Rafo es un hombre sorprendente. En lo bueno y en lo malo. En lo primero te lleva a horas de gran entretenimiento, y a soltar alguna espontánea carcajada, en lo segundo te hace pasar por indignos momentos en los que disfruta, como quien triunfa humillando al otro, si muestras una actitud servil y aduladora. Es prematuro para ver en él atisbos de una madurez serena y reflexiva. Sigue siendo un inmaduro de injustificadas rabietas, de silencios castigadores, de sarcasmos fuera de tono y de un victimismo propio de los adolescentes. Me escribió hace unos días un guasap interminable. Son los que le gustan. En este mensaje me comentaba que había encontrado entre sus papeles un texto que presentó a un concurso literario convocado por un ayuntamiento extremeño en el año 2000, el año siguiente de la muerte de Enrique Urquijo. Estaba pletórico sin causa, con esa positividad farandulera que emana de las cuatro «avionetas» que te has bebido en la fiesta de La Peregrina. Me recuerda a James Dean cuando, en la piel de Jim Stark en Rebelde sin causa, trata, con desesperación, de encontrarse a sí mismo en medio de una juventud igual de confundida y perdida como él.
―Tal vez me influyó el torrente de nostalgia que me invadió cuando leí en un banco de la calle Goya la noticia de su fallecimiento y las especulaciones del momento al aparecer su cuerpo en un portal de la calle Espíritu Santo del barrio madrileño de Malasaña. Sensible, frágil y vulnerable, decían de él los que lo conocieron en persona. Tres adjetivos, salvando las distancias, con los que me siento plenamente identificado.
―Antes de que te dé el bajón, volvamos a tu guasap, Rafo. Refleja una inusitada alegría, la propia que precede a un posterior bajón anímico espeluznante… ¿O me equivoco? Te lo digo muy clarito: está a punto de salir a la luz con toda su irreflexiva inmadurez. Dices que te encantaría que yo lo incorporara a Hatroz, pues forma parte de mi idiosincrasia amorosa. Así me entenderás algo más, sentencias. ¿No crees que tus lectores, si es que los tienes aún, están muy hartos de tu pasado, de ese tu primer amor? Joder, Rafo, parece que te has quedado encasquillado en ese momento. Deja en paz a esa Maite. Me tienes a mí hasta las narices… pues a tus lectores… Estoy siendo abiertamente franco contigo…Quizá te duelan mis palabras, pero es lo que pienso.
―Sí, claro que me joden. Y ahora no pongas esa cara de sorprendido. Sí. Estoy torciendo el gesto para que lo veas «muy clarito». Eres un imbécil de cojones. ¿Ahora me vienes con esas, cuando tú has sido quien ha alimentado esa idea, la de novelar mi vida? Soy yo el que está hasta el gorro de ti y de tus innumerables advertencias. No he visto escritor, salvo tú, ―y hace un gesto con el índice y corazón de ambas manos― tan pejiguero y tocapelotas.
Sin levantar los ojos de la mesa, se va encendiendo poco a poco.
―Tío, desaparece de mi vista. Piérdete. Esfúmate. No me des más la chapa. Si estás harto, lárgate de una puta vez. Me haces un bizum con lo que te he adelantado y ancha es Castilla, como dice un conocido mío. Estás y no estás. Quieres que te cuente mi vida y, cuando así lo hago, surgen los «esques» y los «peros». Tío, prefieres la comodidad del «pero» a la incomodidad de actuar. Escribe, coño, escribe.
La tensión se masca. Yo he llegado a mi límite. No aguanto más. Apago mi ordenador, lo cierro y lo meto en el maletín. Me levanto sin decir nada, bajo las escaleras, pago la cuenta y no vuelvo la vista en ningún momento. Entiendo que el libro no se está escribiendo: se está imponiendo. El silencio y la calle son lo único que no intenta dictarme.
Rafo se quedó desenmascarado con su copa a medio terminar en Tula, en la calle Claudio Coello 116. Ese lugar mítico de la noche madrileña, ampliado y renovado en la actualidad, aunque con el recuerdo de los años ochenta impregnado en sus paredes y en su música. Tanto Rafo como yo lo pateamos con explosiva juventud, con palpitaciones amorosas y con una sed de diversión incontrolables.
Rafo saca su móvil, lo coloca frente a él y abre el guasap. Es tan previsible en sus movimientos que me los imagino, camino de mi casa. ¿Te has equivocado? No lo veo, pero seguro que no me equivoco lo más mínimo. Rafo se dispone a seguir con su historia.
―A mí no me deja ni dios con la palabra en la boca. Mientras no me llegue el bizum, el tío este sigue siendo mi escritor, y vuelve a hacer mentalmente el gesto que con anterioridad hizo con las dos manos. Como si nada hubiera ocurrido, su guasap retoma la conversación de un texto que había mandado a un concurso literario en el año 2000. Eran las correcciones.
―Como siempre ―él debe de pensar que seguimos frente a frente―, no gané ni el premio de consuelo o de cartón, como dicen algunos. Nada. Después de muchas gestiones, internet en el año 2000 estaba en pañales, de cambios de gobiernos municipales y traslados a sedes más amplias y más prestigiosas, me pude hacer con el periódico en el que publicaron los textos premiados. Un profesor universitario, y sigue mirando hacia donde estaba yo sentado, después de leer los tres premiados y el mío en cuatro folios sin nombre y nada identificable, escogió sin dudarlo el escrito por mí. No digo más.
