PUFO Y CUENTO

Te hablo de pufo, estafa, timo, fraude o engaño. Pero legal. Yo lo veo así, pero el protagonista del cuento que te voy a narrar está en un absoluto desacuerdo conmigo.

El origen de la palabra PUFO se relaciona con el sonido del aire escapando de la boca como un globo que se desinfla. Esta imagen se utiliza para representar algo que parece sólido o valioso (el dinero o la realización de un encargo), pero que en realidad no lo es y desaparece, dejando solo un vacío o una «inmundicia».

Hablo de un aficionado a contar historias, propias o ajenas, reflexiones o lo que fuere. Pongámosle de nombre Inocencio. Su pasión es tal que decide que un «experto» mejore su blog, porque, según conocidos suyos, el actual es un blog decadente, obsoleto y «feo».

La única razón de recurrir a un especialista es que Inocencio no sabe nada de programación, ni de diseño web, ni de inglés, los pilares de la web.

Sin inmutarse, Inocencio se lanza a buscar ayuda en la red. Es entonces cuando conoce a un «experto», un desarrollador que se hacía llamar «arquitecto digital». El «experto», con un arsenal de tecnicismos como CSS, HTML, JavaScript, Jetpack, plugins, páginas y APIs, convence a Inocencio de que él es la única persona capaz de «rescatar» el blog que tiene en mente. Le promete un sitio web «de última generación», «único» y «personalizado».

Inocencio, deslumbrado por la jerga y la confianza del «experto», acepta. No le importa pagar 25 euros por hora de trabajo, pensando que eso lo va a controlar desde su casa: trabajo domiciliario. Pero no, el «experto» le asegura que trabaja con más eficiencia desde su casa. Inocencio lo acepta a regañadientes porque no le queda otra. El precio está justificado por la «complejidad» y la «exclusividad» del proyecto. Inocencio empieza a acordarse de la canción Parole, parole, parole de… Mina Mazzini y Alberto Lupo.

Después de cuatro horas de trabajo, el «experto» conecta a Inocencio con su blog. Lo ve tan sencillo, tan minimalista que…se desmorona. Nuevas promesas llenas de palabras que Inocencio sigue sin entender.

Pasadas otras cuatro horas, el «experto» le «entrega» el blog. Lo mismo. Inocencio ve lo mismo. El «experto» vuelve a un sinfín de palabras que Inocencio no entiende. Me has entregado una «pesadilla digital», le dice. No eres consciente de todo lo que he realizado en las «tripas» de tu blog, de verdad, le dice usando un término muy coloquial, remata diciéndole por teléfono. Pasa el día Inocencio muy atribulado y pensando que ha sido pasto de un perfecto pufo.

Lo peor de todo, es que al día siguiente intenta contactar con el «experto»: el número de teléfono no existe y su correo electrónico le rebota todos los correos porque no existe tal dirección. Cuando Inocencio quiere subir hoy domingo 24 de agosto ―San Bartolomé, desollado vivo por no renunciar a su fe―, a las cinco de la mañana su primera entrada, descubre que no tiene acceso al panel de control. Para cualquier cambio tiene que contactar con el «experto», que ha desaparecido. Sí. Ha desaparecido. Inocencio «se papa» un sinfín de tutoriales en youtube.

Inocencio, sintiéndose estafado y frustrado, se da cuenta de su ingenuidad. Le recuerda a Mr. Bean, que lo convencen enseguida para comprar los objetos más inútiles.

Había pagado un dineral por algo que no podía usar. Con el corazón roto y la cartera vacía, decidió cortar por lo sano con el «experto». Al final, después de mucho investigar y tragarse tutoriales, descubre plataformas de blogs intuitivas y gratuitas que le permiten, al fin, crear su propio espacio de forma sencilla, sin necesidad de códigos ni de intermediarios. Ya tiene trabajo para la próxima semana.

La moraleja de la historia de Inocencio es que a menudo, lo más simple es lo más funcional, y que un buen profesional no es el que habla más complicado, sino el que te entiende, te da una solución que realmente necesitas y hace lo que tú quieres. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

Deja un comentario