SE BUSCA VECINO QUE NO HUYA

CONCELLO DE PORTO DA BRÉTEMA

Alcaldía-Presidencia de una villa que aún no existe
Sección de Permanencias Voluntarias y Regresos no tan Voluntarios

NOTIFICACIÓN 01/3/2026

INVITACIÓN/OFERTA FORMAL 

Se comunica al vecino cuyos datos obran en poder de esta Administración que, habiéndose tenido constancia de su rechazo a venir y de su decisión de quedarse en la ciudad de Madrid, este Concello formula invitación expresa a reconsiderar dicha decisión.

A tales efectos, se le informa de que la no aceptación de la presente invitación supone la pérdida de todos los beneficios no publicitados oficialmente, pero reservados a quienes se deciden, por su bien, a instalarse con nosotros.

Entre dichos beneficios se incluyen, sin carácter exhaustivo, inmueble tradicional susceptible de adjudicación afectiva (casiña de piedra con orientación oeste), local a pie de puerto destinado a iniciativa propia y 100 sacos de patatas da terra.

El silencio administrativo en materia de arraigo será interpretado por esta corporación como una lamentable renuncia voluntaria.

Contra esta notificación solo cabe el recurso de quedarse.

Porto da Brétema, a los efectos oportunos.

O Alcalde de una villa que aún no existe

Carta no oficial encontrada fuera del concello escrita por una mujer que aún deja una luz encendida por si todavía te decides venir

No sé si esta parte debería existir. No lleva sello ni registro de entrada. Pero alguien tenía que escribirla. Soy una vecina que no figura en ningún padrón emocional, pero que nota cuando falta un nombre en la plaza. Soy una vecina que ha visto demasiadas maletas salir cuesta arriba y sabe el ruido que dejan detrás. Soy una vecina que preferiría verte abrir una persiana aquí antes que perderte entre luces que nunca saben quién eres.

No sabes todo lo que estás dejando escapar por quedarte en Madrid, aferrado a su ruido constante, a la velocidad que no te deja pensar, a esa luz artificial que convierte cada noche en una prórroga interminable. Te quedas donde todo ocurre, sí, pero donde casi nada se detiene lo suficiente como para sentirse de verdad. Confundes movimiento con avance, y vértigo con propósito.

Aquí las cosas no ocurren tan deprisa. Ocurren más hondo.  No tenemos esa prisa madrileña por llegar antes incluso de saber cuál es nuestro destino. Aquí no medimos la vida en semáforos ni en agendas que se pisan unas a otras.

Aquí las cosas no corren, se quedan el tiempo suficiente como para echar raíces. Sólo corren los perros que conocen a todos los vecinos y los saludan con un natural ceremonial canino no «veterinariado».

Dicen que te ofrecen ahí mil oportunidades. Aquí no sabemos decir esa palabra sin que suene grande. Lo que sí sabemos ofrecer, palabra de político, es una casiña de piedra, pequeña pero entera, con una ventana que mira al oeste y le roba cada tarde un color distinto del cielo. No es moderna. No tiene ascensor. Pero tiene silencio. Y el silencio aquí no pesa, acompaña.

También hay un local a pie de puerto. Otra palabra del alcalde. Reconozco que si un político cumple dos promesas es plusmarca de Guiness. Todavía no tiene nombre. Podría llevar el tuyo. Podría ser una cafetería, una librería mínima, un taller donde inventes algo que en Madrid sería uno más y aquí sería el único. No te prometo éxito. Te prometo espacio.

Los 35 grados en Madrid te invitan a un llenazo de terrazas, es verdad. Pero… ¿Y el asfalto convertido en chapapote? ¿Y esa sensación de estar en el centro cueste lo que cueste? Pero te perderías salir cinco minutos y encontrarte con el mar cuando el día ha sido un «demasié de furibundas actividades». La mejor medicina es apoyarte en el muro del puerto y dejar que el viento te ordene la cabeza sin pedirte nada a cambio.

Te quedas donde siempre hay luz, pero renuncias a ver un cielo que arde al atardecer sin competir con neones. Te quedas donde todos hablan, pero te pierdes conversaciones que no se pisan, que se dejan terminar. Y te escuchan. Aquí nadie te pregunta qué has conseguido. Te preguntan si estás bien. Y esperan la respuesta. Les interesa.

