CAPÍTULO XXXI DE ‘HATROZ’.- VECINOS

En todas las comunidades de vecinos hay ovejas negras. Lo cierto es que en multitud de ocasiones no sabemos quién es el que bautiza por primera vez a determinado morador con ese calificativo. Es como una corriente comunal que amalgama a un buen número de residentes que proyectan una ira llena de prejuicios morales sobre una diana que en muchas ocasiones se percibe realmente de modo difuminado y poco transparente.

Uno de los vecinos más ignorados por mi familia en Madrid, y al cabo de pocos años me enteré que por casi toda la comunidad, era un hosco y ceñudo señor que vivía en el tercero C. Yo solo sabía tres cosas de él: que tenía una sombrerería, que fumaba como un carretero y que tenía muy malas pulgas. De lo primero tenía noticias por los comentarios del vecindario en tomo a los clientes que frecuentaban hipócritamente dicha tienda ―no le dirigían la palabra, pero compraban en su comercio―; en cuanto a lo segundo, porque siempre que coincidía con él en el ascensor ―yo no podía subir solo, pues era menor de 14 años― me hacía el enorme favor de acompañarme en el elevador mientras me atufaba con un humo asfixiante y con un aroma que me causaba auténticas náuseas; y en cuanto a lo tercero, en más de una ocasión nos había amagado a mi hermana y a mí con damos un coscorrón si no lo saludábamos con la debida preponderancia, como decía él. Hasta que un día mi hermana se rebeló y decidió no volverlo a saludar con tanto ringorrango y observancia. Acontecimiento que fue muy aplaudido y palmoteado por el portero de nuestro edificio.

Este hombre llamado Venancio Recasens era nacido en Reus, ciudad hermosísima, según sus palabras, de la provincia de Tarragona. Conoció a su mujer, una gallega de la Costa de la Muerte (de Corme, por más señas), en un viaje organizado por el ayuntamiento cormelán por la extensa geografía catalana. Lo suyo fue un flechazo, según contaba él a quien le quería escuchar, un amor a primera vista. Son los que otorgan categoría a los contrayentes, argumentaba él con sumo aplomo cuando justificaba una boda tan precipitada como fue la suya. Corrieron malas lenguas cuando contaron que se instalaban en Madrid porque era un lugar casi equidistante de sus lugares de nacimiento respectivos. Algo esconde esta parejita, murmuraba una vecina cada vez que se encontraba en la escalera con un vecino dispuesto a oír sus habladurías.

Los primeros meses estuvieron en boca de casi todos los vecinos. Mis padres, por el contrario, callaban. Cosa que a mí me mosqueaba muchísimo. Cada vez que salía su nombre, ya fuera en el desayuno, en la comida o en la cena, mis padres se miraban y guardaban silencio. Eso a mí me hacía sentirme protagonista del mayor caso que un detective debía resolver. Con mis pocos años, yo observaba, analizaba y escrutaba. Bueno, al menos lo intentaba, pues siempre me pillaban los mayores en el lugar inadecuado.

De pronto, cuando se pudo comprobar que no había sido un matrimonio precipitado ni llevado a cabo por el denominado familiarmente el sindicato de las prisas, la relación con la pareja se fue normalizando. Hasta algunos vecinos se paraban con ellos en el portal a hablar de asuntos de poca importancia. Cuando una mañana apareció una de las hojas del portal cerrada ―lo había hecho reverenciosamente el portero, Felipe― alguien explicó a los ignorantes con sumo gusto que eso significaba que había habido un fallecimiento en la casa. Indagaron los más céleres quién había sido el fenecido y estuvieron casi todos los vecinos en el velatorio como si fueran conocidos de la difunta de toda la vida. En estas situaciones hay que olvidar las rencillas vecinales, bisbiseó, cuando entraba en la casa de la extinta, la viuda del principal a doña Carmen, que fue una de las más beligerantes en la guerra contra el escándalo y a favor de una moral pública intachable.

Lo cierto es que yo me fijaba muy poco en don Venancio, como le gustaba que lo llamaran. Mi atención iba más bien dirigida a una vecinita que se llamaba Rosaura y con la que me hacía constantemente el encontradizo después de esperar minutos y minutos en la caseta del portero agachado y enroscado como un ovillo. Señora, este jovencito va a ser un galán cuando adolescente, le vaticinaba con inflexible orgullo Felipe a mi madre cuando salíamos para pasar la tarde en el Jardín Botánico.

