AMORES QUE MATAN

María es una mujer hermosísima. Posee una belleza insultante, dicen sus amigas, que no aceptan su belleza, pues piensan que su presencia en cualquier reunión o fiesta imposibilita al resto de las presentes la más mínima posibilidad de ligar.

María es una morena voluptuosa y ardiente que, según ella, nació para el amor en el sentido más sensual de la palabra.

—Necesito desgarrar mi piel con cada caricia que me hace una mano masculina. Es como una descarga eléctrica que me exige otra más. No soporto la soledad, me hiere como un cilicio. Yo nací para vivir en compañía, para sentir el aliento masculino en cada poro de mi piel.

María interpreta el amor como un tobogán. No entiende que la rutina es algo consustancial al amor cuando se llevan varios meses de relación. Ella quiere que cada encuentro amoroso sea como una montaña rusa que la haga sentir en la boca del estómago un placer irrepetible. Por eso mismo, no hay hombre que aguante a su lado más de dos meses.

—Son unos blandos de cuidado, se acomodan enseguida. Me tienen miedo cuando yo quiero algo que ellos no pueden darme.

María tuvo una infancia y juventud llenas de alegría; mejor dicho, llenas de

rabietas, caprichos y antojos consentidos. Esa egolatría, heredada de su madre, hizo de ella una mujer insatisfecha de por vida. Solo encuentra en el dolor ajeno un placer semejante al orgasmo físico. Y cuando hiere, hiere de verdad.

—María, hija, tú siempre con la cabeza bien alta. Y si tus primos no quieren jugar contigo, mándalos a sembrar habas o a rezar la salve marinera. Tú no te achiques jamás, que sean ellos los que vengan a hacerte caso y ya verás como en el futuro tú siempre saldrás de cualquier sitio con un hombre a tu lado.

Ya en los tiempos de las primeras romerías de juventud, en las aldeas gallegas, era el centro de todas las miradas. La pandilla, compacta y siempre muy unida desde niños, comenzó a tener sus primeros problemas cuando vieron que el cuerpo de María era el único punto de referencia para los chicos que bailaban en las fiestas de las villas.

—Pero seguro que cuando abre la boca es una tonta de cuidado —decían algunos que no eran capaces de acercarse a ella para invitarla a bailar y experimentar ese escalofrío que decían algunos que sentía su espalda cuando una mano masculina se posaba en su cintura.

—Caramba, su cuerpo se arquea como el lomo de un gato en celo —decía un chico espabilado y un tanto presumido.

En la universidad, fue donde comenzó a recibir los primeros abucheos afectivos. Entonces, sus compañeros de clase, conocedores de sus arrebatos lascivos, jugaban con ella como con un colador. Y ella lloraba sin parar porque ya no era capaz de controlar la montaña rusa en la que viajaba, ahora por obligación de otro y no por su propio deseo. Y el placer se convirtió en sufrimiento.

Ahora, María, ya metida en los treinta, sueña todas las noches con volver a los dieciocho años, para que en sus rojas mejillas se vuelvan a posar aquellos dedos juveniles que le hacían perder el sentido mientras escuchaba hermosas promesas eternas.

Pero todos sabemos que los sueños, si los sacas de su esfera nocturna y atemporal, son una pesadilla inagotable que no mata, pero tampoco deja vivir a quien la sufre. 

BREOGÁN

Cuando pienso en Galicia, no pienso solo en un lugar del mapa. Pienso en una manera de mirar el mundo.

Galicia es niebla y es luz. Es el rumor constante del Atlántico, el verde profundo de los montes, la piedra antigua de las aldeas y el silencio que habita en los caminos. Es también memoria: memoria de quienes vivieron antes, de quienes partieron y de quienes, generación tras generación, siguieron nombrando la tierra como algo propio. Este texto nace de esa memoria, aunque hay conocidos míos que se empeñan en recordarme que yo no tengo nada de gallego.

Breogán evoca una figura mítica que, más allá de la leyenda, representa una raíz profunda de la cultura gallega. Breogán es símbolo de origen, de identidad y de esa antigua conciencia atlántica que conecta Galicia con historias y pueblos que miraron siempre hacia el mar.

