Soy zurdo. No por moda, ni por rebeldía estética. Lo soy desde que agarré el lápiz como quien empuña una espada contra el mundo. Y desde entonces, cada vez que escribo, el mobiliario escolar me recuerda que no fui invitado a esta fiesta. Allá en mi infancia, cuando se me caía el bolígrafo, porque se empeñaban en que escribiera con la diestra, por allí pasaba la «diestra» de don Venancio y me dejaba muy clarito con una tierna colleja, como decía él, cuál era la correcta mano ejecutante. Bueno. Corramos un tupido velo.
Si te cuento las dificultades de mi etapa universitaria, no termino esta entrada. Las aulas magnas, las mesas corridas de la facultad, donde nos sentábamos quince en un espacio de ocho o diez. Pues eso. Los tableros de esas mesas sólo aceptaban el papel en posición horizontal y para diestros. Y termino con las sillas con brazo. ¿Quién fue el maldito que las inventó? ¿Quién fue el encargado de material de los centros educativos que las compró? Y así tomar apuntes a la velocidad del «Pensamiento Impaciente», una invención gallego-universal que viajaba más veloz que la lógica, más fugaz que la vergüenza, y más errático que Wayne Rooney, que sobrio falló unos cuantos penaltis.
Llegué, como profesor, a un centro donde el cuerpo docente era diestro. Las mesas del enseñante para diestros eran mi campo de batalla. Me sentaba, intentaba acomodar el codo izquierdo… y nada. El borde me lo escupía. El apoyo estaba del otro lado, reservado para los elegidos del sistema educativo. Mi brazo colgaba como jamón en secado, mientras intentaba escribir en diagonal, esquivando el espiral del cuaderno que me raspaba la muñeca como si fuera un castigo medieval. Entonces, la mesa me miraba con desprecio. Como tenía ese apoyo lateral diseñado para el codo derecho, cada vez que me sentaba, me decía: «Aquí no se admiten zurdos, gracias». El codo insistía y buscaba apoyo y encontraba vacío. Era como escribir en la cornisa de un acantilado.
Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la pizarra y el ordenador.
¡Ah, la pizarra! Ese muro de la vergüenza. Miraba la oración que tenía que analizar sintácticamente y mi mano izquierda no sabía qué postura adoptar: la de un caracol, la de una berza o la de un percebe. Tenía que escribir delante de todos y ahí iba, desde la mesa del profesor a la pizarra, sin tener claro el modelo que seguir. Con mi mano izquierda alzada como si fuera a invocar a Rosalía de Castro regateaba los nervios y escribía con una tiza perpendicular a la pizarra, con el pulso del relojero de la Puerta del sol, una oración perfectamente alineada… pero borrada. ¡Milagro! Como escribía con la zurda, mi propia mano tapaba y borraba lo que acababa de escribir. Cada palabra que escribía desaparecía bajo mi antebrazo como si fuera un truco de magia. Los alumnos me miraban raro y se reían. Yo intentaba inclinarme, girar el cuerpo, escribir en zigzag… y acababa pareciendo un contorsionista con tiza.
Y no era solo incómodo. Era humillante. Porque mientras los diestros escribían con fluidez y elegancia, yo parecía que estaba peleándome con el encerado. Kafka me entendería. Él también era zurdo. Y si sus textos eran oscuros, no era solo por la burocracia… era fruto de su mano «siniestra».
Porque si escribir en una mesa para diestros es incómodo y en la pizarra es humillante, usar un ordenador es directamente una prueba de fe.
¿Quién decidió que el ratón va a la derecha? ¿Quién pensó que el teclado numérico debe estar a la derecha? ¿Por qué el bloqueo de las mayúsculas está a la izquierda? Digresión: ¿Por qué no hay fundas con tapa para smartphones que se abran hacia la derecha? Perdón.
Yo intento trabajar, lo juro. Pero cada vez que muevo el ratón con la izquierda, el cursor se va de Erasmus. Y si lo dejo a la derecha, tengo que cruzar el brazo como si estuviera tocando la gaita con una sola mano. El teclado, por su parte, me odia. Las teclas de función están lejos, el enter me queda en Moscú, y el shift derecho está en el Camino de Santiago.
Y no hablemos ya de la pantalla digital del ordenador cuando la pandemia. Y el bolígrafo digital. Una tortura informática. Tenía que escribir con la mano vertical y sin tocar la pantalla porque, si la apoyaba, borraba todo o se activaban mil opciones que te ofrecía el ordenador o la tableta. Y sin pandemia, coño. Ese invento moderno que, en teoría, iba a liberarnos… en mi caso solo sirve para que mi mano tape la pantalla mientras escribo como un poseso. Ahora, acabo con la muñeca tensionada, la pantalla manchada, y un texto que parece una empanada de pulpo mal cortada.
Y pensarás, pues organiza, que se puede, el ratón para zurdos. Pero a mi edad, y después de tantos años con el ratón diestro, eso me supondría otro arduo aprendizaje.
Aquí sigo. Jubilado, zurdo, testarudo, y con el ratón en la izquierda. Porque cada clic, cada línea escrita, cada atajo de teclado mal ejecutado… es un acto de resistencia, una fábrica de exabruptos, una declaración de principios y una oda al caos creativo. Menos mal que estoy terminando esta entrada, sino acabaría con el diccionario secreto de Cela.
Y no hablemos si se te ocurre escribir con pluma estilográfica o con un bolígrafo que deja un poquito de tinta. Terminas el día con la parte que une la palma y el dorso de la mano impregnada toda ella de tinta. Sólo tienes dos opciones: mil viajes al lavabo o ser el portador de un aspecto sucio que ha metido la mano no sabe dónde.
Menos mal que ya no me ven ni los alumnos ni los compañeros con el codo en el aire, la muñeca raspada, y la espalda torcida. Porque escribir con la izquierda en un mundo diestro no es solo incómodo, es poético. Es como cantar en gallego en medio de una reunión de angloparlantes. Como escribir con la mano equivocada… y hacerlo con orgullo. (A la sombra del verbo)

https://polldaddy.com/js/rating/rating.js
https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsTotalmente de acuerdo contigo. Exacto. Pero cuando eras pequeño al primer colegio que fuiste, te ataron el brazo a la silla, por eso mismo no duraste en ese colegio. Antes los métodos eran más drásticos. 👏