(Fecha y hora del inicio de este texto: Domingo 10 de agosto de 2025 a las 5 horas 25 minutos de la tarde)
En la real villa de Plumarejo del Tintero, en la antigua provincia de Letramar, la concejalía de Incultura y Despropósitos varios, cuya prioridad era que todos los carteles públicos tuvieran al menos tres faltas de ortografía, organizó, cuando ninguno de sus habitantes sabía ni leer ni escribir, la «Semana del Desconocimiento literario». La charla principal, precedida de un concurso literario al que nadie concurrió, versó sobre «Cómo olvidar lo que nunca aprendiste en la escuela».
El escritor del que voy a hablar envió un texto para que no lo leyera nadie, pues, como he dicho antes, ninguno de sus habitantes sabía leer ni escribir. El iletrado alcalde, ante tal dilema, lo tiró a la «papelera de los despropósitos e inutilidades municipales». Estaba repleta de documentos porque nadie la vaciaba. No sabían que había que hacerlo. El encargado a dedo de tal tarea fue el maestro «Versolindo», que hacía un quijotesco escrutinio de todo lo desechado. De este modo, a Dios gracias, descubrió el siguiente texto que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.
Imagina a Don José María Máiz Togores, más conocido por «el profe de las Comas, de los Acentos y de los Puntos». Lo bautizaron con este nombre tan largo como reflejo de su pasión por las subordinadas que nadie entendía. Es un profesor de Lengua española jubilado que vive en un piso donde los diccionarios se apilan como muros de fortaleza medieval, desde El Tesoro de Sebastián de Covarrubias del siglo XVII, pasando por el DRAE de 1780 hasta un sinfín de glosarios de argot juvenil de los siglos XX y XXI.
Como se negaba a llamar a los electrodomésticos por sus nombres originales, hizo, el último día de clase, un concurso para fomentar una original denominación de los electrodomésticos caseros. La alumna más avezada, y única participante, le propuso que los denominara así: a la nevera, arca frigorífica; a la lavadora, tambor de abluciones textiles y al microondas, horno de irradiación breve. El premio que recibió esta joven fue un libro aún no editado: Diccionario Ilustrado de la Lengua Desbaratada, una edición apócrifa, no avalada por ninguna academia seria.
Este hombre, en sus orígenes, cuando escribía, nunca usaba ordenador. No existía. Prefería una máquina de escribir Olivetti Lettera 32 del año 1968, con la cinta ya desvaída, para «que las palabras suden tinta».
Como costumbre diaria, y no la abandona, corrige mentalmente los menús o los rótulos de los bares del barrio. No es «uso esclusivo de cliente» sino «uso exclusivo de los clientes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un victorioso Cid camino de Valencia.
En una reunión, al ver y al escuchar al nieto de un familiar lejano, manifestó muy orgulloso su diagnóstico lingüístico: «Está en la fase más deliciosa de la lengua: la glosolalia prearticular». Todos se quedaron en silencio. Su cuñado le preguntó si eso significaba que el niño hablaba. Él respondió con más seriedad si cabe: «Aún no, pero sus balbuceos son un poema fonético en estado embrionario».
Nuestro barbilampiño lleva décadas escribiendo textos y textos que nadie lee, ni siquiera él, porque prefiere corregirlos hasta el punto de borrar el tema por completo. Los escribe. Los archiva. Los elimina. Tras un patético arrepentimiento, dedica horas y horas a recuperarlos. No lo logra. Pero esto no impide que vuelva a caer en el mismo proceso como un imbécil. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y después exige que la piedra se disculpe.
Vestía chaquetas de corte moderno sesentero que ha dejado de usarlas porque olían a tiza, a tinta y a lluvia, por su origen gallego. No las llevaba al tinte porque no soportaba que unas manos ajenas a sus actividades las manosearan y les quitaran esa inspiración de madrugada que era, para él, como la fuente Castalia de los griegos.
Aún hoy, ya jubilado, en su ambiente familiar, mantiene la costumbre de hablar en voz alta con las tildes, como si fueran vecinas de toda la vida. Los que lo conocen no saben el origen de tal proceder. Lo han llevado al médico en diversas ocasiones, pero lo único que ha logrado es un sinfín de carcajadas, debidamente corregidas en su pronunciación y sonoridad.
La aplicación de su móvil que usa como cuaderno de notas está llena de frases que empiezan con el original «Érase una vez…» y terminan en puntos suspensivos, porque dice que la vida, como la gramática, siempre deja algo pendiente.
En los cafés lo confunden con un excéntrico inofensivo porque rellena esa vieja aplicación con mil ideas o mil nombres que espera que no mueran, pero que tampoco las mima. Al cansado camarero le preguntó un día si le parecía bien la siguiente frase de influencia daliniana: «Mi mente es un carrusel de relojes derretidos girando en mitad del desierto». Su mirada sin palabras fue elocuente: «este tío está zumbao».
Se le da muy bien conjugar verbos inexistentes como: zambroñar (Sumergirse en un sofá hasta casi desaparecer), desmonear (Quitarle la gracia a algo que antes hacía reír); y su preferido: escribujear (Escribir y dibujar a la vez sin que quede claro qué es qué). Siempre se atasca en el pretérito perfecto simple del futuro de subjuntivo, que no existe. Pero él sigue insistiendo.
Cree que sus manuscritos serán descubiertos dentro de dos siglos por arqueólogos literarios, quienes, desconcertados, se preguntarán por qué todas sus historias incluyen al menos un zapato huérfano y una metáfora sobre la tilde de la i. Habla de los clásicos como si fueran compañeros de escuela, y cada vez que oye la palabra «influencer» se persigna con el diccionario de la Real Academia.
Este es el profesor que nunca tuvo barba. (A la sombra del verbo)
(Fecha y hora de conclusión de este texto: martes 12 de agosto de 2025 a las 9 horas 5 minutos de la mañana).

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Me ha encantado. 👏 👏 👏