Yo soy de piel blanca y un poquito rosada. Siempre tuve corrosiva envidia (no creo en la sana) de las personas que se ponen morenas en pocos días y que no tienen que recorrer ese tramo de quemaduras y toda su parentela de ampollas. Quizá por eso mismo rechace de una manera involuntaria el sol. Además, la fotofobia y la proliferación de lunares ―melanoma incluido― han logrado que en la actualidad el dermatólogo me prohíba el sol. También es cierto que soy una persona bien entrada en años como para solicitar ahora de modo gratuito la morenez del sol. Pero menos que a los veinte años se quiera quedar bien cuando llega el verano y uno piensa que lo de estar moreno «es la de dios».
Cuando yo era veinteañero se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de semana y no podía defraudar a Rosa, la chica con la que había quedado.
―José María, no creo en los milagros, y tu deseo tiene más de eso que de posibilidad real, me decía mi alter ego.
―Ya lo sé, pero alguna solución habrá…
Y sin encomendarme ni a Dios ni al diablo fui a consultar a una desconocida farmacia «mi problema». El auxiliar, que captó enseguida mi obsesión, me dijo:
―Yo tengo su solución: el bronceador sin sol. Es la novedad de esta primavera. No necesita quemar su piel. Con el bronceador sin sol, visto y no visto. ¡Y a lucirse!
―¿Está usted seguro?
―Segurísimo. Siga las instrucciones del prospecto al pie de la letra y en una noche tendrá un color que causará la envidia de sus amigos.
Y sin pensar que Dios es bueno, pero el diablo no es malo, lo compré y «marché para casa» lleno de una alegría casi voluptuosa.
―Hasta mañana, mamá y papá. «Marcho para cama». Tengo que repasar el examen de mañana. Me fui a todo trapo.
―Adiós, hijo. Hasta mañana. Parece que está contento con lo que está estudiando, sentenció mi padre.
Primer paso: el baño.
Cogí el prospecto y le eché un vistazo.
―Todo eso ya lo sé. Verborrea médica. Ya lo sé. José María, venga. Lavarme la boca y el milagro. Quiero hacerlo lo antes posible.
Desenrosqué el tapón del bronceador sin sol, esa mágica solución farmacéutica a mi blancura. Me di una primera capa. Consistente y muy bien extendida. Examiné mi piel en el espejo como si fuera un gemólogo estudiando un brillante. Pero como no vi los resultados inmediatos que me había prometido el auxiliar, me di cuatro capas más. Ahora, seguro. Nada de lavarme las manos. Mis padres no pueden sospechar que tanto tiempo en el baño esconda algo. Me fui a la cama directamente nervioso y algo ilusionado.
Cuando me erguí de la cama al día siguiente, yo había olvidado enteramente la terapia nocturna del bronceador sin sol. Fue mi hermana la que soltó un chillido, como si se hubiera encontrado con el mismo hombre de los infiernos.
―Pero… ¿Qué has hecho? Parece que has dormido en una chocolatera. Estás negro como el carbón. ¿Qué has hecho, insensato?
Fui a toda velocidad a verme en el espejo del baño. Cuando me vi, ¡coooñó!, se me cayó el cielo en la cabeza. Empecé a balbucear como cuando quise invitar a Maite al cine y no me salían las palabras.
―¡Tengo examen final de literatura del siglo XVI!
Por el alarido de mi hermana, mis padres se levantaron a toda velocidad y se acercaron a la cocina a ver qué ocurría.
Cuando me vieron, no fueron capaces de cerrar la boca durante un larguísimo minuto. No sabían qué decirme. Sólo mi madre:
―Hijo, por Dios, ¡qué disgusto! Otro invento tuyo. (Inciso: un año antes de este experimento, escribí a una empresa que se anunciaba en el ABC con un «producto milagro» para que brotara la barba espontáneamente. Estuve un mes completo dándome una carísima loción viscosa y de tono azul. Nada de barba. Nada. Lo único que conseguí, hablemos claramente, es que me saliera «un terrible eccema en forma de barba». Fue mi primera visita al dermatólogo de un sinfín de ellas.)
Tuve que contar detalladamente a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la cocina y sentenció:
―Todos a la ducha, menos vuestra madre. Vosotros, a la facultad; yo, a trabajar.
―Yo…¿también?, improvisé.
―El primero.
―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy preparado para el examen.
Mi hermana se fue a su habitación partida de risa.
―Si me hubieras consultado a mí, Jose. Ahora, a apechugar con tus compañeros.
Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espejo y eran repugnantes los chorretones de color chocolate que tenía en las manos, los brazos, la cara, las orejas, el cuello… Me duché, pero no despareció ni un ápice de negritud.
Cogí el autobús y soporté con cierta dignidad las miradas burlonas. Hoy, julio del 25, hubiera sufrido con tremenda vergüenza un sinfín de fotos con los móviles. ¿E Instagram? Se me está deslizando un hilo de sudor por la espalda.
En la facultad no saludé a nadie y me dirigí alicaído al aula donde teníamos el examen. Todas las bancadas ocupadas menos la primera fila. Allí me senté. Encorsetado. Bolígrafo en la mano izquierda y en espera del catedrático. Sin mirar a nadie, pero todos mirándome.
El profesor entró con diligencia y dejó sobre la mesa los cuadernillos con las preguntas. Éramos 200 alumnos. Lógico que don Antonio se fijara en mí. Se me acercó y con una mirada de inspector de hacienda me examinó de arriba a abajo. Se giró como un legionario portador del Cristo de la buena muerte y soltó una interminable cascada de carcajadas, que se escucharon en toda la facultad. El paseíllo de todos los compañeros de curso, para escrutarme, por la primera fila con cualquier disculpa fue incesante. El murmullo, desmedido. Don Antonio sufrió y sudó sangre coagulada para que se hiciera el silencio Colocado a dos metros, se dirigió a mí como si estuviera cantando un tema de notarías:
―Mire, Máiz Togores, como le gusta que lo llame, usted es el abejón de este examen, pero claro, por mucho que estén las ventanas abiertas, querido amigo, usted no se va. Mire, no soporto más este ambiente de carnaval. Usted no va a hacer el examen ahora, lo hará mañana y oral en mi despacho, con todos sus derechos inviolados. Así podrán concentrarse sus compañeros. No quiero que haya un posible recurso por el inapropiado ambiente generado por usted.
Se sentó y esperó a que yo me fuera. Después de recoger mis apuntes, cabizbajo y meditabundo lo hice lo más rápido posible.
La puerta ya cerrada, en el pasillo, me puse a reordenar los apuntes que había recogido arbitrariamente.
De pronto tronó la voz de don Antonio:
―A ver, señores, una última carcajada y a escribir dos horas seguidas. La risotada sonó en toda la facultad durante un minuto y súbitamente se hizo un silencio absoluto. Empezó el examen que no me dejaron hacer. (A la sombra del verbo) (2025)

Jajaja. Esto es súpergracioso! Gracias, José María, por compartir.
Es la pura realidad. 👌 Así mismo es exactamente. 👏. Lo que no entiendo es por qué no consultaste conmigo. 👏
Brillante. 🤣 Me he reído mucho. Muchos hemos tenido alguna situación que otra con los autobronceadores, pero dudo que nadie tuviera tanto público. jajaja
Muy divertida e ilustrativa tu historia del bronceado de urgencia y sus consecuencias.
Y sin embargo me parece muy dura tu expulsion del examen y espero que el oral cara a cara del dia siguiente lo superaras con buenas notas.
Un abrazo
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