CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- SU MADRE

Y llegamos a Dolores, Lola o Lolita.

Tras la guerra civil, empezó a trabajar en las oficinas del Banco de España. Había que arrimar el hombro. No había hombres suficientes que pudieran sostener familia tan numerosa. Este trabajo la mantuvo activa en unos tiempos dificilísimos. Lo curioso de esta ocupación, a la par que dramático, es que en muchas ocasiones los trabajadores eran recompensados con alimentos no perecederos como garbanzos o lentejas y no con dinero contante y sonante.

De esta época poco sabemos fehacientemente. Lo más que me ha llegado es que empezó a sufrir un insomnio severo y crónico, así lo calificaron los psiquiatras de la época, pues se veía claramente afectada su salud, ya que estaba «enquistado» en su rutina diaria. No puedo decir si era «extrínseco» (causado por una dinámica de interacción con el exterior) o «intrínseco» (el que es consecuencia de una alteración en el funcionamiento del cerebro). En el entorno familiar habían ocurrido suficientes desgracias para que el lector se decante por el primero, pero esto es opinable y no basado en datos médicos. Algún miembro de la familia opinaba que era genético porque había un silencio glacial y nada analítico en torno a las singularidades de la enfermedad y fallecimiento de la madre.

El noviazgo con José María Máiz Bermejo fue lento y cansino. Cada vez que llegaba a casa, su hermana María Rosa le preguntaba por «alguna novedad» y la respuesta era breve y escueta: no. Para sacarle una sonrisa a la situación, propia de la parsimonia de José María, su hermana le cantaba: Quizás, quizás, quizás… [Se dice que la historia que hay detrás del bolero Quizás (1946), del compositor cubano Osvaldo Farrés, se remonta a su juventud, cuando un insistente enamorado que cortejaba a su hermana Olga le preguntaba «¿Bailaremos alguna vez?», a lo que ella siempre respondía: «Quizás… quizás… quizás»].

Se casó en 1953 con José María, médico que aceptó plenamente las incipientes circunstancias vitales de Lola. Tuvieron dos hijos con una diferencia de cuatro años. Entre Woolite y Rafo padeció un aborto que le hizo llorar como si no hubiera un mañana. El primer parto duró treinta y dos horas y, aunque la niña venía de espaldas, la habilidad del experto doctor Matanzo, en el sanatorio del Rosario de Madrid, logró que viniera al mundo de nalgas, hecho que utiliza siempre como argumento de por qué «le ha ido de culo» en la vida.

Como ya he dicho, la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza número 1, 5º Dcha. Piso alquilado, junto a dos habitaciones en el primer piso que realizaban la función de consulta médica. En este piso vivieron hasta el año 1976. Tuvo una vida tranquila, pero enseguida un desaprensivo estrés, el pozo negro de la depresión y la hiriente ansiedad la empezaron a visitar de modo recidivante con una crudeza desmesurada. El insomnio seguía lacerando su vivir diario. «Es como actuar en una obra en la que tengo que fingir estar bien mientras me desmorono por dentro», le decía a José María padre cuando hablaban de cómo afrontar el día a día. Por diagnóstico psiquiátrico, para «tratar» el insomnio, se le aplicó en dos ocasiones «una cura de sueño» (inducir al sueño día y noche con medicación durante seis días para «normalizarlo»), una terapia intensiva que en la actualidad es germen de mucha controversia y que hoy ya no se administra.

Estos sucedidos perfilaron progresivamente su carácter. Le hacían caminar por un bosque denso envuelto en niebla, sin saber dónde estaba ni hacia dónde iba.

Físicamente era una mujer muy guapa, que sabiamente potenciaba cuando se arreglaba y se pintaba con una habilidad envidiada por muchas personas. La visita a la peluquería, donde la trataban con un cariño sincero y espontáneo, era semanal. Bueno, en ocasiones, cada dos o tres días, para que le dieran un retoque.

Tenía tendencia a la obesidad, aunque se cuidaba mucho. Una anécdota graciosa se repetía casi diariamente. Hubo una temporada en la que cenaban una tortilla francesa, bien de un huevo, bien de dos, acompañada por un trozo de queso de Arzúa a la par que un trozo de pan y dos galletas. Lolita, como le gustaba que la llamaran, «devoraba» el plato y, después de unos minutos de placer gustativo, repetía: «volvería a cenar otra vez».

