Hay en mí una grieta que no se ve, una fisura silenciosa que impide que el amor se instale. No es desdén, ni miedo, ni olvido. Es otra cosa. Algo más hondo. Como si la ternura se me hubiera quedado a medio camino, como si el deseo supiera llegar, pero no quedarse.
He mirado a mujeres con admiración, con respeto, con deseo incluso. He sentido el temblor de la piel ajena rozando la mía, el vértigo de una mirada que se posa donde duele. Pero nunca he sabido amar. No como ellas merecen. No como yo quisiera.
Me falta algo. O me sobra. Tal vez es esta soledad que se ha vuelto costumbre, este silencio que me acompaña como un animal fiel. Tal vez es el miedo a romper lo que no sé cuidar, a herir con gestos torpes, a prometer lo que no sé cumplir.
He escrito versos que parecen amor, pero son espejos. He acariciado cuerpos que parecen ternura, pero son distancia. Y cada vez que una mujer se acerca, siento que algo en mí se repliega, se esconde, se protege. No por ella. Por mí. Porque no sé abrirme sin desbordarme.
No es que no quiera amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fuera un idioma que nunca aprendí del todo, una música que escucho, pero no sé interpretar. Y mientras tanto, ellas pasan, se quedan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos llenas de palabras y el corazón lleno de sombras.
Quizás algún día aprenda. Quizás no. Pero mientras tanto, escribo. Porque si no puedo amar con el cuerpo, al menos que el alma diga lo que calla. (A la sombra del verbo) (1995-2025)
