Mientras tomábamos un café en Milford ―el paraíso de la juventud, según Rafo―, hablamos torpemente de nimiedades, especialmente porque Rafo salió del colegio indignado e incendiado por el comportamiento de un grupo de alumnos en la última clase de la tarde.
Bebió compulsivamente el café. No le salían las palabras y yo comprendí que no era un buen momento para una prolongada conversación. Me dijo que le dejara diez minutos, que le permitiera dar una vuelta a la manzana, que con eso le llegaba. Salió taquicárdico y cayó de nuevo en el tabaco. Dos caladas y al cenicero público. Se llamó mil veces imbécil y juró que no lo volvería a hacer.
Rafo entró con un rostro un poco más relajado. Estuve a punto de llevarlo a urgencias, preocupado por el estado de nerviosismo que reflejaba su aspecto. Al despedirnos, me dijo que yo me había comportado como un señor, porque lo había acompañado a su casa y me dijo que luego me mandaría un guasap para confirmar su mejoría. Así fue.
Una nueva cita, pero esta vez en el Penta de la calle de la Palma. Me planteó tres exigencias: no tomar nota de nada, no releer ni reescribir lo escrito y no matizar nada. Yo protesté con palabras gruesas y, animado por la cerveza, hice el ademán de irme, pero Rafo ni se inmutó, dio un trago a su cerveza y se puso a leer los guasaps que latían en su teléfono. Había uno, según él, que esperaba con acongojante zozobra.
―Te lo repito, me dijo, como lea algo matizado o reescrito por ti, te planto. Te dejo y que me escuche otro tío. Tú, no. No me cuesta nada cambiar de negro literario o escritor fantasma en cuanto te desvíes de mi camino. Peculiar e inexplorado, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, provócame y lo verás. Te planto sin decir adiós. Los anillos que nunca he tenido no se me caerán por ello.
―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te conoce. Eres el genio anónimo detrás del bostezo literario o el autor favorito de nadie. Perteneces a la más vulgar de las intrahistorias de este país. Además, utilizas unos adjetivos trogloditas y altamente casposos. Si cierras el blog, piensa que yo tengo todas las contraseñas, ¿nadie pierde, nadie? ¿Y tú? El gran perdedor. Porque al final, como decía Freddie Mercury, eres el gran farsante, el gran simulador. Los grandes perjudicados somos tú y yo. Tú, porque te conocerán como el escritor fantasma que ni los fantasmas leen; y yo, seguiré con mis deudas. Nada. Piénsatelo bien. ¿Otro autor en la sombra? ¿No ves que el problema eres tú y tus descabelladas condiciones?
Rafo guardó silencio ante mi invectiva y sólo hizo un gesto de enfado, que se quedó en una ridícula mueca de fastidio.
―Dejando esto a un lado porque así no se avanza, te comento dos aspectos de mi vida literaria: lo que yo escribo lo leo, lo releo y corrijo mil veces. No me puedes pedir que no rehaga los errores porque puede ser caótico. Aún estoy reescribiendo poemas que escribí en los años 90. Ya sé muy bien tus principios, pero…también tienes que entender cómo soy yo. ¿Qué prefieres? ¿Lo caótico o lo perfectamente estructurado? Si me obligas a no retocar textos, nuestro blog se puede convertir en algo calamitoso y nada apetecible.
―Pues eso es lo que quiero, joder. Mi vida y mi cabeza son caóticas, pues que mayor constatación de ello que los relatos muestren una atractiva anarquía.
―De atractiva, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zascándome por el desorden. Sería un galimatías. Además, tengo muy mala memoria. Lo mismo confundo escenarios, frases o vivencias. Entonces… Si no me ajusto a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he matizado nada y que todo ha sido fruto de mi incapacidad de plasmar en azul con exactitud absoluta lo narrado por ti? Me los vas a reprochar. Y te cabrearás. Por favor… ¡déjame tomar notas!
Me comenta que me tiene que dejar cinco minutos porque tiene que contestar una llamada importantísima para él. Vital, la califica. A los cinco minutos exactos vuelve y se sienta, en esta ocasión, frente a mí y no a un lado como elegí yo. Yo, a lo mío.
