Una mano nueva —que ya quisiera él que viniera con instrucciones—, un puñado de certezas que no sirven ni para jugar al mus, noches más movidas que su tensión arterial y varias pantallas en blanco que lo miran con la misma compasión que una suegra escéptica: he ahí el glorioso patrimonio de un hombre adulto que de joven pensaba beberse la vida a morro… y acabó bebiendo tila.
Tras una colección de vivencias desordenadas —como cualquier cajón de calcetines solteros— ahora se dedica al noble arte de esquivar su pasado, que cada noche regresa puntual, se cuela entre las sábanas perfumadas y le monta una bacanal imaginaria digna de presupuesto europeo… pero financiada con recuerdos reciclados.
—La soledad es muy mala compañera —decía el viejo escritor, mirando su nueva mano con el mismo desprecio con el que uno mira un electrodoméstico que no sabe usar—. Y cansa. Cansa mucho.
Durante unos minutos, que parecieron patrocinados por la duda existencial, se preguntó si no tener a nadie al lado era soledad o libertad. Porque claro, libertad suena mejor… hasta que te despiertas sobresaltado, taquicárdico y hablando solo.
—Desde luego, tú no caerías en esas poluciones nocturnas tan dramáticas que dices que te dan —le soltaba, sin anestesia, una vieja amiga que conocía todas sus miserias con la precisión de un notario con lupa. Ella sabía perfectamente que aquel hombre llevaba años convertido en un trasnochador profesional, especialista en diálogos interiores y cafés recalentados.
Vivió como espectador de cine de barrio: siempre en la butaca, nunca en la pantalla. O bien se sentía incapaz de acercarse a una mujer que él mismo había elevado a la categoría de mito olímpico inalcanzable —mientras la aburría con conversaciones que daban más sueño que un documental sobre líquenes—; o bien se dejaba arrastrar, desnudo de certezas y vestido de inseguridades, por placeres tan momentáneos que caducaban antes que el yogur.
Su pusilanimidad, fiel compañera, lo empujaba por un tobogán de soledades inmundas y perfectamente desnaturalizadas. Vamos, que no eran ni románticas: eran administrativas, rutinarias, con sello y número de expediente.
Y así, entre nostalgias con olor a colonia barata y heroicidades que nunca pasaron de borrador, nuestro hombre seguía convencido de que un día escribiría la gran novela de su vida. Aunque, de momento, lo único que dominaba era el arte de cambiar de postura en la cama sin que cambiara nada más. (A la sombra del verbo)
