Cuando degustamos vino / todos queremos cantar, / después de la panza llena / la lengua sale a juzgar. En gallego: Cando gorxeamos viño / todos queremos chiar, / cando estoupa o bandullo / a lingua sae a cardar.
Era de raigambre remota el atractivo que esta tierra de la comarca de A Maía ejercía sobre todos los miembros de la familia de Rafo. No es un sentimiento exclusivo. Es obvio. Pero, con la inocencia del que no conoce otro mundo, lo vivió en sus primeros años como una regalía que sus ancestros habían otorgado a su familia de modo privativo en siglos pretéritos. Evidente que luego la celebérrima Lo que el viento se llevó inmortalizó aquellas inolvidables frases de Escarlata O’Hara pisando la tierra de Tara que lo sacaron de golpe de su exclusivo pensamiento: A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!
La película de La Peregrina tuvo un desenlace muy diferente, pero que muy diferente. No voy a entrar ahora en los pormenores y menudencias de un finiquito que sólo le atañe a la familia de Rafo. No viene al caso. Ya lo contará él.
―La fuerza de la sangre puede con cualquier obstáculo que entorpezca el desarrollo de esta finca, sentenciaba, con un gesto algo más derrotado que la protagonista antes mencionada, una de mis tías mientras se encargaba de ir a la bodega a por el vino para la comida del día de la fiesta. Sólo ella, y por delegación explícita de la mano masculina que mecía la despensa vinícola, podía encargarse de tan trascendental tarea.
Esa era una jornada muy esperada por toda la comarca a lo largo del año.
El párroco, hombre taciturno, con vocación ermitaña y muy rácano en palabras, cuando veía que se acercaba dicha fecha, era incapaz de fabular una disculpa axeitada (apropiada) y cumplía con rigor británico asistiendo a la comida que para conmemorar la fiesta de la aldea se celebraba todos los años en el comedor principal de la Casa Vieja. Aún, en sus últimos días, recordaba cuando en una ocasión tuvo que personarse con un fiebrón descomunal ―lo que le acarreó una semana de cama― y en otra que casi es llevado de las orejas por la tía abuela de Rafo porque había insinuado su inasistencia, ya que había sido invitado a una reunión extraordinaria por el señor arzobispo.
―Usted a su Excelencia Reverendísima la puede ver cualquier día, pero la fiesta patronal de nuestra aldea sólo se lleva a cabo una vez al año, así que no me venga con farrapos de gaita (disculpas huecas) y mañana sin falta está usted oficiando nuestra misa y presidiendo nuestra mesa. Cuando hablaba doña María, subía el precio del pescado.
―Pero, doña María, no es de recibo hacerle un feo al arzobispo que acaba de tomar posesión.
―Por eso mismo, como acaba de llegar, tardará en marcharse. Y tendrá harta paciencia en recibirlo. ¡Y no digamos días!
Y así fue. Los miembros de la familia sabían que debían callar cuando hablaba una voz autorizada como la de doña María. Nadie podía rechistar lo más mínimo. Cuentan las malas lenguas que, cuando se dio media vuelta y bajaba las escaleras de la rectoral de Ortoño, comentó por lo bajo:
―¡Por encima de mí nos va a robar al párroco el monigote del arzobispo! Lo reto a que recuerde los detalles de mi intervención cuando en la primera misa que ofició al llegar como párroco se encontró la capilla vacía. ¡La aldea me escuchó casa por casa!
En diversas situaciones o circunstancias, siempre que alguien intentaba pronunciarse sobre cualquier tema referente a la familia, no había posibilidad de que fuera aceptado dicho comentario por parte de la litigante facción femenina de la casa.
―Nosotras debemos ser las mayores defensoras de este vínculo atávico que es la fuerza de la sangre con la que nuestros ascendientes levantaron hace dos siglos los muros de esta finca. ¡Debemos defender todo lo que en ella se cuece!
Protegían a la familia con una fiereza tal, que eran capaces de sacarle los colores al más renombrado vituperador o entrometido fisgón. No toleraban que de fuera vinieran dardos envenenados.
