La ciudad late a veces con un fervor que asfixia. Entre edificios que parecen rozar el cielo y luces que desgarran la noche, yo me descubro náufrago en un océano de rostros desconocidos. Camino por las calles y las caras que me cruzan se desvanecen tan rápido como aparecieron, como si mi existencia fuese apenas un espejismo. La multitud me envuelve, pero el mundo permanece distante, y yo me siento un visitante en mi propia vida.
Cada esquina guarda su historia, pero yo estoy atrapado en la mía: una historia de soledad. Soledad que me flagela aun rodeado de la vibrante vida que lucha a mi alrededor. Escucho risas arrastradas por el viento, conversaciones que suenan como música lejana. Qué paradoja: la ciudad rebosa ruido y vida, y yo me hundo en un vacío profundo, en un anonimato que me devora.
A veces deseo que alguien me mire de frente y descubra el tormento que arde en mis ojos, junto a este gesto despoblado que llamo sonrisa. Sueño con que un extraño me regale un instante de complicidad, como si compartiéramos un secreto invisible. La soledad es para quienes no tienen elección, pero también es mía: la busco cuando me falta, y cuando regresa me expulsa sin piedad de cualquier paraíso.
Me acompaña incluso en el transporte público. Miro distraído por la ventana para evitar que ojos ajenos se claven en mi espalda o en mi rostro. Los compañeros de viaje nunca entenderían que en ese trayecto lo único que hago es rastrear, en el rincón más oscuro de mi espíritu, la fuente del vacío que mana de mi corazón.
¿Qué historia me rodea? Mujeres y hombres cuyas vidas se cruzan y se deshacen a mi alrededor, que se sumergen en el silencio de la noche y ansían que la luna se muestre plena y blanca. Yo, en cambio, hablo con ella: le confieso mis problemas como si pudiera comprenderme, le explico que el desasosiego de mi alma late a un ritmo frenético en esas horas de insomnio.
Hay, sin embargo, algo más íntimo en esa soledad compartida con mi alter ego. Necesitamos encontrarnos en el terreno emocional, porque la distancia nos vuelve vulnerables, y yo —a diferencia de él— no lo soporto: regreso siempre al vacío de mi soledad.
Quizás alguien en el autobús intentó abrazarme con su belleza y su oscuridad, pero mi fatiga y mi hambre de compañía transformaron al detective que llevo dentro en un torpe rastreador de destellos de luz. (A la sombra del verbo) (1995-2025)