Pero este texto no pretende hablar desde la historia erudita ni desde la leyenda lejana. Pretende hablar desde la experiencia, desde el recuerdo, desde las pequeñas escenas que forman la vida de una tierra. Porque Galicia vive en los grandes relatos, sí, pero también en los detalles: en una conversación al atardecer, en el olor de la lluvia sobre la tierra, en el sonido de una campana que marca el paso del tiempo o en la lejanía que duele cuando se palpa en esta tierra de secano y calor asfixiante.

Estas palabras son, en cierto modo, un intento de escuchar. Escuchar lo que me dicen los lugares, lo que me dicen las personas, lo que me dice la memoria. Y convertir esa escucha en palabras.

Quizá por eso el título sugiere palabras. No son solo palabras escritas: son palabras heredadas, palabras escuchadas en la infancia, palabras que han viajado con quienes emigraron y palabras que regresan siempre, como regresa el mar a la costa.

Si Breogán simboliza el origen, este texto quiere ser un eco contemporáneo de ese origen: un pequeño testimonio de lo que Galicia ha sido, es y seguirá siendo para quienes sienten su presencia más allá de la distancia.

Porque Galicia no es únicamente un territorio. Es una forma de pertenencia.

Y tal vez, al final, estas palabras no sean solo de Breogán, sino también de todos aquellos que, de una u otra manera, seguimos sintiéndonos hijos de esta tierra atlántica. 

LA LLUVIA EN GALICIA

Dicen que en Galicia llueve más que en ningún otro lugar, pero quienes la conocen de verdad saben que la lluvia no es solo un fenómeno meteorológico: es un estado del alma. Galicia llueve por dentro, incluso en agosto, incluso cuando el sol se atreve a posar su luz sobre los hórreos y las playas de agua fría. Llueve en la memoria, en la forma de mirar, en la manera de caminar despacio, como si cada paso fuera una conversación con la tierra.

La lluvia interior gallega no empapa, pero cala. No moja la ropa, pero humedece los pensamientos. Es una lluvia que acompaña, que no interrumpe, que no exige paraguas. Es la lluvia que hace que uno se detenga a escuchar el rumor de un río aunque no tenga prisa, o que mire el horizonte del mar como quien busca una respuesta que no necesita encontrar.

En Galicia llueve por dentro porque el paisaje se cuela en las personas. Los bosques de eucaliptos que suspiran con el viento, las carballeiras que guardan secretos centenarios, los caminos de piedra que parecen haber sido puestos allí para que nadie olvide de dónde viene. Todo eso se filtra, sin pedir permiso, en el carácter de quienes nacen o se quedan. Y también en quienes pasan solo un verano y descubren que, sin saber cómo, ya no podrán marcharse del todo.

La lluvia interior es también una forma de resistencia suave. Galicia ha aprendido a convivir con la niebla, con la bruma que borra contornos y obliga a afinar los sentidos. Esa misma bruma se instala en el corazón y enseña a mirar más allá de lo evidente. Por eso los gallegos tienen fama de responder con otra pregunta: no es indecisión, es una manera de abrir posibilidades, de no cerrar caminos antes de tiempo. La lluvia, incluso la que no cae del cielo, enseña paciencia.

Pero no todo es melancolía. Galicia llueve por dentro porque también llueve alegría. Una alegría que no hace ruido, que no necesita grandes gestos. Es la alegría de una mesa compartida, de un plato de pulpo que humea sobre el mantel de papel, de una conversación que empieza hablando del tiempo y termina hablando de la vida. Es la alegría de una romería que se alarga hasta que el cuerpo dice basta, o de un paseo por la playa cuando el viento obliga a sujetarse la capucha con las dos manos.

La lluvia interior gallega tiene un ritmo propio. A veces cae fina, como un recuerdo que vuelve sin avisar. A veces arrecia, como un abrazo que uno no esperaba. Y otras veces se detiene, dejando un silencio que no es vacío, sino descanso. En ese silencio, Galicia respira. Y quien la escucha, también.

