DEPRESIÓN

Hoy es el Día Mundial de la Depresión y escribimos en primera persona del plural mi hermana y yo porque no sabemos hacerlo de otra manera. Esta enfermedad no es una idea abstracta para nosotros, ni una palabra de moda, ni una excusa fácil. Ha sido el eco constante de un dormitorio lleno de niebla. Tiene nombre, tiene rostro y tiene historia. Y en nuestra vida, esa historia pasa inevitablemente por nuestra madre.

Durante mucho tiempo vimos cómo la depresión laceraba la vida de nuestra madre sin pedir permiso. No vimos cómo se instaló, sin aprobación y por la fuerza, porque lo hizo mucho antes de nacer nosotros. Nos contaron que no llegó como lo hacen las tristezas normales, esas que tienen una causa concreta y que, con el tiempo, se difuminan, se diluyen, aunque no desaparezcan.

La depresión nació en su interior muy joven y se vio alimentada por unas circunstancias familiares muy duras en tiempos de la guerra civil. Hermanas suyas pudieron asomar la cabeza en ese maremoto, pero esa semilla negra, que parecía muerta, se instaló en su mente con una fuerza y un florecimiento invencibles y la acompañó toda la vida. En aquellos tiempos no tenía una explicación sencilla. Dijeron los especialistas que era una depresión endógena, profunda, persistente y aniquiladora, acompañada además de un pertinaz insomnio que la agotaba aún más y convertía sus noches en un imparable carrusel de dolientes penalidades. No había descanso ni tregua. Y verla sufrir fue una de las experiencias más duras de nuestra vida.

La depresión no es pereza. No es falta de voluntad. No es exageración ni dramatismo. No es un capricho. Es una enfermedad real, seria y devastadora. Una enfermedad que te roba la energía, la esperanza, las ganas de vivir y, muchas veces, hasta la propia identidad. Nuestra madre no era una persona débil. Era una persona fuerte atrapada en una mente que no le daba respiro.

Mi hermana y yo hemos visto el esfuerzo inmenso que suponía para ella levantarse cada día cargando un peso invisible. Hemos visto lo difícil que era hacer cosas que para otros resultaban automáticas: levantarse de la cama, mantener una conversación, sonreír, simplemente estar. Hemos visto silencios largos, balcones cerrados, noches interminables, lamentos nocturnos y lágrimas que arden sin quemar, porque no dejan una huella visible, que es lo peor. En las épocas de depresión lo suyo era una lucha constante y titánica contra una oscuridad que no se ve, pero que consume.

Y también hemos visto el daño que hacen quienes infravaloran esta enfermedad. Los que opinan sin saber. Los que juzgan desde la comodidad de no haberla vivido. Los que reducen el sufrimiento ajeno a frases vacías y crueles, como si todo se solucionara con voluntad o actitud. No saben el dolor que causan, pero eso no los exime de responsabilidad. Porque las palabras pesan, y en alguien que ya está roto por dentro, pueden hacer un daño irreparable.

Nadie elige la depresión. Nadie quiere vivir así. Nadie se despierta deseando sentirse vacío, cansado de todo, desconectado del mundo. Y, sin embargo, muchas personas la viven en silencio, por miedo, por vergüenza, por el estigma que todavía la rodea. Porque aún hay quien piensa que es algo que se supera «si quieres».

Y en medio de todo ese discontinuo sufrimiento, hubo una figura imprescindible que no podemos ni queremos dejar fuera: nuestro padre. Médico de profesión, conocía desde muy joven la realidad de la enfermedad de nuestra madre y no salió huyendo. Sabía lo que implicaban su depresión endógena y su indomable insomnio. No fue algo que descubriera más tarde. No fue una sorpresa ni una carga sobrevenida. Fue una realidad conocida desde el principio.

