RETRATO DE UN ESCRITOR INSURGENTE

Un escritorio desmedido en la penumbra dorada que no ilumina, pero que arde con lentitud con el recuerdo fermentado de un fracaso sirve de mesa de trabajo para un hombre —no un hombre cualquiera, sino un oficiante zurdo del verbo— que no es un mero escriba, que es un atrincherado destapador de fracasos amorosos.

Esa mesa es a la vez trono, confesionario y sitial. La lámpara interroga. Su luz no es luz, sino cuchillo, bisturí, faro.

En la mesa, el papel arrugado, subrayado, manchado de café o lágrimas invisibles es un eco de la infancia, un retazo de memoria que se resiste a ser archivada y exige ser recitada o dramatizada.

No hay orden posible. Solo preside el caos ritual. El bolígrafo zurdo y la espada contra el canon no escriben, recuncan. Regurgita letras, traza caminos de vuelta y la tinta no fluye, se arrastra como un buey cansado por los campos de la lengua, sembrando dudas, cosechando saudade.

La camisa a cuadros, azul, beige, rebelde, no cubre el cuerpo, lo declara. Las gafas no corrigen la vista, la multiplican, la fragmentan en mil miradas simultáneas, todas urgentes.

El cálculo que realiza no es matemático, sino emocional porque todas sus versiones caben en un solo recuerdo antes de ser disueltas en un ritual no tolerado.

Detrás, los libros vigilan. No están alineados, están en asamblea. Se asocian, se disocian, se autocitan. Ven, oyen, callan.

La mesa no es un escritorio, es un altar de resistencia, una mesa de ofrendas o un campo de batalla. Y el hombre que la ocupa no estudia, invoca, recita y se equivoca. Pero con dignidad.

Lleva años queriendo componer el himno del error. Cada gesto suyo es ceremonia; cada pausa, plegaria; cada suspiro, declaración de independencia emocional y cada línea, un  salvavidas para sobrevivir. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

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