―Como el caracol, le encantaba decir a la tía María. Y todo el mundo la entendía.
Pero esto no excluía que cada vez que uno de los jóvenes imberbes ―como los llamaba― transgredía las seculares normas de la casa, este fuera reprendido severamente y conminado a una rectificación inmediata y cuasi definitiva. Entre nosotros, en esta ocasión, los jóvenes no le hicieron ni caso. Rafo todavía no estaba en ese grupo de carilampiños. Hacía relativamente poco que aún había dejado los pañales. Era un privilegiado observador.
―Los trapos sucios familiares se lavan en casa. Nada de airearlos y hacerlos públicos.
Cuando visitó Rafo la zona allá por los años 90 ―la finca ya estaba en otras manos― aún se recordaba con gran regodeo en las tabernas de la aldea la durísima respuesta que le espetó en la cara al cura párroco de una aldea vecina, en otra ceremoniosa comida, cuando a este se le ocurrió censurar en voz alta, la vida de «algunos jóvenes», que preferían, víctimas del materialismo imperante en la época, las fiestas profanas a las religiosas. Todo ocurrió en una gran comilona que se celebró en el claro de una carballeira (bosque de robles) de la comarca bajo un sol implacable del mes de septiembre. En el ágape participaron alrededor de cuarenta personas, y entre ellas lo más granado de la zona: el maestro, el farmacéutico, el médico, el titular del pazo que lindaba con el robledal y que apenas salía de su residencia… La discusión comenzó por la justificación por parte de los donceles de las múltiples ventajas del turismo. Era la época en la que la costa mediterránea empezaba a poblarse de jóvenes de fuera que ponían en peligro la decencia inmaculada de la juventud española.
―No hay más que ver las últimas romerías de la comarca. Son un dislate. Esa música pecaminosa e instigadora de malas conductas. Esos lascivos movimientos de cintura y provocadores de las pasiones más bajas. El baile actual es la realización vertical de un deseo horizontal. Y los jóvenes, borrachos de novedad, lo ejercitan con esmerada diligencia. ¡Dios nos libre de tanta perversión pecaminosa! Seguro que ustedes están al tanto de los comentarios de las personas bien pensantes de la comarca, sentenció unos de los religiosos que asistían a dicho ágape.
Y ahí terció como un templado cirujano con su bisturí mi tía abuela.
―Cuando tenga en mente decir algo de los jóvenes de esta casa, primero consúltelo con Roma; y si le autorizan a decirlo, encomiéndese al Santísimo porque de aquí no sale vivo. ¡Por estas! Y continuó tomando sin el más mínimo atisbo de alteración el consomé que había cocinado a fuego lento en una improvisada cocina de leña.
La intervención fue como un hachazo. Nadie se atrevió a rechistar. Cada uno mirando su respectivo plato deseando que se hiciera eterna la degustación de dicho caldo.
Acabado el plato entrante, sin el más mínimo rubor por lo dicho, y agarrándole con el debido respeto el brazo derecho, le susurró al oído:
―Padre, le ruego que siga con su reflexión sobre la permisividad y falta de pudor que hoy en día impera en la juventud española. Estoy fascinada con su valoración, es de alto interés para mí, dijo protocolariamente después de retirar con un extremo de la servilleta unas minúsculas migas que tenía adheridas en la comisura de los labios.
El párroco de la aldea circundante experimentó en su propia piel el lacerante modo de actuar de doña María, la tía abuela de Rafo, a la par que madrina, cuando alguien osaba mentar, de modo directo o indirecto, a cualquier miembro de su familia.
―¡Demo de muller!, (¡demonio de mujer!), farfulló para sí el orondo y coloradote eclesiástico.
Esta comida ―Rafo me recuerda la anécdota que le contaron sus padres― fue también célebre por el gracioso desenlace que ofreció.
Cuando se terminaba la parte sólida de la festividad, y después de los breves discursos con palabras balbucientes de las autoridades de la zona, se empezaba con la tanda hídrica para ayudar a la digestión de la opípara comida. Es decir, los licores; que era tan importante o más que la de las viandas.
