Ahora que lo voy conociendo día a día, Rafo es un tipo peculiar. Como decía Lina Morgan, es un hombre de taitantos años tranquilo, pausado y moderado externamente; sin embargo, en su fuero interno, es un hombre lleno de titubeos, cavilaciones y firmes incertidumbres. Muy aseado en el aspecto externo, del todo preocupado por el vestir, pero muy inseguro a la hora de decidir qué estilo de ropa adoptar. Es generoso, testarudo y con un pronto arrebatado que le lleva a tener que pedir disculpas en numerosas ocasiones, hecho que no le cuesta lo más mínimo.
No quiere contarme sus complejos físicos y psíquicos, que los hay en abundancia, asegura. Sonriendo, me dice que, como las meigas en Galicia, que «habelos, hainos». Algunos se dejan ver con demasiada claridad ―hablaré de ellos con cabal libertad cuando los perciba nítidamente― y otros laten escondidos en su interior como el secreto del confesionario. Volcado en su trabajo de profesor y en su familia, es muy consciente de que la primera faceta está llegando a su fin y de que en la segunda estará hasta que Dios quiera, como decía su padre.
Desde muy joven, preocupado por el aspecto externo de su físico y de su indumentaria. Él, quizá por herencia materna, siempre tiene en la boca ―lo decía de continuo su madre― este dicho, no sé si conocido o no: los jóvenes se arreglan para gustar y los mayores para no asustar.
Su madre, cuando estaba poseída por esa nube negra de la depresión, decía que era una enfermedad que no mataba, pero que no dejaba vivir. Por tal motivo, no es que cayera en el desaliño, eso nunca, jamás, muy presumida fue hasta su final, pero esa alegría que proyectaba cuando se veía favorecida en el espejo sucumbía estrepitosamente y daba paso a un arreglo en el que se podía leer que su estado anímico estaba poseído por una total y destructiva postración y sin fuerza alguna para pensar en un mayor acicalamiento.
Rafo, por lo tanto, heredero directo de su madre en este aspecto, cuando iba a la universidad, siempre condicionada su ropa por el presupuesto familiar, intentaba no asustar y sí gustar. No podía tener queja alguna, pues le compraban todo lo que pedía, aunque en contadas ocasiones eran sucedáneos de las marcas originales.
No quedaba otra opción. Perfectamente aleccionado por su madre, la colonia de Agua Brava lo acompañaba en todo momento, ya fuera para ir a por el pan como para asistir a la cita de fin de semana más deseada. Fue sustituida años después por Hugo Boss, a quien guarda una fidelidad absoluta. Por ejemplo, cuando iba a una fiesta, siempre pensaba que iba mal vestido y que era el que peor aspecto físico tenía. Bromeaba con el Quasimodo de Nuestra Señora de París por los tubérculos que tenía este en la cara. Este afán de infravalorarse, según los demás, ha perdurado en los años. Lo retomaremos más adelante.
En este punto me contó, sonriendo con cierta vergüenza, cómo le tuvieron que convencer a los nueve años, cuando la realidad de los Reyes Magos aún no había aflorado en todo su esplendor, que para que su padre sacara dinero del banco primero tenía que haberlo depositado en la cuenta que tenía abierta a su nombre. Con una testaruda rotundidad, basada en la ignorancia más exacerbada y exasperante, afirmaba que no, que su padre entraba en el banco sin dinero y que salía con el que él quería. Pues esa generosidad bancaria en la que Rafo creía de niño, años más tarde, por su experiencia laboral, la convirtió en un «pirañeo» absoluto.
Pasados los veinte años habitaba con Rafo un repulsivo acné. Como decía Lope de Vega, quien lo probó lo sabe. No era un acné común. Eran como imponentes vesubios que, en el momento más inoportuno, culminaban en una ulcerante redondez que vomitaba sin contención un asqueroso y sanguinolento pus. No hay casi fotos de Rafo en esa etapa de su vida. O son unas pocas que lo mismo él no controlaba. No soportaba salir de ese modo. Sus amigos dicen hoy en día que no lo recuerdan así, que todo es fruto de un calenturiento recuerdo de cinco o seis granos.
―Algo tendrían mis vesubios que, cuando mi padre me llevó a un dermatólogo amigo y compañero de carrera, este me pidió permiso para hacerme unas fotos de mi rostro y de ese modo incorporarlas a un minucioso estudio que estaban realizando en el hospital donde él trabajaba. Esto me acomplejó durante años. Yo, como ejemplo acneico en un manual de dermatología, tremendo.
Lo normal del acné es que brote en la adolescencia, no cuando ya están bien entrados los veinte años. En ocasiones, evitaba ir por la tarde a clase a la universidad ―si a mí me asqueaban los granos, qué no sentirían los que estaban frente a ellos― y me iba, solo, al cine Ventas a una triple sesión de películas. Hoy en día me arrepiento muchísimo de aquellas pellas, pero me dolía enormemente la cara y no de ser tan guapo, como dice la canción, no.
Esta pequeña exposición requería un silencio absoluto y una fijación extrema en sus ojos que se clavaban en mí despiadadamente. Quería transmitirme la zozobra que sentía en aquellos tiempos, desazón que nadie de la familia entendía, pues cualquier tema relacionado con su acné era infravalorado despiadadamente.
