredoiras, decía el bueno de Ignacio dando sorbos largos y densos a su taza mientras comía tres o cuatro trozos de pulpo con un palillo bastante usado ya.

―Un trago más y ya no sé si pienso o estoy pensando que pienso, apuntaba Víctor con los ojos encendidos.

―Mi padre afirma que el vino es viento caliente que despliega las velas de la locura, sentenciaba con sobrias palabra Jorge, el más dicharachero.

Y el simpático de José María, que no se enteraba de nada por el rebumbio que había en la tasca remató la faena:

―El vino no da respuestas, pero hace olvidar las preguntas.

Y los cuatro rompieron a reír como si no lo hubieran hecho en la vida. Las comisuras de los labios se pintaron de granate porque tuvieron la nefasta idea, no de ir a bañarse a la playa, no, sino de cambiar de vino: Barrantes. Vino denso, de color intenso, con alta acidez y textura consistente que teñía todo lo que mojaba.

Al Pataca no se va a beber una vez. Se va a recuncar. A repetir copa, verso, historia o suspiro. A volver al plato que emociona, al rincón que abriga, al idioma que canta.

El blog de José María que lleva cultivando desde hace meses es como una tasca con mesa de madera y vino de Ribeiro: entra quien quiere, se queda quien siente, y repite quien encuentra agradable sabor en sus textos. Hay poesía, hay retranca, hay bichos traviesos y verdades envueltas en pan. Y si alguna palabra te hace cosquillas en el corazón… sírvete otra taza. Porque aquí, como en el Pataca, lo bueno se repite. Y si tiene algo de gallego, mellor.

Ya sabemos que los tres amigos están en el Pataca en una noche de risas y vino de Ribeiro y Barrantes. Ignacio se marchó a una hora prudente porque al día siguiente tenía que ir al chollo.

Son tres amigos de toda la vida, tres copas más de las que pensaban, y una discusión que ya parece un debate parlamentario, pero con más migas de chorizo que corbatas.

Víctor, con la taza en alto, ya en modo filósofo de barra, proclama:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com suena misterioso, elegante, como si entrar al blog fuera como colarse en un reservado con cortinas de terciopelo. ¡Tiene marcha! ¡Te invita a entrar! La camisa blanca de José María tenía una minuciosa ducha de puntitos granates provocados por la efusividad de Víctor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sácale una foto y la cuelgas. Tendrá un éxito cojonudo.

Jorge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero poetario.com tiene alma, tío. Tiene Galicia. Tiene esa cosa que no se explica, pero que se siente. Es como cuando Pepa decía «recuncar» y tú sabías que ahí había algo escondido, algo tuyo, que era digno de repetir.

José María, con el Ribeiro haciendo efecto poético:

―Es que recuncar no es solo una palabra. Es como un suspiro con raíces. Es el rincón donde se guardan las historias que no se cuentan en voz alta. Es el perro que se mete debajo de la mesa cuando llueve. Es… es mi blog, carallo.

Jorge, emocionado porque ha elegido su nombre, aunque no sabe bien la razón:

―¡Pues entonces no hay más que hablar! poetario.com suena a verdad. A tierra. A tasca. A ti. A mí. A Las Pateiras. A San Ramón y a bebedeira en cualquier lugar de Galicia, a San Simón.

Víctor, sirviéndose otra taza:

―Y si algún día haces una sección de «pasoreservado», que sea para los secretos, los poemas escondidos, los recunchos del alma, esa segunda vida que dices tú tener. Pero el nombre… que sea gallego, que sea tuyo.

Y así, entre brindis y patacas, se decide que el blog no será solo una página, sino un recuncho donde caben todos los Jorge, los Víctor, y los José Marías del mundo. Con vino, con alma, y con nombre gallego.

El vino ya no se sirve, se canta. Jorge rasca la mesa como si fuera una zanfoña, Víctor marca el ritmo con el vaso, y José María, está a punto de protagonizar una escena de juramento cidiano. Los tres dispuestos a recuncar por enésima vez.

Jorge, entonando como si estuviera en un festival de cantautores de Lavapiés:

―¡pasoreservado.com! Suena a jazz, a club con cortinas rojas, a contraseña secreta, a puticlub. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocultas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víctor, que ya está improvisando palmas y versos:

―Pero poetario.com… eso es tamboril, gaitas, y pan de millo. Es repetir porque está bueno, porque emociona. Es como cuando la canción termina y todos gritan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en clave de fa y el Ribeiro haciendo de afinador:

Recuncar es volver al plato, sí, pero también al verso que te hizo cosquillas. Es repetir la historia del perro que se escapó con el jamón, porque cada vez que la cuentas, alguien se ríe distinto. Es Galicia en bucle, pero con ritmo.

Jorge, ya con la taza como micrófono:

―¡Pues que sea poetario.com! Y que cada entrada del blog sea como una canción que pide un bis. Que tenga intro, estrofa, y final y que se quede en la boca como el vino.

Víctor, levantando el brazo como si fuera una batuta:

―Y que el blog empiece con una bienvenida que suene a brindis. Que diga:

entra, siéntate, y si te gusta… recunca.

Y el taberneiro, sirviendo tazas a destajo, que lleva la camisa abierta hasta el ombligo, el delantal con manchas que podrían contar la historia de Galicia entera, y los ojos como faros en niebla de Ribeiro, se apoya en la barra como quien se apoya en la historia, y con voz cazallera, ronca y ceremoniosa, recita un romance que tiene más versiones que el rostro de la Preysler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recuncho onde se pode recuncar… 

Y volvió a callarse como si sólo fuera capaz de recitar dos versos de un romance de carallo. La mujer lo aplaudía para que siguiera como si fuera un poema nuevo y le dio un beso de recién casados.

La mesa ya parece campo de batalla de migas, la gaita duerme apoyada en la pared, y el aire está tan cargado de risas que hasta las moscas se quedan escuchando.

Al fondo de la barra, donde nadie la veía, pero todos la respetaban como a una buena meiga, estaba Lola con lengua de corcho. Había entrado sigilosamente para observar la escena. Llevaba tiempo callada, bebiendo en taza como quien bebe recuerdos.

De pronto, se pone en pie. La silla cruje como si supiera que algo importante va a pasar. Se acomoda la voz, se limpia la comisura con el dorso de la mano, y con voz de gaiteira jubilada que aún canta en los entierros, sentencia:

¡poetario.com!

¡Carallo!

¡poetario.com!

Porque lo que es bueno, repítese. / Porque lo que emociona, vuelve. / Porque Galicia no se visita unha vez, / recúncase. / ¡poetario.com, carallo, poetario.com!

Silencio. Hasta Jorge deja de rascar la mesa. Víctor se queda con la taza en el aire. José María, sonríe como quien acaba de recibir el nombre de su primer hijo. Y Lola, satisfecha, se sienta. La tasca aplaude. La gaita se despierta. Y el blog, por fin, ya tiene nombre: poetario.com. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

CHIPICHOSPIS

(Esta anécdota es verídica cien por cien. Lo novedoso es que la he adornado con una lección moral más amplia. Creo que necesaria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la mañana con una energía que causaba sorpresa y admiración en los alumnos de 2º de Secundaria. No entendían que, ellos, medio dormidos y con un bostezo continuo mientras preparaban el cuaderno y el libro de texto, yo pasaba lista con voz potente para hacer de despertador y así poner en la línea de salida espabilados y dispuestos para trabajar a todos los alumnos.

Había uno que estaba especialmente dormido. Creo que todavía le quedaban legañas en los ojos, pero, por el sueño, no era consciente de que tenía que quitárselas.

―A ver, usted, Jaime, dígame qué le ha ocurrido esta noche para estar en ese estado adormecido y somnoliento.

―Nada, de verdad que nada. He dormido muy bien.

―Entonces está relacionado con su desayuno. Dígame qué ha desayunado.

―Lo de siempre, profe, lo de siempre: un colacao con unas galletas.

―Claro, claro, ahí está el quid de la cuestión. Ahí está. Usted debería desayunar como yo, unos potentes Chipichospis.

―Eso no existe, seguro, dijo su compañero de sitio, que salió en defensa del adormilado.

―Usted me dirá, dije con la certeza de estar en posesión de la verdad, si los tomo todos los días. Todos. Chipichospis, se lo repito. Son una inyección de energía y vigor para toda la mañana.

El joven, un poco aturdido por mi vitalidad, se lo comentó a su madre y esta le dijo con voz tranquilizadora que mañana iría al ultramarinos a preguntárselo al dueño, al señor Daniel.

Jaime llegó al aula crecido porque el señor Daniel le había dicho a su madre que debería estar yo equivocado, que no existían esos cereales.

―Pues dígale, yo afiné lo más posible mi cascada voz, que los desayuno todos los días y que claro que existen, que son muy conocidos entre los trabajadores que vivimos de la voz. Yo creo que debe decirle a don Daniel que los encargue a su proveedor.

Jaime, más azorado de lo normal, fue esa misma tarde con su madre al ultramarinos del señor Daniel y le reprodujo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, dígale a su hijo que se deje de tonterías y que desayune productos que todo el mundo conoce, nada de las invenciones de su profesor, por mucho crédito que tenga.

Jaime, testarudo y terco, al día siguiente, me volvió a decir que estaba muy equivocado y que yo le estaba mintiendo.

―Esa es la postura más cómoda, decir que yo estoy equivocado. ¿Me está llamando usted mentiroso? Mire que eso sí son palabras mayores. Yo nunca miento. Nunca. Terminemos con esta historia que me está cansando mucho. Venga, ¡¡¡olvídelo!!!

Pero Jaime se lo tomó casi como una promesa divina, el conseguir los famosos Chipichospis. Fue a un súper que había abierto a espaldas de su casa y le entregó al encargado un papel con el nombre escrito del producto y le «exigió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuando lo mandaba a su cuarto a estudiar en lugar de ver la tele― los consiguiera.

El encargado del súper le dijo al día siguiente que no había ningún producto registrado con ese nombre, y que la respuesta por ello es muy sencilla: ¡¡¡no existen!!! Y hale, al colegio a estudiar. Y se puso a reponer unas magdalenas que tenían un éxito masivo.

Jaime pasó en vela esa noche. No sabía qué decirme, quería que fuera algo convincente. Estaba superado por la situación.

Al día siguiente, al observar un poco traspasado a Jaime, encaré la situación como si fuera un cuento del conde Don Juan Manuel.

―Señores, hoy no vamos a analizar oraciones en la pizarra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochila llena de libros: la mentira.

Miren, mentir es como meter una piedra en el zapato. Es lo que hice yo hace cinco días exactamente. Metí una piedra en el zapato de Jaime. Al principio no le molestaba mucho. Pero cuanto más caminaba su afanoso compañero, más le dolía la frustración de no encontrar los Chipichospis. Y yo le seguí metiendo piedras, día tras día, hasta el punto de ya no poder avanzar: las palabras del encargado del súper lo frenaron súpitamente. Esa era la verdad.

Luego debatiremos si he obrado bien o no.

Cuando uno miente, en este caso yo, no solo carga con el miedo de que lo descubran, sino también con la culpa de la acción, que es lo que yo llevo en mi mochila. Es como tener una alarma que me avisa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso intervengo yo ahora. Ya no «tenía más camino que recorrer mi mentira» y esta mañana, mientras desayunaba un café con leche con Choco Krispies, he decidido hablarles claramente. Ante todos ustedes, afirmo que lo de los Chipichospis es una mentira y que por ello le pido perdón a su compañero Jaime.

Además, cuando alguien nos pilla en una mentira, ustedes estaban a punto de lograrlo, lo que se rompe es la confianza en la persona que miente. Por eso yo, he intervenido, en esta clase, porque les faltaba a ustedes minutos para pronunciar la palabra «mentira podrida».

Es como romper un vaso de cristal. Puedes intentar pegarlo con el mejor loctite, pero ya no queda igual, se notan las uniones. Y recuperar la confianza cuesta más que sacar un diez en un examen sin estudiar.

Luego lo hablaremos en la tutoría y ustedes me juzgarán.

Yo he obrado bien porque he reconocido mi mentira y le he pedido disculpas a Jaime en el mismo espacio en el que había soltado el «trolón».

Les explico, delante de todos ustedes, que la finalidad de mi acción era muy clara: no deben confiar ciegamente en lo que les dice cualquier persona. Siempre hay que cerciorarse de que lo que les proponen o les piden sea cierto.

Así que antes de soltar una mentira, piénsenlo bien. A veces decir la verdad duele, sí, pero duele menos que vivir con el peso de haber engañado a alguien.

Y recuerden esto: la verdad puede tardar en salir, pero siempre llega. Les repito: por tal motivo yo he intervenido hoy. Quería que me oyeran a mí decirles que era una mentira. Quería que me oyeran pedirle disculpas a Jaime. Porque cuando llega, más vale que te pille con la conciencia limpia. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LA SANTA COMPAÑA DE COÑA

Dicen que La Santa Compaña recorre los caminos gallegos en silencio, portando velas, cruz y penitencia. Pero eso era antes. Hoy, la procesión espectral ha evolucionado. Ya no busca almas: busca la cobertura del móvil, un café de puchero y alguien que sepa usar Google Maps.

A la cabeza va el alma en pena, víctima no del pecado, sino del estrés laboral. Lleva una tableta encendida, buscando señal entre los eucaliptos. Le sigue una comitiva de vecinos que se apuntaron por error, creyendo que era una excursión del Imserso con merienda incluida. El portador de la cruz ya no arrastra madera: lleva una cruz de LED con bluetooth y altavoz incorporado, reproduciendo cantigas de Amancio Prada en bucle. El perro negro, antaño símbolo del más allá, ahora se llama Chipichospis y lleva un abrigo impermeable con estampado de grelos.

La ruta oficial va del cementerio al bar de Manolo, pasando por la taberna de Maruxa. Se detienen cada 300 metros para pedir fuego, aunque todos son incorpóreos. Si llueve, se suspende. La Santa Compaña no sale sin paraguas ni chubasquero, aunque esté homologado por la Xunta. En caso de niebla, se activa el protocolo de emergencia: todos en fila, agarrados a una cuerda fluorescente, como excursión escolar.

Las normas son claras: no se aceptan vivos sin sentido del humor. Se recomienda llevar empanada para compartir y evitar cruzarse con la procesión si estás en pijama. Si te los encuentras, no huyas: probablemente te pidan la contraseña del WiFi o te ofrezcan un folleto de propaganda de su nuevo canal de TikTok: @CompañaFantasma.

Y si sobrevives al encuentro, no te conviertes en el nuevo guía. Te conviertes en el CEO de la Santa Compaña, encargado de actualizar su perfil, responder comentarios tipo «¿Dónde estáis esta noche?» y subir selfis espectrales con filtro de niebla.

Porque en Galicia, incluso los muertos tienen agenda. Y sentido del humor. (A la sombra del verbo)

PRINGAO

Espécimen urbano que, por exceso de buena fe o déficit de malicia, acaba siendo el voluntario no solicitado en todas las faenas, el blanco fácil de bromas, y el último en enterarse de que el juego ya empezó… sin él. El pringao no nace, se hace: normalmente tras decir «yo me encargo» en una reunión o confiar en que «esta vez sí me van a valorar».  

Se le reconoce por su mirada de esperanza eterna, su agenda llena de favores ajenos, y su habilidad innata para caer en todas las trampas sociales con la gracia de un pato en patines.  Sin el pringao, el mundo sería menos eficiente… pero también menos divertido.

El pringao es el que presta dinero y se queda esperando el Bizum como si fuera una promesa electoral. Es el que ayuda a su ex a mudarse… con el nuevo novio. Es el que se prepara hasta la extenuación las reuniones con el jefe y nunca toman en serio sus comentarios y propuestas. Cuando habla él, inmediatamente el jefe dice: el siguiente. Es el que se estudia todo el temario y luego pasa los apuntes al que aprueba copiando. Es el que lleva tres meses haciendo horas extra sin cobrar y aún espera que se las paguen. Es el que sigue, después de meses, sin entender que el «necesito tiempo» de ella es un calabazón. Es el que en el trabajo organiza los cumpleaños, recoge dinero y compra los regalos del Amigo Invisible y nadie se lo reconoce. Es el que se presenta voluntario a presidente de la comunidad de vecinos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuando le dan mal las vueltas, para no aparentar ser un tacaño, las convierte en propina. Es el que siempre llega el primero a la oficina, hace el trabajo de todos, y cuando hay que quedarse hasta tarde, él nunca dice que no. Pero cuando reparten los méritos o los ascensos, nadie se acuerda de él. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

INVENTARIO PERSONAL

No soy feo. Soy una colección de errores dermatológicos con patas. Una especie de catálogo clínico con pretensiones de persona. Mi piel, por ejemplo, no es piel: es un campo de batalla en erupción constante y con un enrojecimiento, sin previo aviso, como si una emoción olvidada despertara en la piel. No lo pido, no lo provoco, pero ahí está: un rubor que delata lo que ni yo sé que siento. Como si el cuerpo hablara antes que las palabras. Dermatitis atópica, le llaman. Yo la llamo traición cutánea. Se me seca hasta el alma, se descama como si quisiera mudarse de cuerpo, y convierte cada abrazo en una ruleta rusa de escozor.

Y luego está mi dentadura. Ah, mi gloriosa dentadura. Un poema de horror gótico en clave bucal. Dientes como escombros, encías que parecen haber sobrevivido a una guerra civil. Cuando sonrío, la gente no sabe si reír o llamar a un arqueólogo. No hay ortodoncia que me salve: soy el antes de todos los anuncios de clínicas dentales.

¿Y el sudor? El sudor es mi firma. No transpiro. Me derramo. Soy una fuente pública sin botón de apagado. Camino y dejo rastros. Me siento y el asiento llora. En invierno sudo. En verano sudo más. En primavera sudo con flores. En otoño sudo con hojas. Soy una estación húmeda con patas.

Y la celulitis… esa topografía emocional que me acompaña desde que tengo uso de espejo. Mis muslos son un homenaje al relieve gallego: colinas, valles, ondulaciones que desafían la lógica y la lycra. No hay filtro que me salve, ni pantalón que no tiemble al acercarse.

Lo sé. Lo veo. Lo rechazo. No hay consuelo en la autoaceptación cuando el cuerpo parece una broma mal contada. No quiero que me digan que soy único, ni que la belleza está en el interior. Mi interior también suda.

Y sin embargo, aquí estoy. Escribiendo. Riéndome de mí antes de que lo hagan otros. Porque si no puedo ser hermoso, al menos que mi miseria tenga estilo. Que mi fealdad sea literaria. Que mi cuerpo, este desastre con DNI, sirva para algo más que para incomodar espejos. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

DIARREA

El individuo que padece diarrea no es un enfermo, es un artista conceptual trabajando gratis en su intestino. Una actuación improvisada ―escribe performance, que te entenderán mejor― en la que su estómago grita: «¡Minimalismo líquido para todos!». El retrete se convierte en un público cautivo, aplaudiendo en silencio cada descarga como si fueran ráfagas de jazz experimental. Además, como bien sabrá todo el mundo, puede ir acompañada de un redoble de tambores que recuerde la leyenda del tambor del Bruch.

No es una urgencia ―a no ser que esté en una trascendental comida de trabajo o sentado al aire libre en una terraza de la plaza de la Quintana― es un teletransporte instantáneo ―envidia de Amazon: a las cinco en punto está en el sofá saboreando una cerveza mientras ve un culebrón y a las cinco y cinco segundos ya está meditando en posición de cuclillas, con la frente sudada y una palidez oriental como si fuera a resolver los misterios del universo. Y claro, cada explosión viene acompañada de un original efecto sonoro que hace envidiar a los ingenieros de Pixar: trompetas, tambores, burbujeos y, a veces, una percusión que roza lo épico. Siempre innovando: cada efecto sonoro es diferente.

En realidad, la diarrea es la democracia del cuerpo. Como el amor del libertino don Juan Tenorio, le afecta a los que habitan las cabañas y a los que habitan los palacios. Nada de jerarquías sociales ni estructuras sólidas, todo se licúa en igualdad de condiciones y baja por la tubería como una procesión carnavalesca. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

INVENTARIO CAÓTICO

Un «inventario caótico» en literatura es un texto que consiste en hacer una enumeración en la que se listan elementos de forma aparentemente desordenada, acumulativa o fragmentaria, con el efecto de transmitir abundancia, confusión, sobrecarga sensorial o desorden mental.

Las características principales son: enumeración extensa e inconexa, falta de orden lógico aparente, ritmo acumulativo: cada elemento suma intensidad o extrañeza, función expresiva: evocar caos, multitud, saturación, ruptura de la coherencia textual, frecuente en flujos de conciencia, pretende mostrar la fragmentación del pensamiento o la memoria, subraya un exceso de sensaciones y provoca sorpresa, humor, ironía o angustia, según el tono.

