Dicen que leer es un milagro. Y lo es: convertir manchas negras en latidos no deja de ser brujería civilizada. Abres un libro y, de pronto, el mundo deja de ser este barrio con goteras y facturas; se vuelve desierto, palacio, naufragio o cama revuelta.
Cada libro es una ventana. Algunas dan a jardines; otras, a precipicios. Pero todas obligan a asomarse. Leer es viajar sin mover los pies, lo cual resulta ideal para espíritus aventureros con miedo a perder el autobús.
Los cuentos nos enseñan a soñar. Y también a sospechar que la vida real tiene peor redacción y demasiadas erratas. Nos enseñan que hay finales, aunque los nuestros suelan quedar en puntos suspensivos.
Leer alimenta la mente, dicen. Y es verdad. Lo que no añaden es que, cuanto más lees, menos toleras la estupidez en estado puro. La lectura no te hace superior, pero sí te vuelve menos paciente con la mediocridad orgullosa.
Un libro no te salva. Pero te acompaña mientras te hundes con estilo. (Diccionario subjetivo e hiperbólico de la lengua cotidiana y aledaños)
