La vida de Fernández Flórez fue una constante paradoja.
Fue un destacado y atentísimo cronista parlamentario, sucedió a Azorín en ABC, y un pionero del cine en España.
Era un dandi conservador que, en sus obras, cuestionaba con ironía la milicia, la iglesia, el caciquismo, la patria.
Empezó a escribir, tras la muerte de su padre, en periódicos de pequeña difusión a los quince años unos artículos muy elogiados por la crítica de entonces. A los dieciocho ya dirigía un diario, lo que muestra su determinación y talento precoz. En este punto, hace muchos años, en un viaje que hice a Ferrol, «un ferrolítico» ―dícese del ferrolano de pro que es capaz de sobrevivir a los vaivenes de la historia naval, industrial y política de la ciudad― me contó que dirigió durante año y medio el Diario Ferrolano, pero como legalmente no podía ejercer ese cargo siendo menor de veintitrés, falseó su fecha de nacimiento para poder asumirlo. Este gesto muestra tanto su determinación como su precoz talento periodístico.
Rechazó las vanguardias literarias, prefiriendo una narrativa clara, directa y eficaz, sin perder profundidad ni frescura.
Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad. «La humanidad trabaja por horror al trabajo, por un afán tenaz y esperanzado de librarse de él».
Su estilo se caracteriza por una ironía aguda, que recuerda a autores como Anatole France o incluso Charles Dickens en su cordialidad humana. En obras como Volvoreta o El bosque animado, se percibe una sensibilidad nostálgica hacia el mundo rural gallego, que contrasta con su visión urbana más desencantada. En 1913, pasó el verano en San Salvador de Cecebre, y quedó tan fascinado por el entorno que volvió cada año hasta el final de sus días. Allí se inspiró para escribir El bosque animado, y hoy su casa en la calle apeadero 14 se ha convertido en museo y centro de interpretación.
Aunque sea tirarme piedras sobre mi propio tejado, le recuerdo una frase que soy incapaz de olvidar por lo que a mí toca: «No debe leerse nunca a un mal escritor, ni aun para desdeñarlo. Siempre hay un grumo de tontería que se pega».
Álvaro Cunqueiro, maestro de la narrativa fantástica y fundidor de lo mítico con lo cotidiano, habló elogiosamente de él. «Es humano, irónico, sencillo y camina con la nostalgia a la espalda. Nos vacuna contra el puritanismo y el intelectualismo, y atiende especialmente a la creación y desarrollo de un espíritu libre, humano e ilusionado. Pero nada ni nadie le librará de su melancolía, su escepticismo y su fantasía».
Llevó con seriedad la etiqueta de humorista, que le abrió las puertas de la Real Academia Española. Se caracterizó siempre por evitar el chiste fácil: «El humorista no es un clown», recordaba con frecuencia. «El humorismo ha de ser la comprensión, un poco bondadosa, del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia». Cuando llama al humorismo «la sonrisa de una desilusión», acierta plenamente. Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad.
De este hombre hay muchísimas anécdotas. En su longeva vida acumuló una ingente cantidad de ellas. La que voy a narrar no es nada nuevo, pero que refleja su humor cáustico y ácido, y que nunca se calló estuviera delante de él quien estuviera.
Detestaba cualquier tipo de festejo o celebración, pero había algunos irrechazables.
En una ocasión lo invitaron a una fiesta de sociedad y no tuvo más remedio que asistir. «Estos compromisos me hacen llorar de risa», sentenciaba él.
La anfitriona, a espaldas de Flórez, para atraer a los dudosos, les dijo que iba a asistir un conocidísimo humorista.
Nuestro escritor se sentó en una silla que había en una de las esquinas de la sala con la intención de pasar inadvertido.
Las señoras, que estaban expectantes, a la par que decepcionadas por su silencio, le espetaron a la cara varias veces que no se le notaba que era humorista.
―¡Venga, hombre! ¡Cuéntenos algo gracioso!
Los desconocidos de la fiesta lo cercaron y clavaron los ojos en su rostro, aguardando que con un chiste rompiera su silencio y su actitud displicente. Con gran timidez, dijo que no, que de ningún modo y que rompiera el silencio otra persona más dispuesta a la broma y al chiste.
―Es que en la fiesta no hay más humorista que usted, le respondieron con enorme ansiedad.
Entonces Fernández Flórez se puso en pie y dirigiéndose a la mujer «más beligerante» le espetó a la cara con los nervios muy bien templados:
―Señora, ¿cuál es la profesión de su marido?
―Cirujano, y con un prestigio intachable.
―Envidiable profesión, señora. Pues que comience él.
―Mi marido no tiene ninguna gracia, ¡cáspita!
―Es que no le hace ninguna falta. ¿No es cirujano? Pues que le extirpe el apéndice a alguien que aún lo tenga, y después yo haré lo que ustedes quieran. ¿Cómo es eso de que ustedes quieran que sea yo el único que ejerza aquí su profesión? No. No. No. Que empiece otro, ¡rayos!
Flórez volvió a su silla con una gran solemnidad. Nadie lo pudo convencer. Lo que sí consiguió es que lo dejaran en paz. Genio y figura hasta la sepultura. (Del libro Galicia queda al norte en el blog poetario.com) (1994-2026)

Fernández Flórez, fue un gran escritor
Tuve la suerte de leer algunas de sus obras, de joven, claro. Me impactó una novela sobre el fútbol, que quizá siga teniendo mucha actualidad
Un abrazo
Wenceslao era admirable
Genial escrito. Me ha encantado. Magníficos referentes y también recuerdos de nuestra familia. 👏 👏
Me acabas de provocar unas ganas enormes de leer a este señor.
Gracias.