NO ME GUSTA el lector de un único libro, el comentario maledicente, el café con espuma, la suciedad de las calles, el olor a sobaco en el metro en el mes de agosto a las tres de la tarde, el beso que te deja la mejilla húmeda, el pulpo crudo, el calor asfixiante de Madrid, la tienda con ambientador de frambuesa y kiwi, la mierda de los perros sin recoger, el insomnio, la gente que mastica con la boca abierta, el café hiperestimulante de algunas oficinas, el nuevo cartón de leche que no hay quien sirva sin derramar una gota un primer vaso, las motos sin silenciador, el spoiler sin previo aviso, la persona que niega diciendo «para nada», el pazo de un conocido semiderruido, el recuerdo triste pero recidivante, la interrupción cuando alguien está hablando, el minuto convertido en una hora de atención al cliente, el sonido de un cuchillo en un plato de porcelana, el dedo meñique erecto, la capa de grasa de algunas botellas en los bares de mala muerte, la persona mayor que no respeta el turno sin decir nada, el aliento que producen algunos cereales, el que te dice que te relajes cuando estás muy molesto, la hipocresía disfrazada de cortesía, el sonido de los microondas o de las cafeteras de cápsulas mientras escuchas la radio, el bocadillo de chorizo en un lugar cerrado, el tiempo de espera mientras se abre una página web importante, la persona que va avasallando por la calle porque sólo ella tiene prisa, el sonido de llamada de mi móvil, la promesa rota sin explicación, la arena de la playa mientras se seca el bañador en el coche, la gente que no escucha y que sólo está esperando su turno de palabra, el tacto de un pantalón vaquero con apresto, los intransigentes con piel de cordero, el que hace distinciones con el rh de los hombres, el calcetín mojado, la persona que dice «yo no veo series» como si fuera superior espiritualmente, el sonido alegre del despertador, el compañero que «no cree en horarios, pero mágicamente aparece solo para el café, el que responde a mis guasaps largos con un emoticono, el fenómeno que dice «yo no necesito vacaciones» porque ya las disfruta el resto del año en el trabajo, ese «comprensivo» que te dice «tú haz lo que te haga feliz» y luego te critica a tus espaldas, el cambio constante de contraseñas y la cuenta corriente de mi banco.

SÍ ME GUSTA Enrique Urquijo, y Antonio Vega, y Andrés Do Barro, y Antonio González, el olor de un niño recién bañado, el sonio de una aguja cayendo en una sala en silencio absoluto con suelo de madera, la forma de expresarse de los apasionados, la Capilla Sixtina y el Dolmen de Dombate, pelar de forma perfecta una mandarina de una sola vez, el aroma de la leche acabada de ordeñar, la sonrisa femenina, la lectura del mismo párrafo tres veces porque te gusta cómo suena, la lengua afilada de Pérez Reverte, la manzana de color rojo sangre, la persona que cambia de opinión radicalmente y se siente libre por ello, una tienda de libros en un lugar desconocido e inesperado, el paseo por una calle vacía mientras llueve a modiño, la fresa de Aranjuez, el calcetín nuevo, suave y sin pelusas, el pulso de una mano acariciando mi piel, un guasap inesperado, bailar torpemente en casa como si fuera la estrella de un videoclip, el pan de boroa, el sentimiento de una mirada caliente, el primer sorbo de zumo de melocotón frío, un verso de Pessoa, y uno de Machado, y uno de Whitman, el estudio y el aprendizaje de algo inútil pero fascinante, como que los pulpos tienen tres corazones, escuchar el silencio frente a la Costa da Morte, el lejano ladrido de un can de palleiro, el cuadro de inspiración hiperrealista, una mirada al cielo y sentir que todo tiene sentido por cinco segundos, degustar un buen vino con un amigo en una tasca de una aldea casi deshabitada, la comida de algo crujiente sólo por el sonido, el olor a jabón de hotel, el respeto a la intimidad y al pensamiento ajeno, el que se reconoce espectador de programas de cotilleo, jugar a algo sin saber las reglas y ganar igual, hacer una parada en un interminable viaje en coche, el tacto de un libro sin estrenar, cantar muy mal pero con orgullo, la tranquila tarde de domingo, ver el suelo de las calles limpio, extender la ropa lavada, la humildad de los inteligentes, verte en el espejo y decir «hoy tampoco»,  el reencuentro con una canción que olvidaste que te encantaba, el silencio del teléfono, el que sabe escuchar con atención, una comida tan picante que te hace ver el futuro, sentarte en silencio sin hacer nada y que eso sea suficiente, recibir una carta escrita a mano, meterte en la bañera con un libro y salir arrugado pero feliz, encontrarte una moneda antigua y pensar en quién la usó, la sensación del viento fuerte en la cara como si te despeinara los pensamientos, el desayuno a la hora de la cena, el beso inesperado de una mujer, el recuerdo de un sueño raro y pensar que podría ser una película, componer listas caóticas como esta y sentir que estás creando arte, todo lo que me huele a ti y el estilo de vida de Don Quijote.  

PEDANTE

Esta palabra designa a ese espécimen humano que confunde saber cosas con anunciarlo a gritos. El pedante no habla, dictamina. No conversa, imparte cátedra, aunque nadie la haya solicitado. Es el tipo de persona que, si mencionas que te duele la cabeza, te responde con una disertación sobre la historia del ibuprofeno desde Mesopotamia hasta hoy, rematada con un «pero claro, tú no lo sabías».

Un pedante es como un medidor de decibelios en una biblioteca. Siempre detecta y corrige el menor murmullo, sin reparar en el silencio que rompe.

Un pedante es un faro que ilumina cada granito de arena en la playa, pero pierde de vista el océano.

Un pedante es capaz de corregirte la pronunciación de una palabra que él mismo aprendió hace diez minutos, pero que ya considera parte de su identidad espiritual. Vive para ese momento glorioso en el que puede decir «en realidad…», seguido de un dato irrelevante que no mejora la conversación, pero sí su ego, que es lo único que le importa.

Ejemplo clásico es cuando tú comentas que te gusta el café. Entonces aparece uno diciendo: «Bueno, técnicamente lo que tú tomas no es café, es una infusión de baja extracción con notas terrosas mal apreciadas por paladares no entrenados». Otro cinéfilo ejemplo. Dices que viste una película y te responde: «Ah, sí, la versión comercial». Yo prefiero la edición del director que solo proyectaron en un sótano de Berlín durante tres días».

En resumen, el pedante no busca iluminarte, sino recordarte que él brilla más. O eso cree. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)

EL VAGO

Distinguido amigo: Imagino, déjame que sueñe un poco, que «te habrás pateado» www.pasoreservado.com y habrás concluido que en mi blog hay una desmesura de ironía y sarcasmo. Por tal motivo, estás a punto de enviarme un sinfín de correos electrónicos para que yo los suscriba. ¿Verdad? Veo hilaridad en tu rostro. Te pido resignación. Déjame que siga con el sueño.

Hoy quiero hablar del más perseguido de los ciudadanos: el vago. Ese individuo que no se levanta, ni soñando, a las 6 de la mañana para trabajar 12 horas por un sueldo que apenas cubre el alquiler; no ese no. El vago convierte su vida en un escándalo porque osa dormir hasta las 11, las 12, las 13 horas, como pronto.

Creo que el vago no es el problema. Tal vez el problema es un sistema que mide el valor humano por la cantidad de horas que pasa uno frente a una pantalla y no acostado. ¿Por qué no se valora al que está repanchigado en su cama observando, si lo tuviere, el gotelé del techo? ¿Quitar el gotelé por antiguo? Ya volverá, ya volverá. Así me ahorro ese trabajo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cuestionarlo? Eso sería trabajar.

El vago es el héroe tumbado, es el mártir del sofá, el incomprendido. Su última propuesta en el trabajo, fechada el 14 de febrero, no produjo nada, sólo el cabreo permanente del jefe. El vago propuso ahorrar el número de reuniones y constreñirlo todo en un correo enviado en vacaciones, y como los sindicatos prohíben trabajar en periodo vacacional, no hay desgaste ni físico ni emocional. Olvídate de que el vago es un ser improductivo.  El verdadero vago sabe que la cama, el sofá o el suelo son espacios de productividad emocional. ¿Trabajar sentado? ¡Qué anticuado! El vago trabaja tumbado… pensando en lo que podría hacer.

El vago practica el arte de mirar por la ventana como si estuviera resolviendo ecuaciones existenciales. El sistema tolera sus enfermedades, que se manifiestan de lunes a viernes, pero con enorme desconfianza. ¿Qué culpa tengo yo si el sábado y el domingo me encuentro bien?, se justifica.

Le encanta hacerse preguntas con respuestas evidentes para él. ¿Trabajar más? ¿Para qué? Si con lo mínimo se sobrevive, ¡el resto es vanidad!

¿Acaso no es él quien sostiene la economía de este país cuando nadie trabaja y él aún menos? ¿Quién mantiene viva la industria del café instantáneo y las series nefastas? ¿Quién, si no él, ha perfeccionado el arte de parecer ocupado sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que optimiza su esfuerzo al punto de la inactividad total. ¡Eficiencia pura! No produce estrés, no genera trabajadores quemados, no contribuye al descenso del PIB. ¿Qué más quieren? ¡Le sale barato al estado!

El vago es un filósofo del «mañana lo hago» porque vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si puedo no hacerlo nunca?».

La vagancia no es un crimen, es una forma superior de existencia. Mientras los activos corren como hámsters en ruedas laborales, el vago contempla el universo desde su cama, preguntándose cosas profundas como: ¿Y si hoy tampoco hago nada?

La historia está llena de vagos ilustres. Sócrates no trabajaba. Diógenes vivía en un barril. Y todos los filósofos parecen haber tenido mucho tiempo libre. ¿Coincidencia? No lo creo.

¿Y si el príncipe de Dinamarca fuera un vago existencial? Piensa tanto que no actúa. Duda, reflexiona, se cuestiona. ¿Es eso vagancia o profundidad? En un mundo que exige decisiones rápidas, Hamlet es el incómodo espejo de la conciencia.

El vago no contamina, no congestiona el tráfico, y jamás interrumpe con ideas innecesarias. Es ecológico, silencioso y perfectamente inofensivo. Un monumento a la paz mundial.

Por eso, el vago propone que se le erija un monumento. Y te pide que colabores. No de pie, claro, sino acostado. Con una manta, un mando a distancia, y una expresión de sublime indiferencia. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

PUFO Y CUENTO

Te hablo de pufo, estafa, timo, fraude o engaño. Pero legal. Yo lo veo así, pero el protagonista del cuento que te voy a narrar está en un absoluto desacuerdo conmigo.

El origen de la palabra PUFO se relaciona con el sonido del aire escapando de la boca como un globo que se desinfla. Esta imagen se utiliza para representar algo que parece sólido o valioso (el dinero o la realización de un encargo), pero que en realidad no lo es y desaparece, dejando solo un vacío o una «inmundicia».

Hablo de un aficionado a contar historias, propias o ajenas, reflexiones o lo que fuere. Pongámosle de nombre Inocencio. Su pasión es tal que decide que un «experto» mejore su blog, porque, según conocidos suyos, el actual es un blog decadente, obsoleto y «feo».

La única razón de recurrir a un especialista es que Inocencio no sabe nada de programación, ni de diseño web, ni de inglés, los pilares de la web.

Sin inmutarse, Inocencio se lanza a buscar ayuda en la red. Es entonces cuando conoce a un «experto», un desarrollador que se hacía llamar «arquitecto digital». El «experto», con un arsenal de tecnicismos como CSS, HTML, JavaScript, Jetpack, plugins, páginas y APIs, convence a Inocencio de que él es la única persona capaz de «rescatar» el blog que tiene en mente. Le promete un sitio web «de última generación», «único» y «personalizado».

Inocencio, deslumbrado por la jerga y la confianza del «experto», acepta. No le importa pagar 25 euros por hora de trabajo, pensando que eso lo va a controlar desde su casa: trabajo domiciliario. Pero no, el «experto» le asegura que trabaja con más eficiencia desde su casa. Inocencio lo acepta a regañadientes porque no le queda otra. El precio está justificado por la «complejidad» y la «exclusividad» del proyecto. Inocencio empieza a acordarse de la canción Parole, parole, parole de… Mina Mazzini y Alberto Lupo.

Después de cuatro horas de trabajo, el «experto» conecta a Inocencio con su blog. Lo ve tan sencillo, tan minimalista que…se desmorona. Nuevas promesas llenas de palabras que Inocencio sigue sin entender.

Pasadas otras cuatro horas, el «experto» le «entrega» el blog. Lo mismo. Inocencio ve lo mismo. El «experto» vuelve a un sinfín de palabras que Inocencio no entiende. Me has entregado una «pesadilla digital», le dice. No eres consciente de todo lo que he realizado en las «tripas» de tu blog, de verdad, le dice usando un término muy coloquial, remata diciéndole por teléfono. Pasa el día Inocencio muy atribulado y pensando que ha sido pasto de un perfecto pufo.

Lo peor de todo, es que al día siguiente intenta contactar con el «experto»: el número de teléfono no existe y su correo electrónico le rebota todos los correos porque no existe tal dirección. Cuando Inocencio quiere subir hoy domingo 24 de agosto ―San Bartolomé, desollado vivo por no renunciar a su fe―, a las cinco de la mañana su primera entrada, descubre que no tiene acceso al panel de control. Para cualquier cambio tiene que contactar con el «experto», que ha desaparecido. Sí. Ha desaparecido. Inocencio «se papa» un sinfín de tutoriales en youtube.

Inocencio, sintiéndose estafado y frustrado, se da cuenta de su ingenuidad. Le recuerda a Mr. Bean, que lo convencen enseguida para comprar los objetos más inútiles.

Había pagado un dineral por algo que no podía usar. Con el corazón roto y la cartera vacía, decidió cortar por lo sano con el «experto». Al final, después de mucho investigar y tragarse tutoriales, descubre plataformas de blogs intuitivas y gratuitas que le permiten, al fin, crear su propio espacio de forma sencilla, sin necesidad de códigos ni de intermediarios. Ya tiene trabajo para la próxima semana.

La moraleja de la historia de Inocencio es que a menudo, lo más simple es lo más funcional, y que un buen profesional no es el que habla más complicado, sino el que te entiende, te da una solución que realmente necesitas y hace lo que tú quieres. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

¿POR QUÉ «RECUNCAR»? Y PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN

Este blog REnació como nacen muchas cosas importantes: sin prisa, sin ruido, pero con una necesidad profunda. La de poner en palabras lo que a veces se siente, pero no se dice. La de reunir los pasos que he dado, los que me han llevado lejos, los que me han hecho volver, los que aún no sé a dónde me llevarán.

poetario.com nació también para pensar en voz alta, para escribir sin filtros y para compartir lo que me mueve. Aquí hay reflexiones, anécdotas, momentos, preguntas sin respuesta, y alguna que otra historia que se cuela entre líneas. No pretendo enseñar nada, pero si algo de lo que escribo te acompaña, te hace frenar un segundo o te deja pensando, entonces ya vale la pena.

Escribo como camino: a veces rápido, a veces despacio, a veces sin saber muy bien el porqué. Pero siempre con la intención de estar presente. Este blog es eso: presencia. Un espacio para mirar hacia dentro, para conectar con lo que importa, para no olvidar que cada paso cuenta.

Gracias por pasar por aquí. Siéntete libre de leer, comentar, compartir o simplemente quedarte un rato. La puerta está abierta.

PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN, CRÍTICO QUE AÚN NO HA LEÍDO ESTE BLOG:

Esta es la edición definitiva, en un solo dominio, de las obras completas de este prosista de pasillo, que escribe mientras camina por ese río estrecho que no existe en su casa. Es un escritor en versión beta porque ninguna obra suya llega a la versión final. Lo he apodado «El Sísifo digital». Es un autor prolífico en lo que respecta a páginas de inicio y entradas de presentación. Su carrera literaria está marcada por la creación compulsiva de blogs. Se estima que ha inaugurado 87 en los últimos cinco años, todos con la primera entrada titulada «Ahora sí que sí». Cada blog empieza con grandes promesas, un diseño minimalista y un lema ambicioso («Este será mi espacio definitivo»), y termina, invariablemente, con una última entrada de disculpas: Perdón, pero me tengo que ir. Su obra completa podría recogerse en un volumen titulado «Dominios comprados y olvidados», que incluiría capturas de pantalla de todos sus encabezados y un apéndice con las contraseñas que ya no recuerda. Bienvenido sea este nuevo blog, que, por cierto, aún no he leído. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

PASO RESERVADO

¡Buenos días!

Deseo de corazón que tanto tú como tu familia estéis pasando unas descansadas vacaciones. Si ya han terminado, te deseo que tengas / hayas tenido una soportable integración al trabajo. 

Te agradezco que me sigas como suscriptor o lector. Espero que sea por muchos años más. Desde el punto de vista literario, me está costando un gran esfuerzo creativo el mantenimiento del blog, aunque lo haga con sumo entusiasmo.

Compartir su contenido contigo me produce tal placer que, cuando me sé leído por ti, siento lo mismo que si disfrutáramos, como amigos, de un suculento café una noche de invierno en una tranquila terraza.

Los suscriptores de reciente incorporación no lo habrán percibido como los veteranos, los que me soportáis desde tiempo inmemorial. Me refiero a diversas entradas que están reescritas por mí. Me he dado cuenta de que «exigían» esos retoques y confío en que lo entiendas perfectamente.

Saber que al otro lado estás tú dando sentido a cada palabra que escribo, es una de las razones por las que este espacio sigue vivo. Yo necesito escribir, pero también necesito que tú, lector silencioso, conviertas mis ideas en una vivencia especial y desconocida. Que tú estés ahí me motiva una barbaridad, aunque no nos veamos, pues sé que compartimos el instante de la creación y la lectura.

Aunque no nos conozcamos, cada lectura tuya deja en mí una huella que ni te lo imaginas, un eco de sabrosa compañía, una chispa de gratitud que crece con cada palabra compartida. No solo me inspiras a seguir escribiendo, sino que también me haces sentir que este espacio tiene sentido cuando alguien, al otro lado, se detiene a «escuchar» con los ojos. Es un lugar donde las palabras tienden puentes entre quien escribe y quien lee.

Mi intención siempre ha sido, y sigue siendo, que este blog sea un rincón donde encuentres algo útil, entretenido o inspirador para tu día a día. Y gracias a ti, que sigues acompañándome en este camino, puedo seguir creando con ilusión y ganas porque sé que hay alguien que juzgará severamente mis entradas.

Quiero contarte que voy a hacer algunos ajustes en el blog para mejorar tu experiencia. Especialmente, un diseño más claro. Me lo han aconsejado no sé cuántas veces, pero nadie cuenta con mi impericia. Para mí, lo difícil es facilísimo para un experto.

Seguirás recibiendo el mismo correo con el texto exactamente elaborado por mí en las mismas condiciones. Eso no va a variar en absoluto. Los cambios los verán los que entran directamente al blog. Confío en que percibas de igual modo la esencia de mis textos. La de siempre. Sólo me dicen que debo presentarla de una manera más cómoda, agradable y atractiva. Me dicen.

El contenido seguirá siendo el mismo que os gusta, solo que con una presentación mejorada. Eso me dicen.

Después de que me dieran la brasa de modo inmisericorde, he decidido cambiar el dominio. Las razones que me comentan son que el actual es demasiado largo (¿problemas de espacio?), que es muy complicado de recordar (tú sabes cómo te llamas, pero al que no te conoce le cuesta mucho memorizar) y que presenta más dificultades para acceder a él.

Con un nombre breve y atractivo será más fácil acceder a tu blog, compartirlo y encontrarlo sin problemas.

El contenido seguirá siendo el mismo de siempre, solo que con un dominio más claro y práctico. A lo sumo, dos palabras de uso diario. Si estás suscrito, te llegará exactamente igual a tu cuenta de correo.

Lo único que el remitente será www.pasoreservado.com  El problema lo tendrán quienes quieran entrar por la URL, que tendrán que escribir esta última. No creas que ha sido fácil encontrar un dominio atractivo, wordpress tiene casi todos copados.

La próxima entrada, es decir, esta, la recibirás como siempre. Será a partir de la siguiente.

He consultado a un experto, a uno de tantos, que espero que no sea «el erudito a la violeta» de Cadalso, aquel que tenía un conocimiento meramente superficial. Me dice que los nombres de los dominios deben ser fáciles de recordar, fáciles de acceder (los lectores pueden teclearlo sin errores) y aún más fáciles de compartir en redes sociales y en el boca a boca.

Como verás, estoy atascado en los suscriptores y no veo modo alguno de aumentarlos. Entiendo que la gente es muy reticente a dar su correo electrónico, pero es el camino más corto. Como otras veces te he pedido, a quien creas que le puede gustar mi blog le solicitas que te autorice a darme su correo, me lo mandas a jmmaiz@telefonica.net y yo lo suscribo. Nada más. Yo no doy a nadie ese correo. Lo guardo como oro en paño.