El caso es que la mujer del vecino enfermó y murió súbitamente la víspera de Navidad de no recuerdo el año. Todo trastocó la vida que se habían prometido ambos en un gesto de generosidad mutua. Venancio cayó en el mayor de los aletargamientos anímicos jamás conocido. Y pasó a ser un hombre aún más huraño, ensimismado y receloso del trato social.

Tras la muerte de Carmen Carballido, su mujer, Venancio pasó una temporada larga encerrado en su tienda, no quería relacionarse con nadie. Hablaba con sus clientes lo justo, pues lo que sí tenía muy claro era que lo que le daba de comer (¡y bastante bien!) no se podía abandonar. Al poco tiempo, y por recomendación de su hermana Rosa, decidió contratar a una mujer para solucionar los asuntos caseros. Si das imagen de abandono, no te entrará nadie en la tienda, le justificó escuetamente. Otros, maledicentes en grado máximo, decían que esa fue una manera «muy raposeira» de solucionar un problema que se le vino encima cuando su mujer desapareció de este mundo.

Sabela Martínez era natural de Ortoño, aldea de la provincia de Coruña y muy próxima a Bertamiráns. Tanto que pertenecían al mismo ayuntamiento. Muy diligente en sus labores caseras, pero todos decían que era un tanto churrasca y lurpia (mujer de mal vivir, dirían en aquellos tiempos). De hecho, la mandaron a Madrid a ver si se corregía. Poseía una belleza natural, pero rústica. De carnes rellenas y prietas, tenía unos andares que encandilaron desde el primer momento al todavía joven viudo. Su piel tersa y nueva olía a un limpio que despertaba hasta la libido más adormilada.

Lo cierto es que en las aceras colindantes con nuestra casa empezó a corretear al cabo de varios meses un niño que era la viva imagen de Venancio. Este hijo natural dio mucho que hablar al no conocerse en ningún momento quién fue el agraciado varón que pudo acariciar el torso de Sabela y atemperarle la constante picazón que soezmente manifestaba sufrir.

―Hay que afinar muy bien en el cálculo, maliciaron algunos convecinos de la joven madre.

Lo cierto es que todos intuían algo, pero nadie osaba a decirlo públicamente.

―¿Qué se puede esperar de una mujer que tiene todo el día en la boca la frase ¡ay, señorito, cómo me pica!

―¿Se la oíste tú alguna vez?

―No, pero más de una clienta de la tienda de su señor dice y asegura que de la trastienda han salido mil veces estas palabras.

―Habladurías que crecen como la levadura.

―De habladurías, nada de nada, hombre de Dios; que al cabo de los nueve meses el verbo bien que se hizo carne.

Y entre comentarios como éste llenos de retranca irónica transcurrían muchas veladas en los conciliábulos que se organizaban en los diferentes rellanos de la escalera. Cierto es que en ese concurrido lugar pocos acontecimientos ocurrían en el devenir diario y los asiduos de las chanzas debían aprovechar al máximo cualquier nueva circunstancia. Y aquí la pobre Sabela se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los más asiduos del cotilleo matutino ―y vespertino― de mi querida casa. Cuando la joven pasaba por delante y daba los buenos días se hacía un mayestático silencio, que era encubridor de los más ácidos comentarios. Del interior de una casa salían con bastantes notas desafinadas algunas estrofas de una popular canción gallega: A saia de Carolina / ten un lagarto pintado, / cando Carolina baila / o lagarto move o rabo. / Co teu amor Carolina / non volvas a bailar, / que che levanta a saia / e é moi mala de baixar. / (La falda de Carolina/ tiene un lagarto pintado, / cuando Carolina baila / el lagarto mueve el rabo/. Con tu amor Carolina/ no vuelvas a bailar, / que te levanta la falda / y es muy mala de bajar).

Marcial, o filio ventureiro (hijo nacido fuera del matrimonio), ajeno a  los  comentarios de la vecindad, correteaba por las aceras golpeando, para abrirse paso, con tal contundencia a los viandantes que le iban saliendo al paso que su nombre evidenciaba una clara alusión a su fuerte estructura ósea.

―Cuspidiño (parecidísimo) a Venancio, decía don Froilán, el párroco de la iglesia de las Angustias, un hombre que tenía por costumbre ancestral desayunar pantagruélicamente en un bar que había lindando con su parroquia; y donde, de forma discreta, lo llamaban Carpanta, por su voracidad en la ingesta alimenticia. 

Deja un comentario