Aquel guateque del 73 quedó grabado en mi mente como una fotografía ligeramente amarillenta, de esas que uno guarda en una caja de zapatos porque, aunque el tiempo pase, sigue desprendiendo un calor especial. Tenía quince años y la cabeza hecha un torbellino: los estudios de Bachillerato me parecían una muralla imposible, la concentración se me escapaba como agua entre los dedos y la memoria jugaba a esconderse justo cuando más la necesitaba.
Pero nada de eso importaba demasiado, porque había algo —o mejor dicho, alguien— que ocupaba cada rincón de mis pensamientos: aquella chica que te desarmaba con una sola sonrisa.
El guateque se organizó en la modesta casa de un compañero de clase, una vivienda de barrio en la ribera del Manzanares, con muebles sencillos y un salón que parecía más pequeño de lo que realmente era, quizá porque todos llegamos con una energía que lo llenaba todo. Los padres del protagonista, con una mezcla de confianza y prudencia, se marcharon dejando un listado de normas estrictas: nada de alcohol, nada de desmadres, nada de ir a las habitaciones. Aun así, la sensación de libertad era absoluta. Por primera vez, estábamos solos, sin adultos vigilando cada movimiento.
El ambiente se fue calentando poco a poco. Las luces del salón estaban algo más bajas de lo habitual, creando una penumbra amable que invitaba a acercarse. Sobre la mesa, refrescos, patatas fritas y algún que otro emparedado improvisado. El tocadiscos, colocado sobre un mueble que crujía al mínimo movimiento, era el verdadero protagonista de la tarde. Cada disco que se colocaba sobre el plato parecía abrir una puerta distinta.
Y entonces sonó El gato que está triste y azul. La voz suave de Roberto Carlos llenó la habitación con esa melancolía dulce que hacía que todos bajáramos un poco la voz. Algunos se sentaron en el suelo, otros se quedaron apoyados en las paredes, y yo… yo sólo podía mirar de reojo a la chica que me tenía completamente trastornado. Ella llevaba una falda sencilla, el pelo suelto y una risa que parecía iluminar más que la lámpara del salón. Cada vez que se movía, me parecía que el aire cambiaba de dirección.
Después llegó Sealed with a kiss, en la versión de Bobby Vinton, y el ambiente se volvió aún más íntimo. Las primeras parejas se atrevieron a bailar despacio, con esa torpeza encantadora de quienes aún no saben dónde poner las manos. Yo dudaba, claro. El corazón me latía tan fuerte que temía que se oyera por encima de la música. Pero ella me miró, apenas un segundo, y ese gesto fue suficiente para empujarme hacia adelante. No recuerdo exactamente qué dije —probablemente algo torpe—, pero sí recuerdo que aceptó. Y que, durante esos minutos, el mundo se redujo a dos personas que intentaban acompasar sus pasos sin pisarse demasiado.
Más tarde, cuando ya todos estábamos más sueltos, sonó Samba pa ti de Santana. Aquella guitarra, tan limpia y tan emocional, transformó el ambiente. Decían que no era una canción para bailar pegados, pero nadie rompió su pareja y nos dejamos llevar. Algunos movían la cabeza, otros marcaban el ritmo con los pies, y yo sentí por primera vez esa mezcla de libertad, música y juventud que sólo se experimenta una vez en la vida. Era como si la tarde se hubiera detenido, como si nada más existiera fuera de ese salón lleno de adolescentes que soñábamos con ser mayores.
El guateque terminó con risas, promesas vagas de repetirlo y la sensación de haber vivido algo importante, aunque entonces no supiera ponerle nombre. Volví a casa con el corazón acelerado, la ropa oliendo a mezcla de colonia barata y nervios, y la certeza de que algo había cambiado. Quizá no sabía exactamente qué, pero intuía que estaba entrando en un mundo nuevo, lleno de emociones que aún no sabía manejar. (A la sombra del verbo)