Caminar por esta costa es entender que la vida no es solo avanzar, sino resistir. Las olas rompen una y otra vez contra la piedra y nadie las aplaude. Y aun así vuelven. Y en Madrid la gente se cansa de ver las mismas caras de cabreo una y otra vez.

Lo que más me duele no es que no vengas. Es que quizá nunca llegues a saber quién habrías sido aquí. Con una casa que te habla cuando sopla el viento. Con unas contras que abres tú cada mañana. Con el océano delante, no como paisaje, sino como interlocutor.

Dicen que, si no respondes en un plazo establecido, reasignarán la casiña, el local y las patacas a otra persona. Aquí eso suena a trámite. Pero yo sé que no es un trámite: es una oportunidad que pasa solo una vez.

Quedarte en Madrid es legítimo. Pero no es inocuo. Perderse aquí no es desaparecer. Es empezar. Y todavía estás a tiempo.

Maruxiña, la que prefiere esperarte antes que ver la casiña con otro. 

CUENTOS DE VIEJO

Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche. (Jorge Luis Borges)

Viajamos a los años 70, años en los que Galicia estaba en plena transición entre el mundo rural tradicional y una modernización aún incipiente: gran parte de la población vivía en aldeas y pequeñas parroquias, y la agricultura y ganadería de subsistencia seguían siendo comunes. La emigración seguía marcando con gran crudeza a la sociedad gallega: Alemania, Suiza, Argentina y Venezuela eran los destinos más escogidos por familias que vivían en un estado precario y que buscaban en esos lugares un futuro digno en el aspecto económico. Por ello, muchas familias dependían de las remesas enviadas desde el extranjero.

Nos trasladamos a una aldea del entorno noiés, pueblo costero que vivía del marisqueo, de la pesca artesanal, del comercio de cercanía y de nacientes parques empresariales. El casco histórico de Noia, sus playas y su tradición gastronómica atraían cada vez a más visitantes, lo que impulsaba la apertura de pequeños hoteles, de establecimientos de comida y de otros servicios turísticos en temporada alta. Todo muy incipiente.

La vida en las aldeas era muy diferente. Era una vida de relojes sin agujas, donde el tiempo no lo marcaba el calendario sino la lluvia, la siega, el canto del gallo y ese ritual antiguo que era el ordeño de las vacas, repetido todos los anocheceres con la misma paciencia que el amanecer. El banco bajo, el cubo de metal, el sonido rítmico de la leche golpeando el fondo como un latido blanco y constante. Las manos conocían cada ubre, cada carácter. Había vacas tranquilas y otras que movían la cola con impaciencia. Los campesinos hablaban con ellas en voz baja, casi como con una persona. En la aldea, los animales, las vacas en concreto, tenían nombre porque «habían sido bautizadas» como se hacía con un recién nacido: Maruxa, Rubia, Morena, Estrela… También disfrutaban de memoria y algunas que tenían un teto muy difícil esperaban a que unas cariñosas manos las trataran con esmerada ternura.

Por la noche, la aldea se recogía como un animal manso. Las puertas se cerraban sin llave, pero con confianza. La última luz de la cocina quedaba encendida un rato más, amarilla y tibia, mientras el resto del mundo se volvía sombra. El crepitar de la leña era el único reloj, marcando el final del día con chasquidos suaves.

En el verano, a esa hora mágica, pero a la vez indeterminada, del anochecer, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, cuando todos los gatos eran pardos, cuando el cielo se convertía en una bella estampa de infinitos colores, y los pensamientos más sinceros se hacían palpables y latentes todos los niños de la vecindad, en un orden en absoluto premeditado, se sentaban en el suelo de la cocina, alrededor de un viejo hombre, componiendo un armonioso coro infantil de inspiración claramente machadiana.

Las manos de este hombre, en otros tiempos fuertes, vigorosas y diestras, cuando trabajaba el campo con una vocación de clausura, temblaban como un manojo de vides al viento sereno de este anochecer estival. La artrosis las ha ido deformando sin prisa, pero sin pausa. Y cuando viejo se asemejaban más a unas cansadas ramas de un árbol centenario que a un brote recio y macizo como eran en su mocedad y las rapazas disfrutaban de la fuerza con que las agarraba por la cintura cuando bailaba con ellas en las ferias de aldeas contiguas.

