YO

A mis lectores suele molestarles cuando hablo demasiado de mí mismo ―para mí, nunca es demasiado― porque los textos, sin remedio, se vuelven unilaterales, porque perciben una evidente falta de interés por mi parte por el mundo y por los demás; y porque puede transmitir rasgos de narcisismo o inseguridad ―en mi caso, mucho más de lo segundo que de lo primero―. Hablando el otro día, con una cerveza Estrella de Galicia por medio, con un experto en comportamientos sociales, me dijo que hablar en exceso de uno mismo ―yo no lo percibo así― me define por cinco rasgos en un principio incorregibles: búsqueda incesante de la validación emocional, temor a pasar desapercibido, sensación positiva de autocontrol, rasgo de aire de superioridad e impacto negativo en la interacción social. Le dije que estaba de acuerdo en los dos primeros ―diches na diana, cabrón― y en total desacuerdo con los tres restantes. Le di la dirección de mi blog y que leyera este texto que estoy escribiendo.

Después de mil lecturas en internet y en diversos libros de psicología que pululan por la biblioteca municipal, he llegado a la conclusión de que en mi vida cotidiana convivo con tres distintivos que influyen de manera profunda, constante y «muy dañina» en cómo me relaciono con el mundo: la atiquifobia, una introversión muy marcada y una dificultad significativa en la sociabilidad.

Durante muchos años he intentado explicar —a quien me quiso escuchar y a mí mismo— estas características sin éxito, en parte porque desde fuera resultan contradictorias con algunos aspectos visibles de mi trayectoria vital, especialmente mi desempeño profesional como docente.

La atiquifobia, o miedo intenso al error y al fracaso, atraviesa gran parte de mis decisiones y comportamientos. No se trata de una sana prudencia ni de una simple exigencia personal, sino de un temor profundísimo a equivocarme, a quedar expuesto o a no cumplir las expectativas que en mí habían recaído. Ante situaciones nuevas, social y cruelmente evaluables, mi mente se adelanta al acontecimiento y construye escenarios de fallo, rechazo o incomodidad. Esta anticipación no me prepara, me paraliza. El resultado suele ser el bloqueo, la evitación o una inmovilidad que se vive con frustración, culpa y un insano remordimiento.

Mi introversión, que considero aguda e inevitable para mí, ha sido sistemáticamente cuestionada por mí durante gran parte de mi etapa profesional. Durante casi 38 años he trabajado en el aula, Lengua y Literatura, con alumnos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de realizar actuaciones que muchos interpretan como una prueba inequívoca de que no soy tímido. He hablado de todo en público, he improvisado, he exagerado gestos, he utilizado el humor, incluso he hecho puerilidades y gansadas con la sana deliberación de captar la atención o de crear un clima favorable para una explicación teórica. Sin embargo, esta superficial interpretación ignora un aspecto esencial de mi vivencia interna.

El aula ha sido para mí un espacio escénico estructurado, con reglas claras, un rol definido y un objetivo concreto. En ese contexto, he podido funcionar como un sincero actor que ha interpretado un papel cuidadosamente construido a lo largo de los años. Ese papel notaba yo que me protegía: sabía quién era yo allí, qué se esperaba de mí y cómo responder. La energía emocional y física que invertía era grande, pero estaba dirigida y tenía sentido: que el alumno captara mi atención y que pudiera explicar con cierta comodidad temas que eran auténticos ladrillos para ellos. Al terminar la función, la clase, sin embargo, el desgaste era notable, y la necesidad de retirada y silencio, imperiosa. ¿Por qué? Porque daba paso a una hiriente incertidumbre: la imprevisibilidad en la reacción de alumnos, compañeros o padres. De ahí que «mi contracción a cerrarme como una concha» fuera una nítida forma de regularme ante esa incomodidad. En el aula, mi histrionismo era una manera de brillar dentro de un marco seguro. Fuera de él, mi misma energía me bloqueaba porque no encontraba el cauce oportuno.

Fuera de ese marco profesional, en contextos sociales informales o no estructurados, esa «máscara» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay objetivo pedagógico que justificara/justifique una exposición de mis sentimientos o de mi realidad personal. Es ahí donde emergía/emerge con fuerza titánica mi profundísima timidez, mi incomodidad ante la interacción espontánea y mi dificultad para sentirme seguro siendo simplemente yo. El hecho de haber sido competente —incluso brillante en muchas ocasiones— en el aula no solo no invalida mi actual introversión en otros ámbitos de la vida, sino que la confirma: demuestra mi incapacidad para la socialización.

La dificultad para la sociabilidad se manifiesta ahora con cruda realidad en contextos no profesionales. Me cuesta mogollón iniciar conversaciones de tipo social, mantenerlas sin otro propósito que socializar con personas a las que tengo un excelso afecto y mantener con soltura una charla sobre sentimientos personales.

A menudo quiero participar en grupos, pero el miedo a decir algo inapropiado, irrelevante o mal interpretado activa de nuevo la atiquifobia y me retiro a mi casa, que es la zona de confort que me da una seguridad aplastante. Se puede manifiestar incluso en conversaciones telefónicas. Esto genera un círculo vicioso: cuanto más intento controlar el error social, más rígido me vuelvo, más artificial me siento y mayor es la sensación posterior de aislamiento.