―Observo que eres feliz relatándome episodios superficiales y candorosos de tu vida, pero están tan deshilvanados que me resulta inexcusable no meter mi pluma. Me exiges objetividad, que me convierta en un componedor de textos ajenos y no en un narrador omnisciente que sabe todo de ti, el protagonista. Por tal razón, no me permites ver tus miserias, tus vergüenzas y tus debilidades. Las tengo que intuir y colegir de lo que tú me cuentas. Creo que es un grave error no permitirme hacerlas públicas.
―Tú, cuando escribas, no deduzcas, no; tú, escucha, teclea y cuelga en el blog. ¿Que me quieres decir algo de viva voz? Pues adelante, suéltalo. Si fuera boxeador, diría ―y lo dice muy convencido― que soy un encajador que se faja muy bien en las distancias cortas.
―Lo considero un trabajo hatroz, que si no fuera por mis necesidades económicas lo mandaría todo a pastar. Me desasosiega saber si mi visión de la realidad que tú me relatas y la que yo transcribo se compenetran como una pareja bailando un sensual tango.
Hacemos una pausa mientras guasapea con una lentitud que me relaja. Aún hay personas más torpes que yo.
―Por lo que voy conociendo de ti, y por lo que me cuenta tu entorno, puedo decir, en una espontánea lluvia de calificaciones, que eres noble, que no linajudo, generoso en las acciones, poseedor de un pronto muy dañino, sincero y raudo en la petición de perdón, muy buen escuchador, desubicado geográficamente ―son palabras tuyas―, parco en palabras, prolífico intermitente en la escritura ―también son palabras tuyas―, nada altanero, desinteresado en lo material, abatido por nimias preocupaciones, lleno de debilidades y dudas, disfrutador en la intimidad de tus pocas certezas, agradecido con los gestos ajenos y con una tendencia clara a la soledad. Y, por último, con un póker de complejos que nunca desvelas.
―¿Y todo lo has deducido de nuestras conversaciones? ¡Ah, perdón! Que hablaste con mi entorno. En contra de mi voluntad.
―No me lo prohibiste radicalmente.
―¿Y ahora qué hago contigo? ¿Me largo? ¡Eres un auténtico cabrón, tío! Y yo confiaba plenamente en ti.
―Tus certezas siempre se tambalean cuando vuelves los ojos a tu infancia y tu adolescencia, tanto la temprana como la tardía. No deberías caer, como muchos de nosotros, en valoraciones extremas cuando hablamos de aquellos años. Lo que ocurre es que te gusta la sangre emocional, te gusta exudar congojas y desdichas.
―Sigue, sigue. Estoy alucinando.
―No puedes hacer un juicio sumarísimo de la época en la que sufriste algunas experiencias impropias de un adolescente. Pero… ¡no te equivoques! No pierdas la perspectiva… ¡Mucha gente sufre como tú y muchísimo más!
Sé sincero y noble, ya te juzgará el lector. Creo que fuiste un niño feliz y, como dices tú, un tardoadolescente hipersensible con las afecciones, enfermedades y fallecimientos de tu familia. Hoy serías un PAS clarísimo.
―¿Cómo?
―Persona Altamente Sensible.
―¡¡¡Lo que me faltaba!!!
―Yo creo que tienes un miedo pavoroso a que se resquebraje esa imagen celestial que tú has cincelado a lo largo de los años. Pero tienes que entender que este paso que tú has dado va en esa dirección. Es absurdo que te quieras convertir en un segundo principito cuando tú eres realmente un hombre de carne y hueso, con tus virtudes y tus defectos. Una compañera tuya ―torció el gesto― me dijo hace unos días que te encantaba darle lustro a esa segunda vida que muchos creen que tienes.
―Cuando sale ese tema, se sonríe como un tuno en una rondalla y se le ponen unos ojillos de inocente libertino que me encantan, me susurró confidencialmente.
―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lector compulsivo de la literatura decimonónica y de las primeras décadas del XX, no soy ni un desahogado juanitosantacruz ni un disoluto baudelaire. Pero si me retas a elegir, te diré que tengo más del primero que del segundo, aunque… Estoy soltero y el buey suelto bien se lame. No tengo yugo alguno que me impida cualquier movimiento. Me encanta la palabra. Soy un crápula.
Nos despedimos con un fuerte abrazo y acordamos que nos guasapearíamos para concertar otra entrevista.