(Te pido perdón si te encuentras algún error en este texto. Últimamente, el sueño no es mi mejor compañero). Mi voz no me permite ni un segundo dormir, / el sueño me dibuja su ausencia en mi caminar, / el cansancio no quiere de mi vida partir / y el reloj repite cansino su apacible velar. Lo mismo te gustan más los versos con los que el ventero respondió, en plan de broma, a Don Quijote para fingir que él también fue caballero andante:  Mis arreos son las armas, / mi descanso, el pelear, / mi cama, las duras peñas, / mi dormir, siempre velar. Forman parte del romance popular «La constancia».

Y para despedirme, te escribo, te pido que no me abandones ahora, que forma parte de la letra de un hermosísimo tango del argentino Alfredo De Ángelis titulado de ese modo: No me abandones.

¡Gracias por seguir ahí y acompañarme en esta evolución, que espero que sea para bien! (A la sombra del verbo) (1995-2025)

CUMPLEAÑOS

Sí. Hoy cumplo 67 años. Es una verdadera proeza. He conseguido evitar los accidentes de tráfico, no conduzco, los soponcios anímicos nacidos en el aula, las eternas pandemias, las ganas de mandar todo a paseo y lograr que una persona, a la que yo no conozco, entienda mi forma de vida, tan alejada de Phileas Fogg, icono de los viajes literarios, o del legendario Marco Polo paseando por Mongolia y China. 

Ahora me toca la recompensa. ¡La edad dorada! Debo tener cuidado porque últimamente te venden como oro lo que es simple cobre pintado. Si el oro habla demasiado, es que está mintiendo.

La sociedad te ofrece un trato inmejorable:

―José María, has sobrevivido a las durísimas crisis, a las burlas más hirientes y a las modas que todos considerábamos absurdas. Has superado la crianza de niños, que no los has tenido. Que yo sepa, me dices sarcásticamente. Ahora te mereces un descanso.

No me quiero olvidar de lo cansado que estoy. He encargado en Amazon, el asesino del comercio de barrio, al que todos recurrimos, unas tarjetas con mi nombre completo y con el sobrenombre de «experto en fatiga crónica». Este remoquete me lo puso un camarero después de observarme comer un croissant a la plancha.

Ya no me canso por hacer algo, me canso por el simple hecho de existir. Es un agotamiento metafísico, casi filosófico. Aún me acuerdo de cuando sufría unas punzantes agujetas por ir al gimnasio o por nadar torpemente. Pues ahora, además, me dan por ir a la cocina a por una simple galleta.

Y aquí tengo a mi Némesis particular, esa diosa de la venganza que es, según los griegos, la ejecutora de la justicia divina, por encima de la humana. Es una mensajera divina que ataca en nombre de las deidades a los culpables de soberbia y altivez y a los transgresores de la ley. Su actuación tiene como objetivo dejarnos meridianamente claro a los mortales que, precisamente por serlo, debemos abandonar la esperanza de ser muy afortunados para no romper el equilibrio universal. Nada de esperar grandes recompensas. Aunque sea tu cumpleaños.

Como ejemplo de lo anterior, el móvil, antes una herramienta muy útil, se ha transformado en mi Némesis particular. No puedo esperar la satisfacción de manejarlo correctamente algún día. La pantalla parece hecha para los pulgares de Pulgarcito, y los iconos, si no los tienes en modo «gigante para ciegos», son invisibles. Lo pierdo en casa constantemente. Entonces, me llamo desde el fijo y, cuando lo localizo, me sorprende, como si fuera un truco de Juan Tamariz, que tenga una llamada perdida. ¿Quién me habrá llamado? Mandar un mensaje o un guasap se ha convertido en una odisea, si no de diez años, sí de una hora tranquilamente. Y el remate de «satisfacción» se produce cuando me envían como respuesta un emoticono enano.

Joder, lo que quiero es escribir y que me escriban. Y yo, con la misma paciencia, me digo si no sería más fácil volver a las cartas de papel. En este punto te das cuenta de que entre los fervientes adoradores de los emoticonos y yo hay una distancia mayor que la fosa de las Marianas.

Mi cuerpo ya no es mi amigo. Es un inquilino con el que tengo que negociar a diario. La espalda me pide el divorcio cada vez que me agacho. Las rodillas, que antes me llevaban a correr, ahora me recuerdan que su único propósito en la vida es crujir. Y si hablamos de las pastillas… ¡Bienvenido a la farmacia en casa! Una para el colesterol, otra para la tensión, otra para los huesos… Al final del día, parece que me he comido un estante de una farmacia. Es como un coctel de bienestar químico.

El olvido se ha vuelto mi mejor compañero. El cansancio que me genera es abismal. No recuerdo dónde he dejado las llaves, el nombre de ese actor que me encanta o la receta de la tortilla francesa que llevo haciendo 40 años. Pero, curiosamente, me acuerdo de la letra de una canción de los años 80 que no escucho desde hace cuatro décadas. Y, por si fuera poco, tengo ese superpoder de «cuando yo era joven…», que me permite dar lecciones de vida a todo el que me rodea. Porque, claro, en mi época, la vida era en blanco y negro y no había internet, lo que me hace automáticamente más sabio y más racional.

Así que, me autofelicito, levanto mi copa (con cuidado, que me puede dar un calambre) y celebro junto a mi hermana mis 67 años. Acepto que mi vida ahora es una tragicomedia, y que el mejor plan para el día de hoy es ver un largo documental sobre la vida de un pájaro que permanece ocho horas en el cableado de la carretera Madrid―Compostela. Me quedaré dormido en mi butacón y lo tendré que rebobinar mil veces. A las nueve, cena en el sofá y a las diez directo a la cama para levantarme a las cinco para una nueva etapa de vida sana. ¿Hay algún dato más que me indique que el paso del tiempo se ha convertido en una ironía para mí?

(Perdona si encuentras algún error. Lo acabo de escribir dormido). (A la sombra del verbo) (1995-2025)

EL PROFESOR QUE NUNCA TUVO BARBA

(Fecha y hora del inicio de este texto: Domingo 10 de agosto de 2025 a las 5 horas 25 minutos de la tarde) 

En la real villa de Plumarejo del Tintero, en la antigua provincia de Letramar, la concejalía de Incultura y Despropósitos varios, cuya prioridad era que todos los carteles públicos tuvieran al menos tres faltas de ortografía, organizó, cuando ninguno de sus habitantes sabía ni leer ni escribir, la «Semana del Desconocimiento literario». La charla principal, precedida de un concurso literario al que nadie concurrió, versó sobre «Cómo olvidar lo que nunca aprendiste en la escuela».

El escritor del que voy a hablar envió un texto para que no lo leyera nadie, pues, como he dicho antes, ninguno de sus habitantes sabía leer ni escribir. El iletrado alcalde, ante tal dilema, lo tiró a la «papelera de los despropósitos e inutilidades municipales». Estaba repleta de documentos porque nadie la vaciaba. No sabían que había que hacerlo. El encargado a dedo de tal tarea fue el maestro «Versolindo», que hacía un quijotesco escrutinio de todo lo desechado. De este modo, a Dios gracias, descubrió el siguiente texto que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.

Imagina a Don José María Máiz Togores, más conocido por «el profe de las Comas, de los Acentos y de los Puntos». Lo bautizaron con este nombre tan largo como reflejo de su pasión por las subordinadas que nadie entendía. Es un profesor de Lengua española jubilado que vive en un piso donde los diccionarios se apilan como muros de fortaleza medieval, desde El Tesoro de Sebastián de Covarrubias del siglo XVII, pasando por el DRAE de 1780 hasta un sinfín de glosarios de argot juvenil de los siglos XX y XXI.

Como se negaba a llamar a los electrodomésticos por sus nombres originales, hizo, el último día de clase, un concurso para fomentar una original denominación de los electrodomésticos caseros. La alumna más avezada, y única participante, le propuso que los denominara así: a la nevera, arca frigorífica; a la lavadora, tambor de abluciones textiles y al microondas, horno de irradiación breve. El premio que recibió esta joven fue un libro aún no editado: Diccionario Ilustrado de la Lengua Desbaratada, una edición apócrifa, no avalada por ninguna academia seria.

Este hombre, en sus orígenes, cuando escribía, nunca usaba ordenador. No existía. Prefería una máquina de escribir Olivetti Lettera 32 del año 1968, con la cinta ya desvaída, para «que las palabras suden tinta».

Como costumbre diaria, y no la abandona, corrige mentalmente los menús o los rótulos de los bares del barrio. No es «uso esclusivo de cliente» sino «uso exclusivo de los clientes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un victorioso Cid camino de Valencia.

En una reunión, al ver y al escuchar al nieto de un familiar lejano, manifestó muy orgulloso su diagnóstico lingüístico: «Está en la fase más deliciosa de la lengua: la glosolalia prearticular». Todos se quedaron en silencio. Su cuñado le preguntó si eso significaba que el niño hablaba. Él respondió con más seriedad si cabe: «Aún no, pero sus balbuceos son un poema fonético en estado embrionario».

Nuestro barbilampiño lleva décadas escribiendo textos y textos que nadie lee, ni siquiera él, porque prefiere corregirlos hasta el punto de borrar el tema por completo. Los escribe. Los archiva. Los elimina. Tras un patético arrepentimiento, dedica horas y horas a recuperarlos. No lo logra. Pero esto no impide que vuelva a caer en el mismo proceso como un imbécil. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y después exige que la piedra se disculpe.

Vestía chaquetas de corte moderno sesentero que ha dejado de usarlas porque olían a tiza, a tinta y a lluvia, por su origen gallego. No las llevaba al tinte porque no soportaba que unas manos ajenas a sus actividades las manosearan y les quitaran esa inspiración de madrugada que era, para él, como la fuente Castalia de los griegos.

Aún hoy, ya jubilado, en su ambiente familiar, mantiene la costumbre de hablar en voz alta con las tildes, como si fueran vecinas de toda la vida. Los que lo conocen no saben el origen de tal proceder. Lo han llevado al médico en diversas ocasiones, pero lo único que ha logrado es un sinfín de carcajadas, debidamente corregidas en su pronunciación y sonoridad.

La aplicación de su móvil que usa como cuaderno de notas está llena de frases que empiezan con el original «Érase una vez…» y terminan en puntos suspensivos, porque dice que la vida, como la gramática, siempre deja algo pendiente.

En los cafés lo confunden con un excéntrico inofensivo porque rellena esa vieja aplicación con mil ideas o mil nombres que espera que no mueran, pero que tampoco las mima. Al cansado camarero le preguntó un día si le parecía bien la siguiente frase de influencia daliniana: «Mi mente es un carrusel de relojes derretidos girando en mitad del desierto». Su mirada sin palabras fue elocuente: «este tío está zumbao».

Se le da muy bien conjugar verbos inexistentes como: zambroñar (Sumergirse en un sofá hasta casi desaparecer), desmonear (Quitarle la gracia a algo que antes hacía reír); y su preferido: escribujear (Escribir y dibujar a la vez sin que quede claro qué es qué). Siempre se atasca en el pretérito perfecto simple del futuro de subjuntivo, que no existe. Pero él sigue insistiendo.

Cree que sus manuscritos serán descubiertos dentro de dos siglos por arqueólogos literarios, quienes, desconcertados, se preguntarán por qué todas sus historias incluyen al menos un zapato huérfano y una metáfora sobre la tilde de la i. Habla de los clásicos como si fueran compañeros de escuela, y cada vez que oye la palabra «influencer» se persigna con el diccionario de la Real Academia.

Este es el profesor que nunca tuvo barba. (A la sombra del verbo)

(Fecha y hora de conclusión de este texto: martes 12 de agosto de 2025 a las 9 horas 5 minutos de la mañana).

ENZO

Enzo es un hombre nacido en Florencia, la cuna del Renacimiento. Esa ciudad con un entorno natural en la región de la Toscana, que es simplemente espectacular.

Enzo llegó a Madrid en la década de los noventa, el Madrid de la película Historias del Kronen (1995) que refleja una juventud hedonista, desinhibida y con un trasfondo de rebeldía y nihilismo.

Enzo personifica ahora una madurez infantilizada con un toque de encanto atemporal. Su cabello, ahora salpicado de canas que se mezclan con su color original, le da una distinción natural. Las arrugas alrededor de sus ojos son el mapa de una vida llena de risas, preocupaciones y momentos inolvidables, y su sonrisa franca revela una calidez genuina. Cuando va a trabajar se viste con un estilo clásico y pulcro, valorando la calidad de las telas y el buen corte. Aunque se mueve como un madrileño más, sus genes italianos afloran en una elegancia innata.

Enzo entra ciego de furia en su dormitorio y cierra la puerta tras de sí. El caos que se observa es símbolo de una época presidida por una absoluta anarquía de sentimientos y realidades. En su cara, la fuerza de Red Butler en Lo que el viento se llevó, la química candente y explosiva de Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc caliente y la decadente madurez de Al Pacino en La sombra del actor.

Conforma un conjunto armónico y altamente atractivo. «El que tuvo retuvo», ha aprendido a decir cuando los amigos destacan esa decadencia cada vez más plausible. En su interior, él lo sabe; pero a los cincuenta años no puede dar la razón a los envidiosos que lo acechan como tiburones blancos. Lo intenta explotar en poquísimas ocasiones, y, cuando observa que el éxito está asegurado, pone en acción esa fingida actuación que descompone a las mujeres y que es muy codiciada, por los que se llaman sus amigos.

Tras unos minutos de absoluto silencio, sólo vulnerado por el acelerado ritmo de su convulsa respiración, apoya su rectilínea y señorial espalda en un imperial espejo de pared que, colocado en un lateral de la habitación, convida a cualquiera a ponerse delante de él y a realizar un pormenorizado examen visual. Alguno de sus amigos lo evita astutamente, por no caer en la crueldad del presente: el deterioro de los años que cabalgan desbocados por toda la geografía humana.

Los músculos de la mandíbula se marcan con generosidad en un perfil que él cada vez soporta menos. Estoy envejeciendo a toda velocidad, se lamenta al observar las ojeras que marcan la parte inferior de los ojos y las famosas patas de gallo, conocidas por él como «zampe di gallina».

Con todo, el frío del cristal lo obliga, involuntariamente, a recomponer un poco su gesto y lanza un suspiro que deja entrever un profundo sentimiento de angustia, ese calambre que no sabe manejar desde la adolescencia.

Esta situación no hay quien la aguante. Mañana mando todo a la mierda: contratos, reuniones… Como dice mi psiquiatra, cirugía, Enzo, cirugía.

Poco a poco se va desvistiendo y colocando con sumo cuidado sobre una silla de caoba ―paso intermedio del lugar definitivo, el galán de noche―, regalo de su madre, cada una de las piezas de las que se va deshaciendo. El ritual es el mismo todas las noches. Primeramente, aquí, la americana y los zapatos, estos, ultralimpios; posteriormente, allí, coloca todo lo que lleva en los bolsillos del pantalón en un vacíabolsillos; y, para terminar, el pantalón, la corbata y la camisa rematan la faena. Él mismo no entiende el cuidado que tiene con la camisa cuando sabe que va a ir directa a la lavadora.

El aspecto, reflejado en el espejo, le produce una náusea emocional. Las lorzas se han hecho imperiales en la cintura y, como le dice a un compañero de trabajo, «con estas mamas, estoy barajando la posibilidad de ofrecerme como nodriza o ama de crianza». Antes, el bóxer le bordeaba la cintura con una holgura perfectamente estudiada; ahora, la goma pasa desapercibida porque la cubre un colgante de grasa que le circunda sin ninguna elegancia.

¡Qué insufrible rutina! Sin motivo justificado, aunque él lo sabe y lo denosta concienzudamente, se tumba en el sofá del salón, con el bóxer y los calcetines, sus últimos compañeros de piel, hoy muy entumecida por el intenso frío que hace en la calle.

Su rostro denota cansancio y falta de vitalidad; sus ojos, un exceso de trabajo ante el ordenador, y sus manos, inertes y añorantes de las que lucía cuando tenía veinte años, un pasar de los años que le obligan a mirar de un modo insolente a su hija Laura, una lozana manzana de piel tersa y brillante.

Reposa mirando al infinito y escuchando el burbujear del agua que llena lentamente el baño, donde va a pasar una hora de deleite y fruición placenteros.

A las doce de la noche se encuentra cenando delante de la televisión y viendo una serie que había quedado inconclusa el último fin de semana. La bandeja soportaba un bol con una ensalada repleta de enzimas, minerales, vitaminas y compuestos antioxidantes, pero de sabor insulso y desaborido. Una compañera de la empresa le ofreció este «gustoso plato» para combatir una cabalgante obesidad.

El jefe no me aguanta. Dice que soy insufrible, que no hay día que no organice un numerito de narices y que nunca estoy de acuerdo con sus proyectos. Es el primero, y para eso está, en poner mil objeciones, pero muchas de ellas son fruto de una ilícita y arbitraria envidia. A largo plazo, todos los recomendados te crean el mismo problema: piensan que, hagan lo que hagan, nunca serán expedientados.

Y Enzo a callar porque lo que quiere es pasar desapercibido, que no se airee más la conversación que tuvo su padre con su jefe, después de una generosa inversión en material innovador.

De pronto se yergue, con una desdibujada agilidad, y coge el teléfono, que se le había olvidado en la cocina. Muestra una desgana absoluta porque sabe perfectamente quién es.

Me ha jodido la cerveza, explota con absoluta sinceridad. Vuelve al salón, la vista un poco nublada, y se sienta de nuevo en el sofá para soportar una charla nada productiva.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo suena irritada y cortante. Su mirada refleja una conversación ya mantenida en muchísimas ocasiones. Y siempre con el mismo resultado.

―Es lo mismo de siempre. Con las mismas disculpas de siempre. Con las mismas mentiras de siempre.

―Yo no te miento nunca. Es mi trabajo. Yo no sé cuánto duran mis reuniones. Y tú deberías entenderlo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hombre, no te sientes vigilado; pero yo llego un poco tarde, o pido salir media hora antes, y ya tengo un toque de muy mal gusto y lleno de micromachismos.

―No, no puedes subir. Estoy agotado. Hoy no puedo más. Y eso que, como dices tú, soy un enchufado y apenas trabajo.

―Otra vez lo mismo. Eres un cabronazo, porque sabes perfectamente qué decir para evitar una conversación agradable y distendida.

―Estoy cenando y sólo pienso en acostarme. Necesito descansar. Lo que menos soportaría ahora es una discusión.

―¡Pobrecito!

Silencio sepulcral.

―¡Adiós!

La indecisión se hace eterna. Duda lo indecible. Tiene sujeto el móvil con una fuerza inusitada.

―¡Adiós!

La descarga emocional que sufre por mor de una enojosa conversación es brutal. En una infinidad de ocasiones ha vivido esta situación, pero Enzo no sabe romper, no sabe decir que no.

―Tienes que aprender a romper, le repite cansinamente su madre. Especialmente con las que mienten en las cosas pequeñas. Las grandes mentiras son más soportables.

Y Enzo cierra la conversación vacío de remordimientos. O eso cree. Sabe que está muy mal acostumbrado y que ella volverá. ¿Y si no vuelve?

Como siempre, se acuesta expectante. ¿Llamará otra vez? Pero es diferente ahora. A los treinta años, podía retar a mil mujeres; ahora, a los cincuenta, la flojera emocional es la que rige sus decisiones. ¿Llamará otra vez? (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LA BELLA DURMIENTE

Teresa venía de una familia que gozaba muchísimo manteniendo de cara a sus vecinos las apariencias que, si en otro tiempo eran de nobleza, opulencia y fama, en la actualidad eran de una simplicidad que causaba un río de burlas en la aldea en la que estaba situado el pazo. Habían caído en el típico «quiero y no puedo». En el Lazarillo, el escudero tenía como patrimonio las deudas, pues aquí el señor de la casa más o menos.

El padre, desde ese concepto nobiliario de la vida, mostraba una grandísima satisfacción cuando llegaba a sus oídos que habían cotilleado de ellos en la taberna durante varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.

El médico, cuando llegaban las doce de la noche, hora meiga y liberadora de prejuicios y «postureos», después de carraspear y afinar la voz para que no se le reconociera una cogorza de tamaño monumental, soltaba:

―Esta familia va a explotar un día. Lo único que hacen es airear secretos y actos pecaminosos que ya no tienen lugar donde esconderlos. ¡Ay, si yo hablara!

―Pues, hazlo, cabrón, hazlo. Esta frasecita tuya tiene más años que la cocina de leña del pazo de tu amo.

―¡No vuelvas a decir esto! Yo no tengo amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logrado cabrearme. ¡Adiós! Marcho porque… tengo que marchar.

Pero no hablaba y se iba camino de su casa por una corredoira que bordeaba la casa de «la bella durmiente» dando unos peligrosísimos tumbos que convertían un camino de cinco minutos en una prueba maratoniana.

Teresa, la mayor, fue la que le cantó el réquiem a tanta vanidad, que saltó por la ventana sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiempos remotos era la que resolvía todos los problemas familiares y ejercía como un capo mafioso con el principal objetivo de mantener la familia siempre unida, se evaporó la decencia.

