INCÓMODO (O EL ARTE DE QUERER EXPLICAR LO QUE PARA MÍ ES INEXPLICABLE)

(Apunte inicial: En primer lugar, ya sabes que me gustaría que me leyeras en la web de www.recuncar.com porque se contabilizan las entradas y en los correos no. En segundo, perdona por tratar de nuevo un tema delicado e inflamable, pero en el territorio frágil en el que vivo lo siento necesario. Y, por último, prometo no volver a tocar ese tema, aunque autores reconocidos como Joan Didion, David Foster Wallace o Alejandra Pizarnik, han hecho de temas semejantes su verdad literaria. Además, las promesas están para no cumplirlas. Ja).

No quiero resultarte incómodo, espinoso, insoportable, agobiante, embarazoso, áspero, sofocante, espeso… No quiero.

Hay una cosa de la que se habla poco porque incomoda. Porque rompe el ritmo alegre que parece obligatorio en este mundo de risas enlatadas, sol prefabricado y bebidas euforizantes: la felicidad como norma social y casi una obligación moral. Porque la tristeza, cuando dura demasiado, cuando se excede de una hipertacañería exquisita, cuando no nos comportamos como Jim Carrey o Rowan Atkinson (Mr. Bean), acaba cansando a los demás. La tristeza en dosis homeopáticas, en lo imprescindible para demostrar que existe, sólo así es aceptada. Por eso, uno aprende a callarse. O a disfrazar lo que siente con ironías, con silencios, con frases breves dichas casi en broma para que nadie se asuste demasiado, no vayan a entristecerse más de lo establecido por la Corte de los Confetis y las Sonrisas Permanentes (tiene mayoría absoluta la bancada de la felicidad), la famosa CCSP. José María, deja en paz este decreto distópico con humor negro y abandona el cinismo contemporáneo. No eres ni Franz Kafka ni Enrique Jardiel Poncela. Magister dixit.

Yo llevo tiempo bordeando algo oscuro, pero lo hago en mi blog, según un «caducado» conocido mío, como el último y patético Curro Romero, «el viejo señor del tiempo»: alternando «tardes irrepetibles» con «sublimes fracasos».

No sé si llamarlo depresión, melancolía antigua o simplemente, creo que he acertado en la expresión, una manera torcida de estar en el mundo. Tampoco me gustan las etiquetas. Las palabras médicas, cuando se pegan a una persona, a veces parecen quitarle matices. Pero sí sé que desde hace años vivo acompañado por una especie de nube negra. No una tormenta espectacular. No un drama permanente. Algo más silencioso y constante. Una sombra que distorsiona la luz de las cosas corrientes.

Hay días en que todo parece ligeramente más gris de lo que debería. Las noticias, las conversaciones, el futuro, las relaciones, incluso los recuerdos buenos. Como si el cerebro tuviera una tendencia natural a inclinarse hacia el lado oscuro de las cosas. Y no es cuestión de voluntad. Esto es lo más difícil de explicar. La gente cree que uno decide mirar mal el mundo, como quien elige ponerse unas gafas oscuras en pleno verano. «Anímate», dicen. «No pienses tanto». «Sal más». Y esa conocida frase que no hay «antiemético» que la reprima: «Hay gente que está muchísimo peor que tú, así que deberías dejar de quejarte un poco y aprender a valorar lo que tienes en vez de estar siempre con esa cara de ajo siberiano». Como si todo dependiera de un pequeño gesto de actitud y la nube negra me impidiera conocer las terribles enfermedades y las precarias situaciones que habitan en el mundo. La última vez que un familiar le dijo a mi madre esta linda frase: «No sé de qué te quejas; tu marido te da todo lo que quieres» —volvemos al mercantilismo de los sentimientos—, mi madre, muy serena, le soltó a la cara, entre indignación, ironía y dramatización, esta contestación lorquiana: «Métete en un pozo negro de veinte metros de profundidad y, sin cuerdas ni escaleras, intenta salir de él. Venga, valiente, sal; venga, valiente… ¿Por qué no sales? ¡Eres un vago!».

Yo mismo me he preguntado muchas veces si esto viene de lejos. Mi madre tuvo ciclos depresivos muy graves. La información, completa. No quiero caer en la media verdad. Entre ciclo y ciclo depresivo, era una mujer atenta, divertida, sociable y excelente cocinera. Entonces se denominaban «depresiones endógenas» a las depresiones de origen interno, biológico, y «depresiones exógenas», las que eran las causadas por alguna circunstancia externa. Una expresión y clasificación antiguas que hoy suena a consulta médica de los años sesenta.