Quizá por eso tantos viajeros sienten que Galicia los mira. No con ojos humanos, sino con la mirada de sus montes, de sus rías, de sus aldeas que parecen resistir al tiempo. Galicia observa, reconoce, acoge. Y cuando uno se va, la lluvia interior se queda, como un pequeño faro encendido en algún rincón del pecho.

Porque Galicia llueve por dentro, sí. Llueve en forma de nostalgia, de ternura, de calma. Llueve en forma de historias que se cuentan al calor de una lareira, o de silencios que dicen más que cualquier discurso. Llueve en la manera de querer, de recordar, de volver siempre, aunque sea solo con el pensamiento.

Y quien ha sentido esa lluvia, aunque sea una vez, sabe que no se seca nunca del todo. 

CUANDO LA NOSTALGIA ME LLAMA

Nunca sé señalar el instante exacto en el que la nostalgia por Galicia empieza a habitarme. Quizá, el día de mi bautizo en Santa María Salomé. No llega como llegan las desgracias, con estruendo y polvo levantado, sino como llegan las cosas que no quieren asustar: en silencio, sin anunciarse, ocupando un lugar que llevaba tiempo aguardándola. Tardo mucho en entenderlo, pero al final sé que no viene a herirme. Viene a llamarme. Es una llamada en voz baja, casi respetuosa, de esas que no exigen respuesta inmediata porque conocen bien su destino: tarde o temprano, responderás.

Durante mucho tiempo creo que escribir sobre el pasado es solo una costumbre, una forma de ordenar los años vividos, una disciplina íntima que me sostiene. Hoy sé que no es eso. Es una forma de vigilia. Escribo para no escuchar lo que más temo oír, para no caer de lleno en las imágenes que me miran desde la memoria: la lluvia golpeando los tejados, el tañido de las campanas en la tarde, los bosques que huelen a musgo y a leña. Porque cuando dejo de escribir, Galicia encuentra grietas por donde colarse y me inunda sin compasión. Hay recuerdos que no toleran el silencio: no se conforman con ser evocaciones, quieren volver a vivir, reclamar su sitio. Esperan con paciencia a que la mente se fatigue, a que la razón baje la guardia, a que uno deje de perseguir lo nuevo y empiece, sin darse cuenta, a ser habitado por sombras antiguas que no obedecen.

A mis años ya no me persiguen las promesas —se cansaron de mí, por desleal e informal, hace tiempo—, sino los nombres. Los nombres de las aldeas que ahora son pequeñas urbes, de los ríos que siguen cantando bajo la lluvia, de las personas que me recuerdan quién fui antes de aprender a nombrarlas. Madrid nunca sabe ser para mí un refugio: no acalla nada, no disuelve el murmullo interior. Compostela, en cambio, sí. Tal vez porque no vivo en ella. Tal vez porque la distancia afina la herida. Allí, cada paso remueve lo que creía dormido. La humedad no solo vive en las piedras; se instala en mi pecho. Cuando intento mirar atrás, es ella la que mira por mí, y en ese gesto me concede una paz antigua, casi vegetal.

Esta noche la nostalgia vuelve con una fuerza inesperada, como un ave de presa que reconoce a su objetivo desde lo alto y se lanza a por ella sin titubeos. No deja espacio a lo que estaba ocurriendo: lo arrasa. No reproduce el pasado tal como fue, sino como quedó suspendido. Afectos inconclusos, palabras que no se dijeron porque el aire parecía escuchar y decisiones aplazadas que se convirtieron en costumbres. Sombras que jamás se fueron y que ahora regresan sin violencia, con una ternura que desarma. No vienen a exigir, sino a comprobar que sigo aquí, que aún marcan el ritmo de mi respiración.

Desde la primera línea escrita entiendo que no se trata de comprender —comprender es cerrar—, sino de trazar límites: saber qué pertenece al ayer y qué aún respira en el presente. Las palabras no me encarcelan, pero me señalan. Me muestran mis errores, mis fantasmas, mis pudores. Siempre me dicen que quien vive entre fronteras acaba cruzándolas. Y es cierto: la duda no se va, se sienta conmigo, me observa, se refleja en el espejo cuando paso y se queda un instante más, solo para recordarme que sigue ahí.

