Rafo, cuando la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, según iba creciendo, se empezó a dar cuenta de ciertas realidades que chocaban con una visión idílica del vecindario. Él, en su ingenuidad infantil, pensaba que todos los vecinos tenían un «trabajo honrado y decente», creyendo con fe absoluta las palabras de su padre y de Felipe, el portero que velaba, desde su ilimitada bondad, por una comunidad bien avenida solventando todos los problemas que surgían día a día.
Pero un día, en el que la vecina del cuarto centroizquierda requirió la atención de su padre, los ojos de Rafo observaron unos movimientos extraños y los oídos, conversaciones en voz muy baja.
Rafo, curioso como todos los niños, se lo preguntó a su padre y este le contestó sin ningún tipo de remilgos con una sentencia que levantó más dudas que aclaraciones:
―Hijo, en medicina no debe haber ningún tipo de miramiento cuando hay que atender a un enfermo. Ninguno, hijo, ninguno.
La vecina de este piso, Marijuana, no tenía un oficio conocido. Eso decían. Como decía un vecino excombatiente, es una «roja». Sé positivamente que participó en todas las algaradas antirreligiosas de la República. Una elementa, Felipe, una elementa de aúpa. Y ya no hablemos del oficio actual.
Su padre, cuando lo consideró oportuno, subió andando con su hijo las seis plantas y le hizo una radiografía de cada vivienda. Cuando pasaron por delante del piso de la susodicha, su padre carraspeó y sólo le dijo su nombre. Esto abrió un interrogatorio por parte de Rafo que su padre bandeó con palabras y expresiones inconexas de muy difícil comprensión para él.
En una época en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El recato, palabra que era bandera de lustrosa visibilidad en la convivencia de los residentes de todas las comunidades de vecinos, debía brillar con total nitidez. Según los parámetros que regían el recato vecinal, esta mujer no los cumplía, y los inquilinos que decían ser modelos de decoro público la evitaban como si fuera portadora del más infecto comportamiento.
Para el padre de Rafo no existía esa pudibundez cuando era reclamado para realizar una revisión médica, como en este caso, porque se encontraba indispuesta con una fiebre muy alta.
Rafo se empezó a dar cuenta de que sus padres se habían obcecado desde bebé en protegerlo con unos intranspirables algodones para que su contacto con la calle en la adolescencia no perturbara su educación y su formación. Eran conscientes de que lo que se planteaba en los primeros años de la educación de sus hijos luego crecería recto y auténtico. Por eso nunca entendió, quizá fuera por desesperación, que en la crucial edad de los catorce años lo matricularan en un instituto de la ribera del Manzanares, donde los orígenes familiares eran de una clara diversidad ideológica y social y no tenía nada que ver con la homogeneidad del colegio anterior.
En el Calderilla «empezó a ver» situaciones familiares y a «escuchar» frases que le conectaron con la ocupante del cuarto centroizquierda de su casa. Hablo del primer quinquenio de los setenta, muy convulso en todos los sentidos. Las manifestaciones, las protestas, las huelgas y los registros empezaron a ser el pan nuestro de cada día en las zonas más populares de Madrid. El cabeza de familia, entonces el padre, era consciente de que en la capital había una serie de reivindicaciones que él ocultaba a sus hijos por un, llamémosle miedo, a que los «árboles crecieran torcidos y pútridos».
La desprendida y lenguaraz madre de un simpático compañero de clase llamado Serafín, cuando celebraron en su casa los quince años del joven, le preguntó a Rafo si su padre médico era un represaliado. Guardó silencio porque no sabía lo que significaba esa palabra. Era nueva para él. La madre, sin quererlo, estropeó la fiesta, que era el primer guateque al que asistía Rafo, porque la frescura de los quince años se vio ahogada por el peso de una mochila familiar que muchos creían tener a buen recaudo. Ese primer guateque será pieza primordial de otra entrada.
―Papá, ¿qué es un represaliado?
El padre de Rafo tragó con cierta dificultad el trozo de pescado que se había llevado a la boca. Guardó silencio durante unos interminables treinta segundos, y, después de mirar a su mujer, expuso, en un paradójico circunloquio, aquello que él consideraba que su hijo debía saber.