Su voz, primitiva y destartalada, nacía de una imperceptible comisura boquiangosta; y, aunque sonaba con cierta potencia, ya no era sino un alejado remedo de una certeza injustamente aniquilada por el paso del tiempo. El trabajo en el campo é una merda de carallo, decía siempre que alguien le preguntaba. En algunas ocasiones, su voz era silenciada por el chasquear y crepitar de la leña que ardía en la lumbre, como si una maquiavélica conspiración, fraguada en el corazón de la vieja lareira, quisiese evitar el nacimiento de otra interesantísima historia.

Su memoria, como un alpendre (construcción cubierta para guardar los instrumentos de labranza) repleto de inútiles trastos, fluía lenta y pausada, aunque en pocas ocasiones se detenía. En ella aún guardaba leyendas que de niño le contó cualquier vecino de la aldea mientras jugaba con una pala de madera en el atrio de la iglesia. Cuentos que en su mayoría se fueron perdiendo cuando la televisión entró de improviso en algunas casas que tenían un mejor nivel económico.

El viejo (apelativo lleno de respeto y cariño), ese día, leía un periódico con dedos espasmódicos. ¡Cada vez le costaba más esta simple tarea que venía haciendo desde tiempos inmemoriales! Pero el ansia por encontrar noticias interesantes derrotaba cualquier obstáculo que se le ponía por delante.

Non lle metades présa, falará cando lle pete. (No le metáis prisa, hablará cuando quiera). La voz de su hija se acrecentaba como esa gigantesca sombra que proyectaba la lumbre en la pared de la oscura cocina.

El viejo, con los hombros muy encorvados por la edad, hablaba con su hija de los beneficios de la comida hecha en el pote, y se quejaba con amargura de perder las costumbres de sus antepasados cuando sus hijos le hablaban de la olla exprés.

―Un árbol sin raíces no vive ni diez minutos. La fuerza que da vida a nuestro espíritu fue sembrada por nuestros ancestros hace muchísimos años en esta tierra. Al viejo le encantaba remontarse a los tiempos de su infancia, esos tiempos amarillos que fueron el germen de su vasto acervo cultural.

―Ya no hay lugar en este mundo para los viejos, filliña. La emigración nos ha arrebatado la vida y esto ―se tocaba el pulso de la muñeca― es una prórroga que nos regala cada día el de arriba. La muerte cada vez nos deja más señales en el cuerpo y en el alma.

―Por Dios, padre, no le diga esas cosas a los niños, que tienen toda la vida por delante. Tus hijos volverán, lo sabes muy bien, y volverás a disfrutar de su compañía. El gesto de incredulidad del viejo era bien plausible.

En la lumbre la ceniza de su vida y en las yemas de sus dedos los restos de la tinta negra del periódico que perdió su inocencia en sus manos. Las dos cosas eran el fruto de unas experiencias quemadas por el monótono pasar de los últimos años.

El viejo cerró los ojos como si quisiera rechazar la vida inocente de los rapaces que estaban sentados delante de él y que tenían la misma tenacidad que un hierro en la forja, pero en el fondo sabía que aquella fuerza joven era el único fuego capaz de templar su amargura y devolverle el latido que creía perdido.

Tras una pequeña carraspera, cada vez más frecuente, mostró un paulatino interés por la rapazada que tenía delante. La pérdida de la memoria era muy traicionera y algunos de los rapaces interpretaron, ante una pausa en exceso prolongada, que aquel hombre tiña xa baleira (tenía ya vacía) la antes repleta maleta de sus recuerdos.

―A ver, rapaces, escuchad bien, que voy a relataros la vieja historia de un hombre que tenía un pecho tan peludo que le llamaban Peito de Anchoa.

El raparigo que más defendía al viejo miró con unos ojos llenos de rabia y cierto desprecio al mayor, que estaba sentado en un taburete, y que había puesto en duda la memoria del anciano con una rebelde marcha del lugar como si fuera un irmandiño.