No sabemos el día, pero, como algunos miembros de la familia ante la brutal crisis económica, «huyó» de la realidad sin moverse del pazo y se instaló en una fantasía que la hizo convertirse en una especie de espantajo por el día y en una bellísima amante rijosa por la noche.

Los psicólogos decían que, de tanto culebrón televisivo y familiar, se convirtió en una adicta de los romances más dramáticos. Tenía una visión totalmente distorsionada de la realidad. Sus pensamientos sólo giraban en torno a una relación que la convertía en una mujer impúdica y lujuriosa y que nadie conocía, pero que ella, en esa capacidad de autoengaño que manejaba como una experta ilusionista, teatralizaba todas las noches en su casa.

Un amanecer, su padre pensó que estaba poseída por el demonio. Los reiterados gemidos de placer, que llegaban plenamente a los oídos del beodo sanitario, eran de tal volumen que su padre decidió llamar al cura de Santa María para que la exorcizara.

Pero lo novedoso, es lo que le hacía dudar, era que todas las mañanas, cuando desayunaban al amanecer, la cara de felicidad de su hija era la misma que había dibujado de pequeña de la bella durmiente cuando era besada por el príncipe. Cuanto más «amaba de noche» más feliz era por la mañana.

―Un día de estos me caso, papá. Estamos preparando todo.

El padre, como no le conocía hombre alguno, se reía y se callaba. Mejor dicho, la escuchaba detenidamente, se reía y se callaba.

Teresa, por el día, huía de su intimidad porque le ocasionaba un terror escalofriante; pero, por la noche, bajaba la cabeza y su autoestima caía otra vez en una lujuria que se apoderaba de sus pensamientos, nublando todo juicio y razón. Era una ilusión que le prometía plenitud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autófaga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extremo placer.

Hasta que una mañana no se levantó de la cama, y su padre, lleno de miedo al ver la taza del desayuno limpia, entró en su habitación como una oveja huyendo del lobo y vio la imagen más estremecedora de su vida. Tumbado en la cama «dormía» el esqueleto de su hija, vestido con un hermosísimo traje de boda, con un ramo de flores en las manos y con la sonrisa más hermosa que nunca imaginó.

Desde ese crucial día, todas las jóvenes de la aldea luchan como «juanas de arco» por casarse el mismo día que el padre celebraba el aniversario de la muerte de su hija, ya van veintisiete, en la capilla de las Dolores, capilla del pazo de uso semipúblico. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

CUESTIONARIO PROUST ‘A MI MANERA’ (ENRIQUECIDO)

El Cuestionario Proust es una serie de preguntas diseñadas para explorar la personalidad, gustos y aspiraciones de quien lo cumplimenta. Aunque no fue creado por el escritor francés Marcel Proust, su nombre se asocia a él porque respondió este tipo de cuestionario en su juventud, dentro de un «álbum de confesiones» que era popular en la época victoriana.

Este cuestionario tiene un origen curioso. Como he dicho, no fue creado por el autor de En busca del tiempo perdido, sino que era un juego de salón popular en la época victoriana llamado «álbum de confesiones», una especie de test de personalidad que circulaba entre amigos para revelar aspectos íntimos de su carácter y gustos.

Las preguntas abarcan desde lo más íntimo ―como el mayor miedo o el ideal de felicidad― hasta aspectos más triviales como el color favorito o el héroe de ficción preferido. Con el tiempo, este cuestionario se convirtió en una herramienta popular entre periodistas y entrevistadores para conocer mejor a artistas, escritores y celebridades. No es un cuestionario cerrado. Con los años se han ido añadiendo preguntas. Como he hecho yo.

Hoy en día, el Cuestionario Proust se utiliza en una sorprendente variedad de contextos, más allá del ámbito literario o periodístico: entrevistas personales y mediáticas, liderazgo, herramienta para fomentar la empatía, mejorar la comunicación y fortalecer equipos, conocer mejor a sus colaboradores y descubrir talentos ocultos… Muchas personas lo utilizan como ejercicio de introspección, clarificación de valores, deseos y prioridades, funcionando casi como una forma de autoanálisis, un estímulo de la reflexión y así fomentar la expresión personal. Es muy frecuente que las redes sociales y los blogs lo incorporen porque su formato atractivo y personal lo hace ideal para contenidos virales o publicaciones que buscan conectar emocionalmente con la audiencia.

En resumen, el Cuestionario Proust ha pasado de ser un juego de salón a una herramienta versátil para conocerse a uno mismo y a los demás.

El Cuestionario Proust es una invitación a la introspección, algo muy necesitado en estos tiempos de superficialidad y pueril simpleza.

¿Te animas a responderlo tú también? Yo lo he hecho. Te invito a leerlo.

  1. ¿Principal rasgo de su carácter?

Confianza, racionalidad, empatía, inseguridad, cobardía, amabilidad, intraversión, impulsividad y creatividad literaria.

  1. ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Y en una mujer?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Qué espera de sus amigos?

Que comprendan mi parsimonia y que respeten mi espacio. Además, que no me juzguen como yo no juzgo a nadie.

  1. ¿Su principal defecto?

Los frecuentes brotes de asociabilidad por timidez. No los soporto. Son vehementes arrebatos que me transportan a un abandono incomprendido por muchos. Además, del maldito complace que me convierte en un ser maleable en ocasiones. No saber inglés.

  1. ¿Su virtud que nadie conoce?

La capacidad de guardar secretos ajenos. Como decía Lope de Vega con respecto al amor: quien lo probó lo sabe. Creo que la escucha también. Deberían contestar las personas que conviven conmigo.

  1. ¿Su ocupación favorita?

Leer, aprender, una grata conversación, escuchar a Los Secretos, colgar entradas escritas por mí en mi blog en castellano. Y si me permito un rapto de palpable egocentrismo: ver cómo aumenta el número de suscriptores a mis blogs.

  1. Usted se ve y los demás lo ven…

Me encanta esta pregunta.

Y respondo con las palabras literales ―creo― de una compañera: ojalá te vieras tú como te vemos los demás.

Esta segunda contestación, que llevo años deseando hacer pública, aparenta que modelo un comportamiento soberbio y engreído. Soy muy generoso. Siempre lo he sido. Con todo el mundo. Y esto me ha llevado, me lleva y me llevará a una cruda realidad: estar mojama económicamente.

  1. ¿Cómo es profesionalmente?

Responsable, organizado, dedicado, colaborador, olvidadizo, adaptable, empático, gruñón y generoso en las correcciones.

  1. ¿Su ideal de felicidad?

Vivir de acuerdo con los ideales que me transmitieron mis padres, minimizar mi dolor físico y emocional y encontrar un día la serenidad interior que me haga vivir en paz.

  1. ¿Cuál sería su mayor desgracia?

El dolor físico en mi hermana y en mis familiares y amigos. Lo pude comprobar en un primo mío y no se lo deseo a nadie.

  1. ¿Qué le gustaría ser?

Un profesor y un escritor con una buenísima memoria.

  1. ¿En qué país desearía vivir?

En España, en concreto en Galicia. Nada de grandes ciudades.

  1. ¿Su color favorito?

Sin dudarlo, el azul y todas sus variantes.

  1. ¿Alguna obsesión superada? ¿Actual?

La apariencia. El qué dirán de mí. Tengo una compañera que me ha dicho que eso no lo he superado.

¿Actual? Sí. Mi blog. Quiero que todo el mundo se suscriba. Pero no por un «postureo literario», no, sino porque estoy convencido de que hay gente que no lo conoce y que disfrutaría leyéndolo. De ahí mi afán de darle la mayor difusión posible.

  1. ¿Es un comprador compulsivo?

Sí. Y es tremendo. Desde objetos a suscripciones a periódicos pasando por aplicaciones y plugins para mis blogs que luego no sé utilizar porque está todo en inglés.

  1. ¿La flor que más le gusta?

La hortensia. Me transporta a mi infancia, a mi adolescencia y a mi tardoadolescencia. Regina Buitrago dice que es una bella flor sin aroma. Además, simboliza la paz, la pureza, la gentileza y la gracia.

  1. ¿El pájaro que prefiere?

El petirrojo, un pájaro pequeño con un significativo plumaje naranja en pecho y cara. La energía de este pájaro te enseña cómo avanzar con gracia, tenacidad, perseverancia y afirmación en la vida, dejando a un lado los dramas personales.

  1. ¿Sus autores favoritos en prosa?

Por salirme un poco de la norma: Álvaro Cunqueiro, Dolores Redondo, Edgar Allan Poe, Gonzalo Torrente Ballester, Eduardo Blanco Amor, Ramón María del Valle-Inclán, Emilia Pardo Bazán, Luis Mateo Díez, Margaret Atwood, Cristina Campos…

  1. ¿Sus poetas?

Garcilaso de la Vega, Elvira Sastre, Alejandra Pizarnik, William Shakespeare, Fernando Pessoa, Rosalía de Castro, Francesco Petrarca, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Charles Baudelaire, Celso Emilio Ferreiro…

  1. ¿Un héroe de ficción?

El Capitán Trueno y su caballo Goliath. Es un caballero de la Edad Media que siempre en compañía de personajes como Crispín, libraba interesantísimas batallas como defensor de la justicia.

  1. ¿Una heroína?

Selma Lagerlöf, escritora sueca. Fue la primera mujer en hacerse con un Premio Nobel de Literatura en 1909. En concreto, por su obra El proscrito.

Carmen Martínez Sancho, primera doctora y catedrática en la enseñanza secundaria de España en los años 20.

  1. ¿Su compositor favorito?

Teniendo en cuenta mi acentuada arritmia musical, mi incapacidad de seguir un ritmo polifónico y la de coordinar movimientos con el compás de una canción, me conformo con buenos compositores de letras de los años 80 a nuestros días: Enrique Urquijo, Juan Carlos Calderón, Carlos y Juan Azcárraga, Antonio Vega, Andrés Suárez, Manuel Alejandro, Cecilia, Joaquín Sabina, André do Barro…

  1. ¿Su pintor preferido?

Carlos Azcárraga. Fallecido por un crudelísimo cáncer de colon, pero, desde joven, con una creatividad ilimitada.

  1. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre, ya fallecido. Médico de vocación filantrópica, trabajó casi cuarenta años de sol a sol. Sólo pasó en cama tres días por una otitis. Siempre trabajando, sábado, domingo, incluso en el atrio de la iglesia de María Auxiliadora de la Ronda de Atocha 25 analizando radiografías o análisis clínicos.

  1. ¿Su nombre favorito?

Jorge, Carlos, Juan, Luis, Lola, Rosa… Nombres que no superen las dos sílabas.

  1. ¿Qué hábito ajeno no soporta?

Interrumpir constantemente al hablar, criticar todo sin aportar soluciones porque «ese no es mi trabajo», ser chismoso y hablar siempre mal de todos, despreciar a la gente porque sus gustos no coinciden con los míos, creerse saber de todo, es decir, los «güiquipedios andantes»…

  1. ¿Qué es lo que más detesta?

No devolver yo ni que me devuelvan lo prestado: libros, dinero o una calculadora para un examen. Tener cero de autocrítica, pero juzgar sibilinamente a todos. Usar frases tipo: «yo digo las cosas como son», pero solo para ser groseros. Creer que dar «consejos» no solicitados es sinónimo de sabiduría. Si hablamos de mi físico, el exceso de sudoración que sufro y los lunares y… La impuntualidad.

  1. ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

En la época actual, Putin o Maduro

  1. ¿Un hecho histórico que admire?

La caída del muro de Berlín.

  1. ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer?

De los espirituales, la fortaleza. De los no espirituales, el oído. Toda mi vida he querido fortalecer mi espíritu y tocar la guitarra o el piano, pero he fracasado estrepitosamente.

  1. ¿Cómo le gustaría morir?

De noche, durmiendo. En mi familia tengo suficientes ejemplos de sufrimiento físico que no sé si lo soportaría.

  1. ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Nostálgico, contemplativo, menesteroso, triste, anhelante, vergonzoso…

  1. ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

Ingenuidad, torpeza física, inseguridad, sentimentalismo, dificultad para decir «no», indecisión, no captar las «indirectas».

  1. ¿Qué es lo que menos le gusta de su aspecto?

Claramente, el irme haciendo viejo. Como decía Celestina: la vejez es una cueva de enfermedades. Mi andar pausado. Sé que crispa a mucha gente. Mis lunares y manchas propias de la edad. A nadie le pueden gustar. Mi cintura que cada vez es más ancha, como si fuera el muñeco de Michelín. Mi boca, pero una iatrofobia, que muy pocos creen que sufra, me tiene bloqueado absolutamente. Aparte del raquitismo de mi economía.

  1. ¿Tiene un lema?

Lo leí en un libro de un autor gallego o eso creo. Lo mismo es una invención mía: Imaxina sen límites, escribe sen medo. (Imagina sin límites, escribe sin miedo). No sé si es un lema: Existimos mientras nos recuerdan. (Carlos Ruiz Zafón).

  1. ¿Orientación sexual? (Heterosexual, homosexual, bisexual, etc.)

Heterosexual.

  1. No podría vivir sin…

Leer, escribir, esperanza, salud, espiritualidad, libertad para ser uno mismo, creatividad personal, reconocimiento personal, recibir afecto sincero, mirar a los ojos a una mujer…

  1. ¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estropea el día?

El desayuno. Uno o dos cafés con leche y algo de bollería industrial.

  1. Cuando llega la Navidad…

Me encierro más en mí mismo. No la soporto por todas las sillas vacías que hay a mi alrededor.

  1. De niño quería ser como… ¿Conserva alguna cosa de la niñez?

Un adulto con la profesionalidad de mi padre. No guardo nada por el «injusto escrutinio» que se hizo de «mis cosas», era el pequeño, cuando nos mudamos de Santa María de la Cabeza a Hermanos Miralles.

  1. ¿Le hubiera gustado vivir en otra época/país?

No. Rechazo a las personas que dicen que les gustaría vivir en la Edad Media, en el Renacimiento, en los tiempos de Cleopatra o de Julio César… Pero, claro, ¡¡¡en las capas altas de la sociedad!!! Ser un plebeyo era terrible.

  1. ¿Trae a la memoria alguna relación anterior o pasa horas pensando «qué hubiera pasado si…»?

Decisiones que tomé en la tardoadolescencia y que todavía hoy no comprendo. Todo debido a mi pusilanimidad ante la presión de la familia. Soy un cobarde. Soy un irresoluto encogido.

  1. ¿La última obra que ha leído?

Relectura de La Santa Compaña de Lorenzo G. Acebedo (regalado por una exalumna) y la Poesía Completa de Idea Vilariño. Ahora estoy leyendo Siempre hay un precio de Álvaro Urquijo, regalado por un compañero de trabajo.

  1. ¿La última manifestación a la que fue o petición online por una causa?

Por la igualdad salarial de los concertados y la enseñanza pública.

  1. ¿Es usuario activo en las redes sociales?

Mínimamente. Tengo cuenta en Instagram, pero no sé hacer nada más que colgar pequeños textos de diversos autores o propios. Nada más. @maiztogores.

  1. ¿Vegetariano o vegano? ¿Cocina o calienta platos preparados o encarga a comida china o pizzas?

Ni vegetariano ni vegano, pero «comedor muy malo». Como el ejemplo que pone la RAE en su diccionario soy un «comedor remilgado y maniático».

  1. ¿Está enganchado a algún juego en el móvil o juego online por ordenador?

No. Juegos, nada. La falacia para tener casi todo el día el móvil en la mano es «por si me llaman» o «para estar bien informado».

  1. ¿Es adicto a la mensajería instantánea?

Sí. Estoy enganchado a «guasap». Disfruto escribiendo «guasaps» largos, muy largos. Eso sí, con un absoluto respeto ortográfico, gramatical y de estilo.

  1. ¿Soportaría una semana sin Internet?

No. Creo que muy pocas personas soportarían una semana sin internet. Mucha gente dice que sí, pero desde la seguridad de que nunca va a ocurrir dicha circunstancia. Un apagón de unas horas y nos agitamos como una coctelera.

  1. ¿Está informado del mundo?

Lo justo. Estoy saturado. La tromba de información permanente que sufrimos ha logrado que ciertos acontecimientos los observe de reojo. Además, las «noticias falsas» prostituyen el día a día.

  1. ¿Coche, bici o transporte público?

Transporte público. No tengo carné de conducir, por lo que no poseo coche. Tampoco bicicleta. Ni las públicas. Por lo tanto, transporte público y, en contadas ocasiones, taxis.

  1. ¿Practica deportes? ¿Sigue eventos deportivos por televisión?

En estos momentos no practico ningún deporte. Ninguno. Y «me regañan» por ello. Hubo un tiempo que practiqué la natación, pero soy muy mal nadador. Nunca he sabido respirar bien y eso que le echado horas. Desde muy pequeño he seguido al Madrid de fútbol y baloncesto, pero desde hace tres años no veo ni oigo nada en directo. Debo cuidar mi salud y la tensión nerviosa con la que vivía estos eventos deportivos no se la recomiendo a nadie medianamente sano.

  1. Música favorita/Música que odia.

Mi música favorita gira en torno a los años 80 españoles, pero también me gustan los cantautores actuales o del pasado. Los Secretos, claro está. No soporto el reguetón.

  1. Una canción que no se cansa de escuchar…

Cualquier canción interpretada por Enrique Urquijo. Trenes perdidos de Los Secretos. El hombre del piano de Ana Belén. Las cuatro y diez de Luis Eduardo Aute. Chicas de colegio de Mamá.  Samba pa ti de Santana. Camino Soria de Gabinete Caligari. El sitio de mi recreo de Antonio Vega. Chica de ayer de Nacha pop. Lela de Dulces Pontes y Carlos Núñez. Alborada gallega y Muiñeira de Chantada, interpretadas por Carlos Núñez y Los Chieftains. Sellado por un beso de Bobby Vinton. El gato que está triste y azul de Roberto Carlos. Palabras de amor de Serrat Y muchas más…

  1. ¿Película y/o serie favorita?

Me impactaron El graduado, El padrino, La naranja mecánica, El guateque, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Matar un ruiseñor… Me encanta El club de los poetas muertos. Fiebre del sábado noche…por la edad. Series favoritas: de la TVG, Mareas vivas. De TVE, Los gozos y las sombras, Fortunata y Jacinta y La Regenta y estadounidense, Dallas.

  1. El próximo verano/invierno/Navidad/feria local le gustaría…

Sé que es un imposible. No volver a pasar un tórrido verano en Madrid. No lo soporto. Pero sé que volverán.

  1. Antes le gustaba, ahora no…

Viajar a Santiago. ¿Ahora? No. Mi tendencia a la asociabilidad «ha logrado», con mi anuencia, que me sienta un extranjero en la ciudad donde nací. Es escalofriante, y me hace llorar sin lágrimas, pasear por Compostela ―ciudad que «he pateado» y «consumido» cientos de veces― y sentirme en ella un auténtico foráneo.

Asistir al teatro. He ido decenas de veces desde adolescente, he promovido ir con alumnos en el colegio, y hoy, acomodado en unos pocos metros cuadrados en torno a mi casa, he dejado de acudir. Lamentable.

  1. Dice que le gustaría hacer… pero no se pone a ello.

Escribir una novela sobre mi familia. No me pongo a ello porque tengo muy mala memoria y porque no soy capaz de escribir con absoluta sinceridad y libertad. Han fallecido muchos miembros de mi familia y no me parece correcto hablar de ciertos temas en los que están involucrados. Lo bordeo en mi blog cuando escribo episodios de Hatroz.

Estudiar inglés o italiano.

  1. ¿Sueña con vivir en otro lugar?

Sí. Hablo de sueños. Desde hace años ha crecido en mi interior vivir en un pueblo gallego costero tipo Malpica de Bergantiños, Muxía, Camelle, Muros, Porto do son, Cambados… Quizá por cómo me resiento física y emocionalmente con temperaturas como ahora mismo ―8 de la mañana y 29 grados―. No lo aguanto.

  1. ¿Le ha molestado alguna pregunta?

No. Me ha molestado enormemente el orden. Yo hubiera establecido otro muy diferente. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

EL ESPEJO Y LA REALIDAD

Hay hombres que creen que el espejo es un oráculo. Se plantan delante de él como quien entra en un santuario, con la toalla en la cintura y la esperanza en los ojos, convencidos de que dos horas de concentración y aplicación estéticas se pueden convertir un martes cualquiera en un perfecto anuncio de colonia. Y ahí los ves en el baño, abriendo y cerrando armarios, probando peines que parecen herramientas de tortura medieval, y mirándose de perfil como si estuviesen evaluando una obra de arte contemporánea titulada Hombre con entradas, técnica mixta.

Antes la ducha era agua y jabón; ahora es una «experiencia sensorial» con exfoliante volcánico y gel con notas de bosque nórdico. Dicen que entran cinco minutos y salen cuando el vapor ya tiene máster en aromaterapia. Ajustan la temperatura con precisión odontóloga, como si lanzaran un cohete, y hablan del «ritual» mientras alinean champú, acondicionador y mascarilla como equipo titular. No cantan, meditan; no se enjuagan, sellan hidratación. Y cuando alguien pregunta por la factura del agua, responden solemne que no es derroche: es inversión en bienestar cutáneo.

