AQUEL SUDOR

Aún habita en mí. Aquel hotel. Aquel día tórrido de un Madrid ochentero con ínfulas de europeo acomplejado. Aquel silencio que navegaba entre nosotros con la fuerza de un desprecio que empezaba a nacer en ti. Lo noté en tu mirada cuando me dijiste con el candor de una ninfa acostumbrada a ser observada que ya no volveríamos a vernos. Puse mis labios con ansias vivo en una gota de sudor que recorría procaz la piel erizada de tus pechos y diste un respingo tal que tus ojos se clavaron en mi desnudez mientras yo te perdía perdón. Eres repugnante, sentenciaste llena de pronto de un pudor claretiano. Y me dejaste suspenso en aquella destartalada cama. Todavía conservo en mi almario el sabor de aquella sudorosa despedida. 

Deja un comentario