―En otro tiempo, hoy muy alejado ya, en la conocida fraga de Cecebre vivía un hombre que mostraba un pecho tan ensortijado que decían que en el habitaban pequeños fantasmas que tenían un insólito y maravilloso poder: derrotar a cualquier bicho viviente que intentara robar su comida. De aquella… cuando los árboles hablaban en susurros y el viento sabía el nombre de cada piedra, nadie dudaba de tal prodigio. En la fraga, espesa y húmeda, corría la voz entre los zorros y los mirlos de que aquel hombre no necesitaba trampas ni escopeta. Bastaba con que se sentara a la sombra de un carballo, desmigara un pedazo de pan o abriera su talega, para que una invisible guardia se desplegara sobre su pecho ensortijado como una niebla viva. Decían que, si un lobicán (cruce de lobo y perro) se acercaba demasiado, tropezaba con algo que no se veía, pero sí se sentía: un cosquilleo feroz, un temblor que la hacía huir con el rabo entre las patas. Y si un cuervo osaba picotear su merienda, un soplo leve —casi una risa diminuta— lo desorientaba en pleno vuelo. El hombre nunca confirmaba ni desmentía nada… 

«EL BUEN TIEMPO»

En Galicia el buen tiempo no existe: se declara.

Aquí «hace bueno» cuando la lluvia solo te humilla, pero no te arranca el paraguas de las manos. La lluvia no cae: ataca. En vertical, en diagonal, con vocación coreográfica. Si tuviera sindicato, ya habría pedido reconocimiento artístico.

Llevamos tanto tiempo bajo el agua que el sol parece propaganda extranjera. Algo que sale en catálogos turísticos junto a sonrisas sospechosas.

Los ríos se desbordan con entusiasmo oceánico, el jardín muta en arrozal experimental y aun así repetimos: «esto le viene muy bien al campo». El campo, si pudiera hablar, pediría tregua.

El baremo es simple:

–Si no graniza como si Dios vaciara el cenicero, es primavera.

–Si los truenos no te recalculan el pulso, es verano.

–Si llueve pero no ventea, es lujo asiático.

Los claros son criaturas mitológicas. Hay quien ha visto meigas, quien ha visto trasnos… pero un cielo azul sostenido más de siete minutos es herejía atmosférica.

Y cuando deja de llover cinco minutos, salimos a la calle como si regalaran eternidad. Gafas de sol con nubes negras. Manga corta con dignidad tiritante. Porque aquí el buen tiempo no es clima: es resistencia moral. 

TRES CITAS EN GALLEGO SOBRE LA LECTURA

A lectura é un milagre que nos abre portas a mundos descoñecidos. Cada libro é unha fiestra de luz que ilumina a nosa imaxinación. A través das palabras viaxamos sen mover os pés. Os contos e as historias ensínannos a soñar e a comprender mellor a vida. Ler é un agasallo que alimenta a mente e enriquece o corazón.

A tristura que producen os que denostan os libros é fonda e silenciosa. Cando alguén menospreza a lectura, semella que apaga unha luz no mundo. Os libros gardan soños, memoria e sabedoría que nos fan medrar. Desprezalos é pechar portas á imaxinación e ao coñecemento. Esa actitude deixa un eco frío onde podería haber palabras e esperanza.

As casas con libros enchen o corazón de ledicia e imaxinación. Entre as súas páxinas viven historias que nos fan soñar sen límites. Cada recuncho gardado nun libro é unha porta aberta a novos mundos. O recendo do papel e o silencio compartido traen paz e felicidade. Nunha casa con libros, a alegría medra coa forza das palabras. 

EL SEÑORITO DEL FRASCO

En todas las familias hay peculiaridades dignas de mención. Sin ir más lejos, leído en un periódico regional hace unos años, un hijo, para no olvidar la memoria de su queridísima madre, todos los santos y cumpleaños de la difunta, realizaba en su casa una ceremonia íntima que consistía en quemar, con el formato de barritas de incienso, un porcentaje mínimo de las cenizas de su madre, para respirar el recuerdo de la mujer a la que más había querido. Fue advertido de la peligrosidad de la acción, pero haciendo caso omiso del apercibimiento, lo siguió haciendo en fechas sucesivas. Todo terminó de modo brusco una noche que tuvo que ir a urgencias por encontrarse mal y un vecino accedió a su casa y vertió las cenizas en el inodoro acompañadas por tres vaciados de cisterna. El pobre hombre no descubrió nunca quién había cometido el «cenicidio».

Después de este curioso ejemplo de la España profunda o superficial, me reafirmo en que en todas las familias, sobre todo si nos remontamos a los alejados mil novecientos, ocurrieron acontecimientos que, sin caer en la petulancia de la unicidad, pensamos que son hechos próximos a la leyenda más original del romancero anónimo. Es evidente que mi familia no iba a estar ajena a tal característica.