―Mira, hijo, hemos vividos unos esplendorosos años y ahora, en los setenta, vivimos una crisis económica brutal. Es la conocida como crisis del petróleo. Los empresarios seleccionan muy astutamente a los trabajadores que quieren contratar. Y no quieren problemas. Los conflictos, del tipo que sean, nadie los desea en su negocio y según este criterio los que aún no han aceptado la nueva realidad española tienen muchas dificultades para ser contratados. Te estoy hablando de republicanos y simpatizantes de la República, miembros del clero y laicos católicos perseguidos. Estos, según la legislación actual, deben ser juzgados y encarcelados y de este modo nunca serán contratados. Y punto.
―Entonces…don Fausto, el del sexto derecha, y los vecinos que se acercan a ti después de misa para pedirte ayuda porque su marido lleva muchos años sin trabajar…
―Aunque sea en silencio, pero el resentimiento arraigado que manifiestan los que tú mencionas en un claro impedimento para que puedan empezar una nueva vida.
―La madre de Serafín me comentó que haber pasado por el TOP era una cruz insalvable. ¿Qué es el TOP?
Los padres se dieron cuenta de que había sido un craso error la elección del centro escolar. Estaban comprobando que su hijo se adentraba en una poblada fraga, como la de Cecebre, residencia del generoso bandido Fendetestas, protagonista de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.
―Un tribunal, hijo, un tribunal como otro cualquiera. Juzga delitos. Y punto. A la cama, y, como dice tu hermana, chimpún. Se acabó.
―Pero la madre dice que su marido no ha hecho nada malo. Y no lo entiendo. ¿Juzgarte por no hacer nada?
―Venga, me estás cansado. Tengo que estudiar un poco, que mañana tengo dos operaciones muy importantes.
El sintagma que titula esta entrada se hizo muy famoso en posteriores años, en el entorno universitario de Rafo.
Sus comienzos, en horario de tarde por las consabidas razones familiares, le ofrecieron una sucesión de imprevistas novedades. El primer paseo por la cafetería le mostró una fotografía viviente que le retrotrajo a los años del Calderón de la Barca.
Después de hablar con un grupo que estaba disfrutando de un bocata con un refresco, no quiso decir ni palabra, empezó a entender muchas circunstancias que él había vivido siempre bajo el prisma familiar. Las manifestaciones por el paseo de las Delicias, los comentarios airados de unos pocos feligreses en el atrio de María Auxiliadora, las críticas soterradas de alguna madre de sus compañeros de clase cuando lo invitaban a merendar, las visitas continuas de dos policías a un profesor del Instituto con apellido vasco…
Rafo estaba desconcertado y en ese lapso temporal de tres años de magisterio intentó desenmarañar un ovillo que estaba lleno de nudos. En esos tres años se sintió incapaz de procesar tanta novedad. La familia tenía todavía un peso decisivo en su formación y las valoraciones de sus diferentes integrantes, la mayoría, de modo compacto iban en una misma dirección. Hay que desmantelar tanta mentira, decía un tío suyo.
Aunque Rafo quería evitarlo, casi siempre coincidía en la barra de la cafetería de la universidad con un «agitador político y subversivo», según palabras de su padre cuando le comentaba las valoraciones de dicho compañero.
―Tío, y se envalentonaba el Sindiós, hiperactivo y metomentodo, parece que te han bautizado en el puto Vaticano, le decía con cierta frecuencia para poner sobre la mesa su ramalazo anticlerical cada vez que se quejaba del café, que a Rafo le parecía un exceso casi ofensivo decir que venía directamente de Colombia.
Nuestro protagonista en esa época era un aprendiz de hombre. Como dice ahora en tono humorístico, en esa época era un hombrín. Corazón y razón estaban enfrentados a sangre y fuego. Estaba muy confuso porque por entonces él entendía que simplemente escuchar ciertas ideas era traicionar a la familia. (Hatroz en poetario.com) (2025-2026)

Tu padre represaliado? Jamás. Muy interesante el relato que te hacía sobre los habitantes de cada día.
Y lo mejor algo a lo que hizo honor toda su vida, atender a un enfermo siempre por encima de cualquier reparo o cualquier prejuicio.
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Nunca he querido decir lo de que mi padre fuera un represaliado. Nunca. Lo tengo clarísimo. Muchas gracias por leerme. Es un orgullo saberme leído por ti. Un abrazo grande.