En este blog (www.poetario.com) estoy publicando todos mis poemas en prosa en castellano (Las aristas de mi verdad) y en gallego (Cando chove por dentro). En www.recuncar.com podrás leer mis textos en prosa en castellano. Si quieres leer más entradas, al final de las cinco a la vista, tienes que clicar en el enlace del libro al que pertenece y te saldrán de cinco en cinco. Gracias por leerme. En caso de que quieras suscribirte, por favor, envíame un correo electrónico a jmmaiz@telefonica.net o maiztogores@gmail.com
DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN ESCRITOR QUE NO HA VENDIDO UN LIBRO EN SU VIDA Y QUE NO SABE QUÉ DEMONIOS HACE ESCRIBIENDO EN UN BLOG
Escribo para entender qué demonios pienso antes de convertirme definitivamente en ese señor insoportable que opina con seguridad de todo en cenas donde nadie le ha preguntado nada. La escritura es el único sitio donde mis contradicciones, mis neurosis y mis delirios de grandeza todavía parecen tener cierta dignidad intelectual. En la vida cotidiana solo parecen síntomas preocupantes.
Ningún silencio editorial invalida una frase verdadera. El problema es que encontrar una frase verdadera entre quinientas páginas de divagaciones solemnes no siempre resulta sencillo, ni siquiera para mí. Que un libro no encuentre editor quizá no signifique que el sistema esté podrido; a veces significa simplemente que soy un analfabeto comercial con el carisma de un archivador gris.
Publicar no es la medida definitiva del valor literario; muchas veces es apenas una alineación entre talento, oportunidad y una capacidad mínima para no parecer un ermitaño socialmente disfuncional. La literatura existía antes de la industria y seguirá existiendo después, aunque probablemente yo siga enviando manuscritos como un monje medieval lanzando botellas al mar desde una cueva emocional.
Prefiero una página honesta, aunque imperfecta, a cien páginas fabricadas únicamente para agradar al mercado. Claro que esa decisión moral tan noble tiene consecuencias: mientras otros venden novelas sobre panaderos escandinavos con traumas sentimentales, yo sigo escribiendo párrafos densos que parecen redactados por un funcionario deprimido durante una tormenta eléctrica.
No rivalizo con otros escritores ni con esos premios literarios que parecen diseñados por un joyero barroco bajo los efectos del coñac. Mi verdadera aspiración es más humilde y más ridícula: que alguien lea mi blog entero sin abandonar a mitad para ponerse a ver vídeos de fontanería en YouTube. Mi lucha no es contra otros autores, sino contra mi tendencia natural a escribir con miedo, resentimiento y hambre de aprobación disfrazada de superioridad intelectual.
Un manuscrito rechazado no es un cadáver. Es más bien un paciente en coma inducido al que sigo visitando con una mezcla de esperanza absurda y vergüenza clínica. Cada rechazo editorial me recuerda que el mundo quizá no estaba esperando exactamente una novela filosófica escrita por alguien que corrige adjetivos a las tres de la mañana como si estuviera desactivando explosivos.
La literatura no me debe lectores, contratos ni prestigio. Y visto lo visto, parece decidida a no darme absolutamente nada de eso. Yo, en cambio, sí le debo disciplina, paciencia y respeto por cada palabra escrita, aunque algunas de ellas merecieran claramente haber sido detenidas por la policía lingüística antes de llegar al papel.
Acepto que quizá nunca viva económicamente de escribir. De hecho, las probabilidades de hacerme rico parecen similares a las de convertirme en duque austrohúngaro por accidente administrativo. Pero también acepto que dejar de escribir me convertiría en algo todavía peor: una persona que habla de la novela que «podría haber escrito» mientras bebe café frío y culpa al algoritmo de todos sus fracasos.
Cada libro invisible contiene una vida entera detrás: noches robadas al cansancio, dudas interminables y una obstinación que desde fuera se parece muchísimo a un trastorno obsesivo elegantemente vestido. Nadie ve las horas perdidas corrigiendo una coma como si la estabilidad de Occidente dependiera de ella. Y sinceramente, a estas alturas, ni yo mismo sé si eso es admirable o médicamente inquietante.
Mientras siga escribiendo con verdad, todavía no puedo llamarme fracasado. Un fracasado auténtico probablemente tendría hobbies más saludables y una autoestima menos vinculada a párrafos subordinados. El fracaso real sería abandonar esta necesidad ridícula y persistente de decir algo auténtico, aunque luego lo lean exactamente cuatro personas y dos de ellas sean familiares obligados por compromiso genético.