Uno de los más renombrados asistentes, solo en apariencia, era un anticlerical recalcitrante y bastante blasfemo. No soportaba, año tras año, tanta solemnidad eclesial y a cada paso intentaba emponzoñar, ayudado por los efluvios del vino, la situación. Cierto es que solo blasfemaba en voz baja, cosa que causaba bastante extrañeza en el resto de los comensales.
―Si blasfema, que lo haga delante de los curas y demás autoridades, especialmente de doña María, no a escondidas y en voz alta. Es un cobardón y un medroso, lo calificaban por lo bajo. Cuando se acusa, se hace de tal modo que lo oiga todo el mundo.
Era habilidoso a la hora de sentarse en esta tertulia. Un poco apartado y con el farmacéutico y el maestro a diestra y siniestra, dos personajes curiosos. Por la mañana eran capaces de ondear ardorosamente, a escondidas, la bandera republicana y por la noche, en la tertulia de adeptos al régimen ponderaba descaradamente los logros del alcalde falangista. Siempre encontraba el momento oportuno para hacer el comentario hiriente. Ese año le tocó a una humilde y apocada recién casada, que se convirtió en la chanza de todos sus furibundos ataques, que terminaron con una apostilla bastante soez sobre una circunstancia intrascendente como era el buen sonido que ofrecía ese año la campana parroquial. Quería explicarle las circunstancias del hecho a la mujer del farmacéutico.
―Mujer, mira, atiende… Todo el mundo estaba bastante disperso y atendían muy poco a las diferentes conversaciones. Mira, mujer, yo te lo explico. Cuando se rompió el badajo de la campana, subieron los dos, a escondidas, a repararlo. ¡Y cómo lo arregló o Carallón! Todos sabemos de las habilidosas maneras de Santiago en solucionar ciertos asuntos colgantes. Y rompió a reír escandalosamente mientras se levantaba y aderezaba sus palabras con una serie de movimientos con las piernas abiertas bastante obscenos. Todo esto evitando astutamente las miradas del resto de comensales, que formaron un círculo aparte para hablar de la descristianización que estaba sufriendo la sociedad. Todos habían sido bautizados años ha, pero ya no asistían nunca a misa, se quedaban en el atrio de la capilla fumando y hablando. En una de esas interminables comidas que se celebraban después de la misa mayor, los «bautizó» como «los soldados del arco iris» un feligrés ―que hoy nadie recuerda su nombre― porque habían probado una docena de diferentes licores de muy diversos colores.
―A ver, Camay, le dijeron a Rafo, que estaba con otros niños jugando con una pelota, acércate a la improvisada cocina y trae una botella de licor que hay junto a la mesa que tiene los restos de comida.
Rafo hizo con diligencia el encargo, pero confundió, sin darse cuenta, una botella de aceite con una de licor. Y así, el clérigo principal, después de apurar el vaso de un buen lingotazo, no le quedó más remedio que aceptar como broma lo que había sido un trágico error de Rafo.
―Gamberrazo, ya vendrás a mí cuando seas mayor, le susurró el sacerdote en son de burla al oído mientras le tiraba «cariñosamente» de las orejas.
El bien lubricado clérigo, después de tan grata experiencia, tuvo que ir sin demora a un claro del bosque que refrescaba las espaldas de los comensales para liberarse de todo lo que «había agilizado» improvisadamente el «riquísimo licor». Estaba, por lo que había observado, en una zona del bosque que se tragaba sus propios árboles como si estuviera en plena creación de un cuadro diarreico. La defecación, acompañada de palabras muy gruesas que nadie escuchaba, salvo Rafo que se había escondido para ver el daño que había ocasionado, fue muy espontánea y sonora, como un retumbante festín de vehemente cohetería.
Liberado y satisfecho, algunos burlones decían que había adelgazado cinco quilos, recibió encarecidas e interminables disculpas por parte del padre de Rafo, que había sido «el autor del trágico error». (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)

Me ha gustado mucho. Me acuerdo perfectamente de esta anécdota. Exactamente fue así como ocurrió. 👏