CHIPICHOSPIS

(Esta anécdota es verídica cien por cien. Lo novedoso es que la he adornado con una lección moral más amplia. Creo que necesaria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la mañana con una energía que causaba sorpresa y admiración en los alumnos de 2º de Secundaria. No entendían que, ellos, medio dormidos y con un bostezo continuo mientras preparaban el cuaderno y el libro de texto, yo pasaba lista con voz potente para hacer de despertador y así poner en la línea de salida espabilados y dispuestos para trabajar a todos los alumnos.

Había uno que estaba especialmente dormido. Creo que todavía le quedaban legañas en los ojos, pero, por el sueño, no era consciente de que tenía que quitárselas.

―A ver, usted, Jaime, dígame qué le ha ocurrido esta noche para estar en ese estado adormecido y somnoliento.

―Nada, de verdad que nada. He dormido muy bien.

―Entonces está relacionado con su desayuno. Dígame qué ha desayunado.

―Lo de siempre, profe, lo de siempre: un colacao con unas galletas.

―Claro, claro, ahí está el quid de la cuestión. Ahí está. Usted debería desayunar como yo, unos potentes Chipichospis.

―Eso no existe, seguro, dijo su compañero de sitio, que salió en defensa del adormilado.

―Usted me dirá, dije con la certeza de estar en posesión de la verdad, si los tomo todos los días. Todos. Chipichospis, se lo repito. Son una inyección de energía y vigor para toda la mañana.

El joven, un poco aturdido por mi vitalidad, se lo comentó a su madre y esta le dijo con voz tranquilizadora que mañana iría al ultramarinos a preguntárselo al dueño, al señor Daniel.

Jaime llegó al aula crecido porque el señor Daniel le había dicho a su madre que debería estar yo equivocado, que no existían esos cereales.

―Pues dígale, yo afiné lo más posible mi cascada voz, que los desayuno todos los días y que claro que existen, que son muy conocidos entre los trabajadores que vivimos de la voz. Yo creo que debe decirle a don Daniel que los encargue a su proveedor.

Jaime, más azorado de lo normal, fue esa misma tarde con su madre al ultramarinos del señor Daniel y le reprodujo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, dígale a su hijo que se deje de tonterías y que desayune productos que todo el mundo conoce, nada de las invenciones de su profesor, por mucho crédito que tenga.

Jaime, testarudo y terco, al día siguiente, me volvió a decir que estaba muy equivocado y que yo le estaba mintiendo.

―Esa es la postura más cómoda, decir que yo estoy equivocado. ¿Me está llamando usted mentiroso? Mire que eso sí son palabras mayores. Yo nunca miento. Nunca. Terminemos con esta historia que me está cansando mucho. Venga, ¡¡¡olvídelo!!!

Pero Jaime se lo tomó casi como una promesa divina, el conseguir los famosos Chipichospis. Fue a un súper que había abierto a espaldas de su casa y le entregó al encargado un papel con el nombre escrito del producto y le «exigió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuando lo mandaba a su cuarto a estudiar en lugar de ver la tele― los consiguiera.

El encargado del súper le dijo al día siguiente que no había ningún producto registrado con ese nombre, y que la respuesta por ello es muy sencilla: ¡¡¡no existen!!! Y hale, al colegio a estudiar. Y se puso a reponer unas magdalenas que tenían un éxito masivo.

Jaime pasó en vela esa noche. No sabía qué decirme, quería que fuera algo convincente. Estaba superado por la situación.

Al día siguiente, al observar un poco traspasado a Jaime, encaré la situación como si fuera un cuento del conde Don Juan Manuel.

―Señores, hoy no vamos a analizar oraciones en la pizarra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochila llena de libros: la mentira.

Miren, mentir es como meter una piedra en el zapato. Es lo que hice yo hace cinco días exactamente. Metí una piedra en el zapato de Jaime. Al principio no le molestaba mucho. Pero cuanto más caminaba su afanoso compañero, más le dolía la frustración de no encontrar los Chipichospis. Y yo le seguí metiendo piedras, día tras día, hasta el punto de ya no poder avanzar: las palabras del encargado del súper lo frenaron súpitamente. Esa era la verdad.

Luego debatiremos si he obrado bien o no.

Cuando uno miente, en este caso yo, no solo carga con el miedo de que lo descubran, sino también con la culpa de la acción, que es lo que yo llevo en mi mochila. Es como tener una alarma que me avisa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso intervengo yo ahora. Ya no «tenía más camino que recorrer mi mentira» y esta mañana, mientras desayunaba un café con leche con Choco Krispies, he decidido hablarles claramente. Ante todos ustedes, afirmo que lo de los Chipichospis es una mentira y que por ello le pido perdón a su compañero Jaime.

Además, cuando alguien nos pilla en una mentira, ustedes estaban a punto de lograrlo, lo que se rompe es la confianza en la persona que miente. Por eso yo, he intervenido, en esta clase, porque les faltaba a ustedes minutos para pronunciar la palabra «mentira podrida».

Es como romper un vaso de cristal. Puedes intentar pegarlo con el mejor loctite, pero ya no queda igual, se notan las uniones. Y recuperar la confianza cuesta más que sacar un diez en un examen sin estudiar.

Luego lo hablaremos en la tutoría y ustedes me juzgarán.

Yo he obrado bien porque he reconocido mi mentira y le he pedido disculpas a Jaime en el mismo espacio en el que había soltado el «trolón».

Les explico, delante de todos ustedes, que la finalidad de mi acción era muy clara: no deben confiar ciegamente en lo que les dice cualquier persona. Siempre hay que cerciorarse de que lo que les proponen o les piden sea cierto.

Así que antes de soltar una mentira, piénsenlo bien. A veces decir la verdad duele, sí, pero duele menos que vivir con el peso de haber engañado a alguien.

Y recuerden esto: la verdad puede tardar en salir, pero siempre llega. Les repito: por tal motivo yo he intervenido hoy. Quería que me oyeran a mí decirles que era una mentira. Quería que me oyeran pedirle disculpas a Jaime. Porque cuando llega, más vale que te pille con la conciencia limpia. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

2 comentarios sobre “CHIPICHOSPIS

  1. Buenas noches, José María,
    Me ha encantado leer el relato pues yo estaba en esa clase en la que los chipichospis salieron a la luz.Nos reímos mucho.
    Me ha hecho recordar esos maravillosos años del colegio,en los que ya no acudo como alumna,sino como madre.
    Espero que estés bien y que estés pudiendo disfrutar de esta etapa maravillosa.
    Un abrazo fuerte,
    Isabel (antigua alumna)
    Enviado desde Outlook para Androidhttps://aka.ms/AAb9ysg

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