Aun así, eligió compartir su vida con ella. Se casó con nuestra madre sabiendo, comprendiendo y aceptando lo que vendría. Y la cuidó durante años con una entrega silenciosa y absoluta, sin una sola queja, sin reproches, sin rendirse jamás. La acompañó en las noches en vela, en los días más oscuros, en los momentos en los que la enfermedad apretaba con más fuerza.

Nuestro padre fue apoyo, fue cariño, fue refugio y fue respeto. Nunca minimizó su sufrimiento. Nunca la juzgó. Nunca la trató como alguien difícil, sino como lo que era: una mujer enferma que necesitaba comprensión, paciencia y amor. Su entrega no fue ruidosa ni visible para el mundo, pero fue constante, firme y profundamente humana. De esas que sostienen vidas. Muy pocos saben/sabemos las renuncias que supo afrontar sin reproche alguno.

Hasta el final. Hasta aquella noche de 1992 en la que nuestra madre falleció de un infarto mientras dormía, poniendo fin a una vida marcada por una lucha demasiado larga y dolorosa. Su muerte fue silenciosa, como lo había sido gran parte de su sufrimiento.

Recordar a nuestra madre es recordar su enfermedad, sí, pero también es recordar el amor incondicional de quien no la dejó sola ni un solo día. Porque la depresión no solo afecta a quien la padece; también atraviesa a quienes aman, cuidan y acompañan. Y esa labor silenciosa, constante y tan poco reconocida, también merece ser nombrada y honrada.

No podemos seguir obviando la depresión. No podemos seguir restándole importancia. No podemos mirar hacia otro lado solo porque el dolor no se vea. La salud mental importa. Importa tanto como la física. Y merece el mismo respeto, la misma atención y la misma empatía.

Y queremos terminar recordando algo que nunca debemos olvidar: que hubo épocas en las que la depresión aflojaba, en las que esa nube negra se alejaba, y entonces mi madre volvía a ser plenamente ella. Una mujer simpática,  alegre y muy generosa, una madre buena y presente, con una capacidad especial para hacer fácil la vida de los demás. Era una gran experta en resolver a nuestro favor, con paciencia, buen humor y perseverancia, los cambios que parecían imposibles en las tiendas de los múltiples regalos que recibía mi padre. Era animadora natural de reuniones, de esas personas que llenan una casa sin esfuerzo. Y fue, además, una anfitriona extraordinaria de aquellos sanjosés inolvidables ―nos reuníamos cerca de 40 personas en nuestra casa en el santo de nuestro padre―, donde todo estaba cuidado, donde nadie se sentía extraño y donde la alegría era real. Y como decía uno de los asistentes: muy bien alimentados y entonados. Recordar esto es importante, porque la depresión fue una parte muy visible de su vida, pero no fue su esencia. Ella fue mucho más que su enfermedad, y así es como merece ser recordada.

Escribimos por nuestra madre. Por todo lo que sufrió. Por todo lo que luchó. Escribimos también por nuestro padre, por su amor y su lealtad silenciosa. Y escribimos por todas las personas que hoy conviven con esta enfermedad y sienten que no encajan en un mundo que no las entiende.

Hoy no es un día para frases bonitas ni para discursos vacíos. Es un día para escuchar, para aprender, para acompañar. Para dejar de juzgar. Para tomar en serio una enfermedad que ya ha causado demasiado sufrimiento.

Hoy queremos decirlo muy claro, sin matices ni excusas: la depresión es real.
Y quienes la padecen —y quienes los cuidan— merecen respeto, apoyo y humanidad. Siempre.

Lola y José María Máiz Togores

8 comentarios sobre “DEPRESIÓN

  1. Esre texto, José María y Lola, me ha conmovido de verdad. Yo, que por mi oficio lucho a diario contra este mal, encuentro en vuestras palabras una mirada firme, juiciosa y serena sobre la depresión. Deberían ser leídas por el máximo posible de personas. A más de una le va a ayudar, seguro.

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