ROSIÑA

En este mundo idílico y a la vez fantasmagórico de la Galicia más rural discurren por las corredoiras más estrechas y angostas contomeladas de todo tipo, circulan por las barras de las baiucas más enxebres muchos contos de vella y se comentan en los atrios de las iglesias las más delirantes historias.

―Nesta aldea hai moita feria de Deus.

Y… ¡qué razón tienes, amigo Queixiño!

¿Recuerdas la que le montaron al pobre Rafael Rodríguez o Peideiro cuando ocurrió lo que ocurrió en la final del trofeo de la Virgen Peregrina?

Cómo olvidar aquello!

El pobre hombre tuvo la mala suerte de «liberar» una ventosidad descomunal en el mismo momento en el que su hijo tenía de intentar detener un penalti decisivo para ganar dicho trofeo.

El pobre chaval se asustó tanto que no pudo parar el balón que se le coló moi despaciño por entre las piernas. Lo cierto es que tal sonoridad fue una verdadera bomba de palenque. ¡Para que luego hablen de las que lanza Suso do Maía!

Aún recuerdo como si fuera ayer mismo los improperios que gritaron los espectadores que estaban viendo el partido. Desde un extremo al otro del campo se oyó un sinfín de divertidísimas expresiones: ¿Qué fue eso, otra bomba atómica?

!Dios, Dios, confesión, que es el fin del mundo! ¡Libertad! ¡Abrid la puerta! ¡Que
viene el lobo! ¡Eso sí que es generosidad! ¡Un médico, ese hombre va a morir!
¡Corrimiento de tierra habemus! ¡Ya tenemos himno!

Hasta un reconocido personaje de Madrid que estaba de paso comentó que tal cuesco superó claramente y con grandísima diferencia al expelido por el señor Cela en el Senado mientras elaboraban la Constitución en la época de la Transición, y que fue comentado hasta en la prensa internacional. Grand fart in Spain tituló un periódico sensacionalista de Londres.

Pero aquello fue verdad. No lo inventó nadie, que tú y yo fuimos testigos presenciales de tal estruendosa vibración. Yo me refiero a esas historias que han ido pasando de generación en generación, y que nadie se ha preocupado, ¡y a Dios gracias!, de averiguar si son ciertas o no.

Como la de la pobre Rosiña.

En ella estaba pensando yo. ¡Tenemos telepatía! Algo me dice que algo bueno nos va a ocurrir.

―Cousa dos anos máis ben.

¡Ya está el filósofo frustrado en acción!

Y ustedes, claro, se preguntarán quién es esa pobre Rosiña y qué historia sin ninguna base real se le atribuye. Si la misma es graciosa, si es una fedelidad o si es pura invención.

Ahora mismo, yo no sé exactamente quién fue la persona que, cuando aún no me dejaban beber café, me contó esta batallita. ¿O tal vez la leí en alguno de esos libros que tenían mis tíos en la finca para las por entonces interminables tardes de lluvia?

La sitúo en mi memoria en esa época de niño en la que uno es muy cruel con los animales y disfruta martirizando escarabajos de la patata en impúdicas corridas de toros en la era de la finca.

Lo que sí sé es que me hizo muchísima gracia; y que como me llegó a mí quiero que les llegue a ustedes.

Rosiña era una rapaza de diez años, pero con un cuerpo muy despierto y dicharachero. Le gustaba muchísimo subirse a los árboles por poder observar desde ellos, y con absoluta impunidad, cualquiera cosa que ocurriese en su aldea.

Un día de un caluroso mes de la Virgen, Rosiña pasaba el tiempo vacacional encaramada a una rama de un manzano atisbando el camino que llevaba a una de las casas más rimbombantes de la zona. Desde allí podía ver cómo jugaban los hijos del hombre más influyente de la comarca.

Cuando el cura de la parroquia la vio allí subida, y sin cueiros, se lo recriminó vivamente y le gritó que bajara en un abrir y cerrar de ojos.

Después de persignarse media docena de veces, le dijo en un tono más bajo y menos recriminador:

―Filliña, ¿qué haces ahí? ¿No te das cuenta de que te puedes caer y te puedes matar?

La rapaza miraba el suelo con el miedo de quien está a punto de recibir una buena calabazada. Pero no, el cura metió la mano en la faldriquera y le dio a Rosiña una moneda bien hermosa.

Para que tu madre te haga un buen cueiro y no tengas que llevar el culo a la vista de todo el mundo.

Rosiña se fue como un rayo hacia su casa y le dio la moneda a su madre con una alegría grandísima. Esta, que tenía máis voltas cos cabaliños da feira y le daba sopas con caldo a más de uno en la aldea vio el cielo abierto pensando en los cartos que le podía sacar al cura.

Dejó pasar unos días, y en la víspera del día de la Virgen, cuando el cura tenía que pasar varias veces por cerca del ya famoso manzano, quiso poner en práctica su función teatral.

Tuvo que escoger un manzano diferente al de su hija porque tenía éste las ramas muy delgadas y quebradizas para soportar su voluminoso cuerpo. Le echó el ojo a una rama bien hermosa y de gran consistencia. Se subió a ella con un enorme esfuerzo, y, después de no sé cuántos gestos y dificultades para colocar sus grandiosas nalgas, quedaron todas ellas a la vista del próximo visitante, que no era otro que el cura de la mano generosa. Para que no pasara desapercibida su presencia, se puso a silbar una llamativa y popular canción.

Cuando el viejo hombre de iglesia pasó por el lugar hizo los mismos ademanes que la vez anterior, pero no ocurrió así con sus palabras. La mujer, queriendo llamar bien la atención, realizó tales esfuerzos que se cayó escandalosamente y se despanzurró cual sapo festivo delante del cura, que, por cierto, se sonrojó con cierto aire de voluptuosidad, tal vez por la excesiva degustación del caldo encarnado de Barrantes.

¡Mala centella te mate, mujer! A tus años y haciendo cosas de nenos.

La madre de Rosiña no escuchó nada de la regañina sacerdotal, y, como un pedigüeño menesteroso, le extendió la mano en señal evidente de petición de una limosna. Este metió los dedos en la faldriquera «generosa» para darle una moneda, y con una solemnidad propia de la más alta ceremonia religiosa le dijo mientras ponía un patacón en su mano:

¡Toma, por marrana, para que te compres una buena pastilla de jabón! Parece que has dormido en un cortello en vez de en una cama.

Y sin decirle más, se dio media vuelta y la dejó boquiabierta y con un enfado de rabo e de coliflor.

Saca de aí diante, saca,
cara de filloa queimada;
que se meu avo ve o corpo
véndoche de abaixo a cara. 

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