CAPÍTULO III DE ‘HATROZ’.- PRESENTACIÓN

(En este espacio, en el blog, está insertado un vídeo ―sólo con la letra― con la canción «Se me olvidó otra vez». Canción interpretada por muchos artistas, pero con dos inolvidables para Rafo: Chavela Vargas y Enrique Urquijo. Las dos versiones son irrepetibles. La segunda, por alusión a su época vivida, y por diferentes fracasos amorosos, la lleva grabada a fuego. En los años 80 y 90 habitaba en él un error mayúsculo ―ya se verá en su momento― y por tal motivo repetía, en la soledad de su habitación, esta canción de modo «cansino y electrizante». En el vídeo, como verás, sólo aparece la letra. Lo ha pensado mucho ―si insertarlo o no en este mundo de la imagen―, pero al final la letra y la voz han borrado cualquier duda inicial).

Hace unas semanas, después de una deliberación previa que duró varios meses, Rafo se propuso visitar algunos de los lugares más emblemáticos de los años ochenta, unos pocos frecuentados por él, otros por referencias de amigos y conocidos y los menos por lecturas de prensa. Sabía que tendría un alto coste anímico, pues la visión idílica de aquellos años, que había construido durante décadas, desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Por tal motivo, habitaba en él un espanto Hatroz a que se fracturase esa burbuja de ensoñaciones que moraba placenteramente en él.

Volvamos al presente. Rafo vive un periodo de «microcrisis laboral y personal». Se encuentra totalmente desubicado y, como dicen algunos cursis, no es capaz de visualizar nada positivo en los dos ámbitos de la vida antes mencionados. Especialmente en el primero, porque la jubilación, que cada vez se acerca más, sorpresivamente, está desnudando pensamientos que nunca pensó que habitaran en él y en vivencias que, para un ser apocado, timorato y consumido emocionalmente como él, están asaetando los pocos recursos que le quedan.  En el segundo, porque van pasando los años y, por sus raíces galaicas, no sabe si está subiendo o bajando la escalera más importante de la vida. Sabe que va a echar de menos a sus compañeros, a sus alumnos y al colegio en general, pero decidida está su retirada. Nada de prolongaciones laborales.

Rafo habla con una sinceridad absoluta. No quiere desviarse del camino iniciado en este capítulo y me ha asegurado que dejará negro sobre blanco los sentimientos que surjan naturalmente en las distintas situaciones que narraré en esta historia. La crudeza de algunas vivencias, los descomunales errores cometidos y las relajaciones estudiantiles no se deben ocultar. No niega que habita en su interior un evidente desconcierto cuando le asaltan múltiples quebraderos de cabeza y esa maldita obsesión por lamerse las heridas. Le dijo una compañera, experta en analizar mentes ajenas que no la suya entre cafés americanos lo siguiente:

―Para poder clarificar tu estado de ánimo deberías estar tumbado en un cómodo diván hablando con tu psiquiatra a corazón abierto y no en tu casa, sentado frente al ordenador, esforzándote sobremanera para que salga un capítulo con un mínimo de decencia.

A Rafo los años ochenta le han dejado momentos de gloria inolvidables, pero también vivencias que aún sangran hoy en su corazón.

―Si escribiera un libro de esos años en el que participasen un ciento de vividores de esa década, estoy convencido de que habría cien opiniones diferentes, desde las más floridas a las más hipercríticas, pasando por las más cínicas e incluso las que niegan su existencia. No pretendo ser uno de esos adultos, en aquella época jóvenes, que manifiestan hoy haber estado en todas las citas emblemáticas de aquellos años. No quieren comprender que en aquella época no todo el mundo estaba en la onda de la movida, y que algunas personas, hoy en día, pueden sentir cierto rechazo por lo que algunos calificaron de transgresor y contracultural y otros de cutre y hortera. Si fuéramos contables, el concierto―homenaje a Canito en el salón de actos de la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid el 9 de febrero 1980 habría tenido tranquilamente decenas de miles de asistentes. Necesitaría el Maracaná. Hace unos días leí en una web que asistieron quince mil personas. Quienes conocemos aquel recinto sabemos perfectamente de sus limitaciones. Dejemos las fingidas asistencias a la gloria de los falsarios y de los hipotecados por las mentiras.

