También naciste en mi memoria, pero esta vez no estabas sola: alguien —tal vez yo mismo— te vistió de ilusiones, te llenó de promesas que no sabían sostenerse. Mi corazón, convertido en refugio de inquietudes, encontró en tus ojos una sombra que no supo descifrar, una grieta mínima por donde empezó a filtrarse la duda.
La fe fue intensa, febril, y al mismo tiempo amarga. Permaneció en silencio, como si hablar pudiera romperla, mientras me encadenaba a una sucesión de instantes invisibles que parecían tener sentido solo porque tú estabas en ellos. Ahora sé que no debes seguir velando mis emociones, porque en el fondo siempre supiste que mi alma ya cargaba con la ausencia de tu amor.
La desconfianza ya no irrumpe: se desliza despacio, cansada de la fatiga y del desgaste. Miro mi vida y no encuentro en ella el reposo que imaginé. Y aun así, persiste una ilusión distinta, todavía enamorada, que no se extingue del todo. Crece en silencio cada vez que tu imagen reaparece, fija, grabada en mí, como si esa huella —y solo esa— fuera capaz de sostener lo que queda.
