Rafo llegó tarde, como casi siempre. No pidió perdón ni dio explicaciones. Se sentó, dejó el tabaco sobre la mesa, después el móvil y me miró como si la conversación hubiera empezado el día anterior y no hiciera falta ningún saludo. Rafo, desde que nació, siempre quiso ser el centro de atención. La realidad es muy distinta y lo ha ido colocando en su sitio.
—¿Qué has escrito esta vez? —preguntó mientras hacía una seña al camarero como queriendo decir «lo de siempre».
—Lo de Galicia. Y lo de Ana, que me ha sorprendido muchísimo.
Rafo hizo un gesto ambiguo, entre la aprobación y el fastidio, entre el aburrimiento ―¡otra vez lo mismo!― y la falta de novedades.
—Siempre escribes lo que te conviene. Lo que queda bien. Lo que parece literatura. Lo que a ti te gusta. Además, lo haces como a ti te da la gana.
—Yo escribo lo que tú me cuentas, dije muy sorprendido.
—No. Tú escribes lo que quieres que yo haya vivido. Y mi vida tiene muchos claroscuros que te los «has fumado».
El camarero dejó dos cervezas y un cuenco pequeño con aceitunas. Rafo cogió una, la miró como si fuera un objeto filosófico y se la llevó a la boca con parsimonia. Puso mala cara y la escupió al plato que soportaba el cuenco.
—Te estás quedando con mi vida —dijo de repente—. Te estás quedando con mis recuerdos. Y además los estás ordenando. Eso es lo peor. Te dije desde el principio que no quería orden.
—Alguien tendrá que ordenarlos. Me lo ha dicho mil veces tu editora.
—Mi vida no tuvo ―ni tiene― orden. Mi vida tiene un desorden aburrido y caprichoso y la editora no puede imponerme su criterio.
—El libro sí lo necesita.
Sufrí la mirada de Rafo que pasó de ser limpia y brillante a una expresión oscura, endurecida y casi demoníaca. Luego sonrió con una ironía que yo ya conocía muy bien. Guardó silencio unos segundos, carraspeó y no se frenó en nada.
—Ahí está el problema. Que quieres que mi vida tenga sentido porque te sale de las narices. Como tú eres muy ordenado, me quieres ordenar a mí y eso no se lo aguanto a nadie.
Se hizo un silencio breve, pero incómodo. De esos silencios que no son descanso, sino espera.
—Has quitado cosas —continuó Rafo—. Cosas importantes. Momentos oscuros de mi vida que quería que contaras. Y tú los has desechado como cuando antes se tiraba una colilla por la ventanilla del coche, hubiera campo o no.
—También he quitado cosas que no le importan a nadie. Lo tengo clarísimo.
—A ti no te importan. A mí sí. Y te debería bastar. El que te dio un anticipo fui yo.
—Otra vez la maldita pasta, joder. Si contáramos todo, el libro tendría tres mil páginas.
—Pues tres mil páginas.
—La editora te mata y no te leería nadie.
—Eso me importa un carajo porque sería mi libro.
—Pero ten en cuenta que, aunque no te guste, la editorial pone un dinero del que le gustaría recuperar algo.
Rafo salió sin decir nada, como siempre, a fumar un cigarro en la calle. Le importó un carajo que yo me quedara con la palabra en la boca. Él quería que ese cigarro estuviera marcando el ritmo de la discusión.
—Siempre la editora, siempre los lectores, siempre el mercado, siempre la estructura. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?
—Tú estás en todo el libro.
—No. Estoy en tu versión de mí.
Bebí un trago largo de cerveza. Sabía que aquella conversación ya la habíamos tenido otras veces, pero nunca con ese tono. Esta vez Rafo parecía más cansado que enfadado.
—Te voy a decir una cosa —continuó Rafo—. Yo no quería escribir un libro. Yo quería recordar. Los libros, después de los fracasos que he tenido con la poesía, no me importan nada. Quería uno que fuera mío.
—Pues eso estamos haciendo.
—No. Recordar es desordenado. Es injusto. Es caprichoso. Son verdades a medias. Es repetir siempre las mismas historias y olvidar las importantes. Lo que tú haces es otra cosa.
—¿El qué?
—Ponerme un final. Tú quieres liquidarme. Y antes, desaparezco.
Yo no respondí a tal sentencia. Rafo con un gesto lento volvió a coger una aceituna y en esta ocasión la masticó y se la tragó.
—Ves, eso hago yo contigo como me sigas tocando las narices.
—No te comprendo. Hoy estás dispuesto a decir lo que te dé la gana cueste lo que cueste.
—No quiero final —dijo—. Mi vida no tiene final. Tiene interrupciones. Tiene desgracias. Tiene unas comeduras de coco terribles. Tiene mis obsesiones, mis crisis emocionales y mis fracasos.
En ese momento apareció Carmen, la editora, como si alguien la hubiera invocado sin querer. Luego me enteré de que la había citado Rafo. Llegó con una carpeta debajo del brazo y cara de persona que ha tomado una decisión.
