OBITUARIO

Hace cosa de pocas semanas recibí un correo electrónico con un encargo claro y diáfano: escribir, para una revista de difusión cultural, el obituario de José María Máiz Togores. Y yo, que sólo entiendo de enseñanza, libros y poco más, llevo desde entonces sin apenas dormir, pues tal circunstancia, creo, supera mis posibilidades. Sé que José María era un buen hombre. Pero de ahí a escribir un obituario va un abismo. Ante tal turbadora situación me puse inmediatamente a buscar información para poder solventar dicho compromiso. Así es como encontré en internet una serie de cartas escritas a una mujer de nombre desconocido por el fallecido.

Pero mantengamos un riguroso orden y dejemos eso para luego. Ahora toca su faceta laboral. José María también tenía como profesión la enseñanza. Era un vocacional profesor de Lengua y Literatura españolas y Literatura universal en un centro de Madrid. Llevaba muchos años en él y se había labrado cierto prestigio que no había variado en absoluto su carácter bonachón y afable, aunque algo cascarrabias.

Era un hombre tímido, reservado y ciertamente apacible. Un tanto asustadizo ante la enfermedad, como todos los hombres, diría una buena amiga. De apariencia serena y tranquila, por dentro era un auténtico ciclón. Algunos de sus «enemigos», que los tenía, decían de él que era pusilánime, blandengue y timorato. No supo resolver muchos de los problemas que se le fueron planteando a lo largo de su vida. Eso decían sus difamadores post mortem. Los dejaba estar, para que por sí solos desaparecieran. Hecho este que lo convirtió en más de una ocasión en el blanco de las críticas de sus «queridos compañeros». Otros, los buenos amigos, esos que se mantienen fieles en cualquier trance de la vida de uno, me contaron detenidamente las incontables cualidades que manifestó en vida. La principal, coincidieron la mayoría, junto a una proverbial educación, era que sabía escuchar, que tenía un temple para atender las penurias ajenas sin mostrar impaciencia o hartazgo. Era poco tal condición.

Además, siempre tenía una buena palabra para un mal momento. Solo con verlo por los pasillos del colegio era como un bálsamo del espíritu. Sí, el de fierabrás, apostilló un acerado compañero que estaba bastante harto de tanto opulento elogio. Era frío y glacial en algunas ocasiones. En una ocasión, a una compañera, donde todo el mundo esperaba unas palabras de afecto y cariño solo manifestó un gesto aséptico y de muy aterida cordialidad. Eso es falso, y el autor de dichas palabras lo sabe muy bien. Él lo único que hizo fue esperar a estar a solas para poder expresar en la intimidad todo ese caudal de simpatía y estima que sentía por esa persona. Creo que si entramos en un tira y afloja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que suficiente.

Toca cambio de tercio. Según muchas voces, lo que más llamó la atención en vida fue su nula disposición a hablar de su vida privada. Por eso me sorprendí tanto al descubrir unas cartas tan personales. He estado noches y noches leyendo las diferentes entradas que hacen referencia a sus vivencias amorosas y no he dejado de asombrarme con la proliferación de detalles tan íntimos. He llegado a pensar en un desdoblamiento de personalidad, en la recreación de un personaje por parte de él para de ese modo volcar todas las intimidades que le atormentaban. Es lo que más me importa en estos momentos. Es lo que quiero aclarar por encima de todo.

No sabes, amigo lector, lo que he buscado a esa desconocida amiga que tanto le hizo gozar y sufrir en vida. He llegado a poner innumerables anuncios en las principales cabeceras de este país para ver si, al leer el periódico, esta mujer decidía hacerse visible. Esfuerzo vano… ¡Pues vaya obituario entonces! Sí, tienes razón… Es un resumen biográfico inconcluso. Déjame terminar. Esfuerzo vano… hasta hace tres días exactamente.

El miércoles a eso de las diez de la noche recibí una sms que me alteró de tal manera que me fue imposible conciliar el sueño. «Soy la mujer que estás buscando. Cuando quieras tomamos un café y hablamos». En un desconfiado intercambio de mensajes, pues yo estaba temeroso de que saliera huyendo con un despiadado mutis por el foro, conseguimos acordar una entrevista en un viejo café de Bilbao. Cuando llegué a él, precipitado y ansioso, ella aún no estaba. Me senté a una mesa que me pareció adecuada por estar un poco apartada del resto. Pedí una consumición y un camarero con cierto aire de inspector trasnochado me la sirvió tras preguntarme si iba a estar solo. No entendí ese interés, pero le contesté desganado que estaba esperando a una persona. Pues tendrá que esperarla bastante tiempo, me respondió después de mirar su reloj. La mujer que se sienta a esta mesa no llega hasta las ocho de la tarde. Atónito y estupefacto me dispuse a leer el libro que me acababa de comprar. Incomprensiblemente estaba haciendo caso a la sugerencia del camarero. Ya imbuido en la lectura del poemario adquirido, no presté la más mínima atención a mi entorno hasta que una voz femenina sonó a mi lado.

―Hola, buenas tardes, perdona el retraso, pero es que un encargo de última hora no me ha permitido salir antes del trabajo.

Se acercó a mí, me dio dos besos y un sensual perfume invadió todo mi espacio. Inmediatamente se sentó en la silla que la esperaba junto a mí desde hace bastantes minutos. Había muy poco espacio en el destartalado café, pero fue capaz de quitarse el abrigo con una elegancia y una diligencia espectaculares. Llevaba una blusa blanca ceñida y escotada lo justo para marcar una «todavía» muy atractiva figura. La falda, negra, dejaba a la vista un par de piernas contorneadas y pulidas a cincel griego en un gimnasio. Terminaban en unos zapatos negros que dejaban deducir la necesidad de estar cómoda en un día de trabajo.

Tras hacer un gesto de asentimiento al camarero ─se notaba cierta familiaridad─ colocó su bolso en la tercera silla que miraba impasible la situación. Me cogió, airosa y delicada, el libro que estaba leyendo, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poesía─ y me soltó a la cara: yo soy la mujer de las cartas de José María. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

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