Tú, lector de este blog, o de un futuro libro, te habrá extrañado muchísimo mi silencio como narrador en algunas entradas anteriores. Como bien sabes, en un principio, mi única fuente de información era la voz de Rafo porque no me atrevía a fisgar en su entorno. Si llegara a sus oídos, la capitulación sin acuerdo posible sería inmediata.
Yo he puesto en duda algunas partes de su relato. Me parece increíble que tuviera dentro de su casa un comportamiento filial―paterno ejemplar que no se movía un ápice del ideario o credo familiar. Ahí empezó, en mi opinión, su pernicioso y famoso complace. No quería dar disgustos a su madre. Los académicos eran otra cosa. Ahí no había complace alguno. Y en la calle vivía lo mismo que la mayoría de los adolescentes del momento.
Luego, cuando decidí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil realmente, porque algunas voces me dijeron enseguida que no era oro todo lo que relucía y que los años universitarios ―como hemos visto en entradas anteriores― los vivió, por muy diferentes motivos, que retomaré en otros momentos, anegados de emprendedoras juergas y temerarias francachelas con sus amigos de toda la vida. No sé el porqué de su empeño en ocultar unos largos años de descarado e imprudente desfase.
En lo que se refiere a enfermedades, situaciones familiares difíciles de soportar y fallecimientos de parientes se atiene a la verdad más absoluta en su justa medida. Como dice él: con este tema no me gusta la fabulación. Todo ha sido y es como yo lo cuento.
Cuando habla conmigo, no miente; ya que está convencido plenamente de que lo que narra es la verdad absoluta. No es consciente de que a esos momentos de evocación les está poniendo un filtro de adulto. Era un joven incoherente en su grado máximo. Se creía adulto cuando era un adolescente o joven poseído por una inmadurez, que no le impedía sentir física y emocionalmente, como es lógico, los primeros latidos del crecimiento. Pero las responsabilidades académicas se perdían en innumerables promesas que se evaporaban en dos o tres días.
Yo sabía con quién hablar para confirmar expresiones, valoraciones o acontecimientos que me dejaban perplejo, pero que no los hago públicos por respeto a él. Mis artimañas han logrado romper su hornacina emocional y alguna perla ha soltado. Rafo no miente. Lo afirmo. Oculta, que es diferente. ¿Ocultar no es mentir? Rafo, en este punto, ha exteriorizado la misma inmadurez que ha regido sus actos a lo largo de su vida: un miedo hatroz a romper la imagen que tienen ahora los que lo conocen. En los temas familiares, ha esperado a que la mayoría de sus parientes de más edad fallecieran para ceibar (soltar) la lengua.
Lo poquito que he podido recabar en su entorno me confirma que fue un niño feliz y un adolescente lleno de pulsiones, inquietudes y obsesiones que habitan per sécula en una negra nube que no se ha separado de él desde entonces.
Otra de sus obsesiones era su madre. Él no quería que sufriera por su culpa, pero no lo logró. Sus juergas, su tío Filoso, su endeblez en los estudios no hicieron más que acrecentar el insomnio y las depresiones de Lola madre. No quiso, no pudo, no supo, no entendió que él era, en esos años, un puntal para su madre y el hacerle compañía no era suficiente.
Un psiquiatra con el que coincidí en una cena de amigos ―conocidos, mejor― me dijo, al consultarle mi miedo de tergiversar las palabras de Rafo, que la memoria siempre traiciona, ya sea la de un pez o la de un elefante.
―¿Uno recuerda el pasado tal como pasó? Imposible. La memoria tiene sus triquiñuelas que ponen en duda los hechos que uno relata con una certeza absoluta. Pero eso le pasa a todo el mundo, hasta a los que juran tener una magnífica memoria. Sólo con olvidar un dato, ya estamos tergiversando esa verdad.
Aprendí que la psiquiatría se mueve entre dos planos básicamente. Uno, la alomnesia o ilusión del recuerdo, que consiste en falsear el recuerdo provocando una rememoración errónea. Se recuerdan las situaciones de una forma equivocada. La persona no tiene conciencia de la alteración, mostrándose convencido de su recuerdo. Y, por otro lado, hablamos de amnesia anterógrada o de fijación, que manifiesta la incapacidad para la aprehensión o la fijación de nueva información. También se conoce como olvido a medida.
―Creo que, en tu actuación como narrador de la historia de Rafo, estás entre las dos situaciones, de ahí tu obsesión por tomar nota de todo aquello que te cuenta el protagonista. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)