El texto es el siguiente. Tú, sigue escuchando mi guasap, y, si te sale de las pelotas, lo cuelgas en mi blog, para mañana que es un día clave para los lectores, y dejas que estos lo juzguen.
Me envía el guasap pensando que lo voy a leer antes de acostarme. Está muy equivocado. Oigo cómo suena mi teléfono, pero no me levanto de la cama y sigo con la relectura de «El conde Montecristo», de mi adorado Alejandro Dumas, novela en la que Edmundo Dantès, envidiado por su entorno, y acusado de agente bonapartista, sufre una de las penurias carcelarias más sangrantes de la literatura mundial.
Rafo sale de Tula muy desconcertado y mirando con obsesión el teléfono para ver si se marcaban las dos rayas azules de lectura. Se encamina hacia su casa, envarado como si llevara un corpiño antiguo imaginario, se encuentra a dos vecinos a los que saluda con un fingimiento hatroz y que se ofrecen a ayudarlo en lo que fuera ―en esto los despacha con displicencia― mientras lo observan cómo hace esfuerzos ímprobos para planchar con las manos las arrugas de su camisa de algodón egipcio almidonada. Antes muerto que sencillo. Tumbado en su cama, navega entre un mar de cabreos, otro de falacias y el tercero de reproches injustificados. El guasap sigue gris. Lo termina, obsesivo él, con una innecesaria aclaración: piensa que este texto es de diciembre de 1999 y está sin tocar en su parte esencial, lo único que he corregido son tres cositas de… Y se queda dormido.
Maite fue mi primer amor. Era una chica de dieciséis años, uno más que yo. Tenía el pelo moreno y el cutis blanco, salpicado por unas pecas en torno a la nariz que hacían de ella, cuando se reía, una chica de una absoluta fascinación. Recuerdo de ella también unos labios generosos y rojos, unos ojos dulces, una sonrisa caliente y un aliento que te seducía sin argucia alguna. La nostalgia hace que el recuerdo se aproxime al endiosamiento.
El recuerdo del primer amor lleva incorporado un placentero mérito. Jamás recordamos los malos momentos ni los defectos. Se produce en nuestra mente el mismo efecto que cuando usamos un tamiz: la harina que nos hace sufrir no se filtra y no cae en el saco de los recuerdos positivos, para contaminarlos, que está ansioso de recibir y casi de espiritualizar las vivencias «reales» del pasado. Recordamos los ratos de placer, de aquellas tardes interminables al lado de ella, hablando de un mundo aislado y que solo nosotros podíamos palpar. Esa burbuja que se instala en nuestro cerebro es indestructible y aguanta con una fortaleza desaforada los hirientes golpes de la memoria posterior al primer amor. De vez en cuando se despierta y nos dice que está ahí, reproduciendo un idílico pasado, y que por nuevos amores que vengan, ninguno será como él.
Los recuerdos nos proyectan una película que jamás encontraremos en ninguna parte y que, por lo tanto, aunque los protagonistas y el encuadre espacio-temporal fueran los mismos, nunca podremos saber el grado de veracidad de esa evocación. Es una película de un tono ceniciento con algunas notas de color ―influencia del presente― que vemos en un inexistente cine ―el Mármol de aquella época― con una mezcla de voluptuosidad, ensoñación y nostalgia. Voluptuosidad, porque nos recreamos en el recuerdo de unas vivencias que causan en nosotros un placer inigualable. Jamás gocé como aquellas tardes quinceañeras, dicen algunos con un tono agridulce… pero que, a la par, esa ensoñación les deja un sedimento de tristeza y de acidez emocional imposible de borrar. Y nostalgia porque, desde la soledad actual que sufrimos algunos, amamos con verdadera fogosidad nuestro pasado, y pensamos que nadie puede llenar esa hornacina que permanece vacía de emociones en el día de hoy. ¿Alguien me puede negar que lo que vivimos, piel con piel, Maite y yo bajo el puente que cruzaba el río Manzanares cuando estaban construyendo la M30 no existió? Por otro lado… ¿Cómo soy incapaz de recordar los malos momentos? ¿Por qué soy un incompetente a la hora de escenificar el instante en el que ella me dejó o yo la dejé? No lo sé. Eso también alimenta la voracidad y la sublimación de ese amor en una invulnerable vanidad. ¿Por qué no me ahogan las discusiones, las peleas, los celos y las malditas horas de silencio esperando ―ella o yo― la deseada llamada que no llegaba? ¿Por qué cada vez que echo atrás la vista el espejo de mi sueño brilla con mayor fulgor?
Son tantas las preguntas que me vienen a la mente que no me dejan vivir en paz porque no sé quién me las podría responder. Pero siempre entre ellas se asoma el rostro de ese primer amor que sacia cualquier carencia presente. Es un huésped permanente que, silencioso y oscuro, como un rayo electrizante, me visita con nocturnidad e invade mi memoria con el deseo de compartir el brebaje efímero de la nostalgia. Desde entonces, tengo sed todas las noches y bebo de él en un vaso como si fuera el santo grial. Nuevo recuerdo, vieja locura. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)
