Rosalinda era una mujer gallega que llevaba años intentando aprobar el carné de conducir. Tras 45 intentos, otros tantos suspensos y mil lágrimas, descubrió por fin un método infalible que le permitió aprobar á primeira. El propio director general de Tráfico, desde su despacho de Madrid, la felicitó con un noraboa, muller, y ella sintió que por fin la vida le sonreía, como si estuviera en el Monte do Gozo.
Pero su desconocimiento era grandísimo en el tema de los inventos y no registró el invento, y su marido —conocido como o Chourizo de Bastavales—, experto en pufos y demás engaños varios, le robó con todo el descaro del mundo la idea.
A él nunca se le conoció preparación nin trabal/o algún. Vivía de lo que le sacaba a Rosalinda, que se ganaba la vida limpiando escaleras en Compostela. Con lo que le robaba, se iba derechito a la taberna, a gastar en viños, chourizos ao albariño y retranca barata, mientras su mujer sudaba la gota gorda cada día por unas pocas monedas.
El sinvergüenza del marido forrouse vendiendo el método, salió en la TVG y en mil cadenas internacionales, mientras se presentaba como el gran descubridor.
Rosalinda, en cambio, cayó en el olvido más absoluto y se tuvo que poner a pedir limosna en un soportal junto al Obradoiro, pues el dinero de las escaleras no le llegaba, por culpa de las sisas de su marido. Esto lo hacía con la mano extendida y el corazón roto. El mundo entero hablaba del método, pero nadie recordaba que había sido ella quien lo había creado.
Un día, paseando por las rúas de Compostela, Rosalinda se cruzó con su marido. Él, el Chourizo de Bastavales, se hizo o tolo, fingiendo no reconocerla, desviando la mirada como si nunca hubiera compartido vida con ella. Ese gesto fue más doloroso que todos los suspensos juntos.
Pero la historia dio un giro inesperado. Una abogada, apenada por la mala suerte de Rosalinda, llevó el caso de esta mujer ante Estrasburgo, y el Tribunal de Dereitos Cívicos da Terra Galega, con sede en Bruselas, y presidido por el honorable Pepiño do Carallo, dictó sentencia: detención inmediata do Chourizo de Bastavales.
Solo que, para entonces, o Chourizo ya estaba bailando la samba en las playas de Copacabana, con gafas de sol, caipiriña en mano y sin rastro de culpa.
Una periodista de Compostela experta en trapalladas, traiciones e impunidades, se prendió de la historia de una mujer humilde que inventó la llave del éxito y acabó en la miseria, mientras el ladrón de sueños se escapaba entre palmeiras y ritmos brasileiros. Le hizo una entrevista en la radio y el teléfono se bloqueó con relatos de las chourizadas do seu home.
Pero esta periodista se empeñó en que la verdadera historia de Rosalinda se hiciera famosa en toda Galicia y gastó parte de sus ahorros en hacer carteles que colgó por todos los lugares que ella conocía. Estaba empeñada en que el destino de esta mujer diera un giro copernicano.
La injusticia sufrida por la mujer corrió de boca en boca, desde Muxía ata A Guarda, y pronto se convirtió en símbolo de resistencia. Las alfombradoras de Ponteareas, los gaiteros de Ortigueira, los mariscadores de Cambados y hasta los peregrinos que cruzaban o Cebreiro hablaban de ella como «a muller que loitou contra o mundo e non perdeu a alma».
El Concello de Santiago le concedió la Medalla da Terra, y en el Obradoiro, donde antes pedía limosna, se erigió una placa que dice:
Recibió homenajes en la TVG, en la Festa da Dorna, y hasta en el Festival de Cans, donde se proyectó un documental titulado «Rosalinda: a que nunca se rendeu».
Mientras tanto, o Chourizo de Bastavales, bailando samba en Copacabana, se enteró por la prensa de que su nombre había sido borrado de todos los registros. En Galicia, ya nadie lo recordaba. Solo se hablaba de Rosalinda, a nosa heroína, que con escoba en mano y dignidad no peito, había vencido a la traición con la fuerza de su verdad.
