(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica», pero necesito publicarla. En caso contrario, ya sabes, papelera).
Durante muchos años he invertido esfuerzo, tiempo y pasión ―no sé si capacidad― en la práctica de la «escritura creativa», término que no me gusta nada. Mis primeros versos son del año 1986. Los anteriores, una burda creación, unos impulsos adolescentes, unas obscenidades mal redactadas o unas lágrimas quinceañeras con formato verbal. Tengo que decir que detrás de ellos siempre había una mujer de carne y hueso o una realidad palpable.
1986, traspasado mi ánimo por un fracaso en las oposiciones de Instituto, fue un año de lectura empedernida, compulsiva y vehemente, especialmente poesía española, argentina, inglesa, irlandesa, uruguaya, maldita (los malditos franceses) y de los países del este, como se decía entonces.
Mi primer ataque creativo supuso emborronar y ensuciar una ficha durante tres horas de una noche de insomnio existencial. Y me lancé y escribí y escribí y escribí en los siguientes años. En 1994, ya trabajando en Jesús-María de Juan Bravo, me pasé una noche en vela y realicé un escrutinio al estilo del cura y el barbero de Don Quijote, que liquidaron un sinfín de libros de caballerías. Tuve la tentación de tirarlos por la ventana porque había un patio muy hermoso para hacer una hoguera con las pocas fichas que iba a eliminar. Al final, fueron muchísimas, más de las que conservé por un breve periodo de tiempo. Mi primer sangrante arrepentimiento. Pero repetido hasta la saciedad a lo largo de los años, hasta la actualidad. Soy un «hombre rompedor» Ja. Cumplidor del fundamento o raíz del mal escritor: no conservar ningún borrador. Ninguno. Sólo el resultado final. Sólo. Limpio. Pulcro. Ordenado. Aunque sea un texto horroroso. Todo ello en una carpeta pequeña SARO, que con la llegada del ordenador murieron en minúsculos añicos en una papelera de la vía pública.
Ese mismo año publiqué mi primer libro y me di cuenta de dos cosas: mi forma de escribir no era la acertada ―muy poca gente se atrevió a decírmelo con absoluta sinceridad, pero sin mala intención― y la nula vocación de lector de poesía de las personas que habitaban mi entorno. No suscitó en mí consideración alguna la opinión de los maledicentes, que los hubo, y los sigue habiendo. Este punto es asunto baladí.
Cada texto que escribo desde entonces expresa mi propio trabajo creativo, esconde mi largo periodo de reflexión, que es brutal, y refleja mi experiencia personal. Todo es una eterna «trabajina» de escribir y borrar.
Hasta la aparición del ordenador, utilicé, y aún utilizo esporádicamente, miles de fichas del tamaño 5 de miquelrius emborronando en ellas mil poemas y otros tantos textos. ¿Destruidas? Un porcentaje altísimo de las fichas utilizadas. Así soy yo. No guardo borradores. Solo conservo el resultado final y queda sepultado en él las innumerables horas invertidas, así como la tinta de cientos bolígrafos Bic cristal azul marino.
No sé recurrir a atajos. Nunca he sabido. Y hoy en día, para mí, es impensable acudir a máquinas que escriban por mí. ¿Cómo va a dominar mi imaginación ―aunque sea desmañada, desastrosa y torpe de entendederas― un sistema de algoritmos?
Lo que aparece en este blog es pura y exclusivamente lo que ha dado a luz mi pensamiento y mi mano siniestra. Claro que he recurrido a fuentes de información y a diccionarios, que para eso me he gastado un pastón en ellos. Pero eso lo hace todo el mundo que se dedica a escribir, incluso los que nos dedicamos a juntar palabras como yo.
Todo esto es una consecuencia de una acción que me ha provocado un disgusto tan grande como el casino The Venetian, que es el más grande de Las Vegas y que supera en metros cuadrados a todo el espacio que ocupa el Bernabéu o, juguemos con comparaciones o símiles caseros, cuando el 17 de febrero de 1974 ―yo estaba presente tras el banquillo del Madrid― el Barcelona de Cruyff nos metió una manita y el «holandés volador» salió del campo ovacionado por todos los aficionados madridistas.