Allá, en la hermosa y por entonces pueblerina Compostela, vivía, y vive, parte de mi familia materna y paterna. Orgullo y satisfacción, sin duda. Muchos dirán: otra de tantas. Pero lo curioso viene a continuación.

Como era de rigor, todos los veranos se celebraba en un céntrico restaurante una comida de confraternidad familiar. Se acercaban a ella los mayores, algunos con enormes dificultades de motricidad; luego, los jóvenes más despiertos eran los que facilitaban el traslado de los demás; y los más pequeños, que siempre generaban alguna situación cómica por mor de su impulsiva juventud, volaban como pollastres saltarines alrededor de los mayores, esperando un generoso aguinaldo.

Era de recibo que en estos eventos, tras disfrutar de una copiosa comida, tomaran la palabra las personas que ya peinaban canas desde hace años, sin pudor alguno, y relataran a los presentes alguna aventura privativa de la familia. La expectación siempre era máxima, aunque algunas «batalliñas» estuvieran «más sobadas» que la sotana de don Facundo, celebrante de la pequeña oración que se rezaba, buena disculpa para el gaudeamus, en el inicio del suculento banquete.

Las anécdotas más simpáticas siempre venían de una tía nuestra que tenía en su refajo más aventuras que el baúl de la Piquer. Era una mujer que cumplía ese año otra vez ochenta años, según su peculiar forma de contar y descontar años desde el día que nació. 

Tenía un cutis apenas envejecido que era la envidia de todos los presentes, pues no había en su cara una sola arruga. Ella lo atribuía a tomar todas las noches, antes de acostarse, una copita de orujo. No faltaba siempre el sobrino gracioso que le hacía el típico comentario burlón sobre el habilísimo médico que le había estirado tal cantidad de surcos faciales. Ante estos «pinchazos irónicos», ella siempre sonreía y entonces los ojos se convertían en dos líneas de luz, en dos fervientes horizontes de piedra y sol. Tenía la sonrisa de una niña inquieta y «rebuldeira» siempre dispuesta a hacer cualquier trastada que fastidiara de buena fe a algunos mayores. De memoria prodigiosa, aún era capaz de recitar aquellos versos que el bueno de su difunto marido siempre le cantaba, con acordes claramente disonantes, en su «descontado aniversario» para conmemorar el glorioso día de su primera cita: Esos tus ojos verdes, niña, / te los compro si me los vendes, / son hermosa flor de justicia, / cadena con que tú me prendes.

Sus recuerdos siempre se remontaban a los tiempos de la mermelada de cartón ―nunca explicó el significado de esta expresión―, concepto que todos los presentes tenían muy asumido. La pobre Manuela, su fiel y devota cocinera, era el blanco de sus ironías más sangrientas. Que si no sabía nada de repostería, que tenía menos mano para los dulces que el muñón de Francisco el Ceutí ―un excombatiente tullido de la guerra de África―, que en treinta años no fue capaz de hacer bien un mollete de pan, y que si cada vez que intentaba hacer un arroz con leche los obreros de cualquier obra próxima daban saltos de alegría, pues ya tenían materia prima de primer orden para encementar varias superficies.

Después de tantos cuentos picajosos y cómicos sobre la impericia de la buena de Manuela, el corazón cristiano, decía ella, le obligaba a ponderar alguna de sus escasas virtudes. Entonces hablaba de manera superficial de sus habilidades para hacer el cocido gallego con patatas de la tierra.

Da terra son todas, señora, le contestaba algo molesta la «guisandeira» una y otra vez, sin llegar nunca a entender la pobre mujer el doble sentido de la expresión.

Cuentan, y rabiaba mi tía cuando lo oía, que hasta venía de las aldeas limítrofes a degustar «la ropa vieja» algún que otro gerifalte de hojalata o cacique de ringorrango.

―Pero ya está bien, y cortaba de forma brusca los elogios, no vaya a ser que de tanto bombo y de «tanta boca llena» convirtamos esto en un confesionario. Expresión que enfurecía, todo para sus adentros, al cura que presidía la comida siempre que la oía.

―Alabo lo buena de ella y vitupero lo malo. Eso es justicia, ¿no? Pues hecha está. Y ahora, por favor, a comer.

