No hay familia que no presuma, si quiere hacerlo, de que alguno de sus antepasados participara en determinados conflictos religioso―políticos o paraculturales. Todos, cuando miramos hacia nuestros ancestros, imaginamos a alguno de ellos, para eso están las leyendas familiares, bien conspirando en algún cenáculo de corte libertario, bien sabiéndose privilegiado observador de las intrigas más eminentes de la vida cultural de la ciudad o pueblo en el cual le tocó en gracia vivir. En estas circunstancias, yo tengo que hablar de doña Ernestina «la Generala», mujer de armas tomar, que fue, durante unos cuantos años, el figurón más destacado de la provinciana, por entonces, Compostela. Para hablar de esta mujer nos tenemos que situar en los últimos años de Isabel II y en los conocidos tiempos de la Gloriosa. (Isabel II, reina de España (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fernando VII. Bajo su reinado sufrió el 18 de septiembre de 1868, por sus veleidades con los poderes más reaccionarios, la revolución denominada la Gloriosa, por lo que tuvo que instalarse en París. Después de varios intentos para forzar su restauración, abdicó en su hijo Alfonso el 25 de junio de 1870).
Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más bonita y hermosa de la rúa Nova compostelana: soportal de tres arcos, cuatro luces, una fachada de una piedra labrada primorosamente y, para finalizar, una escalera majestuosa y señorial. En el frente de la casa, cuatro imponentes escudos entallados en el siglo XVIII, tiempo en el que se erigió la aristocrática casa. Doña Ernestina resumía en su sangre todas las vicisitudes de la nobleza gallega: rivalidades feudales, rencores familiares, odios heredados e incomprensiones de cualquier clase, que se resolvieron cuando sus padres se casaron, dicen que para hacer las paces de un pleito secular que afectaba a las dos familias.
―De nacer hombre, sería un glorioso militar, afirmaba ella misma extrañando el «bigotazo» que tendría en la dicha circunstancia.
Pero como no fue así, tuvo que conformarse con montar unas terribles y descomunales peleas en su entorno. Cierto es que de todas siempre salía ella como gran triunfadora. Estaba en una edad en la cual disfrutaba de cada éxito obtenido y se burlaba con obscenidad de la persona que había sufrido la humillación. Por desgracia para ella, aunque muchos lo dudaron en Santiago, su marido y su hija murieron muy pronto. El vacío que dejaban en casa era significativo, pero, como las dotes de mando eran inagotables, conservó en su casa los mismos sirvientes que cuando eran tres los habitantes de la misma.
―Yugo y vara, es mi lema con esta chusma; arengaba a su hija cuando era muy pequeña y veía en ciernes una excelente generala. Su intención era preclara: no debía alejarse lo más mínimo del camino recto y derecho de la estricta rectitud moral y emocional. Como en un principio sus dotes dictatoriales no salían del ámbito doméstico, el servicio, como decía ella, estaba harto de sus amonestaciones y sermones, pronto se convenció, para alegría de sus sirvientas, de que debía proyectar sus decretos de limpieza ética en alguna otra faceta de la vida de su ciudad.
―¡No se puede tirar por la borda una capacidad como la mía! Si me dejaran, yo los metería en cintura a la voz de ya y les pondría unas buenas y rígidas cinchas a esta manada de ateos oportunistas y librepensadores. Pensó que el terreno religioso―social era el más apropiado. De ahí que fundó y, ¡cómo no!, presidió durante años la «Asociación de damas carlistas». No conforme con esto, se hizo cargo de la dirección de las siete cofradías más importantes de la ciudad; por lo cual su poder iba desde la provisión de una canonjía vacante hasta colocar cuando ella quería a las jóvenes de la zona de Ribadavia en casas conocidas y de buena fama. (Ribadavia: localidad a 25 kilómetros de Santiago, en la provincia de Ourense. Capital de la región vinícola del Ribeiro. El último sábado de agosto se celebra en esta localidad la Fiesta de la Historia. Declarada de Interés Turístico Nacional. Por un día, la localidad se sumerge en la Edad Media vistiendo cómo se vestía en la época y representando la historia de la localidad, antigua capital del Reino de Galicia por un día. La moneda oficial utilizada es el marabedí. Es de visita obligada el castillo de los Condes de Sarmiento, construido en el siglo XV). De esta forma tan humana, se garantizaba disfrutar de la información más secreta y pudorosa de sus convecinos, que tantos golpes de pecho se daban en la próxima iglesia de Santa María Salomé. Esos conocimientos de la vida personal eran un punzante y letal aguijón que clavaba ella en la reputación del paisano que osara mancillar su limpio nombre o poner en entredicho su autoridad. Con un sólo gesto, ella confirmaba o bien tiraba por tierra cualquier «runrún» que se expandiera por la ciudad sin su sagrado consentimiento.
―¡Quien controla la intimidad del vecino, tiene la sartén por el mango! Si sabes cómo se comporta en lo personal, lo podrás desnudar sin piedad en público y mostraba una sucia dentadura, penitencia que debía soportar, decía ella, por un liviano y irreflexivo error de juventud. No quería pisar ni por asomo la consulta del doctor Mendes, porque decía que podría poner en práctica algún rito oculto para disolver su proverbial poderío, ya que lo vieron ―sic― procesionando con la nocturna Santa Compaña, leyenda que consiste en la aparición de una fila de encapuchados fantasmales cuya función no es otra que la de visitar o poner en aviso de una futura defunción.
