Ayer acompañé a un amigo que había venido de Galicia a comprar unas camisas en unos grandes almacenes. Era la disculpa apropiada para darse una vuelta por Madrid. Y eso que, siempre que viene, a los diez minutos, está echando pestes de las prisas que tenemos los que vivimos en Madrid.
—Apresúrate, hombre, apresúrate, que así te equivocarás antes. Te lo digo a ti, sí, a ti. La prisa te queda muy bien, hace que veamos aún más claro que eres un incompetente con estilo.
Accedemos a los grandes almacenes. Se queda cinco minutos mirando el directorio de lo que hay en cada planta.
—Es la segunda, Manuel, que yo lo conozco muy bien.
—Por si acaso vamos a comprobarlo.
Y otro tanto leyendo planta por planta. Se forma un pequeño tapón porque siempre tiene la virtud de colocarse en el lugar que más obstruye el paso, ya sea un restaurante, el metro o la plaza de abastos. Le dan un pequeño empellón que le encorajina y sufre en silencio un arrebato de ira.
—Y a sabes que yo las escaleras eléctricas nada de nada y los ascensores menos aún.
En la escalera de piernas, así las llama él, su marcha es lenta y muy tranquila. Además, cada vez que quiere decir algo se para hablar. Como se cansa muchísimo con sólo cinco escalones, sube dando bandazos de barandilla a barandilla. Yo lo conozco y sé cómo acompañarlo en este vía crucis que supone subir dos plantas. Veo que detrás de nosotros viene un hombre que aparenta mucha prisa (¡Cómo no en Madrid!).
Mi amigo, en medio de la escalera, contándome el problema de la regulación de los semáforos en la aldea, se niega a llamarlo pueblo, no entendía nada.
—Vamos a ver, por favor, sube o baja. ¿Qué narices quiere hacer?, le dice el preseiro (así se llama irónicamente en Galicia al que tiene siempre prisa).
Mi amigo, sin perder las formas le contesta muy bajito y moi quietiño, como un don Tancredo en una plaza de toros:
—Depende. Me voy a explicar porque yo lo tengo muy claro. Pausa de tocanarices. Si subo es que subo, y si bajo es que bajo.
