EL VAGO

Distinguido amigo: Imagino, déjame que sueñe un poco, que «te habrás pateado» www.pasoreservado.com y habrás concluido que en mi blog hay una desmesura de ironía y sarcasmo. Por tal motivo, estás a punto de enviarme un sinfín de correos electrónicos para que yo los suscriba. ¿Verdad? Veo hilaridad en tu rostro. Te pido resignación. Déjame que siga con el sueño.

Hoy quiero hablar del más perseguido de los ciudadanos: el vago. Ese individuo que no se levanta, ni soñando, a las 6 de la mañana para trabajar 12 horas por un sueldo que apenas cubre el alquiler; no ese no. El vago convierte su vida en un escándalo porque osa dormir hasta las 11, las 12, las 13 horas, como pronto.

Creo que el vago no es el problema. Tal vez el problema es un sistema que mide el valor humano por la cantidad de horas que pasa uno frente a una pantalla y no acostado. ¿Por qué no se valora al que está repanchigado en su cama observando, si lo tuviere, el gotelé del techo? ¿Quitar el gotelé por antiguo? Ya volverá, ya volverá. Así me ahorro ese trabajo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cuestionarlo? Eso sería trabajar.

El vago es el héroe tumbado, es el mártir del sofá, el incomprendido. Su última propuesta en el trabajo, fechada el 14 de febrero, no produjo nada, sólo el cabreo permanente del jefe. El vago propuso ahorrar el número de reuniones y constreñirlo todo en un correo enviado en vacaciones, y como los sindicatos prohíben trabajar en periodo vacacional, no hay desgaste ni físico ni emocional. Olvídate de que el vago es un ser improductivo.  El verdadero vago sabe que la cama, el sofá o el suelo son espacios de productividad emocional. ¿Trabajar sentado? ¡Qué anticuado! El vago trabaja tumbado… pensando en lo que podría hacer.

El vago practica el arte de mirar por la ventana como si estuviera resolviendo ecuaciones existenciales. El sistema tolera sus enfermedades, que se manifiestan de lunes a viernes, pero con enorme desconfianza. ¿Qué culpa tengo yo si el sábado y el domingo me encuentro bien?, se justifica.

Le encanta hacerse preguntas con respuestas evidentes para él. ¿Trabajar más? ¿Para qué? Si con lo mínimo se sobrevive, ¡el resto es vanidad!

¿Acaso no es él quien sostiene la economía de este país cuando nadie trabaja y él aún menos? ¿Quién mantiene viva la industria del café instantáneo y las series nefastas? ¿Quién, si no él, ha perfeccionado el arte de parecer ocupado sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que optimiza su esfuerzo al punto de la inactividad total. ¡Eficiencia pura! No produce estrés, no genera trabajadores quemados, no contribuye al descenso del PIB. ¿Qué más quieren? ¡Le sale barato al estado!

El vago es un filósofo del «mañana lo hago» porque vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si puedo no hacerlo nunca?».

La vagancia no es un crimen, es una forma superior de existencia. Mientras los activos corren como hámsters en ruedas laborales, el vago contempla el universo desde su cama, preguntándose cosas profundas como: ¿Y si hoy tampoco hago nada?

La historia está llena de vagos ilustres. Sócrates no trabajaba. Diógenes vivía en un barril. Y todos los filósofos parecen haber tenido mucho tiempo libre. ¿Coincidencia? No lo creo.

¿Y si el príncipe de Dinamarca fuera un vago existencial? Piensa tanto que no actúa. Duda, reflexiona, se cuestiona. ¿Es eso vagancia o profundidad? En un mundo que exige decisiones rápidas, Hamlet es el incómodo espejo de la conciencia.

El vago no contamina, no congestiona el tráfico, y jamás interrumpe con ideas innecesarias. Es ecológico, silencioso y perfectamente inofensivo. Un monumento a la paz mundial.

Por eso, el vago propone que se le erija un monumento. Y te pide que colabores. No de pie, claro, sino acostado. Con una manta, un mando a distancia, y una expresión de sublime indiferencia. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

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