Concreto. Me llegaron el otro día tres correos electrónicos con tres emisarios absolutamente irreconocibles acusándome de utilizar la Inteligencia Artificial en mis textos del blog. Es curioso que, analizados los mensajes, tenían los tres una estructura muy parecida. Diferentes reacciones se sucedieron en mí mientras no era capaz de levantarme de la silla. La lectura de los correos me mantuvo imperturbable frente a mi ordenador y salté de inmediato con un exabrupto irrepetible. Silencio, rabia, angustia, tristeza, incredulidad, ira, frustración y abatimiento. Todos ellos en décimas de segundos, los cuales culminaron en un estado de shock del que sólo pude salir apagando el ordenador. Volví a encenderlo, volví a leer los tres mensajes y los borré pensando que era el modo más efectivo de hacer frente al «allanamiento de morada creativa» que acababa de sufrir. La misma reacción de siempre, el gesto heredado del tiempo, como si los tuviera ritualizados. Que los tengo.
El siguiente paso, en plena compulsión de reacciones, fue cerrar el blog. Me encontré esnaquizado y desfeito, dos términos gallegos para indicar que estaba muy afectado y hundido moralmente. Menos mal que alguien desconocido ―ese alter ego que me zurra sin piedad cuando escribo―, de modo etéreo, celestial e incorpóreo, me iluminó y, cuando tenía el cursor del ratón sobre la tecla de eliminar, lo retiré, abrillantada mi frente por el sudor, con gran brusquedad.
Herido en el orgullo, decidí suscribirme a dos plataformas de detección de AI (Quillbot y GPTzero) porque me dijeron que no me debía fiar de una sola plataforma ni de las gratuitas, que fracasan con una regularidad casi algorítmica. Me he gastado un pastón en ellas. No sabía que eran tan caros esos detectores de AI.
Tengo escrita una leyenda de un personaje inventado por mí. Llevo dedicadas unas cuantas horas a dicha narración. Bastantes. Una biblioteca infinita de infinitos instantes. He borrado una eternidad de veces, frases y párrafos completos. Si los imbéciles que me dicen que utilizo AI supieran las horas que paso ante el ordenador tecleando, borrando y reescribiendo, no habrían mandado el correo. Mientras otros jubilados se patean El Retiro o la Casa de Campo, pasean por Madrid-Río, visitan museos, viajan a países impensables, intervienen en mil actividades gratuitas, yo invierto mi tiempo en escribir. Bien o mal, pero en escribir. No quiere decir que los resultados sean óptimos. En compañía de mi hermana, pero con una soledad creativa absoluta.
Navegando por internet, encontré opiniones muy interesantes sobre las herramientas de AI para detectar que un texto ha sido escrito con esas plataformas. Lo cierto es que esos sistemas no son infalibles, decían; y pueden llegar a ser contradictorios o a indicar como artificiales ideas y estructuras gramaticales que son profundamente humanas. ¿Debo cambiar mi estilo? Algo, o bastante, ha cambiado desde el 30 de junio de este año, último día de trabajo y comienzo de mi ansiada e imperfecta jubilación. Primera cuestión: ¡¡¡Cómo voy a escribir igual a los 67 años que cuando tenía 40!!! Durante mi época laboral mi dedicación estilística fue mínima. No sé si por exceso, pero mi dedicación laboral me dejaba exánime y desfallecido. Era escribir, una mínima revisión ―por eso, mi primo Jorge siempre me apuntaba erratas― y colgarlo en el blog. Ahora, con la jubilación, son incontables las horas que paso frente al ordenador. Incontables. De verdad. Mil consultas: diccionarios, libros especializados, enciclopedias digitales… Pero eso, como ya he dicho antes, lo hace todo el mundo. Hasta los incompetentes y desmañados como yo.