Otras veces se cebaba en la guerra y con las calamidades que sufrió nuestra familia al morir en ella gran parte de los hombres. En un mundo de hombres y sin hombres, se quejaba con cierta rabia contenida. En otras, se explayaba con los amoríos de algunos conocidos de las aldeas y las parroquias vecinas, tan abundantes ellos, según algunos.

―Mucho «fillo de peta na porta» hay en Galicia, mucho. Y se quedaba tan a gusto con esta aseveración más que atrevida. Nadie era capaz de rechistarle.

De esta forma tan curiosa animaba la comida, y mirando de reojo al cura, que no hablaba porque no cesaba de comer, lanzó a la fama a nuestro primocho, el señorito del frasco.

Contaba que en la postguerra, nuestra familia, como tantas otras, vivió de un modo itinerante por la geografía española, siempre buscando un lugar donde asentarse y poder vislumbrar un futuro menos doloroso e incierto que el que les tocó vivir. En este punto siempre hacía una pausa para dar un dato estadístico un poco anquilosado.

―El índice de mortalidad infantil en aquella época era muy alto. Tanto, que no era de extrañar que en la mayoría de las familias se viviera un periodo de luto más o menos extenso por el fallecimiento de un crío de corta edad y de otro familiar en fechas correlativas.

Olvidé el nombre, pero sé por lo que me contaron días posteriores que habló, como única novedad, de una tía de la familia que había perdido a cuatro de los siete hijos que tuvo. Tres murieron por enfermedades propias de entonces: meningitis, pulmonía y una infección de la sangre que le sobrevino después de un viaje en tren por la comarca de Padrón. El último hijo, el «pechacancelas», que se iba a llamar Valentín, y ya lo llamaban Neco antes de nacer, falleció tras sufrir un aborto la madre al caer escalones abajo por la escalera principal de la casa.

Grandísima fue la pena que generó tal desgracia. Más de uno dijo que nadie de la familia saldría con vida de aquella. Pero la fuerza de la sangre pudo con todo. Cuentan, sin ninguna fiabilidad, que el párroco, el médico y el juez fueron autorizados para otorgarle a la madre el beneplácito, después de atinadas cartas a quien correspondía, de conservar en casa al feto con formol en un frasco de cristal. La madre, obnubilada por la fatal desventura, decidió colocarlo en un lugar preferente de la casa, junto a una radio Marconi que le habían traído de Italia, para que fuera venerado por todos los miembros de la familia y por cualquier visitante que los apreciara lo más mínimo.

―¡La radio se enciende después de la jaculatoria!, les decía a los adultos y a los niños que en ese momento se encontraran en su casa.

Todas las noches la buena mujer le rezaba un rosario y besaba el frasco con tanta devoción que, sus súplicas, tarde o temprano, tras un rosario interminable, serían escuchadas.

Por lo tanto, con tanto cambio que experimentó la familia, el señorito del frasco, como lo rebautizó la buena de Pilocha, viajó por diferentes calles de otras tantas ciudades gallegas. Esta generosa mujer, inexperta e impulsiva, institucionalizó una célebre frase en cada uno de los traslados:

―Señora, ¿qué hago con el señorito del frasco? ¿Dónde lo pongo?

―¡Qué vas a hacer, Pilocha, qué vas a hacer! ¡Cómo siempre! Pues cogerlo con las dos manos, hacer la señal de la cruz, besarlo con muchísimo respeto y no soltarlo hasta que lleguemos a nuestra nueva casa, que allí ya me encargaré yo de que lo bendigan de nuevo. Durante el trayecto, ¡demonio de mujer!, que no se te olvide rezarle una jaculatoria tras otra. ¡Caracoles con la juventud de hoy en día! ¡No saben nada!

―El señorito es mucho señorito de Dios, rosmaba con cierta admiración patética Pilocha, que no entendía nada.

Y como la benigna de nuestra tía había comido, a pesar de sus años, como un cura de aldea, el sopor de la buena digestión la sumía año tras año en tal profundo sueño que siempre les impedía a todos los presentes conocer el último destino de nuestro querido primo, el señorito del frasco. Los más pequeños se juramentaron que se lo sacarían en un mínimo momento de lucidez.

―Dejad a la tía en paz. Dejadla. No tenéis perdón de Dios si pretendéis despertarla.

―El sueño del orujo es de lo más placentero, sentenciaba un viejo camarero que había pasado, por palabras suyas, en muchas ocasiones por una situación semejante.