LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había hablado alguien de mi familia hace tiempo de Rafael Rodríguez, el Peideiro. Aquel hombre que vivía en la villa de Aranjuez en una casita conocida como La pedorreta, y que se casó con una mujer sorda, pero que sabía muy bien cómo hablaba su hombre tirando por lo bajo.

―Seré sorda, pero los otros sentidos, y se tocaba la nariz, los tengo más que desarrollados, especialmente el olfato, comentaba ella después de veinte años de vida en común.

Este hombre era un gran aficionado al fútbol, y siempre que viajaba a Galicia a saludar a la familia no dejaba de acercarse al campo de As Pateiras de Bertamiráns a ver algún partido.

En esta ocasión coincidió con la final del trofeo de La Peregrina y en las repletas gradas había unos quinientos seguidores, que cantaban, silbaban y abucheaban a los jugadores que, ya fueran los de casa o los del equipo rival, rumiaban un resacón de órdago. Unos, los más jóvenes, profiriendo cualquier insulto que se les pasaba por la cabeza; otros, los más veteranos, preferían centrar todos sus insultos en la figura del árbitro, que, según ellos, olía a vino que aturdía.

―No suda agua, carallo, suda vino y aguardiente, decía el seguidor más «experimentado» de la grada principal; y que, por tal motivo, exigía que se le permitiera decir cualquier cosa.

―Tengo más antigüedad que tu abuela, le decía al presidente del club, que peinaba unas alborotadas canas, reflejo de una noche de farra y esmorga.

El presidente, conocido como Ventolín, porque no hacía nada más que soplar de una petaca que tenía escondida en una chaqueta multicolor, habló antes del partido con el árbitro y los linieres para que no hicieran ninguna barrabasada.

―¿O no te acuerdas del penalti que pitaste cuando el delantero rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nadador que ganó en Múnich 72? Si hay caghada, para nosotros y le regaló una botella del orujo que fermentaba en su casa.

―Aviñado, esponja, trinqueteiro, borrachuzas, carpanta, chiqueteiro… Le chillaban. Todos ellos sinónimos populares de borracho.

―Cuando corres das más bandazos que el arado del demonio cuando huye de la Virgen Peregrina.

―Duerme la mona, carallo, duerme la mona antes de venir a arbitrar.

Decían los amigos que Rafael, con los años de matrimonio y la alegría conyugal, engordó muchísimo. Algunos insinuaban que llevaba el colchón antibalas incorporado para evitar las agresiones. Tenía una barriga muy generosa, como un depósito estratégico de provisiones, que se movía rítmicamente cuando caminaba por la calle.

―Rafaeliño, tienes que adelgazar, que ya no puedes abrochar los cordones de los zapatos, le decían con un hablar amistoso. Pareces un museo andante de recuerdos gastronómicos.

Rafael, «apisonadora de las fiestas», rezaba un cartel en la puerta de la casa de sus parientes.

Aún no se olvida en la aldea lo que aconteció hace unos pocos años. Fue una anécdota que nadie ha olvidado. Algún blasfemo dijo que había que pedir la santidad para Rafael.

En el último minuto del partido, por tradición festiva, el árbitro volvió a pitar penalti cuando el equipo de casa ganaba por uno a cero. El campo quedó en silencio absoluto. Mientras el delantero rival esperaba la señal del colegiado para tirar la falta máxima, nadie hablaba en las gradas. El silencio y la tensión se podían palpar y cortar con un cuchillo. Mas en el momento en el que el nueve foráneo fue a golpear el balón, en ese mismo instante, bramó, mejor dicho, rebramó, en las gradas una ventosidad tan descomunal como «la música» de un huracán. Y claro, el delantero falló y mandó el balón a un pinar próximo al campo.

La gente comenzó a hablar aturdida y llena de un gracioso alelamiento que no podía controlar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han liberado al preso!

―¡Confesión, es el fin del mundo!

―¡Libertad!

―¡Generoso!

―¡Vaya firma sonora!

―¡Qué viene el lobo!

―¡Un médico!

―¡Este hombre va a morir!

―¡Viva la homeopatía!

―¡Ya tenemos himno!

―¡Hiroshima! ¡Nagasaki!

―¡Monja y cura juntos, carallo!

―¡Ya tenemos gas natural!

―¡Qué nos bajen el recibo!

―¡Ya tenemos orquesta!

―¡Y dicen que no había cultura!

―¡Qué viene el cambio climático!

―¡Presidente, notificación inalámbrica!

―¡Vaya contraseña!

Y no sé cuántas caralladas más.

Hasta un hombre comentó que este pedo superó claramente, y con grandísima diferencia, al que se había tirado en el Senado el señor Cela, amante de lo escatológico, en la época de la Transición y seguidor de Quevedo que dijo: «el pedo es vida, porque hasta el Papa se lo tira». Cela lo negó argumentando que él era, como todos los españoles, pedorro domiciliario y no pedorro transeúnte.

Rafael sonrió con doble satisfacción. Por un lado, liberó el gas retenido en su barriga, y, por otro, ayudó al Bertamiráns a ganar el trofeo de La Peregrina.

Los más niños reían de la sonoridad de este hooligan de la música baja, y algunos chicos intentaron valientemente llevarlo a hombros hasta el palco de la fiesta para que allí lo homenajeara la aldea. Alguien con muy buen tino lo evitó porque, dijo, como se le escape otro, manda a los chavales a Cuba.

El caso es que este trofeo pasó a llamarse, según los más acérrimos futboleros, O Cheirosiño; y la primera peña que tuvo el Bertamiráns, con motivo de esta generosa acción, se bautizó con el nombre de La música baja de Aranjuez. No hay constancia escrita de este hecho. Que yo sepa, este es el único sonoro trofeo que muestra el club en sus vitrinas. 

2 comentarios sobre “LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

  1. Espectador de numerosas finales en Las Pateiras con Javier en la portería y Cholo, aunque no lo sabíamos entonces, de precursor de Sergio Ramos He leído con fruición esta historia sin duda apócrifa, pero verosímil en la descripción del ambiente, los gritos de ánimo y el entusiasmo cuando conseguíamos ganar.
    Gracias, Josemari por esta evocación de mi niñez y adolescencia en La Peregrina.

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