―Mira, mira, mira mi cara. Yo no tengo granos. Yo tengo mil arrugas como surcos para sembrar. Lo tuyo es síntoma de juventud, lo mío de vejez decrépita y achacosa. ¡Divina juventud, te vas para no volver!, decía Rubén Darío. Pues eso, que disfrutes de los granos… ¡¡¡Eso es juventud!!!
Y se quedaba imperturbable mi tío saboreando un cigarro sin filtro. Yo sentía el acné como un estigma facial que me hacía deambular de dermatólogo en dermatólogo. Me sentía ninguneado, porque nadie hacía caso de las dagas psicológicas, junto con otros motivos personales, que se estaban clavando con dolor cenital en mi espíritu. El último, ya a la desesperada, al ver mi bajísima autoestima, me aconsejó que fuera a un psicólogo y me recetó el famoso Roacután, que me alivió en gran medida, al cabo de unos meses, aunque tuviera como efectos secundarios una permanente rojez de piel, una sequedad casi absoluta de las mucosas y una hipersensibilidad a los cambios de temperatura.
Los dos, sentados frente a frente, con dos cervezas a medio consumir, estábamos en el punto álgido del día. Rafo no permitía la más mínima interrupción, pues aún ahora recuerda con tristeza ese pesaroso episodio forunculero que se prolongó durante varios años, los vitales de la juventud y de la primera madurez.
Me cuenta que un día que iba andando desde Moncloa a la facultad de Filología ―prefería la soledad de la avenida de la Complutense al bullicio de los autobuses universitarios― se encontró de frente con Asunción, una compañera que lo llevaba observando con insistencia los últimos días en la asignatura de Literatura gallega. Él, tardo y convencido de que no era digno de su atención, evitaba siempre esa mirada, ya que algo había en esa mujer que le perturbaba notablemente y le hacía escribir de noche versos tórridos y desnudos.
―Hola, Rafo. ¿Ya no vas a Literatura gallega? Mira que es difícil verte. Te vendes caro, ¿eh? Y, según Rafo, mientras le decía esto le clavó los ojos en el lateral izquierdo de la nariz donde habitaba un grano similar al volcán Etna.
―Llevo unos días regular y no he salido de casa, decía cabizbajo mientras pisaba reiteradamente el suelo con unos botos camperos ya muy trillados, como le gustaban a él.
―Pero… ¿Qué te pasa, tío? Yo te veo muy bien. Estás de puta madre. Ya me contarás … No sé… ¡No hay quién te entienda!
A Rafo no le atrajo siquiera el libro que sobresalía de su bolso. Llevaba persiguiéndolo desde que Rosalía de Castro y aquel profesor de Lengua lo sumergieron en la lengua gallega.
―Creo que se ve a la legua cuál es mi problema. Silencio. Rafo sentía un palpitante latido en esa zona que le bloqueaba la capacidad de hablar.
―¿Te puedo dar un beso?
Rafo, aturdido, no sabía qué decir. Dudó. Bajó la mirada, sacó un cigarro y se lo ofreció a Asun. Esta lo rechazó con absoluta normalidad, le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso… en el grano.
―No seas, imbécil, tía. Que me da un asco terrible. ¿No ves que es repugnante?
―¡Me importa un huevo! ¿Ha sido por esto por lo que no has salido de tu casa en estos días? ¡El imbécil eres tú! ¡Te crees el centro del mundo y la gente pasa de ti! ¿No ves que a mí me importan un huevo tus granos? Me gustas tú y punto. Pero ya veo que no es recíproco.
Rafo se machacaba los padrastros de las uñas. Era incapaz de decirle que lo volvía loco, que tenía una espontaneidad natural apasionante, que el tiempo se paraba a su lado y que haría lo que fuera con tal de que no se marchara y pudieran tomar un café. Rafo no hablaba. La desesperación de Asun fue en aumento. Recortó un trozo de papel de sus apuntes, escribió su teléfono y se lo entregó decidida.
―Toma, tío, cuando te apetezca y salgas de tu imbecilidad, me llamas. O si quieres, tira el papel por el váter de tu casa. Me trae sin cuidado. Le dio un beso en la mejilla y retomó su camino en dirección a Moncloa.
Rafo, inmóvil como una estatua, ni giró la cabeza. Se dio cuenta de que había tenido una oportunidad impagable. El papel con el teléfono en la mano derecha, húmedo por el sudor, lo guardó en el bolsillo del pantalón. (Luego me enteré de que el vaquero lo echó a lavar y allá se fue el teléfono).
En los días siguientes, en Literatura gallega, Rafo observaba con tanto detenimiento como tristeza a todos sus compañeros. Asun no aparecía. Parecía que se la había tragado la tierra. Cuando le preguntó por ella a la profesora de la asignatura, esta le dijo que no era alumna, que estaba terminando el doctorado y que iba camino de Lugo para culminar su tesis sobre Aquilino Iglesia Alvariño y su etapa de catedrático de Latín en un instituto de esa ciudad.
Y, en un principio, parece que allí terminó todo. Hay almas que tienen / azules luceros, / mañanas marchitas / entre hojas del tiempo, / y castos rincones / que guardan un viejo / rumor de nostalgias / y sueños. (Federico García Lorca).
