Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debería. No por los edificios que son como jaulas que aprisionan la memoria de una ciudad que olvida su alma. No por los coches que se han apoderado de las arterias de Madrid, convirtiendo sus calles en ríos de humo y ruido donde la vida camina a contracorriente, ni por sus habitantes que andan por la calle sin mirar, como fantasmas con prisa, esquivando recuerdos que ya han expulsado de su memoria por ese afán capitalino de llegar antes de salir.
Me pesa porque no es Galicia. Porque no huele a eucalipto mojado, ni suena una gaita a lo lejos, ni se escucha el mar golpeando contra el malecón como un corazón que nunca se cansa, ni el susurro que brota entre la niebla, como si la hierba contara historias en voz baja.
Escribo desde esta ciudad que me acoge desde que nací, pero que, por tal motivo, sueño con Galicia y con aquellos veranos «pantagruélicos» que se han esfumado ―utilizo el pretérito perfecto compuesto por su valor de acción finalizada en un tiempo aún no acabado―, pero que bullen y se revuelven en mis recuerdos.
Aquí llevo viviendo tantos años que, por la inercia del ritmo de esta ciudad, debería tener vacía la mochila de los deseos; pero no, no, está aún repleta porque un instante en el recuerdo es una caricia de tiempo indefinido.
Mi intimidad, esa que se construye con silencios compartidos y recuerdos que no necesitan palabras, está cincelada con caminos y atajos de tojos, de tardes de lluvia mansa, de conversaciones al relente de noches estrelladas y de fiestas con una música ya evaporada.
Aquí, en Madrid, todo es ruido, prisa, ausencias, aislamiento ―en mi caso buscado motu proprio porque me ha derrotado el avispero capitalino― y la imposibilidad de volver, por la vida, por los compromisos que nos atan sin saberlo y por la soledad que allí puedo encontrarme. Todo esto es una herida que no sangra, aunque duele sistémicamente. Y duele cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que consumo un mollete de pan gallego, cada vez que escucho el acento galaico en la calle o cada vez que leo un libro ambientado en el rural de mi tierra. Todo confluye en una punzada de alegría y tristeza. Alegría porque me satisface su memoria, pero también es un recordatorio de que estoy lejos.
La ceguera por la tierra es un amor que no necesita razones, es un amor que se siente en el estómago, que se manifiesta en la morriña y en la saudade por estar lejos. Es un afecto íntimo que me hace escribir, que me obliga a buscar palabras que me lleven de regreso, aunque sólo sea por un instante como la niebla entre los eucaliptos: breve, húmedo y lleno de misterio.
Hay noches en las que cierro los ojos y estoy allí. En la casa vieja, en la casa nueva, en la capilla, en el son de los grillos y en el frío de la piedra bajo los pies descalzos.
Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi hermana cocina caldo gallego o le echa sal a las patatas como hacía mi madre o me encuentro a alguna persona en un recóndito lugar que aún recuerda el buenhacer de mi padre como persona y como médico.
Esas noches son las que me salvan porque me dibujan quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir yo. Es una puerta de niebla que da a un bosque de recuerdos, donde el tiempo se detiene y el alma se moja de saudade.
Esta entrada es eso: un intento de volver, de reconstruir el puente entre lo que fui y lo que soy, de compartir mi intimidad con la esperanza de que alguien, en algún lugar, se reconozca en estas palabras y que sepa que no está solo. La morriña es común y la saudade es compartida y la inclinación casi lasciva por la tierra es un lazo que no se deshace.
Si estás lejos, también sientes esa punzada en el pecho cuando piensas en Galicia, esta entrada es para ti. En ella hablamos de nosotros, de los que soñamos con la niebla, de los que llevamos la lluvia dentro, de los que sabemos que la tierra llama, aunque sea en silencio.

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.js👏 BRAVO 👏 ME HA ENCANTADO 👏 👏 👏 👏 👏
Yo también recuerdo el ejemplar buenhacer de tu padre como persona y como médico. Nunca lo olvido. Era un excepcional ser humano, un hombre de honda religiosidad y recias virtudes. Lola y tú podéis estar bien orgullosos de él.
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