Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del edén James Dean tiraba piedras a una casa blanca, entonces te besé. (Las cuatro y diez, Luis Eduardo Aute)
—José María, no notas que este chiquillo trae un olor peculiar, un olor, no sé… como a ambientador.
Esta frase la pronunció mi madre mientras yo me dirigía precipitadamente a mi cuarto. Después de dejar el abrigo sobre la cama, me senté en «mi sillón» a la espera de la reacción de mi padre. El corazón parecía no caberme en el pecho; sus latidos parecían violentos aldabonazos en mi conciencia, y todo por haber ido al cine esa tarde sin el permiso de mis padres. He ahí el «pecado», no haber comunicado a «mis jefes» que iba a ir al cine a ver una película que estaba clasificada para mayores de catorce años.
Habíamos quedado Ana, Jorge, Mayte y yo en la esquina de Conde de Peñalver y Hermosilla a las cuatro menos cuarto. Puntual y nervioso allí estaba yo. Era la primera vez que íbamos al cine a ver una «peli» para mayores, una vez cumplidos los catorce ese mismo verano. ¿Podré sentarme al lado de Mayte? Espero que sí, que Jorge cumpla lo pactado esta mañana. Después de comprar las entradas, accedimos al local «desafiando» al portero con una mirada de «persona mayor», o es que no se nota acaso, ¿eh? Como buenos caballeros que éramos, invitamos a nuestras acompañantes a una bolsa de palomitas y a otra de patatas fritas, ya que por la mañana habíamos estado haciendo cuentas y nos podíamos permitir ese lujo. Le dimos una generosa propina al acomodador para ver si nos colocaba no muy cerca de la pantalla, pero nada, se la embolsó y no nos hizo ni caso. Una vez sentados los cuatro «correctamente», bueno esto es un decir, nos dispusimos a «ver» la película. En posteriores tardes de cine nos percatamos de que lo mejor era aceptar con una sonrisa las butacas indicadas por el acomodador y, una vez comenzada la proyección, deslizarnos sagazmente por el pasillo hacia otras mejores posicionadas en la retaguardia.
Tras las siempre desafinadas primeras notas del NODO, permanecimos inmóviles ante aquella sucesión de noticias. El olor a ozonopino iba impregnándose en nuestras ropas. Mientras, Jorge y yo planeábamos cómo coger de la mano a Ana y a Mayte sin que el acomodador nos recriminase nuestro incorrecto comportamiento con un inmisericorde linternazo. Creo que la película era de Manolo Escobar, no puedo recordar el título. Sólo sé que la gente murmuraba y murmuraba cada vez que el acomodador se acercaba a nosotros y nos amenazaba con una «tremendísima sanción» si tenía que volver a reprendernos. Pues no venga, pensaba yo. La incomodidad de los asientos no facilitaba en absoluto permanecer en la misma posición viendo la película, y si a eso le añadimos los nervios de la situación, agradecí —letal paradoja— que por fin aquel niño, que había llorado tanto entre cancioncita y cancioncita, encontrara a un buena familia que lo tomara en adopción. Es curioso, todo el tiempo pensando en que la película iba a durar lo que un suspiro, y el «plasta» de Manolo Escobar se me estaba haciendo interminable e insoportable. Después de invitar a Ana y a Mayte a una cocacola en una cafetería próxima, las acompañamos a sus respectivas casas. Jorge y yo nos miramos con complicidad, estábamos convencidos de que la próxima vez saldría mejor. Para ser la primera no está mal, ¿eh?, pensamos los dos.
Sentado en «mi sillón» y esperando el más que seguro «interrogatorio del jefe», fui saboreando con verdadera fruición cada minuto, cada segundo de aquella mi primera tarde de cine, para mayores, claro está.
Mientras mi padre terminaba de cenar, mi madre le seguía dando vueltas al origen de aquel curioso olor que indiscretamente expelía mi ropa. (25 de marzo de 1996)