Rafo no asistió. Lamentable, así fue; pero es la pura verdad.

De los ochenta Rafo guarda recuerdos de loables comentarios de un amigo que en aquella época ―en la actualidad imposible porque desgraciadamente ha fallecido― era un apasionado de la música y pertenecía a un grupo llamado Los voltios. Rafo escuchaba música evidentemente. Pero siempre iba a rebufo de sus amigos. Nunca era el conocedor primario de una canción. Nunca. Era de los últimos que se enteraba y cuando la intentaba reproducir su arrítmico sentido musical la destrozaba. Bueno, había otro amigo que su sonoridad musical era tan mala como la suya.

Hay una persona en la actualidad que le dice que ese mal oído era perfectamente educable por entonces. Nadie lo sabe hoy. Lo veo muy difícil.

Intentó aprender a tocar la guitarra. Como es zurdo, adaptó la guitarra «a su destreza manual», pero el desastre alcanzó límites lunáticos. Entonces, saltó a la armónica, con clara oposición de su madre, pues su hermano pequeño, Carlos, murió en los años veinte por una infección en los labios, y, como no había en aquella época penicilina, murió de una septicemia. Con manual, y decenas de horas dedicado a dicho instrumento musical, concluyó que se le daban mejor las matemáticas ―¡fíjate bien!― que la armónica. Esto es una «boutade».

La primera vez que Rafo escuchó a Los Secretos ―antes eran Tos― le resulta imposible datarla. Un sábado por la noche. Unas copas. Tabaco. Risas. Conversaciones absurdas sobre el infinito. Música. Incongruencias metafísicas. Intentos de ligoteo. Manos inquietas. Besos con sabor a cerveza o a vodka con naranja. Un sábado como otro cualquiera. Los Secretos entraron en él de modo impetuoso ―y aún siguen, aunque sea sin Enrique Urquijo― al sonar sorpresivamente en los altavoces de un bar en el que llevábamos varias horas «Ojos de perdida». Bendito sea aquel sitio en el que se comió un buen roscón amoroso ―de ahí la canción «Se me olvidó otra vez»―, pero que sirvió de presentación de Enrique Urquijo y su banda.

Un San Isidro, no puede datar el año, en la plaza Mayor, por San Isidro, tras leer una brevísima nota en un periódico ―en aquel tiempo la información sobre la naciente movida era muy sesgada y estaba muy manipulada―, los pudo ver en directo. Posteriormente en otros recintos. Aunque, por culpa suya, aún le duele una ausencia que podría adjetivar de ciclópea.

Sus lugares emblemáticos en aquella época no coinciden exactamente con los de la denominada Movida Madrileña. Algún casposo y envalentonado por las copas de la juerga nocturna, después de recibir el inmaduro de Rafo dos fuertes puñetazos suyos en plena cara, les quiso ofender con un contundente pijos de mierda. Hablamos de los «bajos de Aurrerá». En ellos habitaba lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal, lo cutre y lo fetén, lo cheli y lo pijo, lo indecente y lo comedido. Sólo había que saber elegir. En los ochenta había pubs tranquilos que solían frecuentar después de quedar en «La Cruz Blanca», en «El Parador de la Moncloa», en «el Narizotas», en «La Gallina Loca», en «Fass», en «La Cesta», en la cervecería «Cleo», en «El Escenario» o en el concurrido «Chapandaz» con su famosa leche de pantera.

En esos escenarios «actuaron» debidamente y reiteradas veces el pequeño grupo de amigos que «cerveceaban» por entonces. Posteriormente, muy avanzados los noventa, los bajos de Aurrerá se hicieron irrespirables y algo peligrosos. Como otros tantos sitios, los abandonó.