—Buenas tardes —dijo—. Veo que ya habéis empezado sin mí.
Se sentó sin pedir permiso, dejó la carpeta sobre la mesa y me miró primero a mí y luego a Rafo.
—Tenemos un problema, Houston.
Rafo levantó las cejas, divertido. Le hizo gracia la forma de entrar en la conversación.
—Siempre hay problemas cuando aparece un editor. El editor es símbolo de problemón. Son expertos en acrecentarlos para arrimar la ascua a su sardina.
—El libro se está pasando de extensión. Y mucho. Habíamos acordado una cosa y tú estás haciendo otra.
—Yo no he acordado nada —respondió enfadado Rafo—. Yo solo cuento mi vida. Mientras decía esto, Carmen sacó un papel firmado por ambos con las condiciones acordadas. Se lo entregó. Rafo ni lo leyó. Su actitud habitual cuando algo le puede sacar los colores.
—Rafo, tienes que entenderlo, tu vida no cabe en ochocientas páginas.
—Pues quitamos páginas.
—Eso es exactamente lo que hay que hacer.
—No. Quitamos páginas en blanco.
Lo único que pude hacer yo fue sonreír ante tal estupidez. Carmen no. Carmen frunció el ceño porque no entendía que hubiera un conflicto en lo ya acordado.
—Además —continuó Rafo—, quiero que el papel no sea reciclado.
—¿Cómo?
—Papel bueno, de gramaje en condiciones. De ese que huele a libro de antes.
—Eso encarece la edición.
—También quiero ilustraciones. Unas quince.
—Esto no es un libro infantil.
—No. Es mi vida. Y mi vida tiene dibujos. Y no me toquéis las narices, que si no me las hace esta persona ―les entregó un papel con un nombre― os jodo el libro.
Carmen cerró la carpeta despacio, como quien se arma de paciencia.
—Rafo, no puedes cambiar todo ahora. Hay un presupuesto, un número de páginas, un calendario…
—Yo llevo toda mi vida sin decidir nada y ahora, que puedo hacerlo, queréis decidir también cómo la cuento.
La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Carmen y yo nos miramos sin decir nada.
—Siempre ha sido así —continuó Rafo—. Mis colegios, mis estudios, mis novias, mis horarios… Todo lo decidían otros. Y ahora resulta que tampoco puedo decidir cómo termina mi vida en un libro.
—No es tu vida —dije yo en voz más alta—. Es una novela.
Rafo me miró fijamente.
—Ese es el problema. Que tú crees que es una novela y yo sé que es mi vida. Me estáis jodiendo la tarde.
Nadie habló durante unos segundos. El bar seguía con su ruido normal: vasos, conversaciones, una máquina de café, una cucharilla golpeando un plato. Pero en aquella mesa parecía que todo se había detenido.
Rafo se levantó despacio, cogió el tabaco y el mechero.
—Estoy cansado —dijo—. Muy cansado.
—¿De qué? —le pregunté yo.
—De empezar siempre otra vez. De cambiar de colegio, de amigos, de vida. De empezar siempre otra vez.
Se levantó. Pagó en la barra sin mirar atrás. Carmen y yo seguimos sentados en silencio.
—Se enfadará, pero volverá —dijo Carmen.
Yo no respondí porque me temía lo peor. No había visto a Rafo de ese modo nunca. Pasaron unos minutos. El camarero se acercó con una servilleta doblada.
—Esto lo ha dejado su amigo. Dice que es para usted.
Abrí la servilleta. Había una frase escrita con bolígrafo, con una letra irregular, como si hubiera sido escrita deprisa o con la mano temblando.
La leí despacio. Me quedé quieto. Carmen me miraba sin hablar.
—¿Qué pone? —preguntó al final.
Doblé la servilleta, la guardé en el bolsillo y pedí otra cerveza.
Tardé unos segundos en responder.
—Nada —dije—. No pone nada importante. Pero no era verdad.
En la servilleta Rafo había escrito:
«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».
Miré la puerta del bar por la que Rafo había salido unos minutos antes. Pensé en llamarlo. Pensé en salir a buscarlo. Pensé en llamarlo por teléfono, pero me di cuenta de que había dejado el móvil en la mesa. Lo desbloqueé y vi que había borrado absolutamente todo y que sólo estaba en la lista de teléfonos el mío. Deduje, lleno de perplejidad, que, en esta ocasión, no era lo mismo que en anteriores arrebatos. Pero no hice nada. Estaba bloqueado.
Mientras, Carmen, sin comprender la situación, se marchó después de dejar sobre la mesa los papeles del acuerdo rotos en mil pedazos.
Me quedé sentado, con la cerveza delante, aturdido por el ruido del bar, mientras pensaba que, después de dos años escribiendo su vida, quizá nunca había llegado a conocerlo del todo.
Saqué la servilleta del bolsillo y la volví a leer. Luego abrí el ordenador. Y empecé sin él a escribir el final.