Situaciones concretas ―bodas, funerales, inauguraciones, presentaciones de libros, comidas o reuniones familiares o de todo tipo― como el aperitivo o copas del próximo viernes para celebrar el inicio de las vacaciones de Navidad condensan de manera muy clara, como el bovril, ese extracto concentrado de carne de vacuno, mi problemática y me genera un doloroso insomnio. Aunque objetivamente pueda tratarse de un encuentro sencillo, subjetivamente se convierte en un escenario de alta amenaza para mí.

Anticipo silencios incómodos, expectativas implícitas, errores sociales irreparables, charlas descompensadas, síes y noes vacíos… Mi cuerpo, en esa paisajística tesitura, reacciona con ansiedad, mi mente se bloquea, soy incapaz de ver lo positivo de cualquier reunión y aparece un fuerte impulso de evitar la situación como forma de aliviar el malestar inmediato que me cierra el estómago y me produce una sudoración anormal en pleno mes de diciembre, a 20 grados de temperatura en mi casa y sin moverme de mi silla.

Todo ello ha tenido un impacto acumulativo en mi autoestima, que la jubilación ha destapado como una fuerza imposible de ignorar y reprimir, que arrasa con todo mi yo y expone mi realidad que, por estar oculta, parecía normalizada para mantener una relación con los demás.

En estos días he sentido que debía justificarme o demostrar por qué, en encuentros de dos o tres personas, no soy tímido. Lo cierto es que puedo ser simultáneamente un profesional eficaz en un rol sistematizado y una persona tímida e introvertida incapaz de afrontar determinadas situaciones en otros ámbitos. Reconocer esta complejidad no me debilita, no me justifica. Al contrario, me permite comprenderme con mayor precisión y menos autoexigencia. Espero que tú me comprendas igualmente.

Escribir este texto forma parte de ese proceso: poner palabras a lo que durante años ha sido malinterpretado y distorsionado, minimizar el juicio externo e interno y empezar a mirarme desde un lugar más honesto, realista y compasivo.

El breve ejemplo que te expongo a continuación no es mentira. Es cierto desde la primera palabra a la última. Lo he tenido guardado desde entonces porque no he sido capaz de sacarlo a la luz hasta ahora. Puede parecer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y estaba en el teatro escolar, en Navidad, con mi papel preparado: una frase corta, pero clave para que la obra avanzara. Cuando llegó mi turno, las luces se encendieron sobre mí y todos los ojos se clavaron en mi figura. Noté con claridad los pinchazos.

El silencio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las palabras no salieron. La timidez me atrapó por completo: miré al suelo infinitas veces, apreté con fuerza las manos y cada segundo de silencio se multiplicó por mil. Finalmente, otro compañero tuvo que improvisar para que la escena continuara.

No hubo aplausos en ese momento, solo un murmullo de incomodidad en la sala. Sentí una mezcla de vergüenza y frustración, como si hubiera fallado. Y es que había fallado con estrépito. Ahí empezó mi estrecha e íntima relación con la timidez.

Lo mismo estoy equivocado en el contexto. La última vez que mis compañeros de entonces organizaron en Jesús-María un Festival de Primavera con una estructura determinada en la que intervenían alumnos y profesores, yo preparé durante días, en horario nocturno, un monólogo que mostrara la realidad de nuestro colegio en aquel curso ―hoy estaría del todo descontextuado―. Disfruté con la elaboración, lo leí mil veces y me preparé con plena conciencia para proponerlo al equipo organizador. Al final, llegado el momento, me callé y lo eliminé. La maldita timidez me bloqueó porque me imaginé un escenario de fracaso y ruina emocional ante decenas de alumnos y profesores.

La copita del próximo viernes ―volvemos al escenario desestructurado― me invita a una escena de miedo y fracaso. Me tiene ya bloqueado ―y estamos a martes― y sufro porque se ponga en cuestión mi valor personal. Sé que no es un examen, que no es una prueba de competencia social ni una situación en la que tenga que demostrar nada. Mi afecto hacia vosotros es claro, diáfano y manifestado por mí en muchas ocasiones. Eso no ha variado un ápice. Creo que se ha incrementado y lo acuno con mimo todos los días en mi mente. Mi único objetivo es que entiendas que, si no estoy presente, no es por indiferencia o porque esté de vuelta de todo, no. Mi silencio, mi ausencia y mi imparticipación ―perdona el repugnante neologismo creado por mí― solo es una consecuencia de lo expuesto hasta aquí. Si ahora está presente la ansiedad ―que lo está―, no es un fracaso, es una reacción conocida, pasajera, pero inmanejable para mí. Quiero que me entiendas, y si no lo haces, lo lamento sincera y llanamente. Mi afecto por ti es rotundo y terminante.

A cada uno de mis 383 suscriptores ―incluso a los que no me leen y esperando que en 2026 aumente la cifra y no disminuya, como está ocurriendo en este 2025― le/te deseo una Feliz Navidad y que 2026 venga repleto de dicha y felicidad.

 

 

Deja un comentario