Una vez fuera de la ducha, el drama estético comienza con la primera decisión: barba de tres días sí o barba de tres días no. Porque no es una barba, es una tesis doctoral: afeitarla, dejarla o dejársela cual hipster nórdico. De tanta indecisión y retoques queda como erizos con crisis existencial.

Las cejas, que casi nadie retoca, salvo un experto peluquero cuando crecen como mazurcas de maíz, terminan depiladas con precisión quirúrgica, dejando en la cara una perpetua expresión de sorpresa, como si acabasen de descubrir que la electricidad existe.

Enseguida se fijan el cabello: ceras, espumas y lacas. Un laboratorio químico entero para conseguir un peinado que resista más de cinco minutos, exactamente hasta que salen a la calle y el viento, con más criterio estético que ellos, decide deshacer la obra.

Y seguimos con la hidratación. Antes los héroes blandían espadas; ahora blanden crema «ultrahidratante con ácido hialurónico del Himalaya». Juran que es solo «humectante», pero su rutina tiene más pasos que un tutorial de baile y nombres en latín que suenan a conjuro. Se reían del neceser ajeno hasta que descubrieron el «sérum» que activa la juventud interior y ahora consultan el «índice UV» como si fuera la bolsa. No lloran con películas, pero sí si la fórmula no es «oil free», «cruelty free» y «drama free». Y cuando alguien duda de tanta devoción, responden muy serios que no es vanidad: es inversión en capital dérmico.

Mientras tanto, el espejo observa en silencio, testimonio inocente de una metamorfosis al revés. Porque cuanto más tiempo pasan en el baño, peor quedan. Donde había naturalidad, ahora hay rigidez; donde había dignidad, ahora un brillo sospechoso.

Una vez terminada la composición, se miran al espejo con gesto técnico y murmuran que hoy la piel «está pidiendo hidratación estratégica», se felicitan por el brillo «natural» (logrado tras mil productos y media hora de disciplina), detectan una arruga microscópica y la bautizan «línea de expresión premium». Ensayan la sonrisa «casual pero luminosa», giran el rostro buscando su mejor ángulo y concluyen, muy serios, que no es vanidad: es control de calidad dérmico. Y, finalmente, salen del baño orgullosos y convencidos de ser la versión mejorada de sí mismos.

Los demás los miramos con una sonrisa piadosa como la que le dedicamos a los niños cuando traen un dibujo abstracto y dicen que es un caballo. Porque el secreto es que hay hombres que no vacían sus bolsillos por la edad ni por los años: se arruinan por el exceso de espejo. Y el espejo, siempre traidor, les devuelve a estos figurines lo que le regalaron ellos de tiempo y paciencia. (A la sombra del verbo)

 

FRAGMENTO DEL DISCURSO…

…/…¡Ah! La prosa de este autor que nadie lee, pero que todos critican. Un verdadero enigma literario: logra incomodar sin ser leído, desesperar sin ser comprendido. Su estilo, generosamente descrito como «experimental» y «muy personal», parece más bien un accidente lingüístico en cámara lenta.  Sus frases, eternas como las colas de la seguridad social, van de lo abstracto a lo ininteligible sin escalas. Y sin embargo… ¡Qué coherencia en su incoherencia! ¡Qué valentía al desafiar la lógica, incluso la gramática y, en ocasiones, el sentido común!  Lo suyo no es escribir: es resistirse a la idea misma de comunicar. Y por eso, tal vez, lo necesitamos. Porque en un mundo de clichés y fórmulas, alguien tiene que recordarnos que la literatura también puede ser una bofetada disfrazada de párrafo.  A su manera ―confusa, excesiva, gloriosamente ilegible― ha logrado lo impensable: que nadie hable de él. ¿Qué mayor triunfo para un escritor?…/… (Fragmento del discurso posverdad del autor en su ingreso en la «Inexistente y Grandiosa Sociedad Literaria de Escritores que Nunca Publican»). (A la sombra del verbo) (1995-2025)

REIVINDICACIÓN HIPERBOLIZADA

Tranquilos. Yo no voy a caer, ojalá lo pudiera hacer en su numen literario, en la costumbre de Víctor Hugo de escribir desnudo para no tener la tentación de salir de su despacho o en la de Joseph Conrad que fue capaz de permanecer una semana encerrado en su baño. Escritores que renunciaban a una sociabilidad porque pensaban que en un ambiente eremita la visita de las musas era más factible y productiva.

Marta Ailouti cuenta en un interesante artículo en El Español que «Balzac empezaba a escribir siempre a medianoche para no ser interrumpido por ninguna otra visita o distracción social. A la luz de las velas, con jornadas que a veces se extendían hasta 15 o 16 horas diarias, era tanta la obsesión del escritor por permanecer aislado que a menudo cambiaba la hora de los relojes y cerraba las cortinas de la ventana para no enterarse así de si amanecía». Reflexiono. Miro el ventanal de mi casa y me resulta imposible porque los estores que penden del techo no cumplen el doble propósito de las cortinas del siglo XIX: decorar y proporcionar privacidad con una oscuridad casi absoluta.

«Conocidos también son los casos de J. D. Salinger y Emily Dickinson. El autor de El guardián entre el centeno compartía con su protagonista, Holden Caulfield, la idea de que si él hubiera sido pianista, tocaría dentro de un armario. Celosamente obsesionado por su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública llevó al escritor a levantar muros y aislarse del mundo en una granja de Cornish (New Hampshire), donde se dedicó por entero a la escritura durante sus últimos cuarenta años de vida.

Como él, Emily Dickinson también decidió encerrarse en su casa paterna de Amherst (Massachusetts) y permanecer en el anonimato. Su caso es uno de los más paradigmáticos. Entregada al estudio, la reflexión y la escritura, la poeta tenía pocas amistades personales y escasas relaciones sociales». Marta Ailouti dixit.

Hoy es inviable llegar a esos extremos. Pero soñar es gratuito. Una posible solución sería encerrarme en un monasterio abandonado, al estilo del de Santa María de Monfero, una imponente construcción cisterciense situada en el corazón de A Coruña, dentro del Parque Natural de las Fragas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solución, habilitarme en una casa abandonada y semiderruida en una calle anónima de este inhumano Madrid. O, en todo caso, un pueblo vaciado de habitantes que no sea localizado por un gps.

Aunque, como me dicen los que me conocen, «¿dónde tus comodidades?, ¿dónde tu aburguesamiento?, ¿dónde tus cañitas?, ¿dónde tu guasap?, ¿dónde tu 5G?» y demás preguntas que me resulta inapropiado, por pudor, enumerarlas. Algunas son muy dañinas. Me dicen, cual enseñante explicando el esquema de la oración compuesta, que las relaciones sociales no solo enriquecen nuestra vida; también la protegen. Son una necesidad humana básica, no un lujo. Interactuar con otros puede disminuir la ansiedad, la depresión y la sensación de soledad.

No voy a seguir con los beneficios de la sociabilidad. Todo el mundo las sabe. En caso de duda consulta internet y te aislarás más que la citada poeta, autora de 1.775 poemas, de los cuales no llegó a publicar ni una decena en vida.

Ayer, en mis horas de insomnio, con el teléfono en la mano hice una lista de los inconvenientes que yo creo ver. ¿A dónde me llevaría tanta sociabilidad? Quien me conoce, sabe de mi notable tendencia a la exageración. Por ello, hagamos una hipérbole un tanto «hiperbolizada». Me podría llevar a cambiar mi forma de ser para agradar (mi famoso complace), a participar en conductas que no deseas, a sufrir manipulación emocional (hay verdaderos expertos), a depender afectivamente (es demoledor), a recibir, en mi ausencia, críticas constantes (me importan, sí, me importan), a un calvario de cansancio mental o emocional, a reducir mi espacio para la introspección o el autocuidado, a la dificultad para establecer límites (yo no sé ponerlos), a sentirte inferior al compararte con los logros de otros (lo tengo grabado en mi frontis mental), a generar brotes de dañina envidia (desde mi preadolescencia es el veneno silencioso de mi alma, es la eterna sombra que me mata cuando la luz ajena brilla más que la mía), a llevarme a la frustración emocional o afectiva, a los malentendidos que me llevan a la miseria humana, a las rupturas de confianza, a descuidar mis verdaderas necesidades, en este caso literarias…

Te habrás dado cuenta en estas últimas líneas, si las has soportado, mi ineludible tendencia a la hipérbole. Pétame moito («me gusta mucho», en gallego) y no puedo refrenar las ansias de caer en ella. García Lorca dice «Por tu amor me duele el aire… el corazón y el sombrero» y todos loan la originalidad y el valor literario de la exageración. Yo no intento llegar a ese nivel, imposible, pero un buraquiño («huequecito», en gallego) déjenme ocupar en la gloria de la extremosidad literaria.

En estos tiempos modernos, querer estar solo es casi un acto criminal. Si no estás en una fiesta, en una videollamada, en un grupo de guasap o posteando tu «brunch» con amigos, algo anda mal contigo. Porque, claro, ¿cómo alguien podría disfrutar de un viernes por la noche sin una «salidita obligatoria»?

La sociabilidad se ha convertido en el nuevo termómetro de la felicidad. ¿Tienes muchos amigos? ¡Felicidades, eres exitoso! ¿Te tomaste un café solo? Lamentamos tu soledad. ¿Te gusta pasar tiempo contigo mismo? No te preocupes, ya hay aplicaciones para solucionarlo.

Hoy, estar solo no es visto como una elección, sino como un síntoma. Y si decides apagar el teléfono o no contestar por unas horas, prepárate para las preguntas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no viniste?». Porque claro, preferir el silencio o la introspección solo puede significar una cosa: algo anda mal contigo.

Irónicamente, en medio de tanta conexión, muchos se sienten más desconectados que nunca. Pero lo importante es que la agenda esté llena, aunque sea de compromisos que uno preferiría evitar. Total, lo importante no es estar bien, sino parecerlo.

Así que ya sabes: sonríe, publica una historia con tus «personas favoritas», responde rápido los mensajes y nunca, jamás, admitas que disfrutas estando solo. Eso queda para los excéntricos, para los que entran en tu habitación, y la colonizan con su entusiasmo o para los que expulsan el silencio a carcajadas. En la quietud sin voces hallé mi morada, / donde el alma susurra lo que el ruido callaba. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LA INSPIRACIÓN

Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir. (A la sombra del verbo) (2025)

EL BRONCEADOR SIN SOL

Yo soy de piel blanca y un poquito rosada. Siempre tuve corrosiva envidia (no creo en la sana) de las personas que se ponen morenas en pocos días y que no tienen que recorrer ese tramo de quemaduras y toda su parentela de ampollas. Quizá por eso mismo rechace de una manera involuntaria el sol. Además, la fotofobia y la proliferación de lunares ―melanoma incluido― han logrado que en la actualidad el dermatólogo me prohíba el sol. También es cierto que soy una persona bien entrada en años como para solicitar ahora de modo gratuito la morenez del sol. Pero menos que a los veinte años se quiera quedar bien cuando llega el verano y uno piensa que lo de estar moreno «es la de dios».

Cuando yo era veinteañero se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de semana y no podía defraudar a Rosa, la chica con la que había quedado.

―José María, no creo en los milagros, y tu deseo tiene más de eso que de posibilidad real, me decía mi alter ego.

―Ya lo sé, pero alguna solución habrá…

Y sin encomendarme ni a Dios ni al diablo fui a consultar a una desconocida farmacia «mi problema». El auxiliar, que captó enseguida mi obsesión, me dijo:

―Yo tengo su solución: el bronceador sin sol. Es la novedad de esta primavera. No necesita quemar su piel. Con el bronceador sin sol, visto y no visto. ¡Y a lucirse!

―¿Está usted seguro?

―Segurísimo. Siga las instrucciones del prospecto al pie de la letra y en una noche tendrá un color que causará la envidia de sus amigos.

Y sin pensar que Dios es bueno, pero el diablo no es malo, lo compré y «marché para casa» lleno de una alegría casi voluptuosa.

―Hasta mañana, mamá y papá. «Marcho para cama». Tengo que repasar el examen de mañana. Me fui a todo trapo.

―Adiós, hijo. Hasta mañana. Parece que está contento con lo que está estudiando, sentenció mi padre.

Primer paso: el baño.

Cogí el prospecto y le eché un vistazo.

―Todo eso ya lo sé. Verborrea médica. Ya lo sé. José María, venga.  Lavarme la boca y el milagro. Quiero hacerlo lo antes posible.

Desenrosqué el tapón del bronceador sin sol, esa mágica solución farmacéutica a mi blancura. Me di una primera capa. Consistente y muy bien extendida. Examiné mi piel en el espejo como si fuera un gemólogo estudiando un brillante. Pero como no vi los resultados inmediatos que me había prometido el auxiliar, me di cuatro capas más. Ahora, seguro. Nada de lavarme las manos. Mis padres no pueden sospechar que tanto tiempo en el baño esconda algo. Me fui a la cama directamente nervioso y algo ilusionado.

Cuando me erguí de la cama al día siguiente, yo había olvidado enteramente la terapia nocturna del bronceador sin sol. Fue mi hermana la que soltó un chillido, como si se hubiera encontrado con el mismo hombre de los infiernos.

―Pero… ¿Qué has hecho? Parece que has dormido en una chocolatera. Estás negro como el carbón. ¿Qué has hecho, insensato?

Fui a toda velocidad a verme en el espejo del baño. Cuando me vi, ¡coooñó!, se me cayó el cielo en la cabeza. Empecé a balbucear como cuando quise invitar a Maite al cine y no me salían las palabras.

―¡Tengo examen final de literatura del siglo XVI!

Por el alarido de mi hermana, mis padres se levantaron a toda velocidad y se acercaron a la cocina a ver qué ocurría.

Cuando me vieron, no fueron capaces de cerrar la boca durante un larguísimo minuto. No sabían qué decirme. Sólo mi madre:

―Hijo, por Dios, ¡qué disgusto! Otro invento tuyo. (Inciso: un año antes de este experimento, escribí a una empresa que se anunciaba en el ABC con un «producto milagro» para que brotara la barba espontáneamente. Estuve un mes completo dándome una carísima loción viscosa y de tono azul. Nada de barba. Nada. Lo único que conseguí, hablemos claramente, es que me saliera «un terrible eccema en forma de barba». Fue mi primera visita al dermatólogo de un sinfín de ellas.)

Tuve que contar detalladamente a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la cocina y sentenció:

―Todos a la ducha, menos vuestra madre. Vosotros, a la facultad; yo, a trabajar.

―Yo…¿también?, improvisé.

―El primero.

―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy preparado para el examen.

Mi hermana se fue a su habitación partida de risa.

―Si me hubieras consultado a mí, Jose. Ahora, a apechugar con tus compañeros.

Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espejo y eran repugnantes los chorretones de color chocolate que tenía en las manos, los brazos, la cara, las orejas, el cuello… Me duché, pero no despareció ni un ápice de negritud.

Cogí el autobús y soporté con cierta dignidad las miradas burlonas. Hoy, julio del 25, hubiera sufrido con tremenda vergüenza un sinfín de fotos con los móviles. ¿E Instagram? Se me está deslizando un hilo de sudor por la espalda.

En la facultad no saludé a nadie y me dirigí alicaído al aula donde teníamos el examen. Todas las bancadas ocupadas menos la primera fila. Allí me senté. Encorsetado. Bolígrafo en la mano izquierda y en espera del catedrático. Sin mirar a nadie, pero todos mirándome.

El profesor entró con diligencia y dejó sobre la mesa los cuadernillos con las preguntas. Éramos  200 alumnos. Lógico que don Antonio se fijara en mí. Se me acercó y con una mirada de inspector de hacienda me examinó de arriba a abajo. Se giró como un legionario portador del Cristo de la buena muerte y soltó una interminable cascada de carcajadas, que se escucharon en toda la facultad. El paseíllo de todos los compañeros de curso, para escrutarme, por la primera fila con cualquier disculpa fue incesante. El murmullo, desmedido. Don Antonio sufrió y sudó sangre coagulada para que se hiciera el silencio Colocado a dos metros, se dirigió a mí como si estuviera cantando un tema de notarías:

―Mire, Máiz Togores, como le gusta que lo llame, usted es el abejón de este examen, pero claro, por mucho que estén las ventanas abiertas, querido amigo, usted no se va. Mire, no soporto más este ambiente de carnaval. Usted no va a hacer el examen ahora, lo hará mañana y oral en mi despacho, con todos sus derechos inviolados. Así podrán concentrarse sus compañeros. No quiero que haya un posible recurso por el inapropiado ambiente generado por usted.

Se sentó y esperó a que yo me fuera. Después de recoger mis apuntes, cabizbajo y meditabundo lo hice lo más rápido posible.

La puerta ya cerrada, en el pasillo, me puse a reordenar los apuntes que había recogido arbitrariamente.

De pronto tronó la voz de don Antonio:

―A ver, señores, una última carcajada y a escribir dos horas seguidas. La risotada sonó en toda la facultad durante un minuto y súbitamente se hizo un silencio absoluto. Empezó el examen que no me dejaron hacer. (A la sombra del verbo) (2025)

 

LA GRAN CIUDAD

No quiero vivir en una gran ciudad. Lo digo ahora, mientras respiro, porque siento que cada paso que doy entre sus edificios es una lucha contra un monstruo que pretende domesticarme. Camino, pero no me reconozco en esas calles que nunca me pertenecen, en esos rostros que se cruzan sin mirarse, en esos relojes que marcan una carrera que no es la mía.

Estoy aquí, y veo cómo las torres de cristal se alzan con soberbia, como si quisieran aplastar la memoria de la tierra que antes daba fruto. Sé que bajo el cemento late una naturaleza expulsada, y no puedo aceptar esa violencia disfrazada de progreso. No quiero un futuro hecho de humo y luces que me impiden ver las estrellas, porque las estrellas son la verdad que me guía.

Respiro, y el aire que entra en mis pulmones está lleno de ruido y contaminación. Me rebelo contra ello, aunque sé que mi cuerpo reclama pureza, reclama viento limpio y silencio verdadero. No acepto que me condenen a vivir entre sirenas que me despiertan, motores que me persiguen, voces que se cruzan sin escucharse. Yo quiero un espacio donde el silencio sea posible, donde la calma no sea un lujo sino un derecho.

Miro alrededor y descubro que en la ciudad todo se compra y todo se vende. Cada gesto se convierte en transacción, cada instante se mide en monedas invisibles. Me niego a aceptar que la vida sea un mercado donde la dignidad se cambie por velocidad, donde la calma se sacrifique en nombre de una productividad que nunca me pertenece.

Me reconozco en la justicia de lo sencillo, en la tierra que se abre para dar fruto sin pedir nada, en la conversación que no se mide en minutos, en el horizonte que se extiende sin interrupción de torres arrogantes. Sé que ahí está la verdad que defiendo, porque soy humano antes que ciudadano, y no quiero olvidar esa condición primera.

Ahora, mientras pienso y escribo, me reafirmo: no quiero vivir en una gran ciudad. Mi rebeldía se alimenta de espacios abiertos, de ritmos que no obedecen a relojes, de silencios que me devuelven la justicia de existir sin cadenas. Mi vida se expande cuando me alejo de ese monstruo de cemento que pretende domesticarme. Yo elijo la dignidad de lo libre, elijo el horizonte que no se deja encerrar, elijo la verdad que se respira en el viento limpio. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

JUBILACIÓN DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (O EL ARTE DE RETIRARME A MIS APOSENTOS CON ESTILO) (30/6/2025)

Hoy queremos recordar a quien fue mucho más que un profesor: fue guía, fue ejemplo, fue una presencia serena y firme en los pasillos de la enseñanza media. Decían de él que era buena persona, y quienes lo conocían sabían que no era solo una fórmula amable, sino una verdad profunda. Buena persona, sí: porque escuchaba, porque respetaba, porque nunca perdió la paciencia ni la humanidad, ni siquiera en los días difíciles.
Decían también que era buen profesor. Y eso, en su caso, significaba mucho más que saber explicar sintagmas o comentar poemas. Significaba despertar curiosidades, abrir puertas, hacer que los libros hablaran y que la lengua se volviera hogar. Tenía el don de hacer pensar, de hacer sentir, de lograr que cada alumno se sintiera capaz de escribir su propia historia.
No buscaba protagonismo, ni medallas, ni reconocimientos. Pero hoy, en este momento, queremos darle lo que merece: un recuerdo agradecido, una palabra que perdure, un silencio que lo abrace. Porque fue maestro, y porque fue humano. Y eso, en el fondo, es lo más alto que se puede ser. (Palabras de un exalumno de hace tiempo)

Te adjunto el vídeo con imágenes que proyectaron el otro día (30-6-2025) en el colegio Jesús-María de la calle Juan Bravo 13, cuando celebramos mi jubilación después de 37 años en la enseñanza. La música fue elegida por mí y no podía ser otra canción que Pero a tu lado de Enrique Urquijo y Los Secretos. El autor del montaje es Pedro de Goyeneche. Muchísimas gracias por seguirme. No me cansaré de repetirlo.

