―Rapaz, las sábanas, rapaz. Se me han pegado las sábanas. Me acosté ayer muy tarde. Pasaban las horas y no conseguía conciliar el sueño. Al final, logré quedarme dormido en torno a las tres de la madrugada. Veo que ya has desayunado.
Su lentitud en la realización de las acciones propias del desayuno contrastaba con la energía que reflejaba Rafo, que estaba intrigadísimo con su tío porque no había cenado en casa el día anterior y que había llegado cerca de las once de la noche. Era inapelable ver las noticias en la pequeña televisión que tenían en el cuarto de estar. Era un apiñamiento, que no conciliábulo, de los miembros adultos de la familia para escuchar y ver las noticias de las nueve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más conocido por «telebombón».
Rafo hizo el ademán de levantarse para ir a «troulear» (correr y saltar) por la finca en compañía de su primo Jorge.
―Quieto, rapaz, quieto. Te tengo que contar un secreto. Bajó la voz tanto que se hizo inaudible para Rafo.
―Ayer estuve con Dulcinea. Sí, sí, sí, no pongas esa cara de parvo. Ocurrió ayer por la tarde. Rafo se quedó aturdido, pues desde que le contó los amores de don Quijote y Dulcinea no tenía en la cabeza otra cosa que no fuera conocerla.
―¿Y hablaste con ella? ¿Le dijiste algo?, preguntó muy inquieto. ¿Es tan guapa como en el libro de Cervantes?
―Vamos por partes, filliño (hijo de modo cariñoso en gallego), vamos por partes. Tú bien sabes bien que yo no tengo prisa alguna. Me apremias, rapaz, y tú sabes que a fuego lento se cocina mejor.
Partió el sobao pasiego con sumo cuidado y lo echó con generosidad en una taza de café con leche.
―Tú bien sabes que yo he soñado más de una vez con una joven garrida y guapa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tangible, se convirtió en mi Dulcinea particular.
―Tío, tú me contaste que don Quijote nunca logró ver a Dulcinea.
―Si yo te dijera cómo es físicamente, en un segundo sabrías el quién y el dónde. Y de este modo quebrantaría el más sagrado de los secretos. Cuando pasen las fiestas, si pasan, ya te hablaré más de ella.
Pero claro está que decirle esto a un chico de doce años, curioso como pocos, no podía quedar sólo en palabras.
―Bien, tío, así será, como tú quieras. Y se fue a jugar con Jorge, que había preparado un fabuloso circuito en la era para recorrerlo con el patín que le habían regalado a sus hermanos mayores.
Rafo quería dar la imagen de olvidadizo y, para no levantar sospechas en él, se puso a jugar frenéticamente con su primo Jorge, que le guiñó un ojo para confabularse en la treta de la amnesia de las historias filosescas.
De soslayo vieron cómo su tío se puso a liar un cigarro y a canturrear un tango de Carlos Gardel: el día que me quieras…
―Lo conseguimos, pensaron los dos primos.
De anochecida, como le gustaba decir a Filoso, se despidió alegando que iba a dar un breve paseo.
Se encaminó hacia Ortoño. Lo siguieron a cierta distancia Rafo y Jorge. Vieron cómo cruzaba el río y tomaba un atajo a través del manzanal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Trasmonte.
―¿No irá a casa de Marica da Panocha?, le dijo Jorge a Rafo. Los dos coincidían en la predicción.
La llamaban así porque desde muy pequeña le gustaba muchísimo jugar con las mazorcas de maíz.
―Por aquí no hay otra casa.
Mientras, Filoso iba silbando la canción de la película El puente sobre el río Kwai. Llevaba una cara de pícaro enamorador. ¡Carajo cómo caminaba! Iba como jamás lo vieron. Parecía un ratón de sacristía huyendo del sacristán.
Y allí llegó, a la casa de Marica da Panocha. Estaba en la huerta, sachando la tierra para sembrar. Apenas erguía la cabeza, sudaba como un galeote y blasfemaba de continuo.
Mi tío abrió una silla portátil y se sentó cerca de ella. Comenzó a hablarle del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrarca.
―«Bendito sea el año, el punto, el día, la estación, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encantadora mirada se encadenó al alma mía». Y Filoso entraba en un profundo silencio mientras contemplaba a «su amada».
Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hombruno, y, cuando lo hacía más rudamente, echaba las manos al pecho para que no se moviera como un saco de harina.
―Señorito, perdone, déjese de tolerías, que yo tengo mucho que hacer. No estoy para locuras que no entiende ni el demo. ¡No teño a cona para lambetadas!
Y mi tío le sonreía como un imbécil enamorado. Después de recitarle no sé cuántos versos más («Tus ojos que canté amorosamente, tu cuerpo hermoso que adoré constante, y que vivir me hiciera tan distante de mí mismo, y huyendo de la gente… ¡Y sin embargo vivo todavía!»), se irguió de pronto y se despidió de ella.
―Mujer, tengo que marchar. Estoy agotado de mirarte, mas no saciado. Adiós, mi amada Dulcinea. Marica no levantó la cabeza, pero blasfemó cual preso medieval atado a la piedra de la vergüenza.
Cuando llegó a la finca, ya noche cerrada, les contó a los mayores que había estado con un buen amigo de la guerra, y que se entretuvo más de la cuenta porque estuvieron hablando de los tiempos de la huida juventud. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

Me gusta mucho. Está muy bien escrito. Geniales bolitas y mentirijillas. 👏
<Auténticamente sorprendido por este relato, suponiendo que sea verosímil, de estas andanzas amorosas de Filoso.Os precedí en mi condicion de discípulo de tan sabio maestro al que reconozco en sus escapadas nocturnas, en mis tiempos, para escuchar a don Emilio de la Crega y, como cantante de tangos, de Gardel, pero buscando enamorar nunca.
Algún día le preguntaré a Jorge para saber si ratifica tu relato o lo tacha de creación literaria.
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