Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.
Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao» en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.
Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incasable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.
Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.
Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:
—¿Y para qué sirve la literatura, profe?
La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije:
—Para que no se te olvide la vida.
Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.
La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.
Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.
Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.
