EL ESPEJO Y LA REALIDAD

Hay hombres que creen que el espejo es un oráculo. Se plantan delante de él como quien entra en un santuario, con la toalla en la cintura y la esperanza en los ojos, convencidos de que dos horas de concentración y aplicación estéticas se pueden convertir un martes cualquiera en un perfecto anuncio de colonia. Y ahí los ves en el baño, abriendo y cerrando armarios, probando peines que parecen herramientas de tortura medieval, y mirándose de perfil como si estuviesen evaluando una obra de arte contemporánea titulada Hombre con entradas, técnica mixta.

Antes la ducha era agua y jabón; ahora es una «experiencia sensorial» con exfoliante volcánico y gel con notas de bosque nórdico. Dicen que entran cinco minutos y salen cuando el vapor ya tiene máster en aromaterapia. Ajustan la temperatura con precisión odontóloga, como si lanzaran un cohete, y hablan del «ritual» mientras alinean champú, acondicionador y mascarilla como equipo titular. No cantan, meditan; no se enjuagan, sellan hidratación. Y cuando alguien pregunta por la factura del agua, responden solemne que no es derroche: es inversión en bienestar cutáneo.

Una vez fuera de la ducha, el drama estético comienza con la primera decisión: barba de tres días sí o barba de tres días no. Porque no es una barba, es una tesis doctoral: afeitarla, dejarla o dejársela cual hipster nórdico. De tanta indecisión y retoques queda como erizos con crisis existencial.

Las cejas, que casi nadie retoca, salvo un experto peluquero cuando crecen como mazurcas de maíz, terminan depiladas con precisión quirúrgica, dejando en la cara una perpetua expresión de sorpresa, como si acabasen de descubrir que la electricidad existe.

Enseguida se fijan el cabello: ceras, espumas y lacas. Un laboratorio químico entero para conseguir un peinado que resista más de cinco minutos, exactamente hasta que salen a la calle y el viento, con más criterio estético que ellos, decide deshacer la obra.

Y seguimos con la hidratación. Antes los héroes blandían espadas; ahora blanden crema «ultrahidratante con ácido hialurónico del Himalaya». Juran que es solo «humectante», pero su rutina tiene más pasos que un tutorial de baile y nombres en latín que suenan a conjuro. Se reían del neceser ajeno hasta que descubrieron el «sérum» que activa la juventud interior y ahora consultan el «índice UV» como si fuera la bolsa. No lloran con películas, pero sí si la fórmula no es «oil free», «cruelty free» y «drama free». Y cuando alguien duda de tanta devoción, responden muy serios que no es vanidad: es inversión en capital dérmico.

Mientras tanto, el espejo observa en silencio, testimonio inocente de una metamorfosis al revés. Porque cuanto más tiempo pasan en el baño, peor quedan. Donde había naturalidad, ahora hay rigidez; donde había dignidad, ahora un brillo sospechoso.

Una vez terminada la composición, se miran al espejo con gesto técnico y murmuran que hoy la piel «está pidiendo hidratación estratégica», se felicitan por el brillo «natural» (logrado tras mil productos y media hora de disciplina), detectan una arruga microscópica y la bautizan «línea de expresión premium». Ensayan la sonrisa «casual pero luminosa», giran el rostro buscando su mejor ángulo y concluyen, muy serios, que no es vanidad: es control de calidad dérmico. Y, finalmente, salen del baño orgullosos y convencidos de ser la versión mejorada de sí mismos.

Los demás los miramos con una sonrisa piadosa como la que le dedicamos a los niños cuando traen un dibujo abstracto y dicen que es un caballo. Porque el secreto es que hay hombres que no vacían sus bolsillos por la edad ni por los años: se arruinan por el exceso de espejo. Y el espejo, siempre traidor, les devuelve a estos figurines lo que le regalaron ellos de tiempo y paciencia. (A la sombra del verbo)

 

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