Yo crecí viendo aquello sin entenderlo del todo. Pienso que, tal vez, ciertas tristezas también se heredan. No como una condena exacta, pero sí como una forma de mirar, una inclinación secreta del carácter. Igual que otros heredan la facilidad para la risa o el entusiasmo.

Durante treinta y siete años me he dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Y creo que bien o muy bien. En algunas ocasiones no me quedó más remedio que ejercer mi vocación frustrada: la actuación teatral. Pocos compañeros lo percibieron, por lo que, en varias ocasiones, sin éxito alguno, me rondó el «Óscar educativo». Sospecho ahora que el trabajo me sostuvo más de lo que yo mismo sabía. Tener horarios, explicaciones, responsabilidades, alumnos, exámenes, reuniones, clases que preparar, correcciones, entrevistas… fueron mi «bálsamo de Fierabrás». La vida ultraorganizada alrededor de una tarea constante me salvó de caer en ese pozo negro. Quizá esa estructura actuaba como un dique. Ahora estoy jubilado y el silencio interior tiene más espacio. Demasiado espacio a veces. Uno descubre entonces que el ruido de la vida diaria también servía para tapar ciertas voces interiores.

No estoy diciendo que viva hundido. Eso sería exagerar. Y mentir. Sigo leyendo, escribiendo, paseando, hablando con gente. Me interesan todavía muchas cosas. Pero debajo de todo eso hay una corriente subterránea de tristeza que no desaparece nunca del todo. Y lo más cansado no es sentirla, sino tener que justificarla continuamente ante los demás. Es agotador.

Porque además existe otro problema: la incomprensión. Cuando uno intenta explicar estas cosas, muchas personas sonríen con una mezcla de cariño, condescendencia, compasión paternalista y desconcierto. Como si yo estuviera exagerando un poco y a punto de romperme con un cristal de duralex: en mil pedazos. Como si yo hablara desde un capricho. O desde una rareza literaria. Hay quien piensa que uno dramatiza porque escribe o por mi vocación actoral. Como si poner palabras al malestar le quitara verdad.

Y no. Hay personas que somos más sombrías por naturaleza. Igual que existen los optimistas espontáneos, también existen quienes sentimos el peso del mundo con más intensidad. Somos personas que nos rompemos en reuniones llenas de gente. Personas que necesitamos soledad para respirar. Personas que nos sentimos observadas incluso cuando nadie nos mira. Personas que salen de ciertas actividades agotadas en lugar de animadas. Personas que parecemos tranquilas mientras por dentro estamos huyendo. Personas a las que el bullicio no nos alimenta, sino que nos vacía. Personas que escuchamos a todos y casi nunca somos escuchadas por esa tristeza que no es tendencia hoy…

Eso no significa despreciar a los demás. Ni sentirse superior. Ni vivir enfadado con el mundo. Significa simplemente que hay temperamentos distintos. Pero como vivimos en una época que parece obligatoria la exhibición permanente de felicidad, hay que estar motivado, sonriente, sociable, disponible. Y quien no encaja en esa música acaba pareciendo sospechoso.

A veces pienso que muchas personas alegres tienen la enorme fortuna de no estar demasiado tiempo dentro de sí mismas. Yo, en cambio, paso demasiado tiempo ahí dentro. Observando. Dándole vueltas a cosas pequeñas. Recordando frases antiguas. Imaginando futuros sombríos. Cansándome de pensamientos que otros ni siquiera notarían.

Lo curioso es que esta manera de ser también tiene algo de lucidez. La tristeza vuelve a algunas personas más observadoras. Más conscientes del paso del tiempo. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces de detectar la fragilidad que se esconde bajo las apariencias normales de la vida. Pero claro, nadie me felicita por eso. La sociedad premia la energía, no la introspección.

No escribo todo esto para pedir compasión. Sería, como mínimo, un indecente por ello. Ni siquiera comprensión absoluta. Sé que cada persona carga con sus propios fantasmas y sus propias enfermedades. Solo me gustaría que se aceptara que hay quienes vivimos con una cierta tristeza de fondo. Una música baja que nunca termina de apagarse. Y que eso no siempre tiene arreglo, ni explicación clara, ni solución inmediata.

Quizá lo único que necesitamos es que no se nos sonría con sobreprotección ni que nos digan con un tono plañidero ―es en la única circunstancia que no lo soporto― pobriño. Que no se nos trate como exagerados o ingratos. Que alguien escuche sin corregir, sin recetar optimismo rápido, sin convertir cada confesión en un problema que hay que arreglar enseguida, como cuando yo hacía en la postadolescencia frente al espejo y explotaba con inmediatez de fibra óptica ese «vesúbico» grano que rebosaba pus y un asqueroso líquido blanco. Hay nubes negras que, en estos momentos, no me anuncian una tormenta tropical; simplemente me acompañan en un solitario deambular. 

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