Escribo porque hay palabras que persisten incluso cuando nadie las pronuncia. Palabras que saben guardar silencio sin desaparecer. En ellas el silencio no es vacío, es contención. No es calma, es densidad. Cuando empiezo a escribir creo que enciendo una luz, pero esa luz no limpia: revela. Revela lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que aún duele. Y hay imágenes que, una vez recuperadas, ya no se retiran. No esperan una segunda oportunidad. Permanecen con los ojos abiertos, mirándome, mientras yo intento sostenerlas con torpeza.

La nostalgia no asusta. Acompaña. Es reconocer un umbral que nunca estuvo delante, sino dentro. Es comprender que a cierta edad uno no despierta: vigila. Y mientras vigila, recuerda. Y mientras recuerda, escribe. Porque empezar de nuevo no consiste en encender otra luz, sino en aceptar que el umbral siempre estuvo ahí, a mi lado, esperando a que por fin me atreviera a mirarlo. 

CUANDO LA NOCHE CALLA

Escribir en Galicia de noche es como abrir una ventana al silencio. La saudade, tan nuestra, respira con calma cuando el mundo duerme. Cada palabra es una luz pequeña que se enciende en la oscuridad, una estrella que dibuja constelaciones de identidad. Escribir en Galicia es abrazar la memoria, sembrar futuro con raíces profundas. En la noche, las voces ajenas callan y solo queda el latido del pensamiento. Entonces las ideas se vuelven más nítidas, como si la oscuridad fuera un lienzo puro donde pintar emociones. La noche regala tiempo sin prisas, y Galicia añade calor, esa música suave que nos une a la tierra y al mar.

Pero aquella noche no escribía para celebrar Galicia, sino para huir del dolor. La lluvia lavaba mi pecho mientras los ecos de risas y brindis resonaban en las tabernas. Nadie sabía por qué brindaban, solo querían ahogar las penas. Yo también. Salí muy tocado de una de ellas, buscando armonía entre las piedras benditas de Santiago, con su aroma a madera y sus tardes doradas en la Alameda. Sin embargo, mis ojos ya no te alcanzaban a ver, y nadie podía imaginar cuánto duelen las ausencias. Un fado y dos espíritus, y en mi pecho cien heridas. Así lo siente un gallego cuando marcha de su tierra… o cuando pierde el amor.

Ahora habito, por mi culpa siempre, una isla desierta y hambrienta. Los restos de un naufragio son testigos de un pasado glorioso que empezó a desvanecerse cuando tú me convertiste en una dorna sin ribera. Entonces, cuando aún creí reír, quise besar tus pechos para comprobar que no te habías ido, pero mis labios, llagas de sufrimiento, hicieron del beso un fantasma de orgasmos. Y así, entre sombras, la tierra florece… pero nosotros no. Porque escribir en Galicia es resistir y celebrar, y yo solo escribo para sobrevivir a tu memoria.

Entonces te busqué en cada palabra, en cada verso que la noche me regalaba. Creí que la escritura podía salvarnos, que la tinta era un puente sobre el abismo que nos separaba. Pero las palabras, esas luces pequeñas, no bastaron para iluminar tu silencio. Tú callabas, y yo gritaba en secreto, confiando en que el eco llegara a tu piel. No llegó. El tiempo, cruel y paciente, fue borrando tus huellas como la marea borra siempre las pisadas en la arena. Y yo, náufrago de tu ausencia, aprendí que hay abrazos que se rompen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memoria.

Hoy escribo para no morir del todo. Escribo porque cada frase es una raíz que se aferra al tiempo y a Galicia, aunque el futuro sea un horizonte vacío. Escribo porque la noche me ofrece un refugio, y Galicia, esa música suave, me recuerda que aún pertenezco a alguien, aunque ya no te pertenezca a ti. Escribo porque amar fue mi quimera, y perderte, mi condena. Y mientras las estrellas guardan su secreto, yo confieso el mío: que cada palabra que nace pensando en esta tierra es un intento desesperado de reconstruir la constelación rota que fuimos.