QUIÉN SOY YO

(Y quién es el otro que vive en mí)

Presentarse es un acto de valentía. En un mundo donde todos parecen saber quiénes son, donde se presume, se exhibe, se oculta, presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia. Desnudarse ante los demás, contar lo que duele, lo que pesa, lo que falta, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Esto soy. Esto llevo dentro».

Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es humanidad. Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es un acto de lucidez. Una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo.

También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece. Yo no quiero desaparecer. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. En uno mismo. O dos. Tú y yo…

Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.

Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a la tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.

Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.

Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.

Soy un profesor jubilado de Lengua y Literatura Castellanas. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid, enseñando palabras que a veces sentía como propias y otras como ajenas.

Nací en Santiago de Compostela, y durante muchos años pasé los veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya no. Vivo en Madrid, pero mi alma es gallega, y eso no me lo pueden quitar.

Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de no escuchar el acento que me sosiega, de no ver el mar que me explica, de que me olviden.

Soy tímido, apocado, casi asocial. Lector empedernido, estudiante de todo, solitario, vergonzoso, buena persona, generoso. Me dicen que así no conseguiré nada. Que no se puede vivir así. Que no se puede escribir así. Que no se puede ser así.

Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto.

«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.

Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café, la cerveza, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo, el caldo gallego. Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño». Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón.

Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que me falta constancia. Que me falta fe. Que me falta algo que no sé nombrar. Esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro sin lágrimas.

He cambiado de casa varias veces. Fui reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Hoy vivo con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que no podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por no saber pedir otra vida.

Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (Quizá, algún día me leas) (A la sombra del verbo) (1995-2025)

 

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