Como una promesa que se deshace en el aire, entré en el bosque de los cuerpos sin nombre, donde los árboles latían como venas abiertas y los pájaros cantaban en idiomas que solo la piel entiende. La noche mojaba mis hombros con una lengua de niebla y sal, y cada estrella era un ojo que me desnudaba sin juicio, sin tiempo, sin moral. Caminaba por un río de espejos, donde cada reflejo era una versión distinta de mí: una mujer de fuego, un hombre hecho de arena, un animal que respira por entre los dedos. Las manos que me tocaban no tenían dueña, eran viento, eran deseo, eran recuerdos de otros cuerpos que nunca viví. Y yo me dejaba llevar, como quien se entrega a un sueño que sabe que es mentira, pero que sabe mejor que verdad. La piel, desnuda, era un altar donde se ofrecían los silencios, los latidos, los escalofríos que nacen entre la clavícula y el abismo. Una boca sin rostro murmuraba versos en mi oído izquierdo, mientras el derecho escuchaba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, desnudo, sin nombre, sin historia, era solo carne que piensa, pensamiento que arden, ardor que se expande como tinta en un lienzo húmedo. En el centro del mundo había un corazón hecho de fuego y miel, y allí, entre sus latidos, descubrí que el placer es también una forma de oración, que el cuerpo es templo, y que la piel, desnuda, es la única verdad que nunca miente. (Poetario) (1994-2026) (Enviado a una revista literaria) (Rechazada su publicación)

Vuelves a la nostalgia y eso no es bueno para ti. 😘