VIDA LÚGUBRE Y NOCTURNA

(Recreación del ambiente del que podría disfrutar el personaje principal de una ficticia obra naturalista de Emilia Pardo Bazán. Con todo respeto, este sería el comienzo).  

La ciudad respira como un animal viejo bajo un manto de neón y polvo. Las calles se curvan en suspiros, las fachadas guardan secretos y la luz se vuelve un hilo que intenta coser la noche al presente. Cada paso suena a memoria. El aire pesa. Hay un olor a humedad y ceniza que se pega a la piel, recordatorio de incendios apagados y de cigarrillos que no terminaron de hablar. Los que caminan lo hacen con manos en los bolsillos, con rostros que han aprendido a no sorprenderse. El farol solitario dibuja sombras largas y dóciles. Bajo su lámpara, los rostros parecen esculturas de ceniza: ojos que miran sin buscar, labios que guardan frases inacabadas. La noche convierte la voz en rumor y el rumor en compañía. Los sonidos se vuelven cercanos y lejanos a la vez: un perro que ladra en otra calle, el tic tac de un reloj sin hora, la música que se escapa de un bar y se rompe en la esquina. Todo compone una partitura lenta, casi metálica. El yo que observa es un náufrago con abrigo. Reúne fragmentos: una risa, una lágrima escondida, un cartel despegándose. No reclama la belleza; acepta la belleza que queda, la hecha de desgaste y paciencia. La vida nocturna es un laboratorio de ausencias. Aquí los encuentros son pequeñas transacciones de abrigo: un gesto, una señal, un cigarrillo ofrecido. No hay promesas grandes, solo pactos diminutos que sirven para cruzar la madrugada. A veces la lluvia cae como una noticia grave y tibia. Todo se vuelve espejo: charcos que repiten fachadas, paraguas que navegan la ciudad como barcos diminutos. La lluvia borra los contornos y hace que los recuerdos parezcan más cercanos. Al amanecer, la ciudad no se arrepiente; descubre sus heridas con discreción. Los últimos faroles se apagan como ojos que parpadean. Y aunque la luz devuelve formas y nombres, la noche deja su estela: una calma hecha de ceniza y una certeza tenue de que la vida lúgubre también existe para quien sabe escuchar. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

Deja un comentario