Aunque comienza una nueva etapa en mi vida, ya extraño las miradas curiosas de mis alumnos, las conversaciones compartidas con mis compañeros y la calidez del día a día en el colegio. Me llevo recuerdos imborrables y un profundo cariño de cada uno de vosotros.

Como me dijo un alumno: se jubila, profe, no… Con usted se va la última esperanza de que yo entienda las oraciones subordinadas. Ja.

Me jubilo, sí… pero no me despido del todo. Ya echo de menos a mis alumnos (incluso a los que no paraban de hablar) y a mis compañeros (especialmente en el café de primera hora, en el del recreo y las confidencias de los pasillos). ¡¡¡No sé cómo voy a sobrevivir sin reuniones interminables, fotocopias de última hora y evaluaciones llenas de bombones, churros y bollos ¡Los voy a extrañar más de lo que os imagináis!

Hace ya unos días, a eso de las doce de la noche, disfrutaba tomando una copa en una de las múltiples terrazas que hay en la calle Juan Bravo. En mis manos, un libro sobre la reconstrucción personal; en la mente, un recuerdo muy cercano en el tiempo: mi jubilación. Soy hombre que no sabe elegir caminos rectilíneos, no. Suelo escoger caminos tortuosos y llenos de obstáculos que me sumergen en una ciénaga de arrepentimientos que dañan mis francas decisiones. Arrepentirse es parte de nuestro crecimiento, incluso a mi edad, pero no debe invalidar nunca lo que decidimos con plena convicción. Cada elección nos forma, incluso si me convirtiese en la decimoctava víctima del caníbal de Milwaukee, asesino conocido por la crueldad de sus homicidios. ¡Vaya digresión te has marcado, José María!

Ofuscado en la lectura de un párrafo que no entendía, no me di cuenta de que estaban delante de mí los padres de una antigua alumna del colegio. Pidieron permiso para sentarse. Dado de sumo agrado, mantuvimos una gratísima conversación sobre la decisión de jubilarse a la edad correspondiente o de proseguir, en mi caso, con la condición de profesor en activo. Me pidieron que siguiera, pero me reafirmé en la decisión tomada.

Suscritos a mi blog, me pidieron que volviera a colgar el texto que escribí para comunicar mi determinación porque no lo encontraban. Sabemos de tu condición de bloguicida, pero la aceptamos con suma estima y cordialidad, me dijeron cuando se despidieron.  Allí entenderéis la opción tomada por mí. Y en ello estoy.

Después de 37 años de dedicación a la enseñanza, llega un momento en el que el cuerpo y la mente necesitan un descanso. Lejos queda aquel 15 de agosto de 1958 cuando, en un día lluvioso, llegué a este mundo en mi querida Santiago de Compostela. Este final del camino educativo, donde cada paso deja una cicatriz y una enseñanza, lo alcanzo pleno de satisfacción y con el gozo de la labor realizada. Optar por la jubilación, sabiendo que con la legislación actual podría seguir, es una decisión tomada por diferentes razones, pero muy meditada. Soy un hombre de impulsos, pero en esta ocasión lo he meditado con muchísima tranquilidad. ¿Me estoy equivocando? Como dice Fito en una canción: me equivocaría otra vez.

No consigo localizar el origen concreto del cansancio mental que he experimentado este curso, con creces el más difícil para mí. Dar clase este curso ha sido como remar contra corriente en un mar de altas expectativas, donde cada evaluación ha sido una tormenta y cada alumno, una posible vía de agua en el barco que tiene un mismo destino para todos los alumnos: alcanzar la mejor nota posible en junio. El esfuerzo constante que me autoimpongo para atender las necesidades emocionales ―son adolescentes desbocados, al fin y al cabo―, académicas ―pelea constante por obtener las mejores notas siempre― de los estudiantes, las recidivantes correcciones y la carga administrativa ―de la que hablaré otro día― han socavado mi autoestima y alterado seriamente mi equilibrio emocional. Este agotamiento, muchas veces invisible, me demanda espacios de cuidado y atención personales. Como bien me dice mi alter ego: has caído, José María, en un abotargamiento inquietante.

Otra razón por la que he decidido mi jubilación este curso es que mi hermana me necesita. No es dramatismo. Es realidad. Mayor que yo, vivimos juntos porque hemos logrado, con el esfuerzo de los dos, una gran estabilidad fraternal. La vida ha sido muy cruel con ella y las situaciones personales que ha sufrido, en muchas ocasiones sin previo aviso y de una dureza bárbara, requieren que esté más presente, ya sea para cuidar de ella o simplemente para acompañarla. Las alternativas, altamente onerosas para los dos, eran inasumibles en el tiempo. Siento que ahora es el momento de estar con ella.

Y la tercera razón, la lectura y la escritura. Preciso volver a leer con la calma y la libertad que un hombre de casi 67 años precisa. El 15 de agosto caen 67 cual saco de promesas a la espalda y los quiero cumplir libre de condicionamientos educativos. Tengo un blog, en el que voy colgando textos de todo tipo: anécdotas, narraciones, pensamientos, textos surrealistas, capítulos de Hatroz…

Este blog es http://www.recuncar.com. Creías que te ibas a librar: ¡¡¡suscribe a tu gente, venga, anímate!!! Hay otro que está «en pañales». Me quiero dedicar a él para seguir colgando textos y evitar, el viento no se puede atrapar, y una aguja hecha de humo es intangible, la pérdida de textos y de lectores. Defender mis blogs es defender mi derecho a ser escuchado en un mundo saturado de ruido. Mantener dos blogs es un acto de constancia, creatividad y evolución. Luchar por ellos es también luchar por mi desarrollo personal, ya que cada entrada me enseña algo nuevo, sobre mí y sobre los demás. Estoy convencido de que si me leyera el que no me conoce se suscribiría.

―Ya está bien de hablar de ti, José María. No sabes generalizar y necesitas siempre ser el perejil de todas las salsas.

Mi alter ego me tiene la paciencia agotada.

―Pues te vas a fastidiar porque voy a seguir. Hoy, con más razón que nunca, es obligatorio reflexionar sobres las razones que me llevan a tomar una decisión tan importante en mi vida laboral.

El viernes 12 de junio celebramos la finalización del curso de 1º de bto. Reunidos en el salón rojo del colegio la dirección pedagógica, los tutores, algunos profesores y todos los alumnos de este curso, compartimos un acto muy entrañable, en el cual entregamos los premios a unos pocos, siendo todos merecedores de ellos. Comenzó el acto con unas palabras muy afectuosas de la directora pedagógica dirigidas a los alumnos. La ceremonia fluía tranquila cuando Rían mencionó mi retirada después de una larga trayectoria en el colegio y, con la naturalidad del afecto que guardaban en su interior, todos los presentes prorrumpieron en un cálido y prolongado aplauso que me puso el vello de punta. 

Quiero tomarme este momento para agradecer, desde lo más profundo de mi corazón, el aplauso tan generoso y emotivo que me brindasteis. No sabéis cuánto significó para mí ese gesto. Fue mucho más que un simple aplauso, fue un abrazo colectivo, una despedida sincera, una muestra de aprecio que guardaré siempre conmigo.

Despedirse nunca es fácil, sobre todo cuando uno se marcha de un lugar donde ha vivido tanto, ha aprendido tanto y ha compartido tanto. Vuestro aplauso me recordó el porqué elegí esta profesión: por la posibilidad de acompañar a personas como vosotros en un tramo de su camino, de contribuir ―aunque sea un poco― a vuestro crecimiento y a vuestra forma de mirar el mundo. Y me acordé de García Márquez cuando dijo: «no llores porque terminó, sonríe porque sucedió».

Cada clase, cada conversación en los pasillos, cada sonrisa en un lugar inesperado del colegio, incluso cada reto ―la maldita sintaxis―, ha sido parte de una experiencia que me ha enriquecido profundamente. Vosotros no solo habéis sido alumnos, habéis sido también maestros, porque me habéis enseñado a ser mejor profesor, a ser más paciente, más creativo, más humano y menos gruñón.

Me voy con la tranquilidad de haber dado lo mejor de mí, pero también con la emoción de llevarme tanto afecto. Ese aplauso fue un regalo inmenso que me acompañará allá donde vaya y que permanecerá grabado en mi memoria como uno de los momentos más hermosos de mi vida profesional.

Gracias por vuestra generosidad, por vuestra energía, por vuestra confianza. Y, sobre todo, gracias por permitirme formar parte de vuestra historia. Yo soy un pequeñísimo engranaje en vuestra educación, porque vosotros realizaréis con ilusión, curiosidad, compañerismo, esfuerzo y compromiso un segundo de bachillerato que cerrará, estoy seguro de que con éxito pleno, vuestra etapa educativa en el colegio. Creed en vosotros, apoyad a los demás, y no dejéis nunca de aprender.

Escuchad estas cuatro canciones que seguro, o quizá, las conocéis:

1.- Melocos.- Cuando me vaya. Con Natalia Jiménez. Del año 2007. Puso los pelos de punto a la promoción que salió ese año del colegio cuando la escucharon en la despedida.

https://www.youtube.com/watch?v=TjK8m4XhcOs&list=LL&index=40

2.- Miley Cyrus.- I’ll always remember you. La canción destaca la importancia de recordar los buenos momentos y las amistades que se han formado a lo largo del camino, a pesar de los cambios y las despedidas. La promoción de 2011, creo, la disfrutó en el acto de despedida del colegio.

https://www.youtube.com/watch?v=f-Vqn4TGngI&list=LL&index=203

3.- Los Secretos.- Pero a tu lado. De 1995. Canción emblemática para mí desde que la oí por primera vez en ese año. Quiero que os quedéis todos con el espíritu de la letra. Proyectada en mi despedida del colegio en junio del 2025.

https://www.youtube.com/watch?v=K5PoEObhv_Y&list=RDK5PoEObhv_Y&start_radio=1

4.- Carlos Núñez y The Chieftains.- Alborada de Veiga y Muiñeira de Chantada. Versión del año 2004, cuando publicó un disco de colaboraciones. Son dos canciones simbólicas para los gallegos. Especialmente la segunda. Hay que destacar el ritmo que impone en estas versiones.

https://www.youtube.com/watch?v=uJ1ynTMUj0c&list=LL&index=356

Y termino con unas palabras que no son mías, pero que las hago como tal: A veces no nos damos cuenta del valor de un momento hasta que se convierte en recuerdo. Mis correos personales son: maiztogores@gmail.com y jmmaiz@telefonica.net.

Por si quieres, ver el vídeo que me hicieron en el colegio, lo tienes a continuación:

INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grieta que no se ve, una fisura silenciosa que impide que el amor se instale. No es desdén, ni miedo, ni olvido. Es otra cosa. Algo más hondo. Como si la ternura se me hubiera quedado a medio camino, como si el deseo supiera llegar, pero no quedarse.

He mirado a mujeres con admiración, con respeto, con deseo incluso. He sentido el temblor de la piel ajena rozando la mía, el vértigo de una mirada que se posa donde duele. Pero nunca he sabido amar. No como ellas merecen. No como yo quisiera.

Me falta algo. O me sobra. Tal vez es esta soledad que se ha vuelto costumbre, este silencio que me acompaña como un animal fiel. Tal vez es el miedo a romper lo que no sé cuidar, a herir con gestos torpes, a prometer lo que no sé cumplir.

He escrito versos que parecen amor, pero son espejos. He acariciado cuerpos que parecen ternura, pero son distancia. Y cada vez que una mujer se acerca, siento que algo en mí se repliega, se esconde, se protege. No por ella. Por mí. Porque no sé abrirme sin desbordarme.

No es que no quiera amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fuera un idioma que nunca aprendí del todo, una música que escucho, pero no sé interpretar. Y mientras tanto, ellas pasan, se quedan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos llenas de palabras y el corazón lleno de sombras.

Quizás algún día aprenda. Quizás no. Pero mientras tanto, escribo. Porque si no puedo amar con el cuerpo, al menos que el alma diga lo que calla. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

TORREIRA

Son las tres de la mañana y ya no puedo más. Llevo despierto una hora. Me levanto, camino por mi habitación insomne y creyendo que tengo una ducha abierta en la espalda. Miro el termómetro que tengo en el pretil de la ventana y me escupe treinta y dos grados, que crean en mi «celda» un ambiente opresivo y angustioso. El colchón, cual parrilla lorenzana, metafóricamente echa humo y mi cuerpo ya no aguanta más esta sauna de hornear. ¡Qué irrespirable ambiente, Dios santo! Me vuelvo a tumbar, pero imposible. No puedo más. Me yergo de nuevo, me visto y me marcho silencioso a la calle. Busco la solidaridad de los que no pueden dormir de noche. No hay nadie. Hay momentos en los que el paisaje nocturno se muestra lujuriante y placentero, como si el deseo carnal habitara dentro de nosotros de una manera concupiscente. Pero ahora no, ahora yo soy un lascivo del sudor que humedece mi cuerpo y me convierte en un ser antivoluptuoso. La humedad del cuerpo choca con la sequedad del ambiente y esa tórrida pelea desde hace varios días me deja el cuerpo para muy pocas andanzas. El vacío de la calle me invita a desnudarme, pero me falta la osadía y el aliento suficientes para deshacerme de mis prendas. Una plúmbea vacuidad vuela desnuda en esta madrugada a mi alrededor y no quiere dejarme respirar. Me descalzo. El asfalto y la acera destilan fuego y queman. Las pisadas son blandas, como si estuviera caminando por un alquitrán recién volcado y formatea mi pie cual plantilla hecha a medida. No sabe uno donde sentarse. ¡Brillante idea la de los bancos de hierro! El que pruebo me pega una severa y cálida patada en el culo. Hasta la luz de las farolas jeringa como un puñetazo de fuego. Dejemos correr el tiempo. Me siento en el suelo y me descalzo. Sólo queda eso: dejar que el tiempo discurra y que nadie me agobie con una boca pegajosa y maloliente. No pasan coches. Pensar en los viajes a Galicia de los años 60 me revuelca en otra parrilla mental y fatiga aún más mi vivir. Sigo sentado en la acera, ¡fuego en las nalgas! Al cabo de unos minutos, me yergo de prisa, como si las llamas del infierno dantesco tostaran mis posaderas. La tórrida noche sigue cayendo sobre mí. Noto la boca seca como si tuviera una ración de cecina enharinada en mi boca. Son las cuatro de la mañana y todo sigue igual. Me pregunta una amiga por el tiempo de Madrid y yo le escribo esta carta. No quiero fastidiar a mi querida amiga cuando lea este pequeño texto. Para finalizar le hago un resumen de mi último sueño a los pies del hospital de la Princesa: una hermosa sirena me ofrece una vez y otra un conocido refresco helado. Ahora bien… yo no tengo boca por donde beberlo… ni mano con que cogerlo… ¡Ay, si Freud levantara la cabeza! (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GTB

Los gozos y las sombras no es solo una novela sobre Galicia; es una novela sobre una forma de estar en el mundo. Y eso, para mí, es lo que la hace tan poderosa. Gonzalo Torrente Ballester no escribió únicamente la historia de un pueblo gallego en vísperas de la Guerra Civil: escribió una radiografía moral de España. Pero lo hizo desde Galicia, y eso importa. Porque en esta obra Galicia no es un decorado: es un personaje más, quizá el más complejo de todos. Gonzalo Torrente Ballester Los gozos y las sombras

La Galicia de Los gozos y las sombras no es la Galicia turística de la postal ni la Galicia romántica de la niebla y la gaita. Es una Galicia dura, húmeda, jerárquica, silenciosa. Una Galicia donde el mar da de comer, pero también condena; donde las casas grandes pesan más que las iglesias; donde la sangre, el apellido y el rumor importan tanto como el dinero. Pueblanueva del Conde —ese lugar inventado y, sin embargo, tan real— representa una Galicia atrapada entre dos tiempos: el mundo viejo de los señoritos y el mundo nuevo del dinero industrial. Y ahí está, precisamente, una de las grandes intuiciones de Torrente Ballester: entender que la modernidad no siempre trae justicia; a veces solo cambia de amo.

A mí me parece que esa es la verdadera tragedia de la novela: no asistimos al fin del poder, sino a su metamorfosis. El viejo cacique, con escudo nobiliario y maneras de señor, se extingue; pero enseguida aparece otro, más moderno, más eficaz y quizá más peligroso: el cacique que ya no manda por linaje, sino por dinero.

Y ahí entran los personajes, que son extraordinarios porque ninguno es solo una idea: todos son contradicción.

Carlos Deza, por ejemplo, me parece uno de los personajes más interesantes de la novela española del siglo XX. No es un héroe clásico ni un reformador limpio. Es un hombre culto, escéptico, moderno, formado fuera, con una inteligencia que lo separa de todos y una desgana que lo inutiliza casi para todo. Carlos ve con claridad, pero actuar le cuesta. Y eso lo vuelve profundamente moderno: no es el hombre de acción, sino el hombre de conciencia. Entiende el mundo, pero no logra salvarlo. Representa el librepensamiento, sí, pero un librepensamiento cansado, lúcido y melancólico. No cree en Dios, no cree en las verdades heredadas, no cree del todo en las estructuras del poder… pero tampoco cree demasiado en la capacidad del ser humano para cambiarlas. Y esa ambigüedad lo hace fascinante.

Carlos no es un revolucionario: es algo más incómodo. Es un hombre libre. Y en un mundo como Pueblanueva, pensar libremente ya es una forma de escándalo.

Frente a él está Cayetano Salgado, que me parece uno de los personajes más actuales de toda la novela. Cayetano no tiene abolengo, pero tiene dinero. No tiene refinamiento, pero tiene poder. No representa el viejo orden: representa el nuevo capitalismo brutal, sin épica y sin escrúpulos. Es el cacique moderno, el hombre que no necesita apellido ilustre porque le basta con controlar el trabajo, la economía y el miedo. Cayetano es la prueba de que el caciquismo no desaparece con el progreso; simplemente se actualiza.

Y esto, leído hoy, resulta casi incómodo por su vigencia. Porque Torrente Ballester entendió algo esencial: el caciquismo no es solo una forma política; es una cultura. Es una manera de organizar el poder desde la dependencia, el favor, el miedo y la deuda. El cacique no manda solo porque pueda castigar; manda porque ha conseguido que todos necesiten algo de él.

Por eso Los gozos y las sombras no habla solo del caciquismo rural gallego. Habla de una enfermedad española mucho más amplia: la costumbre de obedecer al que reparte, de callar ante el que protege, de inclinarse ante el que concede.

Y luego está doña Mariana, que probablemente sea el personaje más impresionante de todos. Ella encarna el viejo mundo con una dignidad feroz. No es buena, no es justa, no es amable; pero tiene una grandeza casi trágica. Es el poder antiguo consciente de su decadencia. Sabe que su mundo se acaba, y quizá por eso impone tanto. Hay en ella algo admirable y algo terrible. Como en los grandes personajes de verdad.

Y Clara… Clara me parece el personaje más doloroso de la novela. Porque en una obra atravesada por el poder, Clara representa el cuerpo sobre el que ese poder se escribe. Es deseo, es disputa, es libertad amenazada. En ella se cruzan el deseo masculino, la violencia social y la fragilidad de quien intenta vivir con un mínimo de dignidad en un mundo hecho por otros.

Lo más brillante de Torrente Ballester, en mi opinión, es que no convierte la novela en tesis. No pontifica. No sermonea. No reparte santos y villanos. Lo que hace es algo mucho más difícil: mostrar cómo funciona una sociedad. Mostrar sus engranajes. Mostrar cómo el poder circula, cómo se hereda, cómo se transforma, cómo seduce.

Y quizá por eso Los gozos y las sombras sigue siendo una novela tan viva. Porque habla de una Galicia concreta, sí, pero también de algo más profundo y más incómodo: de la persistencia del poder, de la dificultad de la libertad y de esa sospecha —tan española, tan amarga— de que a veces cambian los nombres, cambian los trajes, cambian los discursos… pero el amo sigue ahí. (Del libro A la sombra del verbo en el blog poetario.com) (1994-2026)

LA ESCALERA

Ayer acompañé a un amigo que había venido de Galicia a comprar unas camisas en unos grandes almacenes. Era la disculpa apropiada para darse una vuelta por Madrid. Y eso que, siempre que viene, a los diez minutos, está echando pestes de las prisas que tenemos los que vivimos en Madrid.

—Apresúrate, hombre, apresúrate, que así te equivocarás antes. Te lo digo a ti, sí, a ti. La prisa te queda muy bien, hace que veamos aún más claro que eres un incompetente con estilo.

Accedemos a los grandes almacenes. Se queda cinco minutos mirando el directorio de lo que hay en cada planta.

—Es la segunda, Manuel, que yo lo conozco muy bien.

—Por si acaso vamos a comprobarlo.