En el apartado culinario, Woolite, la hija mayor, decía que Rafo estaba muy mimado y que le consentían todo. «Fíjate, le decía a su tía María Rosa, si estará mimado que cuando sale un huevo frito perfecto se lo dan a él, nunca a mí».

Cuando la «nube negra» se situaba, anclada con amarres infalibles, en su cerebro, era una mujer necesitada de cariño, comprensión, ternura, devoción y todo tipo de ayuda. Ver el sufrimiento ajeno en una madre, marcó en cierto modo el carácter de sus hijos. Rafo ha contado en diversas ocasiones una durísima anécdota cuando tenía veinte años: un sábado por la tarde, ya en Hermanos Miralles, su padre tenía que hacer unas visitas médicas y le previno diciéndole que estuviera atento y que evitara que su madre se acercara a los balcones de la casa. Rafo lo tiene grabado a fuego en la memoria.

Pero cuando la «nube negra» pasaba, era recurrente en el tiempo, y salvaba una nueva, pero no última etapa, se convertía en una mujer simpática, alegre, charlatana, cantarina y con una bondad nada impostada. Cocinaba muy bien y tenía una gran imaginación para crear platos en tiempos que no había otro manual que el Picadillo. Cuando les pregunté a sus hijos por el plato preferido, dijeron, entre otros, carne mechada, huevos rellenos, tocinillos de cielo, flan, arroz con leche o volován de gambas. Era una divertida conversadora, sociable y ocurrente en las reuniones familiares y sabia escuchadora con las personas que se acercaban a ella. Generosa e incapaz de ahorrar siempre que le pedían dinero. Especialmente, cuando lo hacía su hijo. Gran experta en «hacer punto», proveía a sus hijos de jerséis, chalecos y chaquetas, así como complementos para el cuarto de baño.

La ingenuidad le llevó a caer en todas las inocentadas que le gastaba año tras año su sobrino Carlos. La más sonora tuvo lugar unas navidades, un 28 de diciembre, cuando su sobrino se hizo pasar por Emilio Núñez, un gallego de pro que era muy generoso con la familia en los meses de agosto en La Peregrina. La llamó por teléfono y le dijo que iba a recibir inmediatamente un regalo de cigalas, camarones y almejas. A toda velocidad empezó a preparar cazuelas para cocer todo lo que estaba a punto de llegar. Cuando Carlos entendió que la inocentada «podía tildarse de excesiva», la llamó para decirle la verdad. Carlos se lo repitió dos o tres veces, pero Lolita le cortaba cada intervención con un «déjate de tonterías que estoy agobiadísima en preparar unas cazuelas para cocer el marisco que ha anunciado Emilio Núñez». Su sobrino tuvo que utilizar mil estrategias para que se diera cuenta de que «todo era una broma». En absoluto se enfadó y todo se convirtió en una agradabilísima sesión de risas y carcajadas.

Era una experta en cambiar regalos. Estamos en una época en la que era frecuentísimo que el paciente le hiciera un regalo al médico que lo trataba y notaba en él una atención filantrópica. En ocasiones, porque reunía varios regalos exactos; en otras, porque no encontraba el modo de «colocarlos» en casa. Cuando se encontraba en una situación de las mencionadas, se iba incansable a la tienda donde el paciente había comprado el regalo y se inventaba cualquier excusa contundente: tengo varios en casa, a mi marido no le gusta nada, rompe la estética de mi casa… En algunas ocasiones, la negativa del vendedor era firme y tenía que recurrir a sus argumentos más convincentes. Cuando salía de la tienda con el objetivo cumplido, la cara de satisfacción era un poema quevedesco.

Una de sus preocupaciones era la fragmentación de la familia. Siempre sonreía cuando veía que en casa estaban todos y cenaban juntos los cuatro, o los cinco cuando se sumó su hermano José Luis. En un principio Rafo, por mor de su inmadurez, luego le hicieron ver que estaba equivocadísimo, argumentaba que en su familia nunca le habían incitado a que formara una nueva. Sal, diviértete y haz lo que quieras, pero luego vuelve a tu casa. No lo olvides. Esta es tu casa.

Una noche, un 2 de abril del año 1992, cuando parecía que el matrimonio Máiz Togores dormía plácidamente, Lola, debilitada por un catarro propio de la primavera, murió de un infarto que sufrió en la madrugada, quizá por una crónica y descontrolada ansiedad nocturna que le paró el corazón súbitamente. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)

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