Tú, querido lector, te preguntarás en cuál de ellos «volvió a actuar» Rafo en esa visita de hace unas semanas. Buena pregunta. Pero te llevarás inmediatamente una decepción ―¿otra?―, pues, después de reflexionar con una cerveza en «Santa Bárbara», concluyó que las segundas partes nunca fueron buenas ni positivas. Al contrario, suelen ser frustrantes y descorazonadoras. Como decía Lope de Vega cuando hablaba del amor: «el que lo probó lo sabe». La desaparición o la transformación en lugares nada parecidos a los mencionados quiebran la nostalgia de las evocaciones gloriosas.  El recuerdo que tenía de alguna esporádica visita que había hecho en solitario en los dorados ochenta a «El Penta» ―sale en la canción «Chica de ayer» de Nacha Pop― se vio decapitado con sangrante crueldad cuando lo «revisitó» décadas después y lo vio convertido en un decadente museo de «La Movida».

No negó que «el regreso al lugar de siempre» sufriera una visión muy subjetiva influida por el estado de ánimo del protagonista de esta historia.

Esos «lugares de siempre» le hacen un daño terrible porque lleva un tiempo en el que todo lo ochentero le hace sangrar. Su mejor amigo lleva muchos años casados felizmente, otro buen amigo, fallecido, otro, desaparecido y a Rafo lo que le queda es lamerse las heridas en tugurios de mala muerte solo o mal acompañado.

Aunque sabía que estaba equivocado por lo experimentado, quiso aplicarse, como si fuera la pócima milagrosa del druida Panoramix, para superar su acongojante abatimiento, un remedio equivocado: «visitar de nuevo sus sitios» con ánimo de recuperar el espíritu de los ochenta. Pensó que una golondrina no hace primavera. Sería una terapia salvífica anímicamente porque lo vería con ojos diferentes y con una mentalidad más positiva. Si cabe. Como avancé antes, fue un error garrafal. Con Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores y Manolo Tena muertos, esa intención se hizo inviable. Lo único que consiguió fue que se produjera en su interior una incomible ensalada de hirientes recuerdos, continuos pero ridículos éxitos, angustiosos silencios, sonoros fracasos, desaprensivos tormentos y frustradas ensoñaciones. Fue un desacierto descomunal aquel tour en una época en la que él no podía ni con su alma.

Pero todos los que lo conocemos sabemos que es un teimudo ―cabezota en gallego― en temas relacionados con su juventud. Decidió, para redondear la noche y salir por la puerta grande, rematar la faena en un bar de copas que, como dije antes, se sigue llamando igual:  «Tula», en la calle Claudio Coello número 116. Sincerándose conmigo, me confesó que este lugar lo machacaron mil veces un grupo de amigos durante los ochenta después de quedar en El Escenario de la misma calle como preámbulo para una exitosa actuación. Son las dos caras de la moneda: «Tula» sigue con vida, «El Escenario» bajó el telón hace tiempo.

Allí conoció de modo intempestivo, persiguiendo el rastro de una vieja novia, a Mon. Estaba con una amiga de toda la vida, que se empeñó, nada más verlo, en que lo conocía. ¡Cómo no me va a conocer!, pensó. El alcohol siembra la testarudez cuando fluye en abundancia por las venas. Todo lo que decía lo hacía con buenas intenciones, pero se tornó cargante tanta insistencia. Le preguntó a Rafo el nombre mil veces y mil veces que se le olvidó. Le vinieron a la mente aquellas «cansinadas» de los años ochenta y noventa, cuando se creían graciosos y ocurrentes, y le daban el latazo de un modo inmisericorde a cualquier chica que veían con aquel ingenuo «yo a ti te conozco». Al final se empeñó ―no quiso oponerse― en que se habían conocido muchos años atrás en ese mismo lugar en una fiesta de un tipo ―en absoluto conocido por Rafo― al que le habían tocado varios millones de pesetas en la lotería. Su frase final, después de rematar la copa y pagar, fue: «¿En esa fiesta o en el psiquiatra?» Se fue soltando una estentórea carcajada.

La verdad es que el tal Mon, cuando se marchó su amiga, se sinceró con Rafo sin comerlo ni beberlo. Se mostró muy despreciativo con Ana, así se llamaba la amiga, y le advirtió que la evitara.