Y otro tanto leyendo planta por planta. Se forma un pequeño tapón porque siempre tiene la virtud de colocarse en el lugar que más obstruye el paso, ya sea un restaurante, el metro o la plaza de abastos. Le dan un pequeño empellón que le encorajina y sufre en silencio un arrebato de ira.

—Y a sabes que yo las escaleras eléctricas nada de nada y los ascensores menos aún.

En la escalera de piernas, así las llama él, su marcha es lenta y muy tranquila. Además, cada vez que quiere decir algo se para hablar. Como se cansa muchísimo con sólo cinco escalones, sube dando bandazos de barandilla a barandilla. Yo lo conozco y sé cómo acompañarlo en este vía crucis que supone subir dos plantas. Veo que detrás de nosotros viene un hombre que aparenta mucha prisa (¡Cómo no en Madrid!).

Mi amigo, en medio de la escalera, contándome el problema de la regulación de los semáforos en la aldea, se niega a llamarlo pueblo, no entendía nada.

—Vamos a ver, por favor, sube o baja. ¿Qué narices quiere hacer?, le dice el preseiro (así se llama irónicamente en Galicia al que tiene siempre prisa).

Mi amigo, sin perder las formas le contesta muy bajito y moi quietiño, como un don Tancredo en una plaza de toros:

—Depende. Me voy a explicar porque yo lo tengo muy claro. Pausa de tocanarices. Si subo es que subo, y si bajo es que bajo.

POÉTICA DE PIEL Y VERSO

En los latidos de mis versos defiendo mis creencias, confieso la fe de los míos, respiro el aroma de nuestra tierra y construyo con ellos una trinchera llena de astros y estrellas. Cada palabra es un fuego que arde sin permiso, una raíz que se hunde en lo más hondo de mi memoria.

En los latidos de mis versos siento tu pulso, libre de miedos y cadenas, sepultando mis cipreses en un tiempo de camelias blancas. Y trazo, con el golpe suave de mi muñeca, en una orilla siempre viva, el perfil de una letra desnuda que junto a ti comienza a tener vida.

Tu piel es territorio de luz y sombra, mapa secreto donde cada sílaba se posa como un suspiro. Escribo sobre ti como quien acaricia, como quien descubre en cada poro una palabra nueva. Tus hombros son estrofas que se abren al tacto, tus muslos, versos que se deslizan entre la bruma de mi deseo.

Cuando mi mano roza tu espalda, el poema se estremece. Cuando mi boca nombra tu cuello, la tinta se vuelve carne. Y en el temblor de tus pechos, encuentro la rima perfecta, esa que no se escribe, pero se siente.

No hay métrica que encierre tu cuerpo, ni estrofa que contenga tu aliento. Eres poema sin forma, sin límite, sin final. Eres la letra que se desnuda en mi mirada, la palabra que se humedece en mi lengua, el verso que se arquea cuando la noche nos cubre.

Y yo, poeta de tu piel, sigo escribiendo. Porque en cada latido, en cada roce, en cada silencio compartido, sé que la poesía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuerpo. En tu voz. En el temblor sagrado de tu presencia. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

OBITUARIO

Hace cosa de pocas semanas recibí un correo electrónico con un encargo claro y diáfano: escribir, para una revista de difusión cultural, el obituario de José María Máiz Togores. Y yo, que sólo entiendo de enseñanza, libros y poco más, llevo desde entonces sin apenas dormir, pues tal circunstancia, creo, supera mis posibilidades. Sé que José María era un buen hombre. Pero de ahí a escribir un obituario va un abismo. Ante tal turbadora situación me puse inmediatamente a buscar información para poder solventar dicho compromiso. Así es como encontré en internet una serie de cartas escritas a una mujer de nombre desconocido por el fallecido.

Pero mantengamos un riguroso orden y dejemos eso para luego. Ahora toca su faceta laboral. José María también tenía como profesión la enseñanza. Era un vocacional profesor de Lengua y Literatura españolas y Literatura universal en un centro de Madrid. Llevaba muchos años en él y se había labrado cierto prestigio que no había variado en absoluto su carácter bonachón y afable, aunque algo cascarrabias.

Era un hombre tímido, reservado y ciertamente apacible. Un tanto asustadizo ante la enfermedad, como todos los hombres, diría una buena amiga. De apariencia serena y tranquila, por dentro era un auténtico ciclón. Algunos de sus «enemigos», que los tenía, decían de él que era pusilánime, blandengue y timorato. No supo resolver muchos de los problemas que se le fueron planteando a lo largo de su vida. Eso decían sus difamadores post mortem. Los dejaba estar, para que por sí solos desaparecieran. Hecho este que lo convirtió en más de una ocasión en el blanco de las críticas de sus «queridos compañeros». Otros, los buenos amigos, esos que se mantienen fieles en cualquier trance de la vida de uno, me contaron detenidamente las incontables cualidades que manifestó en vida. La principal, coincidieron la mayoría, junto a una proverbial educación, era que sabía escuchar, que tenía un temple para atender las penurias ajenas sin mostrar impaciencia o hartazgo. Era poco tal condición.

Además, siempre tenía una buena palabra para un mal momento. Solo con verlo por los pasillos del colegio era como un bálsamo del espíritu. Sí, el de fierabrás, apostilló un acerado compañero que estaba bastante harto de tanto opulento elogio. Era frío y glacial en algunas ocasiones. En una ocasión, a una compañera, donde todo el mundo esperaba unas palabras de afecto y cariño solo manifestó un gesto aséptico y de muy aterida cordialidad. Eso es falso, y el autor de dichas palabras lo sabe muy bien. Él lo único que hizo fue esperar a estar a solas para poder expresar en la intimidad todo ese caudal de simpatía y estima que sentía por esa persona. Creo que si entramos en un tira y afloja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que suficiente.

Toca cambio de tercio. Según muchas voces, lo que más llamó la atención en vida fue su nula disposición a hablar de su vida privada. Por eso me sorprendí tanto al descubrir unas cartas tan personales. He estado noches y noches leyendo las diferentes entradas que hacen referencia a sus vivencias amorosas y no he dejado de asombrarme con la proliferación de detalles tan íntimos. He llegado a pensar en un desdoblamiento de personalidad, en la recreación de un personaje por parte de él para de ese modo volcar todas las intimidades que le atormentaban. Es lo que más me importa en estos momentos. Es lo que quiero aclarar por encima de todo.

No sabes, amigo lector, lo que he buscado a esa desconocida amiga que tanto le hizo gozar y sufrir en vida. He llegado a poner innumerables anuncios en las principales cabeceras de este país para ver si, al leer el periódico, esta mujer decidía hacerse visible. Esfuerzo vano… ¡Pues vaya obituario entonces! Sí, tienes razón… Es un resumen biográfico inconcluso. Déjame terminar. Esfuerzo vano… hasta hace tres días exactamente.

El miércoles a eso de las diez de la noche recibí una sms que me alteró de tal manera que me fue imposible conciliar el sueño. «Soy la mujer que estás buscando. Cuando quieras tomamos un café y hablamos». En un desconfiado intercambio de mensajes, pues yo estaba temeroso de que saliera huyendo con un despiadado mutis por el foro, conseguimos acordar una entrevista en un viejo café de Bilbao. Cuando llegué a él, precipitado y ansioso, ella aún no estaba. Me senté a una mesa que me pareció adecuada por estar un poco apartada del resto. Pedí una consumición y un camarero con cierto aire de inspector trasnochado me la sirvió tras preguntarme si iba a estar solo. No entendí ese interés, pero le contesté desganado que estaba esperando a una persona. Pues tendrá que esperarla bastante tiempo, me respondió después de mirar su reloj. La mujer que se sienta a esta mesa no llega hasta las ocho de la tarde. Atónito y estupefacto me dispuse a leer el libro que me acababa de comprar. Incomprensiblemente estaba haciendo caso a la sugerencia del camarero. Ya imbuido en la lectura del poemario adquirido, no presté la más mínima atención a mi entorno hasta que una voz femenina sonó a mi lado.

―Hola, buenas tardes, perdona el retraso, pero es que un encargo de última hora no me ha permitido salir antes del trabajo.

Se acercó a mí, me dio dos besos y un sensual perfume invadió todo mi espacio. Inmediatamente se sentó en la silla que la esperaba junto a mí desde hace bastantes minutos. Había muy poco espacio en el destartalado café, pero fue capaz de quitarse el abrigo con una elegancia y una diligencia espectaculares. Llevaba una blusa blanca ceñida y escotada lo justo para marcar una «todavía» muy atractiva figura. La falda, negra, dejaba a la vista un par de piernas contorneadas y pulidas a cincel griego en un gimnasio. Terminaban en unos zapatos negros que dejaban deducir la necesidad de estar cómoda en un día de trabajo.

Tras hacer un gesto de asentimiento al camarero ─se notaba cierta familiaridad─ colocó su bolso en la tercera silla que miraba impasible la situación. Me cogió, airosa y delicada, el libro que estaba leyendo, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poesía─ y me soltó a la cara: yo soy la mujer de las cartas de José María. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

MI PRIMERA TARDE DE CINE

Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del edén James Dean tiraba piedras a una casa blanca, entonces te besé. (Las cuatro y diez, Luis Eduardo Aute)

—José María, no notas que este chiquillo trae un olor peculiar, un olor, no sé… como a ambientador.

Esta frase la pronunció mi madre mientras yo me dirigía precipitadamente a mi cuarto. Después de dejar el abrigo sobre la cama, me senté en «mi sillón» a la espera de la reacción de mi padre. El corazón parecía no caberme en el pecho; sus latidos parecían violentos aldabonazos en mi conciencia, y todo por haber ido al cine esa tarde sin el permiso de mis padres. He ahí el «pecado», no haber comunicado a «mis jefes» que iba a ir al cine a ver una película que estaba clasificada para mayores de catorce años.

Habíamos quedado Ana, Jorge, Mayte y yo en la esquina de Conde de Peñalver y Hermosilla a las cuatro menos cuarto. Puntual y nervioso allí estaba yo. Era la primera vez que íbamos al cine a ver una «peli» para mayores, una vez cumplidos los catorce ese mismo verano. ¿Podré sentarme al lado de Mayte? Espero que sí, que Jorge cumpla lo pactado esta mañana. Después de comprar las entradas, accedimos al local «desafiando» al portero con una mirada de «persona mayor», o es que no se nota acaso, ¿eh? Como buenos caballeros que éramos, invitamos a nuestras acompañantes a una bolsa de palomitas y a otra de patatas fritas, ya que por la mañana habíamos estado haciendo cuentas y nos podíamos permitir ese lujo. Le dimos una generosa propina al acomodador para ver si nos colocaba no muy cerca de la pantalla, pero nada, se la embolsó y no nos hizo ni caso. Una vez sentados los cuatro «correctamente», bueno esto es un decir, nos dispusimos a «ver» la película. En posteriores tardes de cine nos percatamos de que lo mejor era aceptar con una sonrisa las butacas indicadas por el acomodador y, una vez comenzada la proyección, deslizarnos sagazmente por el pasillo hacia otras mejores posicionadas en la retaguardia.

Tras las siempre desafinadas primeras notas del NODO, permanecimos inmóviles ante aquella sucesión de noticias. El olor a ozonopino iba impregnándose en nuestras ropas. Mientras, Jorge y yo planeábamos cómo coger de la mano a Ana y a Mayte sin que el acomodador nos recriminase nuestro incorrecto comportamiento con un inmisericorde linternazo. Creo que la película era de Manolo Escobar, no puedo recordar el título. Sólo sé que la gente murmuraba y murmuraba cada vez que el acomodador se acercaba a nosotros y nos amenazaba con una «tremendísima sanción» si tenía que volver a reprendernos. Pues no venga, pensaba yo. La incomodidad de los asientos no facilitaba en absoluto permanecer en la misma posición viendo la película, y si a eso le añadimos los nervios de la situación, agradecí —letal paradoja— que por fin aquel niño, que había llorado tanto entre cancioncita y cancioncita, encontrara a un buena familia que lo tomara en adopción. Es curioso, todo el tiempo pensando en que la película iba a durar lo que un suspiro, y el «plasta» de Manolo Escobar se me estaba haciendo interminable e insoportable. Después de invitar a Ana y a Mayte a una cocacola en una cafetería próxima, las acompañamos a sus respectivas casas. Jorge y yo nos miramos con complicidad, estábamos convencidos de que la próxima vez saldría mejor. Para ser la primera no está mal, ¿eh?, pensamos los dos.

Sentado en «mi sillón» y esperando el más que seguro «interrogatorio del jefe», fui saboreando con verdadera fruición cada minuto, cada segundo de aquella mi primera tarde de cine, para mayores, claro está.

Mientras mi padre terminaba de cenar, mi madre le seguía dando vueltas al origen de aquel curioso olor que indiscretamente expelía mi ropa. (25 de marzo de 1996)

EDUARDO TEJERO, UN BUEN MAESTRO (IN MEMORIAM)

Un deber de gratitud me obliga a subrayar como uno de mis mejores profesores de mi época de estudiante universitario a Eduardo Tejero. Del mundo del verso yo no sé nada que él no supiera; ni sé, ciertamente, todo lo que él sabía. Una buena enseñanza de la literatura nos dice mucho sobre el profesor y nos funde con ella para siempre; una mala enseñanza nos aleja irremisiblemente de la lectura. Cuando comencé a estudiar Magisterio, yo estaba enteramente convencido de que “lo mío” era la enseñanza de los niños. Me agradaba la idea de ser un buen maestro, pues detestaba formar en el futuro charlatanes y no personas con pensamiento autónomo y juicio crítico.

Por eso hablo aquí de Eduardo Tejero. Desde el primer día nos dijo que la vida se hacía viviendo, y que nuestro camino en el campo de la enseñanza venía señalado por nuestra vocación de buenos caminantes. En aquel tiempo su aspecto era el de un hombre bueno y joven. Una mirada cálida y cordial, una barba muy cuidada, unas mejillas rojas y una voz sugerente y arrulladora. Aún recuerdo aquellos versos de Machado: “soy —es—, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

También recuerdo su primer día de clase en la escuela de Magisterio. El murmullo de la novedad se palpaba en el aula y la inquietud por la nueva “cara” nos tenía en un desasosiego tangible. Y por fin entró en clase.

Con escrutadora tranquilidad nos sentamos en las sillas formando un pequeño círculo alrededor de él. Después de unas acogedoras palabras de presentación nos habló del placer de la lectura y nos dijo “que la lectura es un acto creador casi tan importante como la propia escritura”. Entonces abrió un libro muy viejo que tenía en las manos desde que había entrado en el aula. Explicó que era una antología de poesía española que había comprado cuando era joven.

—¡Qué descuidado es! —dijo una compañera poco sensible.

Yo comenté que no, que un libro comprado en la adolescencia que había llegado a la madurez, aunque ya muy sobado, era símbolo de mucho trabajo y de un aprovechado uso por parte del dueño; era el espejo de un carácter lírico y cuidadosamente apasionado. Lentamente lo abrió y comenzó a recitar un poema de Don Denís, el rey del verso.

Todos quedamos sumergidos en un silencio y admiración evidentes. Hoy, en la distancia, pero no en el olvido, recuerdo que salí corriendo para comprar aquella antología. Aún la conservo.

Y cuando escribí mi primer poemario le pedí que me hiciera el prólogo, era lo justo.

Fueron unas palabras cordiales y muy acertadas, en un certero análisis de afecto y amistad.

Por eso mismo, querido Eduardo, en estos momentos en los que cuesta una enormidad levantarse cada mañana, y en los que el tren de la vida camina por una vía lenta y llena de obstáculos, quiero decirte aquellos versos míos que tú escogiste para el prólogo: que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía. Gracias, Eduardo.

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pérdida emocional paseando por un pueblo de la sierra madrileña me encontré a un hombre llamado Tomás, el cual habitaba una pequeña casa a los pies de una montaña y rodeado de un espeso bosque.

Desde que era un niño, Tomás experimentó una atracción especial por las historias, por las narraciones que podían capturar su alma y despertar sus emociones. Disfrutaba conversando con los habitantes del pueblo y escuchando sus historias, que él las convertía con suma precisión en cortos relatos con los que transmitir una amplia gama de emociones a sus futuros lectores. Una de las que más le emocionó fue la de un pastor analfabeto que quiso emular ―y lo logró― a Miguel Hernández cuando le contaron que desde un analfabetismo similar logró convertirse en uno de los poetas españoles de más renombre.

Sin embargo, cada vez que finalizaba una historia sentía una especie de pérdida: sentía que estaba perdiendo una parte de sí mismo. Al concluirla, como había invertido en ella tanto tiempo y esfuerzo parecía que desaparecía parte de su vida. Se sentía traicionado, se sentía un hombre abandonado porque cada historia terminada era un hijo perdido.

Tomás trabajaba en una fábrica, donde cientos de obreros producían en cadena millares de engranajes que se montaban del mismo modo cuando faltaba por enfermedad y era sustituido por otro trabajador. El resultado era exactamente el mismo. No se notaba su ausencia. Sus «sobresalientes» manipulaciones, imposibles de diferenciar formaban parte de una casi interminable cadena de ensamblajes de piezas perfectamente uniformadas.

Cada día que pasaba como un ser alienado, su alegría iba disminuyendo. Tomás anhelaba en lo profundo de su ser escribir un gran libro que le permitiera, con sus ganancias cruzar las montañas que le aprisionaban como si fuera Edmundo Dantes y viajar por todo el mundo.

Pero el libro no podía ser un libro cualquiera, no. Tenía que ser un libro con historias que pudieran reflejar la pasión, la integridad y la moderación del mundo que él soñaba gobernar. Aunque cada mañana se despertaba con la misma presión en el pecho, con la misma dosis de frustración como parte de su rutina diaria.

El día de su cumpleaños, que se sintió especialmente impulsado por un deseo más fuerte de cambio, decidió acercarse a un bosque cercano para caminar entre los árboles y escuchar la irrepetible música que componían las hojas secas cuando eran pisadas por sus aún vitales pies. Inesperadamente descubrió algo increíble: un diario olvidado en un lateral del camino que él recorría con tanta frecuencia. Lo cogió impulsivamente, como un niño las chuches en una tienda de caramelos. Las páginas, escritas con una letra del siglo pasado, contenían cuentos de viajeros y soñadores de principios del siglo XX. Movido por una exacerbada curiosidad, comenzó a leer el libro. Cada día, una historia. Todas diferentes.  

Experimentó tal emoción que, con una energía que no había sentido en años, tomó una decisión radical y tajante: dejaré mi fábrica, se dijo para sí.

Llenó la maleta de ropa vieja y sueños nuevos. Tomás viajó por todo el mundo. Conoció a gente de todas partes y de todos los colores: familias similares a la suya, personas solitarias, campesinos trabajadores, individuos violentos y algunos con los que fue imposible comunicarse.  

Entre ese variopinto mundo se encontró con una pintora que había abandonado su trabajo en la oficina y se había convertido en una brillantísima ilustradora. Conoció a un músico que interpretaba melodías en plazas de incontables ciudades y a un escritor de éxito que dejó también su trabajo después de mil dudas. Cientos de publicaciones vendidas. Cada historia que escribía mostraba una perspectiva diferente. Hablaban de la audacia, la longevidad, la persecución de los propios sueños o los arrebatos de una vida arruinada por la pereza.

Inspirado por todas esas experiencias, Tomás comenzó a escribir historias sobre su pasado. Fragmentos de su alma perdida, piezas que reflejaban las dudas que lo atormentaban desde hacía años, la envidia de una vida mejor, la soledad elegida pero tormentosa, sus conversaciones con la naturaleza y la posible inexistencia de Dios.

Cada vez que algo de su memoria lo impactaba, lo convertía en palabras.

Cuando Tomás, después de mucho tiempo, regresó a su pueblo, no era el mismo hombre confundido y vergonzoso. Se sintió realmente agradecido por todo, sabiendo que ese libro encontrado al azar en un camino perdido le dio las fuerzas suficientes para escuchar su propia voz.

Tomás, después de todo lo vivido, escribió un libro sobre la frustración humana. Escribió cómo la vida puede ser diferente. Nuestros sueños, decía, duermen en nuestro interior sin que los percibamos durante mucho tiempo, hasta que un desconocido detonante los despierta. Él encontró su mayor éxito en su dolor más íntimo: descubrió que la frustración a veces no es solo un muro insalvable, sino que también puede ser una inspiradora señal que ilumine ese camino que nunca nos atrevimos a transitar.

NO HAN LLEGADO AL PAPEL

Siempre he creído que hay palabras que no nacen de uno mismo, sino del lugar donde el corazón echa raíces. Hay textos que no se escriben: germinan. Asoman desde la tierra húmeda, del silencio antiguo de los árboles, de la memoria que se acumula como hojas secas al pie de un tronco venerable. Así nació este libro y así falleció. No como un acto deliberado, sino como una consecuencia natural. Como si cada microtexto fuese un ser diminuto, un hijo del roble, una criatura discreta que se desprende del bosque y desciende al suelo con la humildad de una bellota. Pero no llegaron al papel.

