Cuando los profesores nuevos escucharon por primera vez esa frase se sonrieron, entendieron que era la resolución de un carrozón y lo observaron con una mirada cargada de una clemente conmiseración.
―La acrobacia generacional es de tal dimensión que el humor, en apariencia casposo y trasnochado, provoca en ti generosas dosis de lejana hilaridad. Debes valorar en su justa medida, te lo recomiendo con afecto, la estima que dices que tu entorno laboral proyecta sobre ti.
―Me siento descolocado. En mi historia laboral ya todo es pasado. Me queda muy poco para echar la llave a mi estancia en el colegio y se entremezclan varias sensaciones: alegría por el trabajo bien realizado, tristeza por dejar a unos compañeros que se han comportado conmigo insólitamente bien, bonanza por poderle dedicar más tiempo a mi hermana, escepticismo ante un futuro desconocido para mí, congoja por una brusca escisión con unos alumnos que me han hecho crecer año a año, sosiego por apartarme de un maratón escolar que me ahoga en la actualidad y placidez por el convencimiento de que los que vienen detrás de mí lo harán mucho mejor.
―¿Y tu experiencia?
―¿Qué entiendes por experiencia?
―Llevas treinta y siete años en el aula. Eso es una barbaridad. Lógico que haya luces y sombras en un periodo temporal tan amplio.
―Yo diría mejor, sonrisas y lágrimas. Copiando el título de una película que hoy es, junto con otras, el centro de atención de la corrección política. En un aula puedes reír y llorar en apenas cinco minutos. No voy a negar, sin opulenta vanidad, que he tenido éxitos que me han provocado una silente satisfacción. Y esperaba rematar así.
―Siempre me has dicho que hay muy buen ambiente en tu colegio.
―Y me reafirmo en ello.
Rafo estaba muy nervioso y no era capaz de captar la razón. Lo escruté con severidad y escuché un ligero temblor en su cascada voz, como si hubiera trasnochado cinco días seguidos y al sexto le solicitaran declamar en solitario, ante un selectísimo auditorio, un recital poético de su obra.
―Por otro lado, dejemos a los jóvenes por lo que ellos consideran su camino. No podemos hacer otra cosa que no sea estar a su disposición para cuando soliciten un consejo o una información, pero nunca agobiarlos con una tormenta de recomendaciones que en muchas ocasiones son obviedades que ellos mismos sabrán afrontar en el aula. Son jóvenes, que no incapacitados para afrontar problemas. ¿Errores? ¡Como todos! Lo bueno de los errores es saber rectificar, y, si es necesario, pedir disculpas.
Rafo en este punto cayó en un taciturno silencio. Apoyados los codos en la mesa, y mientras manoseaba el vaso de la consumición solicitada en la terraza del hotel Room Mate Alicia en la plaza de Santa Ana, le sonó el teléfono. Me sorprendió el tono de llamada. Llevaba años con el gallego Pousa pousa y lo había sustituido por un potentísimo A quién le importa de Alaska. La tierra por una declaración de principios.
―Tiene un valor simbólico. Es un grito de libertad ante el pensamiento único y agendado que nos quieren imponer hoy en día. Es algo hatroz lo que está ocurriendo con esta obsesión por controlarnos absolutamente y por uniformar la hermosísima diversidad de nuestra sociedad. No soporto el circuito cerrado que diseñan los nuevos pensadores de una sociedad que quieren homogeneizada y maleable como el blandiblup.
Después de una misteriosa conversación de dos minutos, volvió a caer en un compungido silencio, pero a los treinta segundos lo rompió con una sonrisa morriñenta, con una sonrisa picarona, con esa sonrisa que muestra cuando quiere contar una anécdota que sabe ocurrente.
―¿Sabes? Llevaba muy pocos años en el colegio cuando me ocurrió una simpática anécdota en el aula. En la tutoría de profesores no la comenté nunca porque aún imperaba en mí una injustificada timidez. Carraspeó nerviosamente.
En la clase reinaba un gran ambiente. El tránsito de una asignatura a otra lo ocupaban las alumnas en cotilleos escolares, en entonar alguna canción conocida o en proyectar la salida del viernes, estuviera cercana o no. Entré en clase como siempre, con mis libros en la mano y con un silencio en los labios que tenía que repetir en varias ocasiones. Logré superar la maldita tarima de madera que, en los últimos cursos, se había convertido en un peligroso obstáculo. Una vez en lo alto de la tarima, consulté el plano de sitios que estaba adherido en la mesa del profesor para desmontar los engaños que algunas alumnas provocaban con «despistados» cambios de mesa. Abrimos el libro de Literatura y les expliqué la obra de Garcilaso de la Vega y el Renacimiento. Observé en el extremo superior derecho de mi mesa un papel doblado. Como tenía la seguridad de que no era mío y ante la duda de ser una posible chuleta lo arrugué y lo tiré a la papelera. Terminamos la clase con un comentario pormenorizado del soneto V del autor antes mencionado, aquel que termina con unos versos inolvidables que encierran lo que nadie ha sabido manifestar con tanta claridad: Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero. Se produjo un emotivo silencio y en cada mente adolescente se dibujó el nombre de algún chico.
Volví al día siguiente con otro memorable soneto en el que Lope de Vega definía el amor con un alarde de paradojas y contradicciones, y de este modo vimos las características del Barroco: Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso… Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Volví a encontrarme un papel esquinado en la mesa. Lo volví a arrugar y a tirar a la papelera. Salí con paso firme y tranquilo, haciendo un alto en la carpeta de apuntes de una alumna que, según parecía ella, me sorprendió gratamente: ¿Dónde estás, señora mía, / que no te duele mi mal?, / o no lo sabes, señora, / o eres falsa y desleal. Me mola mil, profe, me dijo. Hoy echo de menos esa costumbre de escribir textos para lucirlos «públicamente».
Al día siguiente tuvimos un examen para reconocer las características del Renacimiento y del Barroco, según fuera el texto. Estaban todas sentadas y colocadas en filas individuales. Repartí las hojas del «encuentro individual con un texto», como decía una profesora. El texto era de Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué, si me miráis, miráis airados? / Si cuanto más piadosos, / más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira, / porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos. Mi paseo sorteando las mesas logró que yo no viera a nadie copiar. Eso no quiere decir que no lo hicieran, porque en esa clase había «buenísimas doctoras» en esa especialidad.
Al día siguiente, clase a las ocho de la mañana. La mayoría, dormidas. Lo sabía. En mi mesa había un folio horizontal con la siguiente leyenda: ¡¡¡No me tires y léeme!!! Con una flecha dibujada que me llevaba de nuevo a la esquina superior derecha de la mesa. Obedecí y leí el papelito después de deshacer las mil dobleces que presentaba. Ponía: Para quererte sólo valgo. Sabían mi devoción por Los Secretos y en especial, en aquella época, por la canción Otra tarde, en la que Enrique Urquijo nos invita a reflexionar sobre nuestras propias luchas emocionales. Lo interpreté en aquel momento, estábamos en invierno aún, como el irreprimible brote primaveral de una adolescente que no sabía a quién decírselo ―me eligió a mí― y el secretismo de una situación que la encendió sobremanera. No niego que la curiosidad me incitó a hacer con los ojos, desde mi sitio, un barrido visual por todas las mesas. No logré nada. El grupo de teatro que teníamos en pañales por entonces había logrado que una alumna hiciera una grandísima actuación. Sigo sin saber su autora.
―Eso es lo de menos, le dije. La anécdota tiene su gracia.

Me ha encantado y muy bien escrito. 👏 👏 👏