―Es una esponja andante. Tiene en su bolso su peor enemigo: la pasta. De verdad. Como te coja por banda, no te suelta. Tiene más tentáculos que un pulpo.

―Es decir, que tú la usas simplemente como monedero. ¡Ya te vale, tío!, dijo Rafo. Su silencio fue muy significativo.

Le pidió que se sentaran más tranquilamente en la planta superior del bar y le respondió con una sinceridad total:

―Me tomo una copa contigo y me largo. Trasnochar ya no es lo mío. Si me hubieras pillado en los ochenta…

―Ya veremos, dijo muy convencido de sí mismo. Lo miró y sonrió calmadamente.

La hora se le hacía muy dura, ya que había perdido el hábito a esas madrugadas de copas y charlas. Las suyas estaban en el baúl de los recuerdos.

Lo más llamativo, que sirvió para empezar con buen pie una sucesión de «quedadas», es que eran del mismo año. Esto le hizo reflexionar sobre el porqué de soportar perfectamente las madrugadas este hombre y, por el contrario, su endeblez física más allá de la hora de Cenicienta.

Mon lo vio callado y con ganas locas de irse a casa a dormir. Esto se lo aclaró en sucesivas reuniones que, por petición suya, las hicieron a media tarde en el Vips que hay en Ortega y Gasset esquina a Velázquez.

―¿A qué llamas tú media tarde?

―Pues las cinco, las seis, las siete…

Después de varias quedadas pudo constatar que para Mon la media tarde abarcaba desde las cinco hasta altas horas de la madrugada. Y para engancharlo definitivamente le soltó una cita del gran Enrique Urquijo que la lleva en la frente como lema de justificación ante ciertas situaciones: «cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario».

Esa noche fue ocupada en su totalidad por Los Secretos. Se sintieron muy cómodos haciendo un recorrido por las canciones más significativas del grupo y, por supuesto, un punto y aparte se lo llevó Enrique Urquijo. Nada positivo en cualquier otro tema. Intercambiaron teléfonos y correos electrónicos en la calle con el único fin por su parte de que Rafo convirtiera en relatos las vicisitudes de su vida.

―Por lo que has contado, tienes tantas cosas que narrar…, me dijo haciendo un alarde de orgullo y vanagloria. Yo te ayudo en lo que quieras. Quedamos cuando quieras y hablamos de lo que quieras.

―Yo tomo nota de todo lo que me dices y se lo paso a un amigo. Lleva años queriendo escribir la historia de algo o alguien y no voy a desaprovechar la ocasión. Verás que no te engaño. Tiene un blog y piensa ir colgando los capítulos, las entradas o lo que sean, que vaya escribiendo.

Se quedó en silencio viendo el rostro ilusionante de Mon.

―Pero… ¿A quién le pueden interesar mis correrías, mis amoríos o mis frustraciones?

―Seguro, Rafo, seguro que sí. Somos muchos los que hemos vivido esos años y queremos rememorarlos.

La erre, al pronunciarla, le provocaba en la boca una sonoridad que ponía en evidencia su animado estado.

―Si quieres me convierto en tu confesor profano o en tu confidente para matizar lo que nos quieras contar en tu libro.

Nos despedimos en la puerta de «Tula», y Rafo, mientras atravesaba el barrio de Salamanca, camino de su casa, reflexionó largamente sobre su proposición. Con toda sinceridad, le excitaba la idea.

―Pero, yo soy el que lleve la batuta. Nada de dos manos. Tengo experiencias pasadas que se han torcido por no tener clara la autoría. Y llevaré el orden que yo quiera…

Todo esto se lo decía a sí mismo para autoconvencerse, pues conocía muy bien «su complace» y cómo respondía ante algunas presiones emocionales.

De pronto, un buen hombre se acercó a Rafo para interesarse por lo que estaba diciendo en alto sentado en un banco. Pensaba que estaba desvariando o que llevaba una tajada como un piano. Cuando comprobó que ni una cosa ni la otra, se tranquilizó y constató que lo que estaba haciendo era grabar en el teléfono lo acontecido esa noche. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)

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