Por lo visto, los algoritmos son los que sentencian ahora que mi voz literaria ha dejado de existir; pero, en mi humilde opinión, creo que la tecnología no ha llegado a reconocer la originalidad, la riqueza y la diversidad del estilo de escritura humana. Quillbot me dice que esa leyenda escrita por mí es humana al 100%, pero, en cambio, GPTzero me suelta la coz: 92% de AI. Y yo no entiendo nada. ¿Y mis horas? ¿Quién las valora? ¿Hay algún sistema de algoritmos que detecte mi tiempo invertido? ¿Al final todo es una apuesta por mi credibilidad? ¿Y si el concurso literario al que la voy a presentar se rige por GPTzero? ¿Y si se rige por Quillbot? O descalificado o posible premio, me sentencian. Esto es la leche. Si me he equivocado en algo de mi exposición, lo siento. Llevo tres días empapado de sudor por la AI.
Curiosidad: pego un texto largo en GPTzero y me dice que es AI al 100%. Lo he escrito yo. Lo fragmento en siete partes y las voy pegando sucesivamente con el mismo orden que escribí el texto completo y me dice que las 7 partes son humanas al 90%.
Quiero dejar claro que yo me comprometo con la veracidad de mi escritura. Mis escritos seguro que tienen ―joder, yo los escribo― repeticiones estructurales o de términos ―en literatura existe un recurso expresivo que se llama paralelismo, y otros muchos como la anáfora, la epífora, el quiasmo, la epanadiplosis, la anadiplosis, hasta el anacoluto teresiano… Además de la sinonimia, el pleonasmo o la redundancia―, metáforas poco agraciadas, vulgares, comunes o sorpresivas ―se denominan metáforas pobres, gastadas, clichés o incluso metáforas muertas―, giros extraídos de una voluminosa lectura de décadas o un tono uniforme ―Quillbot dice que eso es AI―. ¿Por ello debo cambiar y convertirlo en una etapa reina del Tour con los puertos de Luz Ardiden y el Tourmalet…? ¿Eso no es un defecto? Una máquina es la que decide hoy en día que debo cambiar mi identidad literaria, que todos sabemos que no se puede medir ni con porcentajes ni con etiquetas digitales. En la creación literaria existen decenas de recursos estilísticos ―la conocida Retórica― que están a disposición del escritor para darle a su texto una intención determinada.
En mi blog tengo ahora colgados 168 textos. Sí. ¿Cómo van a ser todos uniformes o escritos con el mismo patrón? Soy humano. He evolucionado emocional y estilísticamente. Desde una angustia vital tipo San Manuel bueno, mártir de Unamuno hasta una laxa humanidad tildada de un pesimismo no hiriente. ¿Es lo mismo escribir después de un fracaso amoroso, después de la muerte brusca y repentina de una madre con la que todavía yo no había cortado el cordón umbilical o después de un descalabro literario? Pues no. Aunque lo afirme Thomas Edison. A este célebre hombre, inventor de la bombilla y otros dispositivos, se le atribuye la frase: «No fracasé, solo descubrí 1.000 maneras de cómo no hacer una bombilla». Actitud que refleja la idea de que nunca se equivocaba, sino que acumulaba aprendizajes. Mi inexplorada interpretación: 999 fracasos.
Yo pienso seguir escribiendo. Ladran, luego cabalgamos. Esta expresión significa que las críticas o ataques de otros son señal de que uno avanza en la dirección correcta. Aunque suele atribuirse erróneamente a Don Quijote dirigiéndose a Sancho ―según los críticos especializados dicen que Cervantes nunca la escribió―, su origen real está en un poema de Goethe y se popularizó en el ámbito hispano gracias a Rubén Darío.
Y si a ti, suscritor, que no sé si lector, de mi blog no te gusta lo que escribo o dudas de mi creatividad ―te felicito por ello con el calor humano, la vehemencia y el fervor de un chambón de las letras―, por favor, date inmediatamente de baja en la suscripción de mi blog y dedica tu tiempo a lecturas más interesantes e igualmente creativas. Seguiré escribiendo porque creo en la fuerza de la palabra y en la sinceridad de mi trabajo. Este es mi blog y mientras tenga algo que decir lo continuaré haciendo con la misma dedicación, limpieza y honestidad que desde mis principios. ¿Y este texto? Como se dice en italiano ¡Chi lo sa!
(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica»).

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsRecuerda la letra de la canción: A quien le importa lo que yo haga… ………., yo soy así y así… ……….\». Un abrazo