Sí. Hoy cumplo 67 años. Es una verdadera proeza. He conseguido evitar los accidentes de tráfico, no conduzco, los soponcios anímicos nacidos en el aula, las eternas pandemias, las ganas de mandar todo a paseo y lograr que una persona, a la que yo no conozco, entienda mi forma de vida, tan alejada de Phileas Fogg, icono de los viajes literarios, o del legendario Marco Polo paseando por Mongolia y China.
Ahora me toca la recompensa. ¡La edad dorada! Debo tener cuidado porque últimamente te venden como oro lo que es simple cobre pintado. Si el oro habla demasiado, es que está mintiendo.
La sociedad te ofrece un trato inmejorable:
―José María, has sobrevivido a las durísimas crisis, a las burlas más hirientes y a las modas que todos considerábamos absurdas. Has superado la crianza de niños, que no los has tenido. Que yo sepa, me dices sarcásticamente. Ahora te mereces un descanso.
No me quiero olvidar de lo cansado que estoy. He encargado en Amazon, el asesino del comercio de barrio, al que todos recurrimos, unas tarjetas con mi nombre completo y con el sobrenombre de «experto en fatiga crónica». Este remoquete me lo puso un camarero después de observarme comer un croissant a la plancha.
Ya no me canso por hacer algo, me canso por el simple hecho de existir. Es un agotamiento metafísico, casi filosófico. Aún me acuerdo de cuando sufría unas punzantes agujetas por ir al gimnasio o por nadar torpemente. Pues ahora, además, me dan por ir a la cocina a por una simple galleta.
Y aquí tengo a mi Némesis particular, esa diosa de la venganza que es, según los griegos, la ejecutora de la justicia divina, por encima de la humana. Es una mensajera divina que ataca en nombre de las deidades a los culpables de soberbia y altivez y a los transgresores de la ley. Su actuación tiene como objetivo dejarnos meridianamente claro a los mortales que, precisamente por serlo, debemos abandonar la esperanza de ser muy afortunados para no romper el equilibrio universal. Nada de esperar grandes recompensas. Aunque sea tu cumpleaños.
Como ejemplo de lo anterior, el móvil, antes una herramienta muy útil, se ha transformado en mi Némesis particular. No puedo esperar la satisfacción de manejarlo correctamente algún día. La pantalla parece hecha para los pulgares de Pulgarcito, y los iconos, si no los tienes en modo «gigante para ciegos», son invisibles. Lo pierdo en casa constantemente. Entonces, me llamo desde el fijo y, cuando lo localizo, me sorprende, como si fuera un truco de Juan Tamariz, que tenga una llamada perdida. ¿Quién me habrá llamado? Mandar un mensaje o un guasap se ha convertido en una odisea, si no de diez años, sí de una hora tranquilamente. Y el remate de «satisfacción» se produce cuando me envían como respuesta un emoticono enano.
Joder, lo que quiero es escribir y que me escriban. Y yo, con la misma paciencia, me digo si no sería más fácil volver a las cartas de papel. En este punto te das cuenta de que entre los fervientes adoradores de los emoticonos y yo hay una distancia mayor que la fosa de las Marianas.
Mi cuerpo ya no es mi amigo. Es un inquilino con el que tengo que negociar a diario. La espalda me pide el divorcio cada vez que me agacho. Las rodillas, que antes me llevaban a correr, ahora me recuerdan que su único propósito en la vida es crujir. Y si hablamos de las pastillas… ¡Bienvenido a la farmacia en casa! Una para el colesterol, otra para la tensión, otra para los huesos… Al final del día, parece que me he comido un estante de una farmacia. Es como un coctel de bienestar químico.
El olvido se ha vuelto mi mejor compañero. El cansancio que me genera es abismal. No recuerdo dónde he dejado las llaves, el nombre de ese actor que me encanta o la receta de la tortilla francesa que llevo haciendo 40 años. Pero, curiosamente, me acuerdo de la letra de una canción de los años 80 que no escucho desde hace cuatro décadas. Y, por si fuera poco, tengo ese superpoder de «cuando yo era joven…», que me permite dar lecciones de vida a todo el que me rodea. Porque, claro, en mi época, la vida era en blanco y negro y no había internet, lo que me hace automáticamente más sabio y más racional.
Así que, me autofelicito, levanto mi copa (con cuidado, que me puede dar un calambre) y celebro junto a mi hermana mis 67 años. Acepto que mi vida ahora es una tragicomedia, y que el mejor plan para el día de hoy es ver un largo documental sobre la vida de un pájaro que permanece ocho horas en el cableado de la carretera Madrid―Compostela. Me quedaré dormido en mi butacón y lo tendré que rebobinar mil veces. A las nueve, cena en el sofá y a las diez directo a la cama para levantarme a las cinco para una nueva etapa de vida sana. ¿Hay algún dato más que me indique que el paso del tiempo se ha convertido en una ironía para mí?
(Perdona si encuentras algún error. Lo acabo de escribir dormido). (A la sombra del verbo) (1995-2025)

Muchísimas felicidades, amigo; y no olvides cómo dice la canción: A pesar de todo, a pesar de todo, te sigo queriendo…
Querido José María:
He intentado contestar al mail que me llega con tus entradas del blog con una felicitación digna de los 67 años, una atrasada enhorabuena por tu merecida jubilación y un agradecimiento sincero por incluirme en la lista de despedida como ex alumna… pero el servidor me lo devuelve! El correo del cole ya no existe, el personal que diste en tu despedida también rebota, y tu cuenta de Instagram ha desaparecido en combate… te has tomado la jubilación muy en serio… ¡Desconexión total!
PD: me hace muchísima gracia el nombre aleatorio que este trasto del infierno ha elegido para mi persona y que conste en acta que yo no lo elegí. En mi pasaporte pone Sofía. Me gusta más, aunque tampoco lo elegí.
Muchísimas gracias por tus comentarios, pero no entiendo que no me puedas enviar un correo electrónico a jmmaiz@telefonica.net. Un abrazo grande!!!
Muchas felicidades. 🎊 Me ha encantado. 👏 👏