Asistí al ocaso de estos «niños» no por su vínculo con la infancia, sino por su condición de cosas pequeñas, inesperadas, espontáneas, que no han superado ni un suspiro mío. Iban a ser textos breves, a veces apenas un soplo, pero cargados de una energía que no sé nombrar de otro modo. Cada uno sería una chispa, un latido, un destello de memoria que rehuiría las formas extensas. Serían fragmentos que no quisieron crecer, que encontraron su tamaño exacto y decidieron permanecer así, intactos, como piedras menudas que conservan el calor del sol, pero que no llegaron al papel.

El roble es, para mí, la metáfora perfecta de lo que aquí sucede. No ofrece frutos espectaculares ni flores llamativas. Da bellotas: pequeñas, duras, silenciosas. Y, sin embargo, dentro de ellas cabe un bosque entero. Así iban a ser estos microtextos: semillas que no prometían nada, pero capaces de abrir senderos insospechados en quien los leyera. No buscaban explicar ni convencer. No aspiraban a enseñar. Solo deseaban existir, ocupar su espacio, dejar una huella leve pero persistente. Pero no llegaron al papel.

El robledal es el escenario donde todo esto acontece. Un territorio simbólico, emocional, a veces real y otras imaginado. Un lugar donde el viento trae voces antiguas, donde la niebla suaviza los contornos, donde la soledad no pesa porque está acompañada por la presencia callada de los árboles. Es en ese clima donde iban a surgir estos textos: entre la luz tamizada, entre el murmullo de las hojas, entre la sensación de que el tiempo discurre de otra manera cuando uno está rodeado de raíces. Pero no llegaron al papel.

En estas frustradas páginas habría amor, pero un amor que no se exhibe. Habría soledad, pero una soledad que no hiere. Habría tierra, viento, morriña, y esa forma tan gallega de sentir el mundo como algo que se lleva dentro, no como algo que se contempla desde fuera. Cada microtexto intentaría apresar un instante, una emoción, una intuición. Serían breves porque así se presenta a veces la verdad: aparece de pronto, ilumina un segundo y se desvanece. Pero no llegaron al papel.

No sé si estos «niños del carballo» encontrarán algún día un papel y un lector. Sólo sé que necesitan nacer. Yo solo sería el sendero por el que llegarían al papel.

Sueño con el día en el que lleguen a prender estas pequeñas semillas. Quiero que me dejen en el futuro una sombra, una pregunta o una memoria, entonces la carballeira habrá cumplido su cometido. Pero aún no han llegado al papel. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

UN NUEVO SALUDO

Bienvenidos a poetario.com, un espacio íntimo donde la palabra no pide permiso. Aquí escribo porque me nace, porque me duele, porque me importa. Porque, aunque mi lengua de escritura sea el castellano, mi raíz es gallega, y desde ella lucho, recuerdo y resisto.

Este blog no es un ejercicio literario ni un escaparate de perfección lingüística. Es un acto de memoria. Escribo desde Madrid, entre ladrillos sin alma, donde el cielo apenas se deja ver y la prisa lo devora todo. Pero cada palabra que dejo aquí es un intento de volver, de tender un puente hacia esa Galicia que me habita, aunque esté lejos.

Lucho por Galicia desde el castellano. Porque no hay una sola forma de amar una tierra. Porque también se puede defender lo propio desde otra lengua, sin traición ni renuncia. Porque el castellano, cuando se escribe con alma gallega, también sabe a orballo, a carballo, a río que no se detiene.

poetario.com es mi forma de resistir al olvido. Aquí recojo lo que se escapa: los rostros que ya no están, los silencios que dejaron huella, los paisajes que la memoria se empeña en conservar. Escribo para no perderme, para no perderlos. Para que Galicia no se diluya en la distancia ni en el ruido.

No escribo para agradar. Escribo para recordar. Para que quien llegue hasta aquí sepa que hay belleza en la melancolía y fuerza en la vulnerabilidad. Que la emoción también se puede decir en castellano sin dejar de ser gallega. Que la identidad no se mide por la lengua que usas, sino por lo que defiendes con ella.

Este blog no se cierra. No pienso callarme. poetario.com es mi casa, mi voz, mi forma de seguir diciendo que Galicia importa. Aunque esté lejos. Aunque escriba en otra lengua. Aunque no cumpla con lo que se espera.

Aquí sigo. Con errores, con alma, con memoria. Porque escribir es mi manera de seguir vivo. Y Galicia, aunque no la nombre en cada línea, está en cada palabra. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

RETRATO DE UN ESCRITOR INSURGENTE

Un escritorio desmedido en la penumbra dorada que no ilumina, pero que arde con lentitud con el recuerdo fermentado de un fracaso sirve de mesa de trabajo para un hombre —no un hombre cualquiera, sino un oficiante zurdo del verbo— que no es un mero escriba, que es un atrincherado destapador de fracasos amorosos.

Esa mesa es a la vez trono, confesionario y sitial. La lámpara interroga. Su luz no es luz, sino cuchillo, bisturí, faro.

En la mesa, el papel arrugado, subrayado, manchado de café o lágrimas invisibles es un eco de la infancia, un retazo de memoria que se resiste a ser archivada y exige ser recitada o dramatizada.

No hay orden posible. Solo preside el caos ritual. El bolígrafo zurdo y la espada contra el canon no escriben, recuncan. Regurgita letras, traza caminos de vuelta y la tinta no fluye, se arrastra como un buey cansado por los campos de la lengua, sembrando dudas, cosechando saudade.

La camisa a cuadros, azul, beige, rebelde, no cubre el cuerpo, lo declara. Las gafas no corrigen la vista, la multiplican, la fragmentan en mil miradas simultáneas, todas urgentes.

El cálculo que realiza no es matemático, sino emocional porque todas sus versiones caben en un solo recuerdo antes de ser disueltas en un ritual no tolerado.

Detrás, los libros vigilan. No están alineados, están en asamblea. Se asocian, se disocian, se autocitan. Ven, oyen, callan.

La mesa no es un escritorio, es un altar de resistencia, una mesa de ofrendas o un campo de batalla. Y el hombre que la ocupa no estudia, invoca, recita y se equivoca. Pero con dignidad.

Lleva años queriendo componer el himno del error. Cada gesto suyo es ceremonia; cada pausa, plegaria; cada suspiro, declaración de independencia emocional y cada línea, un  salvavidas para sobrevivir. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

LA FRUSTRACIÓN HUMANA

Si alguna vez la lluvia aprendiera a evocar recuerdos, seguiría cada recoveco de mi memoria con una delicadeza galaica. Cada gota parecería encontrar con una ternura genuina, aunque fingida, la ventana donde reposan mis añoranzas. Y, por un instante, como un pecado original tácitamente acordado, limpiaría el cristal empañado, delicado y efímero dibujado por mí.

Y esos fragmentos danzarían y se desvanecerían en mi mente una y otra vez, así como cuando yo desecho ideas y propuestas que alguien desconocido me propone anónimamente. Caerían disimuladamente en la orilla de una noche que me elige como compañero de penurias.

Las calles, de madrugada, olerían a pan recién horneado, los cines estarían llenos de asientos vacíos y las charlas de solitarios enamorados se perderían tras el perfil de anónimas farolas.

Hablaría de puentes construidos en mi vida con la solemne ingeniosidad de aquellos que creen en los milagros de la inspiración.

Me diría que no me atemorizara con el paso del tiempo, que todos los días son una pequeña despedida y que no esperara descansar en el lecho del tiempo del mundo. Sería una mentira elaborada por ese dios pagano que me provoca sensaciones inexistentes.

En mi deseo de escribir habría una herida que ya no sangraría y un triunfo que justificaría años de mi desconsuelo creador. Esas heridas custodiarían mi ideario emocional y me fracturarían la muñeca de mis impulsos.   

Entonces me atrevería a llamarla y su voz resultaría una revelación que liquidaría mi desidia y me impulsaría a describir con la otra mano la calidez salvaje de tu rostro y la amabilidad de tu tierna verdad.

Y algún día caminaría por los parques que tú creaste para mí y gozaría con la silueta de la mujer que lleva llorando años por mí. Su corazón se posaría como un pájaro cantarín en la ventana de mis sueños y yo renacería, empañado por la lluvia, con una carta que ella leería hasta la última línea, sonriendo con la certeza de haber comprendido mis palabras: amar no es una cuestión de conformarse con lo que hay; a veces es guardar con ternura lo que no se puede tener. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

ZURDO E IMBERBE

Existo. Escribo. Imagino. Y, sin embargo, escritores como yo, seguimos siendo en gran medida invisible en la mitología visual de la literatura.

Abro cualquier libro sobre «escritores del mundo», hojeo revistas literarias o me desplazo por ilustraciones de autores anónimos generadas por IA. ¿Qué veo? Un desfile de hombres barbudos, con plumas en la mano derecha, mirando solemnemente a lo lejos, como si la sabiduría fuera un derecho innato otorgado por el vello facial y las manos dominantes de creación diestra.

Pero ¿qué hay de nosotros, los zurdos, los de mejillas lisas, aquellos cuyas manchas de tinta florecen en el borde de nuestras palmas siniestras? ¿Acaso no somos también escritores?

Yo escribo con la mano izquierda. Mi rostro carece de la solemnidad musgosa que parece definir al escritor «serio». Y, sin embargo, mis palabras tienen peso. Mis historias palpitando vida. He pasado, y pasaré, noches en vela luchando con las frases, persiguiendo metáforas y dando forma al silencio para convertirlo en significado. Aun así, cuando asisto a lecturas o envío fotos de autor, me preguntan, en un correo, con una simpatía vestida de confianza, si soy el becario. El asistente. El estudiante. Y cuando manifiesto mi edad, me dicen entre líneas que no tengo ningún atractivo físico y que hoy en día la imagen es imprescindible. No se llevan los hombres con cara de niño bueno.

Hay una tiranía silenciosa en la forma en que se ilustra la literatura actual en internet o en IA. El arquetipo está tan profundamente arraigado que cualquier cosa fuera de él se percibe como un error. ¿Un escritor sin barba? Debe de ser un principiante. ¿Un poeta zurdo? Una curiosa anomalía. ¿Una mujer con el pelo corto y sin pipa? Quizás sea la editora.

Dicen que los escritores zurdos somos genios creativos. Quizás sea porque los lectores pasan la mitad del tiempo descifrando lo que acabamos de escribir: al revés, boca abajo y manchado hasta quedar ilegible. Cada cuaderno es un campo de batalla de tinta manchada y espirales dobladas, como si el universo conspirara contra nuestras ambiciones literarias.

Los bolígrafos tiemblan de miedo en mi mano. Los escritorios crujen bajo el peso de los incómodos ángulos de los codos. Y, sin embargo, de alguna manera, algunos zurdos siguen consiguiendo escribir obras maestras… solo que con un poco más de caos.

Los zurdos no solo escribimos, sino que luchamos por cada palabra. Yo soy una muestra. Después de mil correcciones, consigo un resultado óptimo. Estoy contento con el texto. Sonrío. Estoy satisfecho, pero falta una cosa.  Quiero una caricatura mía escribiendo como ilustración. Mi foto la tengo localizada en mi ordenador. Busco en internet una IA que caricaturice fotografías personales. La mía es muy corrientita: estoy en el estudio de mi antigua casa escribiendo con la mano izquierda un texto, ¡cómo es lógico! Llego a una IA que dicen que es la mejor. Subo la foto, clico una vez en escanear y a esperar. Ansiedad y tensión por el resultado. ¡Oh, sorpresa! Me la devuelve conmigo escribiendo con la diestra. ¡Maldita sea! Le ruego, le imploro que lo cambie, que soy zurdo. Pero a la quinta petición, lo dejo. Desanimado y engañado.

No se trata de una llamada a borrar a los barbudos o a los diestros. No. Es una petición para ampliar el marco. Así de sencillo. (A la sombra del verbo)

DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG

1.- Detener el ruido que te persigue desde el alba hasta la noche, y concederte un instante de tregua. Entre notificaciones, titulares apresurados y conversaciones que se superponen, la mente rara vez encuentra silencio. Leer aquí es una invitación a bajar el volumen del mundo por unos minutos. No se trata de escapar, sino de suspender el vértigo cotidiano para respirar con calma, como quien se sienta junto a una ventana abierta y deja que el tiempo recupere su ritmo natural.🛌

2.- Ensanchar el pensamiento hasta que respire mejor… y quizás, sin darte cuenta, sonríe. Cada texto aspira a abrir un pequeño espacio interior donde las ideas puedan moverse con libertad. A veces una reflexión ilumina algo que estaba difuso; otras, simplemente acompaña. Y en ese proceso, casi sin advertirlo, aparece una sonrisa leve: la señal de que pensar también puede ser un gesto amable con uno mismo.☺️

3.- Encontrarte con preguntas que incomodan, que rozan, que permanecen. No todas las preguntas buscan respuestas inmediatas. Algunas se instalan en la conciencia como una piedra en el bolsillo: discreta, pero imposible de ignorar. Este blog no pretende resolverlo todo, sino ofrecer interrogantes que inviten a mirar desde otro ángulo, a revisar certezas y a permitir que la duda haga su trabajo silencioso.🤔

4.- Descubrir historias que no quieren seducirte, sino caminar a tu lado. Aquí las palabras no se disfrazan de espectáculo. Las historias no pretenden deslumbrar ni persuadir con artificios, sino acompañar. Como esas conversaciones que se sostienen mientras se camina sin prisa, donde lo importante no es impresionar, sino compartir el trayecto.👫

5.- Sostener, con tu lectura, esta escritura sin focos ni vitrinas, hecha solo de palabras y constancia. Todo blog vive gracias a la mirada de quien lo lee. Cada visita, cada pausa frente a un párrafo, sostiene este ejercicio discreto de escritura: un trabajo paciente, sin estridencias, construido únicamente con lenguaje, tiempo y la voluntad de seguir diciendo algo que merezca ser pensado.🖋️

6.- Encender en otros la curiosidad por este pequeño faro donde aún arde el lenguaje. Si alguna línea resuena contigo, quizá nazca el deseo de compartirla. Así, de lector en lector, este espacio puede convertirse en un faro modesto pero persistente: un lugar donde el lenguaje continúa brillando, aunque el ruido del mundo intente eclipsarlo.🚨

7.- Recordar que la literatura no es moda ni consigna, sino un camino que nos lleva a analizar nuestro interior. La literatura no pertenece al instante fugaz ni al aplauso rápido. Es una travesía lenta que nos devuelve a nosotros mismos. Leer —y escribir— es, en última instancia, una forma de exploración interior: un modo de comprender quiénes somos, qué sentimos y qué pensamos realmente.🛣️

8.- Afilar tu criterio como quien pule una herramienta imprescindible. Cada lectura es también un ejercicio de discernimiento. A través de ideas, matices y contrastes, el lector afina su mirada sobre el mundo. Poco a poco, el pensamiento se vuelve más preciso, más atento, como una herramienta bien cuidada que permite distinguir entre lo superficial y lo esencial.🕵️

9.- Habitar un espacio donde disentir es una forma de atención y no de ruptura. Aquí la discrepancia no se entiende como confrontación, sino como diálogo. Pensar distinto no separa: amplía. Cuando se escucha con respeto y curiosidad, incluso la diferencia se convierte en una forma de cuidado intelectual.👁️

10.- Convertirte en un lector despierto, crítico, capaz de mirar la realidad con otros ojos. Quizá el mayor propósito de este blog sea ese: acompañar el despertar de una mirada más lúcida. Un lector atento no solo consume palabras; las transforma en reflexión, en preguntas, en una forma más consciente de observar la realidad. Y desde esa mirada renovada, el mundo —aunque sea el mismo— empieza a verse distinto.🦉

NO PIDO PERMISO (MI CREDO EN CASTELLANO)

He sido profesor de Lengua y Literatura, sí. He corregido exámenes, he explicado sintaxis, he hablado de Cervantes y de Machado. Con rigor absoluto. Con dedicación plena. Consagrado con un entusiasmo inigualable. Pero ahora escribo desde otro lugar. Desde la libertad. Desde la necesidad de mantener viva una voz que no quiere retirarse. Porque jubilarse no es callarse. Es tener tiempo para decir lo que antes no se podía.

Mi castellano bloguero no es perfecto, dicen, y no tiene por qué serlo. Lo he enseñado durante décadas, lo he vivido, lo he defendido en aulas, en libros, en conversaciones. Y ahora, desde este rincón digital que es poetario.com, lo sigo haciendo. No con firmeza académica, sino como alguien que escribe con alma, con memoria, con convicción.

No estoy aquí para agradar a los puristas ni para coleccionar medallas de corrección gramatical. Estoy aquí para escribir como me nace, como lo siento, como lo vivo. Si te molesta, si te parece mal, pues cierra la pestaña y sigue con tu día. Pero no vengas a darme lecciones, que ya he dado muchas en mi vida.

No voy a cerrar este blog, ni a callarme, ni a esconder mi voz por miedo a equivocarme. Porque esta lengua también es mía, y la uso como me da la gana. Con errores, con mezclas, con todo lo que tú quieras criticar. Pero con orgullo, con pasión y sin pedir permiso. Así que, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.

Escribo porque quiero. Porque el castellano también es mío, aunque no lo escriba siempre según la norma académica. Porque me representa, porque me importa, porque me acompaña desde siempre. No le debo explicaciones a nadie por usar mi lengua como la siento. Si alguien cree que no tengo derecho a escribir porque no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo seguiré escribiendo y defendiendo lo que pueda en castellano, a mi manera. Porque la lengua es de quien la usa, no solo de quien la regula.

No aprendí a escribir para gustar, sino para comunicar. Y ahora escribo para resistir. Para que el castellano no se convierta en una lengua de élites, de filtros, de exclusiones. Lo aprendí en libros, sí, pero también en la calle, en la vida, en los silencios. ¿Cometo errores? ¿Y qué? No estoy aquí para agradar, estoy aquí para hacer ruido, para reivindicar que el castellano también es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escribe con alma.

Alguien me dijo que no tocara el castellano si no lo escribía perfecto. Pues a mí, me da igual. Escribo en castellano porque me da la gana, porque es mío, porque me representa. No necesito permiso ni diploma para usar mi lengua. La aprendí como profesor, como lector, como ciudadano, y sigo aprendiendo cada día. El castellano no es solo para quien lo domina según la norma, es para quien lo siente, lo vive y lo defiende. Y yo lo hago con errores, sí, pero también con mucho amor y convicción.

Si tú sientes vergüenza por mi castellano, pues lo siento muchísimo. Mándame a paseo si quieres, pero no me quites la ilusión de escribir como me sale del corazón. Mi castellano no será académico, pero es real, es vivido, es sentido. No nací para agradar a los puristas, sino para mantener viva la lengua que me acompaña desde siempre. Prefiero mil veces un castellano imperfecto con alma que uno perfecto sin pasión.

Y tú, académico del castellano, déjame en paz. Olvídame. Mándame al carajo si te apetece, pero yo no voy a cerrar este blog. Porque este espacio es mío, y el castellano que aquí se escribe también. No será normativo, no será perfecto, pero es verdadero. Es el castellano que me nace, que me representa, y que defiendo con cada palabra. Si no te gusta, pasa página. Pero no vengas a darme lecciones, que mi voz también cuenta. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

QUIÉN SOY YO

(Y quién es el otro que vive en mí)

Presentarse es un acto de valentía. En un mundo donde todos parecen saber quiénes son, donde se presume, se exhibe, se oculta, presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia. Desnudarse ante los demás, contar lo que duele, lo que pesa, lo que falta, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Esto soy. Esto llevo dentro».

Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es humanidad. Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es un acto de lucidez. Una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo.

También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece. Yo no quiero desaparecer. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. En uno mismo. O dos. Tú y yo…

Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.

Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a la tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.

Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.

Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.

Soy un profesor jubilado de Lengua y Literatura Castellanas. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid, enseñando palabras que a veces sentía como propias y otras como ajenas.

Nací en Santiago de Compostela, y durante muchos años pasé los veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya no. Vivo en Madrid, pero mi alma es gallega, y eso no me lo pueden quitar.

Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de no escuchar el acento que me sosiega, de no ver el mar que me explica, de que me olviden.

Soy tímido, apocado, casi asocial. Lector empedernido, estudiante de todo, solitario, vergonzoso, buena persona, generoso. Me dicen que así no conseguiré nada. Que no se puede vivir así. Que no se puede escribir así. Que no se puede ser así.

Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto.

«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.

Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café, la cerveza, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo, el caldo gallego. Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño». Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón.

Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que me falta constancia. Que me falta fe. Que me falta algo que no sé nombrar. Esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro sin lágrimas.

He cambiado de casa varias veces. Fui reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Hoy vivo con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que no podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por no saber pedir otra vida.

Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (Quizá, algún día me leas) (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

PRESENTACIÓN DEL BLOG «RECUNCAR.COM» (O EL ARTE DE CONVENCERTE PARA QUE ME LEAS)

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao» en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incasable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.