Tranquilos. Yo no voy a caer, ojalá lo pudiera hacer en su numen literario, en la costumbre de Víctor Hugo de escribir desnudo para no tener la tentación de salir de su despacho o en la de Joseph Conrad que fue capaz de permanecer una semana encerrado en su baño. Escritores que renunciaban a una sociabilidad porque pensaban que en un ambiente eremita la visita de las musas era más factible y productiva.
Marta Ailouti cuenta en un interesante artículo en El Español que «Balzac empezaba a escribir siempre a medianoche para no ser interrumpido por ninguna otra visita o distracción social. A la luz de las velas, con jornadas que a veces se extendían hasta 15 o 16 horas diarias, era tanta la obsesión del escritor por permanecer aislado que a menudo cambiaba la hora de los relojes y cerraba las cortinas de la ventana para no enterarse así de si amanecía». Reflexiono. Miro el ventanal de mi casa y me resulta imposible porque los estores que penden del techo no cumplen el doble propósito de las cortinas del siglo XIX: decorar y proporcionar privacidad con una oscuridad casi absoluta.
«Conocidos también son los casos de J. D. Salinger y Emily Dickinson. El autor de El guardián entre el centeno compartía con su protagonista, Holden Caulfield, la idea de que si él hubiera sido pianista, tocaría dentro de un armario. Celosamente obsesionado por su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública llevó al escritor a levantar muros y aislarse del mundo en una granja de Cornish (New Hampshire), donde se dedicó por entero a la escritura durante sus últimos cuarenta años de vida.
Como él, Emily Dickinson también decidió encerrarse en su casa paterna de Amherst (Massachusetts) y permanecer en el anonimato. Su caso es uno de los más paradigmáticos. Entregada al estudio, la reflexión y la escritura, la poeta tenía pocas amistades personales y escasas relaciones sociales». Marta Ailouti dixit.
Hoy es inviable llegar a esos extremos. Pero soñar es gratuito. Una posible solución sería encerrarme en un monasterio abandonado, al estilo del de Santa María de Monfero, una imponente construcción cisterciense situada en el corazón de A Coruña, dentro del Parque Natural de las Fragas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solución, habilitarme en una casa abandonada y semiderruida en una calle anónima de este inhumano Madrid. O, en todo caso, un pueblo vaciado de habitantes que no sea localizado por un gps.
Aunque, como me dicen los que me conocen, «¿dónde tus comodidades?, ¿dónde tu aburguesamiento?, ¿dónde tus cañitas?, ¿dónde tu guasap?, ¿dónde tu 5G?» y demás preguntas que me resulta inapropiado, por pudor, enumerarlas. Algunas son muy dañinas. Me dicen, cual enseñante explicando el esquema de la oración compuesta, que las relaciones sociales no solo enriquecen nuestra vida; también la protegen. Son una necesidad humana básica, no un lujo. Interactuar con otros puede disminuir la ansiedad, la depresión y la sensación de soledad.
No voy a seguir con los beneficios de la sociabilidad. Todo el mundo las sabe. En caso de duda consulta internet y te aislarás más que la citada poeta, autora de 1.775 poemas, de los cuales no llegó a publicar ni una decena en vida.
Ayer, en mis horas de insomnio, con el teléfono en la mano hice una lista de los inconvenientes que yo creo ver. ¿A dónde me llevaría tanta sociabilidad? Quien me conoce, sabe de mi notable tendencia a la exageración. Por ello, hagamos una hipérbole un tanto «hiperbolizada». Me podría llevar a cambiar mi forma de ser para agradar (mi famoso complace), a participar en conductas que no deseas, a sufrir manipulación emocional (hay verdaderos expertos), a depender afectivamente (es demoledor), a recibir, en mi ausencia, críticas constantes (me importan, sí, me importan), a un calvario de cansancio mental o emocional, a reducir mi espacio para la introspección o el autocuidado, a la dificultad para establecer límites (yo no sé ponerlos), a sentirte inferior al compararte con los logros de otros (lo tengo grabado en mi frontis mental), a generar brotes de dañina envidia (desde mi preadolescencia es el veneno silencioso de mi alma, es la eterna sombra que me mata cuando la luz ajena brilla más que la mía), a llevarme a la frustración emocional o afectiva, a los malentendidos que me llevan a la miseria humana, a las rupturas de confianza, a descuidar mis verdaderas necesidades, en este caso literarias…
Te habrás dado cuenta en estas últimas líneas, si las has soportado, mi ineludible tendencia a la hipérbole. Pétame moito («me gusta mucho», en gallego) y no puedo refrenar las ansias de caer en ella. García Lorca dice «Por tu amor me duele el aire… el corazón y el sombrero» y todos loan la originalidad y el valor literario de la exageración. Yo no intento llegar a ese nivel, imposible, pero un buraquiño («huequecito», en gallego) déjenme ocupar en la gloria de la extremosidad literaria.
En estos tiempos modernos, querer estar solo es casi un acto criminal. Si no estás en una fiesta, en una videollamada, en un grupo de guasap o posteando tu «brunch» con amigos, algo anda mal contigo. Porque, claro, ¿cómo alguien podría disfrutar de un viernes por la noche sin una «salidita obligatoria»?
La sociabilidad se ha convertido en el nuevo termómetro de la felicidad. ¿Tienes muchos amigos? ¡Felicidades, eres exitoso! ¿Te tomaste un café solo? Lamentamos tu soledad. ¿Te gusta pasar tiempo contigo mismo? No te preocupes, ya hay aplicaciones para solucionarlo.
Hoy, estar solo no es visto como una elección, sino como un síntoma. Y si decides apagar el teléfono o no contestar por unas horas, prepárate para las preguntas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no viniste?». Porque claro, preferir el silencio o la introspección solo puede significar una cosa: algo anda mal contigo.
Irónicamente, en medio de tanta conexión, muchos se sienten más desconectados que nunca. Pero lo importante es que la agenda esté llena, aunque sea de compromisos que uno preferiría evitar. Total, lo importante no es estar bien, sino parecerlo.
Así que ya sabes: sonríe, publica una historia con tus «personas favoritas», responde rápido los mensajes y nunca, jamás, admitas que disfrutas estando solo. Eso queda para los excéntricos, para los que entran en tu habitación, y la colonizan con su entusiasmo o para los que expulsan el silencio a carcajadas. En la quietud sin voces hallé mi morada, / donde el alma susurra lo que el ruido callaba. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

Yo me apunto al grupo de los raros. Disfruto de la soledad y me importa muy poco (prácticamente nada) lo que digan los demás.
Coincidimos 😉. Para mí es mejor estar sola que mal acompañada.