«A veces hay que volver al barro para encontrarse». Esta frase de la oscarizada «Volver a empezar», cuya idea principal es la de concederse una segunda oportunidad para regresar al origen, reconciliarse con lo vivido y descubrir que nunca es tarde para recuperar una parte de uno mismo. Me gusta mucho, y no he sido capaz de localizar, la «manipulada» frase de Paulo Coelho: La vida siempre concede otra oportunidad a quien se atreve. Escribo esta frase como propósito de enmienda y como objetivo literario, desde este momento, me comprometo a no amargarte la vida. Sí, aburrirte, pero no convertir la lectura de mis textos en un invierno interminable. No quiero ser una piedra constante en tu zapato ni llenarte la lectura de espinas. (Este fragmento debería ir encuadrado en esta entrada, pero como no lo sé hacer me he tenido que conformar con colorear la letra de rojo)
A las seis de la mañana, la ciudad todavía no ha terminado de vestirse, pero sí está amaneciendo. Las calles tienen ese color gris azulado, húmedo, que a mí siempre me recuerda a los amaneceres en la ría de Noia, también conocida como la Ría da Estrela, cuando la niebla flota sobre el agua como si le costase sintonizar el nuevo día. Me gusta esta hora. La soledad a estas horas no pesa; es más bien una compañera silenciosa, un lienzo en blanco antes de que todo el mundo empiece a gritar. Sólo me falta un desayuno con berberechos o almejas, dar un largo paseo de madrugada por la playa seminudista de Baroña o patearme haciendo fotos el aclamado por los senderistas Monte Louro.
Estaba yo en mi rincón de la cafetería de siempre, con el teléfono abierto en un libro que me tiene enganchado: Asesinato en el molino del cura, de Arantza Portabales. Nada de espóiler. El café humeando y un cruasán a la plancha a medio empezar, cuando la puerta crujió como un fantasma desperezándose. El fresco del amanecer, aumentado por los camiones cisterna que estaban «bañando» las calles, entró de golpe, y con él, una muchacha de unos veinticinco años. Muy bien conjuntada, mochila cargada de apuntes y los ojos despiertos de quien se va a comer el mundo o, al menos, el examen de las nueve.
Pidió un café para llevar, pero mientras esperaba, me miró de reojo. Me reconoció. Había sido alumna mía en 2º de Bachillerato hace unos años. Sonrojada y sin atreverse a hablar, volvió a mirar. Se acercó a mi mesa con la determinación de quien va a fundar un país.
—Perdone… ¿usted es José María, el profe de Lengua, verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.
Asentí con la cabeza, un poco sorprendido, sosteniendo la taza en el aire y dispuesto a escucharla.
—Sí, el mismo. Buenos días.
—Tengo un recuerdo excelente de usted. Pocos profesores como usted he tenido en la carrera. Tengo que leer hoy mi tesis. Llevo dos años con ella: Adsorción diferencial de fármacos sobre plástico hospitalario según la carga electrostática ambiental.
No supe qué decir sobre ese interesantísimo tema. Me ofreció una pequeña explicación que no viene a cuento plasmarla aquí.
La joven no se anduvo con rodeos. Dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos, entre la indignación, la lástima y la admiración.
—Dejemos mi tesis… Pues mire, ayer lo leí, leí su blog. Y de verdad se lo digo: qué tipo tan pesado es usted. Qué plasta. Un auténtico deprimido, enfermo dice mi padre, de verdad. Si todo es tan terrible como dice, ¿para qué nos levantamos por la mañana? Me dejó el cuerpo como pateado por un elefante.
Me eché a reír. No pude evitarlo. La honestidad brutal de la juventud tiene una fuerza maravillosa. Le señalé la silla de enfrente.
—Siéntese un minuto, ande. Que su café va a tardar un poco. ¿Tan deprimente le pareció?
Se sentó en el borde de la silla, como lista para salir corriendo por si el «carácter depresivo» resultaba contagioso.
—Es que parece que para usted el paso del tiempo es una condena a muerte —dijo, suavizando un poco el tono, pero sin perder firmeza—. Habla de la soledad como si fuera un pozo negro. Y de la añoranza de su tierra como si Galicia fuera un cementerio de recuerdos. ¡Un poco de por favor! Que la vida sigue.
La miré con la calma que dan los sesenta y siete años bien cumplidos. El camarero dejó su vaso de cartón sobre la barra, pero ella no se movió.
—Tiene toda la razón —le confesé, dándole un sorbo a mi café—. A veces, los que escribimos nos encerramos tanto en el caparazón que confundimos la niebla con la oscuridad. Pero le aseguro, dígaselo a su padre, que no estoy enfermo, ni soy un alma en pena. Solo era… un mal día en los dedos y un impulso más exigente que el 6,24 de Armand Duplantis.
—Pues me alegro —sonrió ella, sorprendida por la comparación, y su sonrisa iluminó la cafetería entera—. Porque a mí me gusta cómo escribe sobre el amor. Pero el amor de verdad, el que duele un poco, pero vale la pena. No esa catástrofe de ayer.
—Prometido queda —le respondí—. Hoy el texto saldrá diferente. Menos nubarrones y más luz de faro.
—Así me gusta. ¡Buen día, José María!
Se levantó, cogió su café y salió volando hacia el metro, dejando tras de sí un aroma a vainilla y una lección bien aprendida.
LA MIRADA LIMPIA
Me he quedado solo otra vez, pero la soledad ya no es la misma de ayer. Ahora tiene el eco de esa risa joven y de ese certero diagnóstico sobre la entrada de ayer.
Es verdad que los años van pasando y que uno empieza a contar el tiempo con otra velocidad. Las arrugas de las manos, de los brazos, de la cara, de… no engañan y la distancia con mi tierra gallega a veces duele en el pecho como una espina de merluza atravesada. Añoro el olor a tierra húmeda de verdad, el sonido del viento en los pinos, el sabor del pan de mollete de aldea. Pero esa añoranza no tiene por qué ser destructiva. Es, simplemente, el ancla que me recuerda de dónde vengo para saber hacia dónde camino.
El amor, a mi edad, ya no es un fuego de artificio que estalla y desaparece. Es más bien la brasa que queda toda la noche en la cocina de leña para poder cocinar un caldo gallego a las 6 de la mañana a fuego lento o esa que calienta la casa durante toda la noche sin armar ruido en los fríos inviernos de Galicia. Es el recuerdo de los que se amaron bien, de los que fracasaron, de la certeza de que el corazón sigue vivo y dispuesto a conmoverse, aunque sea con el espontáneo reproche de una exalumna en una cafetería madrugadora.
Escribir es esto. No es mirarse el ombligo y regodearse en la herida. Es abrir la ventana, dejar que entre el aire fresco del amanecer y entender que, mientras haya un café caliente y alguien al otro lado dispuesto a leernos (y a reñirnos), el viaje sigue valiendo la pena.
Hoy las teclas no pesan. Hoy tienen ganas de bailar. Buenos días a todos. A ver cuánto te dura, me dice mi hermana.

Me ha gustado mucho. 😘. Estoy de acuerdo contigo. Me acuerdo del mollete… Pero la historia de la merluza no me trae buenos recuerdos. Gracias otro día más. 👏 👏
Me ha gustado mucho.
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