La asistencia o no invitación a sus bailes anuales suponían el empellón definitivo o la postergación más absoluta de una familia en sus claros deseos de integración social. Tenía la potestad de hacer y deshacer noviazgos, siempre pensando en el buen decoro de la respetuosa ciudad. Muchas jóvenes que, por su culpa, quedaron para vestir santos, la detestaban con asco y desprecio. Eso sí, siempre en silencio.
―Y se me detestáis, hacedlo con la palabra del mudo, guardando vuestra ira en vuestras entrañas y en absoluto silencio, como hago yo con mis almorroides, nombre inventado por ella para designar la majestuosa y solemne dolencia que sufría desde la adolescencia. Mis tías cuentan que sus intervenciones en las fiestas del casino de Santiago, rompiendo parejas de baile, hicieron época. También se empleó a fondo en la censura de estrenos teatrales, pues ella pensaba que era la persona idónea para decidir qué obra se ponía en cartel y cuál no. Por ejemplo, Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas no se representó en Compostela gracias a ella. (Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra, duque de Rivas (1835), el gran drama romántico español. En relación a Don Juan Tenorio de José Zorrilla se podría aplicar el siguiente dicho gallego: el río Sil lleva el agua y el Miño, la fama). Había que verla cómo alardeó de su gran hazaña durante meses en los múltiples confesionarios de la catedral hasta que un sacerdote recién llegado le dijo que mostrara algo de humildad, calidad que no conocía en absoluto.
Hasta que un día se equivocó gravemente. Intentó censurar la ópera La Traviata de Guiseppe Verdi basada, según ella, en la inmoral y licenciosa La dama de las camelias de Alejandro Dumas. (Alejandro Dumas (hijo) narra en su novela La dama de las camelias (1848) la historia de Margarita Gautier, una cortesana del París decimonónico, que se siente redimida de su pasado por el verdadero amor que le profesa Armando Duval, un nuevo miembro de la alta burguesía provinciana, y decide retirarse con este último al campo. Gautier espera disfrutar del amor verdadero durante los últimos días de su vida, ya que no considera la posibilidad de poder superar la terrible tuberculosis que la afecta). En esta ocasión lanzó todos sus poderosos e influyentes tentáculos sobre el empresario del teatro, los actores, el arzobispo y demás autoridades y fuerzas vivas de la villa. Pero nada. La obra se representó varias veces y siempre a teatro lleno. No consiguió prohibirla. Fracasó estrepitosamente. Sumergida en una vergonzosa humillación, decidió alejarse del ambiente social a su pazo de Ribadavia, en una especie de mal entendido exilio interior voluntario.
―Así me lo pagan estos cafres incultos e ignorantes, devotos del más perverso de los dioses del cenáculo romano. Ya me echarán de menos y me vendrán a llorar. Entonces, los pondré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios bendito!, blasfemaba a cada vez más repoluda mujer.
Pero nada de eso ocurrió. Todo el contrario. La villa creció en muy valorada libertad y caralludo jolgorio. Débil y muy enferma, regresó poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Quería morir como una señora, en la ciudad que la vio nacer, y no en un pueblito de mala muerte, como denominaba ella a la histórica Ribadavia. O sería, lo más lógico según ella, para que todos los estómagos agradecidos de Compostela asistieran a su entierro y la reconfortaran en su muerte, hecho que no supieron hacer en vida.
Durante muchos años se habló en la ciudad de la fastuosidad del cortejo que recorrió el trayecto que separa la antigua rúa do Bico Novo del cementerio del Rosario. Llevó mucha gente de Dios. Así manifestaban algunos compostelanos de pro el tumulto congregado. Las lenguas venenosas, que, como las meigas, haberlas las hay, decían y contaban que la mayoría de los asistentes se acercó al camposanto para comprobar in situ que esta mujer estaba muerta y bien muerta. Mis tías hablan de que cómo les contaron detenidamente que uno de los concurrentes a su inhumación lo hizo por tal motivo, así lo certificó públicamente en el casino cuando fue requerido para tal hecho. Las dudas sobre su verdadera desaparición latían en los pechos de los más incrédulos y blasfemos agnósticos. Hasta, aseveran, que se lo hicieron jurar por la fe de los pecadores ―sic―.
―Bicho malo nunca muere, murmuraba muy bajo uno de los vecinos más beligerantes en la juventud de la Generala.
―Al muerto que no está presente, la vela no se le enciende; sentenció un buen hombre que portaba un grano cirio en su mano derecha para que lo pusiera al pie de la sepultura por orden expresa de su devota y correligionaria esposa y de ese modo certificar su muerte ¡Qué por mí…!
―No hay cosa peor que un muerto vivo, culminó el más experto y aguerrido de los enterradores del cementerio, mientras echaba sin descanso palas y palas de tierra sobre el féretro de doña Ernestina. La incrédula gente abandonó el lugar cuando los sepultureros dieron por finalizado su «santo trabajo» y pudieron comprobar que allí, sobre el féretro de la Generala, había más tierra que la extraída de las minas de Almadén. A muller que morrera onte / deixou moito caldo na pota, / comamos, amigos, comamos, / non sexa o demo que volva. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

La verdad es que no conocía esta historia ni al personaje, pero me ha gustado mucho. 😘